Capítulo 10: Música y sentimientos
Esta vez, Marshal no pudo asistir a la gala. Tenía una reunión de patrocinadores en Londres y le deseó suerte por mensaje, aunque dejó claro que estaría pendiente de cualquier titular.
Adriana llegó sola, pero no por mucho tiempo. Apenas había cruzado la puerta del salón, Antonio Garfield apareció a su lado con una copa en la mano y su eterna sonrisa de piloto confiado.
—¿Sola en la gala? —preguntó él, ofreciendo su brazo—. Imperdonable.
—Marshal no pudo venir. Me dejó a la deriva.
—Entonces tendré que escoltarte —dijo con un gesto teatral—. No vaya a ser que Stuart intente otra de sus bromas.
Rieron juntos, relajados, como si no fueran los dos mejores pilotos del campeonato, a días de enfrentarse por el título.
Más tarde, mientras conversaban cerca de una mesa de bocadillos, Antonio se puso serio por un momento.
—Siempre te vi como el enemigo a vencer, ¿sabes? Desde la primera temporada. En tú debut quedaste tercero y en tu segundo prix empezaste a dominar. Eres era una máquina. Nunca dejaste nada al azar.
Adriana bajó la mirada con una sonrisa contenida.
—Y ahora… ¿ya no soy amenaza?
—Claro que lo eres. Solo que ahora veo más. Veo cómo recuperaste el ritmo, cómo te adaptaste. Lo dije en serio antes: espero que gane el mejor de nosotros dos. De verdad.
Adriana lo miró con atención. No detectó ni lástima, ni superioridad. Solo respeto. Y admiración. Antonio era fan de ella, bueno de Adrián, desde antes de llegar a ser profesional y se sintió halagada por eso.
Era raro… y hermoso. Desde su transformación, había recibido muchas miradas. Curiosas. Juzgonas. Algunas lascivas. Muy pocas, sin filtros. Como esa.
Se sintió cómoda. Plenamente cómoda.
Pasaron la noche conversando, riendo, compartiendo anécdotas de circuitos pasados y pilotos locos. Y cuando la orquesta empezó a tocar una melodía lenta, Antonio extendió la mano.
—¿Me das esta pieza?
Adriana no dudó.
En la pista de baile, se sintió distinta. Vulnerable y, a la vez, segura. Había algo extrañamente natural en dejarse guiar. Antonio era más alto, incluso con sus tacones. Sus cuerpos encajaban de forma inesperada.
El perfume de ella, dulce y floral, contrastaba con el aroma especiado, casi leñoso, de él. Cerró los ojos un momento y recordó cuando, siendo Adrián, bailaba con mujeres en fiestas parecidas. Siempre sintiéndose en control. Ahora, desde el otro lado… todo se sentía distinto.
Y entonces, lo sintió.
Las manos de Antonio, fuertes pero suaves, se deslizaron por su espalda hasta posarse cerca de sus caderas. Por un instante, su cuerpo se tensó. Pensó en apartarse. Protestar. ¿Eso estaba bien?
Pero no había nada lascivo en su gesto. Era solo cercanía. Calor humano.
Decidió dejarlo estar. Siguieron bailando.
Cuando la música terminó, sus caras estaban muy cerca. Demasiado.
Y sin pensarlo —o tal vez pensándolo demasiado en un solo segundo—, Adriana se inclinó hacia él… y lo besó.
Fue un beso real. Apasionado. Sin cálculo ni estrategia. No sabía si lo había iniciado por impulso, por deseo o por algo más profundo que no se atrevía aún a nombrar.
Solo sabía una cosa: ya no había marcha atrás.
Y por primera vez en mucho tiempo, no le importó.

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