lunes, 20 de abril de 2026

Grititos y encajes (20)


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Capítulo 20 – Grititos y encajes

Mariana y Diana me acompañaron a mí y a mis papás a elegir mi vestido de quinceañera. Era sábado por la mañana y el centro comercial ya estaba lleno de familias buscando algo que estrenar. Desde el primer momento en que entramos a la tienda especializada, supe que ese día iba a ser especial.

Los ensayos con mis chambelanes me habían dejado claro algo: ya no tenía nada en común con los chicos. Las bromas, los empujones, las burlas entre ellos… todo eso me resultaba cada vez más ajeno. Pero fue ese día, entre estantes llenos de tul, encaje y brillos, cuando comprendí algo aún más importante: los códigos de las chicas ya me eran propios.

Cuando una de nosotras encontraba un vestido lindo, las tres soltábamos un gritito ahogado, seguido de frases como "¡Está divino!" o "Te vas a ver hermosa en ese". Yo no solo me unía con naturalidad al entusiasmo, sino que mis opiniones eran buscadas y valoradas. Mariana y Diana me pedían consejo sobre los vestidos que ellas usarían para sus propias fiestas, y yo sabía exactamente qué responder.

Sabía qué corte favorecía las piernas, cuál realzaba el escote, y cuál dejaba la espalda al descubierto de forma elegante. Sabía cómo debía caer una falda y en qué parte del cuerpo debía ajustarse la tela. Y, lo más sorprendente de todo, disfrutaba hacerlo.

Mientras mi mamá negociaba con la encargada de la tienda, Mariana me recordó:

—Faltan tres meses para mis quince, ¿eh? —dijo con una sonrisa traviesa—. Así que después de elegir tu vestido, también puedes ir pensando en el que vas a usar para mi fiesta.

—Y medio año después son los míos —añadió Diana, divertida—. Así que vas a necesitar al menos dos vestidos más.

Me reí, sin oponer resistencia. Aquel universo de brillos, texturas y colores ya no me resultaba extraño. Se había convertido, poco a poco, en parte de mi vida. Así fue como pasé toda la mañana y parte de la tarde probándome vestidos, girando frente al espejo, dejando que mis amigas eligieran qué probar a continuación, y notando cómo algo dentro de mí —algo suave, profundo y alegre— se sentía parte de este mundo.

...

Cuando ya llevábamos varias horas entre percheros y probadores, con bolsas de snacks y botellas de agua acumuladas a un lado del sofá, creí que había visto todos los vestidos posibles. Los había rosados, rojos, dorados, marfil, con bordados intrincados o faldas imposibles de cargar. Todos bonitos, sí, pero ninguno me hacía sentir eso que Mariana y Diana llamaban "el momento mágico".

Hasta que lo vi.

Estaba en un rincón algo apartado, como olvidado. Era un vestido de tono morado claro, de tirantes finos, con detalles en encaje y una falda amplia pero ligera, escotado en pecho y espalda. Nada exagerado. Me acerqué como si el vestido me llamara por mi nombre. Lo tomé con ambas manos y supe, sin necesidad de palabras, que ese era el indicado.

—¿Y ese? —preguntó Mariana, al ver cómo lo sacaba del perchero.

—No sé… —dije con voz baja, casi temerosa—. Creo que necesito probármelo ya.

En el probador, me di cuenta de que era un vestido con corsé y que necesitaba ayuda para ponérmelo. Solicité ayuda y Mariana entró conmigo.

—Lindas bragas —dijo ella con una sonrisa, mientras ajustaba las cintas.

Cuando por fin logramos cerrar el vestido, la tela se ajustaba de forma natural a mi cintura. El tono lavanda hacía que mi piel se viera más cálida, más luminosa. La falda caía con gracia, y al girar, el vuelo era perfecto. Me miré al espejo y me sentí hermosa, delicada y femenina.

Salí del vestidor en silencio. Mis amigas y mi madre me miraron con ojos brillantes.

—Es ese —dijo Mariana.

—Sin duda —añadió Diana.

Me miré una vez más al espejo, ahora acompañada por las miradas de quienes más quería. Y entonces me vino a la mente otro cumpleaños, otra vida. Cuando cumplí quince años en mi otra realidad, lo celebramos en casa con una comida sencilla. Hubo un pastel comprado en la panadería de la esquina, una reunión improvisada y solo los familiares más cercanos. No hubo vestido especial. Tampoco hubo vals.

Aquello había sido un buen día, sí. Uno cálido. Pero este… este era distinto. No solo por el vestido, por la fiesta o por el vals que ensayaría. Era distinto porque, de alguna manera, sentía que la vida me estaba ofreciendo una segunda oportunidad de vivir mi adolescencia desde otro lugar. Uno donde no tenía que esconder quién era, uno donde sí podía brillar.

Y ahí, frente al espejo, con ese vestido morado claro ceñido a mi cuerpo nuevo, lo entendí todo.

No era solo una fiesta.

Era un rito.

Una afirmación.

Una manera de decir: Estoy aquí. Soy yo. Soy una mujer.

—Me lo quedo —dije finalmente, con una sonrisa que no necesitó explicación.

Y todas supimos que esa tarde no solo habíamos elegido un vestido, sino también una versión más segura y luminosa de mí.

...

Después de elegir el vestido, salimos a comer al área de comida del centro comercial. Mariana pidió sushi, Diana eligió una hamburguesa con papas, y yo opté por una ensalada con pollo. Nos sentamos en una mesa de esquina, rodeadas de risas, bolsas de compras y música pop suave de fondo.

—Bueno, ya tienes el vestido, los chambelanes, la fecha… —dijo Diana mientras revolvía su malteada con la pajilla—. Solo falta una cosa.

—¿Qué cosa? —pregunté, mordiendo un trozo de pan de ajo.

—El segundo baile —dijo Mariana con una sonrisa cómplice—. Ya sabes, el reguetón, la coreografía más atrevida. Es tradición.

Arqueé una ceja.

—Mi coach de baile dijo que primero teníamos que quedar bien con los valses. Que luego veríamos si hacíamos una pieza más movida.

—¡¿"Si harían"?! —exclamó Mariana fingiendo escándalo—. ¡Julieta! ¿Vas a dejar pasar la oportunidad de dejar a todos con la boca abierta?

—¿Y qué se supone que tengo que usar? ¿Un conjunto de lentejuelas? —pregunté con media sonrisa, pero con genuina preocupación en la mirada.

—Algo así —dijo Diana—. Algo que brille, que marque la figura. Que diga: soy mujer y me muevo como quiero.

Bajé la mirada a mi comida. No estaba segura de querer dar un mensaje como ese. La verdad era que no había querido pensar en eso. Me costaba la idea de subirme a un escenario con la atención puesta en cada curva, cada movimiento de cadera, cada giro del cabello. Algo en mí se resistía. No era pudor, exactamente. Era más bien la sensación de estar cruzando otro límite, uno más íntimo. Era una cosa bailar con Gabriel en casa, o dejarme alzar en los ensayos como parte de una coreografía elegante… pero otra muy distinta era exponerme con un ritmo tan provocador, con un vestuario tan revelador.

—No lo sé —dije al fin, jugando con el tenedor entre los dedos—. Tal vez. Supongo que tengo que pensarlo.

Mis amigas asintieron sin presionarme.

—Es tu fiesta, Juli. Tú decides —dijo Diana con una sonrisa dulce.

—Sí, pero… si lo haces, prometo ayudarte con la coreografía —añadió Mariana—. Juro que no vamos a dejar que parezca vulgar. Será solo poderosa.

Sonreí, agradecida. No di una respuesta definitiva, pero supe que la pregunta volvería. Que tarde o temprano tendría que decidir.

...

El siguiente sábado por la tarde, el salón de ensayos estaba especialmente caluroso. Todos habían llegado con ropa cómoda: camisetas ligeras, pants cortos, botellas de agua a medio llenar y la coreografía del vals bastante avanzada.

—¡Cinco, seis, siete, ocho! —marcó el instructor mientras yo giraba entre los brazos de Gabriel y luego pasaba con Agustín. Todo fluía con más naturalidad que al inicio, aunque aún había pasos que debíamos afinar.

Al terminar una vuelta, Gustavo me sostuvo por la cintura con cuidado y me alzó para el paso final. Sentí que volaba. Luego bajé con elegancia y terminé la secuencia con una reverencia. Todos aplaudieron.

—¡Ahora sí pareces quinceañera de revista! —bromeó Agustín.

—¿Eso es bueno o malo? —reí, limpiándome el sudor de la frente.

—Es excelente —dijo Gabriel, ofreciéndome su botella de agua—. Te ves genial ahí arriba. Como si hubieras nacido para esto.

Bebí un trago. Luego me senté en uno de los bancos junto a la pared mientras los chicos jugaban entre ellos, empujándose con los hombros y riendo.

—Oigan —dijo Gustavo, de pronto, con voz más alta—. ¿Y el otro baile? ¿No hay reggaetón o algo sexy esta vez?

Levanté la mirada, sorprendida.

—¿Ustedes quieren bailar reggaetón?

—Obvio —respondió Agustín—. ¡Es lo mejor! Además, es el único momento en el que podemos mostrar nuestros pasos prohibidos.

—¿Pasos prohibidos? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa.

—Sí, ya sabes… mover la pelvis, hacer cara de malo, esas cosas —añadió Gustavo entre risas.

—Y de paso —intervino Agustín —, verte a ti robándote el show. Imagino que ya estás pensando en usar un outfit de esos que dejan sin aliento.

Enrojecí.

—No estoy segura aún —confesé—. No sé si me siento cómoda con algo tan… provocador.

—Juli, solo haz lo que te haga sentir bien —dijo Gustavo con una sonrisa honesta—. Si decides no hacerlo, está bien. Pero si lo haces, vas a brillar. Y aquí nadie va a juzgarte. Solo a aplaudirte.

—Especialmente si haces twerking —agregó Gabriel, y el resto de los chicos rieron.

—Idiota —le dije, entre risas.

Los miré a todos. Mis chambelanes, mis amigos. No eran perfectos, pero tampoco eran crueles. Me sentía cuidada. Y por primera vez pensé que, tal vez, lo que más me asustaba no era bailar algo sexy, sino reconocer que podía —y quería— hacerlo.

Tal vez, después de todo, había algo de poder en usar mi cuerpo como parte del espectáculo. Mi derecho a ser vista.

...

Esa noche, después del ensayo, Gabriel estuvo un rato conmigo en mi casa como ya era costumbre. Jugábamos un juego de carreras pero ninguno parecía muy interesado.

Yo estaba en silencio. Pensativa. Gabriel, que ya sabía leer mis gestos, no dijo nada al principio. Solo siguió a mi lado, dándome espacio. Hasta que, al terminar la copa que estábamos jugando, dejó el control de lado.

—¿Pasa algo? —preguntó con suavidad—. Estás callada desde que salimos del ensayo.

Dudé unos segundos, pero luego suspiré.

—Estuve pensando en eso del baile… sexy.

Gabriel asintió sin decir nada.

—Siento que... todo mundo espera que lo haga. Que me ponga un conjunto revelador, que me mueva de cierta forma, que sea… no sé… deseable.

—¿Y eso te incomoda? —preguntó, sin juicio.

Jugué con los dedos de mi pulsera antes de responder.

—Un poco. No porque no pueda hacerlo, o porque me dé pena exactamente. Es más como… como si fuera cruzar otra línea. Como si bailar así fuera decirle al mundo: "sí, soy una chica, y tengo un cuerpo de chica, y lo sé… y está bien que me veas". Y no sé si estoy lista para eso.

Gabriel asintió despacio. Me miró con una ternura inmensa.

—Tú no le debes nada a nadie, Julieta. Ni a Mariana, ni a Diana, ni a los chicos, ni a tu mamá. Ni siquiera a mí. Esa fiesta es tuya. Tu cuerpo es tuyo. Si quieres hacer ese baile porque te emociona, hazlo. Pero si lo haces por presión, por expectativa o por miedo a decepcionar a alguien… no vale la pena.

Tragué saliva.

—A veces siento que me estoy dejando llevar, como si esta vida me hubiera absorbido sin darme cuenta. Como si fuera una corriente y yo solo flotara encima.

—¿Y eso está mal?

Lo miré con cierta sorpresa.

—No lo sé…

Gabriel bajó la mirada y luego volvió a subirla.

—Mira… cuando eras tú, antes de todo esto… a veces te sentías fuera de lugar, ¿te acuerdas? Me decías que no sabías cómo conseguir una novia o incluso hacer nuevos amigos. Pero ahora te veo y… pareces más tú. Aunque suene raro. Te veo más cómoda, más auténtica. Estás rodeada de personas que te quieren. Incluso cuando dudas pareces más segura que antes.

Sentí que algo en mi pecho se aflojaba.

—¿Tú crees que estoy cambiando?

—Creo que estás creciendo. Y creo que estás encontrando una parte de ti que antes estaba escondida. Eso no es malo.

—¿Y si esa parte… se queda? —pregunté en voz baja.

Gabriel tomó mi mano.

—Entonces se queda.

Apoyé la cabeza en su hombro. Nos quedamos así un rato, en silencio. Luego nos dimos un beso largo y profundo.

—Gracias —susurré.

—No tienes nada que agradecer. Eres una mujer increíble. No cualquiera podría pasar por todo lo que has vivido sin volverse loca.

El cielo ya era oscuro cuando nos despedimos. Entré a casa con una sensación nueva, no exactamente de seguridad, pero sí de acompañamiento. Como si, incluso entre dudas, hubiera alguien que entendía mi camino.

Y eso, pensé, era casi tan importante como tener todas las respuestas.

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