Capítulo 7: Marcas en la Pista
La siguiente carrera había sido toda una proeza.
Adriana se mantuvo firme, con ritmo sostenido, y ejecutó cada curva como si la pista fuera una extensión de su piel. Cuando cruzó la meta, lo hizo en segundo lugar, apenas unos segundos detrás de Antonio. Stuart, con evidente frustración, terminó tercero.
Las posiciones en la clasificación general estaban más apretadas que nunca: Antonio y Adriana casi empatados, con Stuart aún al acecho. Solo quedaban dos fechas. La presión era más intensa que nunca, pero por primera vez desde aquel cambio imposible, Adriana sonrió de verdad.
Tal vez no estaba ganando todas las carreras, pero había ganado algo más valioso: control, adaptación, fuerza interna. Y, sobre todo, esperanza.
Sin embargo, nada la había preparado para lo que vendría después.
Al día siguiente de la carrera, se despertó lentamente, con el cuerpo aún agotado del esfuerzo, los músculos tensos por el entrenamiento y la adrenalina. Pero al estirar las piernas, notó algo raro. Las sábanas... estaban manchadas. De rojo.
Sangre.
Un charco pequeño, pero inconfundible, justo donde había dormido.
El pánico llegó como un trueno.
Saltó de la cama, fue al baño y al mirarse notó que la sangre seguía bajando por su entrepierna.
—¿Qué demonios...? —susurró, con las manos temblando.
Buscó su teléfono sin siquiera secarse y llamó a Marshal. Porque en medio del desconcierto, su mente todavía lo identificaba como su ancla, como su figura paterna. Porque antes, cuando era Adrián, Marshal había sido como un segundo padre.
Marshal contestó de inmediato, alarmado por la voz rota de su piloto.
Tras escuchar unos segundos, soltó una breve risa entre asombro y resignación.
—Es tu periodo, Adriana —dijo con tono más comprensivo que burlón—. Le pasa a todas las mujeres. Lo sé bien porque tengo hijas. Ya llamé a Julie, va en camino. Te va a explicar todo.
Adriana colgó con el rostro ardiendo. No sabía si quería llorar o golpear la pared.
Julie llegó con una discreción amable, portando una bolsita con productos y una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora.
—No te preocupes, es completamente normal. Esto te va a pasar cada mes. No es bonito, no es cómodo... pero se puede manejar. Vas a estar bien.
Le explicó todo con claridad, sin prisa pero sin rodeos: los cambios hormonales, el uso de toallas sanitarias, cómo identificar los primeros días, y lo más importante: que para poder entrenar tendría que usar tampones.
—¿Meterme eso… dentro? —Adriana preguntó con espanto, cruzándose de brazos.
Julie asintió con delicadeza.
—Muchas mujeres lo hacen. Deportistas, bailarinas, nadadoras. No te detiene. Solo hay que acostumbrarse.
Le dio instrucciones claras, incluso le mostró un diagrama, y esperó pacientemente al otro lado de la puerta mientras Adriana lidiaba con una experiencia que nunca pensó que viviría. Lo logró, aunque se sintió como si hubiera perdido una guerra.
Pero al menos volvió a tener control. Otra victoria, pequeña, pero suya.
Ya lista, llegó al entrenamiento con expresión tensa, el cuerpo torpe y una sensación de vulnerabilidad que no lograba ocultar. Caminaba con la espalda rígida, como si temiera que todos supieran lo que acababa de vivir.
Marshal la vio llegar y, sin dar señales de compasión, lanzó una frase seca:
—Deja de caminar como una niña asustada y súbete al auto.
Adriana se giró, ofendida.
—¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste. —Marshal cruzó los brazos—. Puedes sangrar todo lo que quieras, pero eso no te impide manejar como la piloto que eres. Tienes un campeonato que ganar, Adriana. Si no quieres que te traten como a una niña, deja de actúar como una.
Fue irónico. Fue duro. Pero también fue lo que necesitaba.
Subió al monoplaza sin decir palabra. Encendió el motor. Respiró profundo. Y cuando salió de boxes, no pensó en la sangre, ni en su cuerpo, ni en la incomodidad. Solo pensó en el rugido del motor, en la curva que venía, en la línea ideal.
Una mujer más. Pero una piloto, primero.

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