miércoles, 15 de abril de 2026

Como la marea (15)



Esta caption pertenece a una serie.
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Capítulo 15 – Como la marea

Los días siguientes en la playa me trajeron varios momentos que no olvidaría jamás.

A la mañana siguiente, Mariana me despertó con una sonrisa:

—Vamos a desayunar en una hora… tenemos el tiempo justo para arreglarnos —dijo divertida mientras tomaba una toalla de su maleta y se dirigía al baño.

Me quedé en la cama un momento, pensativa. Tenía muchas dudas sobre el período y sentía que, tal vez, me sería más fácil hablar con Mariana que con mi propia mamá. Pero eso no lo hacía menos intimidante. Mi cuerpo estaba cambiando, y con esos cambios venían preguntas que nunca imaginé tener que hacerme, cosas que como chico nunca me importaron. Pero ahora era una chica.

Cuando Mariana salió del baño con un vestido azul que le quedaba precioso, sentí que también debía vestirme con algo fresco y bonito. Elegí un vestido verde, ligero, que me había comprado mi mamá antes del viaje. Con el calor de la playa, usar vestido era, además de cómodo, una delicia. El roce de la tela contra mi piel, la libertad de movimiento, la brisa colándose por el dobladillo. Cosas que antes me habrían parecido extrañas, ahora simplemente eran.

Mientras nos peinábamos frente al espejo, me armé de valor.

—Todo este asunto de la regla me da mucho miedo —confesé al fin—. Tal vez, si te cuento unas dudas que tengo, me ayude a superarlo.

Mariana me miró con ternura, esa mirada que solo tienen las amigas verdaderas.

—Pregúntame lo que quieras, para eso están las amigas.

Le pregunté cuánto duraba un período, si había forma de saber cuándo te iba a bajar y cómo se usaba una toalla femenina. Cosas que, en mi vida anterior como chico, nunca me había planteado. Ahora eran preguntas urgentes, reales.

Mariana me respondió con naturalidad, como si habláramos del clima. Y cuando llegamos al tema de la toalla, dijo:

—Te enseñaré a usar una.

Tomó una de su maleta y me llevó al baño. Entré y Mariana me fue dando indicaciones desde fuera de la puerta.

—Despega el papel, colócala sobre el centro de la braga y usa las alitas para fijarla por debajo.

Lo hice con cuidado, mis dedos temblorosos. Cuando terminé, subí mi ropa interior y noté la sensación extraña entre las piernas, como un pequeño pañal. Algo acolchado, mullido, extraño.

—Creo que ya quedó —dije, insegura.

—Perfecto. Déjatela puesta, ya tenemos que irnos.

Durante el desayuno, logré ignorar la sensación de la toalla. La comida estuvo deliciosa, las risas constantes y el trato cariñoso de los padres de Mariana me hizo sentir muy querida. Para cuando terminamos, la toalla ya no me parecía tan incómoda. No es tan malo como pensé, me dije a mí misma. Y ese pensamiento, por alguna razón, me tranquilizó.

Al regresar a casa, vimos una comedia romántica todos juntos. Más tarde, el papá de Mariana anunció:

—En una hora vamos a la playa, así que vayan a descansar un rato.

Ambas tomamos una siesta. Al despertar, Mariana sacó un pequeño tubito envuelto en papel.

—¿Qué es eso? —pregunté con curiosidad.

—Un tampón. Las toallas no sirven para hacer ejercicio ni para meterse al agua —explicó—. Funcionan igual, pero en lugar de pegarse a tu ropa interior, van dentro de tu cuerpo.

Me ruboricé solo de pensarlo. ¿Dentro de mi cuerpo? La idea me parecía invasiva, casi violenta.

—No es tan malo como suena —agregó Mariana con una sonrisa—. Gracias a esto, hoy podré meterme al mar.

Esa tarde, bajo el sol dorado, jugamos en las olas y nos recostamos sobre la arena cálida. La brisa marina, los gritos de las gaviotas y las risas entre amigas formaron un cuadro perfecto. Por momentos, olvidé todas mis dudas. Solo existía el presente, el agua, la amistad.

Esa noche, los papás de Mariana prepararon la cena en la casa. Todo fue paz y felicidad. Los días siguientes pasaron volando. Visitamos un acuario, probamos mariscos en restaurantes locales y fuimos a la playa cada tarde. Cada momento era un recuerdo nuevo, una capa más de esta vida que estaba construyendo sin darme cuenta.

El domingo por la tarde, un vendedor de fotos instantáneas nos ofreció una foto. Mariana posó con coquetería, echando el cabello hacia atrás, y yo, sin pensarlo mucho, la imité. Sonreí a la cámara con naturalidad, como si siempre hubiera sabido hacerlo. Cuando nos entregaron la imagen, me quedé mirando en silencio.

Dos chicas sonrientes, en bikini, con el bronceado del sol de la costa y la alegría en los ojos.

Sentí un sacudón interno. No puedo creer que la chica de la foto sea yo, pensé. El chico de diecisiete años que fui alguna vez no estaría en esa escena. No con esa felicidad, no con ese atuendo, no con esa sonrisa. Romeo no existía en esa foto. Solo existía Julieta.

Guardé la foto en mi bolsillo, como un tesoro secreto.

El lunes por la mañana emprendimos el regreso. Mariana y yo dormimos casi todo el trayecto, agotadas y felices. Antes de despedirme, me dio un abrazo fuerte:

—Te voy a extrañar, Juli. Tenemos que repetir esto.

—Sí —dije, sonriendo—. Fue la mejor semana.

Y lo decía en serio.

Esa noche, mientras me desmaquillaba en casa frente al espejo, recordé la foto, las risas, la conversación en el baño. Recordé la toalla, el tampón, las confidencias. Recordé cómo me sentí en la playa, libre, feliz, completa.

Por primera vez me permití pensar: Si vuelvo a ser Romeo… jamás habría vivido esto. Nunca habría sido tan cercana a Mariana. Nunca habría sido besada por Gabriel. Nunca habría sido yo.

Me sentí confundida. Soy un hombre, me recordé a mí misma, apretando los ojos. No me puedo quedar así.

Pero la duda ya estaba sembrada. Y crecería, poco a poco, como la marea.

Como la marea que habíamos visto subir en la playa, implacable, inevitable.

Como la marea que moja la orilla una y otra vez, hasta que la orilla ya no recuerda cómo era estar seca.

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