sábado, 25 de abril de 2026

Los anuncios


Yo era un chico popular: Mario. Y por entrar en la prestigiosa fraternidad Alfa Omega, tomé una pastilla rosa que, sin explicación lógica, transformó mi cuerpo en el de una mujer. Ahora, bajo el nombre de Mairim, estoy atrapada en una reunión de la fraternidad, vestida únicamente con un ajustado body de conejita y unos tenis. He pasado la noche sirviendo bebidas y limpiando, soportando miradas que me desnudan y toqueteos que encienden en mí una vergonzosa chispa de calor. El cuerpo que, ahora, habito es ajeno y fascinante.

Sin embargo, esta extraña iniciación aún no termina. El ambiente en la sala cambió cuando cinco figuras majestuosas, cubiertas por túnicas y capuchas, entraron al salón. Eran los nuevos dirigentes de la fraternidad, a quienes solo se referían con letras griegas. Omega, el líder, ocupaba el centro. Alfa era su segundo. Beta, Delta y Zeta completaban el conjunto inquietante.

Omega tomó el podio. Su voz, grave y cargada de autoridad, dio la bienvenida a los hermanos y enumeró una lista de nombres: hombres poderosos, exitosos, todos antiguos miembros de Alfa Omega. Eran leyendas vivas, y su mención era una promesa tácita. Luego, su mirada —fría, calculadora— se posó en nosotras, las cinco conejitas temblorosas.

«Todos sabemos que la iniciación es dura», dijo, y sus palabras resonaron en el silencio absoluto que había impuesto. «Pero vale la pena para entrar en uno de los círculos más exclusivos… y benévolos… del mundo.»

Hizo una pausa dramática, dejando que el peso de lo "benévolo" se instalara, ambiguo y amenazante, en el aire.

«Nuestras reuniones son cada dos semanas. A partir de ahora, su asistencia es obligatoria. Siempre deberán venir con este atuendo», y con un gesto despectivo señaló nuestros bodies, «aunque a partir de la próxima, los tenis quedarán prohibidos. Tacones. Altos. Es parte de… su iniciación.»

Un murmullo de aprobación masculina recorrió la sala. Sentí un escalofrío. Nunca había usado tacones pero sabia que eran incomodos, imaginarlos como una norma me hizo consciente de la fragilidad de este cuerpo.

«Además», continuó Omega, y su tono se volvió más personal, más penetrante, «no solo servirán en las fiestas. Cada una de ustedes será asignada como asistente personal y secretaria de uno de nosotros.»

Entonces, esa mirada que hasta entonces había barrido el grupo, se detuvo. Se clavó en mí. Era una mirada cargada de segundas intenciones, de una posesión ya decidida. Me señaló con un dedo lento y deliberado.

«Tú, hermosa Mairim», dijo, y el sonido de mi nuevo nombre en su boca me quemó. «Tú serás mi asistente personal.»

La declaración cayó como una sentencia. El silencio era absoluto.

«Te espero al servicio en mi suite del ala norte, todas las mañanas a las siete, antes de tus clases. Y todas las tardes a las seis, después de que termines tus deberes académicos. La puntualidad, querida, es la primera virtud de una buena secretaria.»

Pude sentir cómo la sangre ascendía, violenta y avergonzada, a mis mejillas. Un calor intenso me inundó el rostro. De pronto, la tela mínima de la tanga del body, que en un momento de la noche casi había olvidado, se volvió a sentir como al principio: un hilo incómodo, intrusivo, recordándome de la manera más cruda posible la vulnerabilidad de mi nueva forma. Cada latido del corazón parecía resonar en ese punto de contacto.

No puedo creer en lo que me he metido, pensé, mientras el eco de sus órdenes repicaba en mi cabeza. Siete de la mañana. Seis de la tarde. Todos los días. Con él. Con Omega... 

Aún me faltan ochenta y tantos días en este cuerpo y volver a la normalidad parece demasiado lejano...


Esta caption es parte de una serie:

Parte 1: Por entrar a la fraternidad

Parte 2: Iniciación (Anterior)

Parte 3: Los anuncios (Actual)

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