lunes, 2 de febrero de 2026

Bajo Presión (2)


Capítulo 2: Bajo Presión

El box del equipo hervía con actividad. Mecánicos, técnicos e ingenieros se movían con precisión milimétrica, preparando el monoplaza número 12 para la clasificación. Adriana estaba en el centro de todo, enfundada en un traje que apenas le ajustaba. A pesar de los retoques de último minuto, el asiento no calzaba del todo con su nueva anatomía. Era más estrecha, más liviana, y cada curva de su cuerpo exigía una nueva adaptación.

—Debes ser más preciso —le advirtió Marshal, el jefe de pit crew, sin rodeos mientras ajustaba los datos en la tablet—. Tu nuevo cuerpo será mucho menos fuerte, y eso te da menos margen de error. No vas a poder corregir con fuerza lo que no controles con técnica.

Adriana asintió en silencio. Ya lo intuía, pero escucharlo de boca de Marshal lo hacía más real. Miró hacia el paddock y notó las miradas desconcertadas de los otros pilotos. Algunos la observaban con el ceño fruncido, otros cuchicheaban sin disimulo. Ningún cartel ni anuncio oficial explicaba su presencia allí. Para todos los efectos, Adrián Soler seguía siendo quien figuraba en la pizarra electrónica.

—Convocamos una rueda de prensa para esta noche —añadió Marshal, sin apartar la vista de los datos—. Tendrás que pensar qué vas a decir. Pero ahora enfócate en lo que importa.

Adriana asintió otra vez, aunque su mente ya estaba dividida en demasiadas partes. Las vueltas de calentamiento pasaron volando. Cuando se apagaron las luces rojas, el rugido de los motores se tragó cualquier pensamiento.

La carrera fue brutal.

Desde la primera curva, Adriana comprendió que lo que le había dicho Marshal no era una exageración. El volante, que antes respondía como una extensión de su cuerpo, ahora le exigía una precisión quirúrgica. Su fuerza ya no bastaba para dominar el auto en frenadas tardías o para resistir el tirón de las curvas rápidas. El cuello volvió a dolerle, aunque no de la misma forma: era el peso del casco, el esfuerzo de mantener la línea, el impacto de los Gs.

Peor aún fue la sensación de no estar a la altura de sí mismo. De saber que cada pequeño error era suyo y no del auto. De sentirse limitado. Vulnerable.

Cuando cruzó la bandera a cuadros, lo hizo en séptimo lugar. Séptimo. Adrián Soler no conocía esa posición desde su debut en la categoría. No hubo festejo en el box. Solo una mezcla de miradas evitadas y silencio incómodo.

La tabla general apareció en las pantallas. Su ventaja seguía allí, pero ya no era una sentencia. Era un recuerdo. Cualquiera de los tres pilotos que lo escoltaban podía alcanzarlo si ella seguía así.

Se quitó el casco lentamente, respirando hondo. El sudor empapaba su nuca y bajaba por su espalda. Se sentía frustrada, cansada, incluso humillada. Pero nada de eso se comparaba con lo que vendría.

La rueda de prensa.

Esa era una curva que no se tomaba con neumáticos duros ni con ala ajustada. Era otra cosa. Una pista sin asfalto donde la velocidad no servía de nada y las miradas pesaban más que cualquier carga aerodinámica.

Y tenía que afrontarlo solo.

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