Desde pequeño, el Cliente 0437 soñaba con volar. Durante años estudió con esfuerzo, se privó de fiestas, trabajó medio tiempo en un taller mecánico y aprobó cada materia con sudor y noches en vela. Pero los exámenes finales del programa de aviación civil fueron implacables. Una falla en el simulador, una decisión precipitada… y adiós a la licencia de piloto.
Aquel día, al salir del centro de evaluación con la carpeta vacía y los hombros caídos, no solo había perdido una profesión, sino todo lo que había proyectado para su vida. Las deudas académicas lo asfixiaban. Ya no podía sostener ni el alquiler del pequeño departamento.
Una noche, mientras navegaba por foros de exalumnos, encontró un hilo titulado: “Plan B. Clínica Venus”. Había escuchado rumores. Decían que ofrecía soluciones a medida para quienes querían desaparecer… o comenzar de nuevo. En su caso, ambas cosas sonaban perfectas.
Dos semanas después, el espejo le devolvía la imagen de Luciana: cabello castaño claro, piernas largas, sonrisa dulce. Nadie habría imaginado que había sido un cadete de vuelo fracasado. Luciana asistió a los cursos rápidos de protocolo, idiomas, maquillaje y servicio a bordo. En cuestión de un mes, ya trabajaba como azafata en una aerolínea de vuelos regionales. Pagaba sus deudas en cómodas mensualidades. La tripulación la adoraba.
Al principio todo era rutina. Maletas, seguridad, comida. Pero en un vuelo a Cancún, conoció al capitán Santamaría. Alto, atento, con una voz grave que resonaba por la cabina. Él no solo la trataba con respeto, sino que buscaba pretextos para hablarle más allá del trabajo. Una tarde, tras aterrizar, le preguntó si quería ir a cenar.
Desde entonces, Luciana volvió a sentir algo que no experimentaba desde los días de academia: mariposas en el estómago. Pero ahora no era por miedo a fallar, sino por la dulce anticipación del amor.
Él aún no sabe quién fue ella. Y tal vez nunca lo sabrá. Lo importante es que Luciana, aunque no pilotee aviones, volvió a volar.


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