Recuerdo vividamente aquella visita a la casa de mis tíos, donde vivían mis primas. La noche anterior hubo una lluvia intensa, pero en la mañana no nos importó y jugamos en el jardín. Quedé hecho un monumento de lodo; tanto, que mi tía me mandó a bañar.
Al secarme, me dijo que toda mi ropa estaba lavándose y que, al no haber niños varones en su casa, teníamos un problema. Tendría que usar ropa de mi prima de diez años. Ella era un año menor que yo, pero nuestra complexión era muy similar. La ropa exterior no parecía un problema: podía usar unos shorts y una playera, que eran neutrales. Pero la ropa interior era distinta: no había trusas o calzones de niño en esa casa. Tendría que usar unas pantaletas de mi prima.
Así fue la primera vez que usé ropa interior de mujer. Sentí en mi piel una textura diferente al algodón que siempre usaba. Suave, casi sedosa. Simplemente me encantó. Los shorts que me prestaron eran rosas y la playera era una ombliguera con un dibujo de Hello Kitty. Me vi en el espejo y parecía otra niña, igual que mis primas. Las lluvias no pararon y estuve usando ropa de niña dos días más. Mis primas empezaron a referirse a mí en femenino y para todo efecto practico fui la tercera niña en esa casa. El último día, mis primas me presionaron para que usara un vestido. Así fue como usé uno por primera vez.
Unos años después, el Gran Cambio me convirtió en mujer. Ahora uso ropa interior de mujer y vestidos todos los días.
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Parte 2: Mis Primas (Actual)

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