sábado, 18 de abril de 2026

Princesita sexy (18)


Esta caption pertenece a una serie.
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Capítulo 18 – Princesita sexy

Me miré al espejo. Llevaba puesto un vestido de cóctel azul que mi mamá me había regalado. Desde que cumplí once, se había vuelto una especie de tradición que, cada cumpleaños, recibiera un vestido nuevo. Este era corto, con el largo justo para cubrir mi ropa interior… y mi dignidad. También llevaba unos tacones pequeños que me dificultaban caminar, especialmente con ese vestido tan ajustado. Definitivamente no es algo que usaría para salir al exterior, pensé, aunque admití que me veía linda. Porque sí, era linda. Eso ya no me costaba reconocerlo.

Estaba terminando de maquillarme cuando comenzaron a llegar los invitados.

La primera, por supuesto, fue Mariana. En cuanto me vio, soltó una exclamación:

—Te ves como una princesita sexy.

Sentí cómo mi último vestigio de masculinidad se deshacía con ese halago. Princesita sexy. Esas dos palabras juntas definían perfectamente lo que ahora era: una mezcla de inocencia y algo más, algo que comenzaba a despertar en mí. No supe si reír, esconderme o sonrojarme, así que me limité a decir:

—Gracias.

Poco después llegó Diana, mi mejor amiga de la secundaria. En menos de diez minutos las tres estábamos platicando como si siempre hubiéramos sido parte del mismo grupo, riendo, recordando cosas, admirando la decoración sencilla que mi mamá había puesto en el patio.

Los invitados fueron llegando poco a poco. Una docena de compañeros de secundaria, entre chicas y chicos. Un par de amigas de la primaria que aún frecuentaba, y también algunos amigos de mis padres. Todo parecía transcurrir con ligereza y alegría.

Hasta que llegó Gabriel.

Vestía pantalón de mezclilla oscura y una camisa clara, con las mangas arremangadas. Al verme, se quedó unos segundos con la boca entreabierta, como si el aire se le hubiera escapado del pecho.

—Te ves increíble —dijo por fin.

Sentí mis mejillas arder. Lo tomé de la mano y lo presenté con mis mejores amigas. Mariana y Diana soltaron comentarios casi al unísono:

—Hacen una pareja hermosa.

—Y él es muy guapo… te conseguiste un buen novio.

Sonreí, aunque por dentro el nerviosismo aumentaba. Aún faltaba la parte más difícil.

Minutos después, nos acercamos a mis padres.

—Mamá, papá… él es Gabriel —dije con voz serena—. Es... es.... es mi novio.

Hubo un silencio breve. Pensé en lo irónico que era estar presentando a mi mejor amigo como mi novio. En otra vida él fue mi compañero de fútbol y videojuegos, en aquella vida dónde yo era un varón. Pero esa vida ya no existía más. Llevaba cerca de dos años viviendo como una mujer y cada día me parecía más lejana mi vida de chico.

Mi papá le estrechó la mano con firmeza y le pidió que pasara a la mesa. Mi mamá, con una expresión medida, fingió que no lo conocía de antes. Fue su forma sutil de decir que nos perdonaba, que aceptaba la relación y que quería que todo marchara en armonía.

La fiesta continuó con risas, buena comida y algo de música. Bailamos. Jugamos. Nos tomamos muchas fotos. En algún momento de la noche, Gabriel y yo nos besamos frente a todos. No fue un beso largo ni provocador, pero sí suficiente para confirmar lo que éramos.... que éramos novios.

Yo, por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentir dudas. No pensé en si era correcto o no. Dejé de pensar en mi vida anterior como chico. No pensé en la fecha de vencimiento del hechizo.

Solo me permití sentirme feliz. Como una chica enamorada, disfrutando de su cumpleaños. Como una mujer viviendo su propia historia.

...

Los meses siguientes fueron, en apariencia, muy parecidos a los anteriores. Seguí con mi rutina: la escuela por las mañanas, las tareas por las tardes, alguna tarde de juegos o charlas con Mariana, y los besos con Gabriel un par de veces por semana, aunque ahora lo hacíamos en mi habitación con la puerta abierta, bajo la supervisión tácita de mi madre.

Había otras diferencias notables. La más evidente y que lo cambiaba todo era que ahora era oficialmente la novia de un chico. De mi mejor amigo. De Gabriel.

Eso significaba que podíamos caminar tomados de la mano por los pasillos, sentarnos juntos en los recreos, e incluso compartir un beso fugaz frente a nuestros amigos sin temor a ser sorprendidos. Esa nueva normalidad me traía una extraña sensación de equilibrio. Había aceptado mi lugar en el mundo, al menos por ahora.

Otra gran diferencia era más silenciosa, más íntima, pero imposible de ignorar: mis hormonas empezaban a manifestarse con fuerza, como olas suaves que de pronto golpeaban con intensidad inesperada. Comencé a despertar un apetito nuevo, femenino. Algunas noches, los sueños me sorprendían: Gabriel y yo nos besábamos con más pasión, nos acariciábamos como no nos habíamos atrevido aún en la vida real, y esas imágenes me hacían despertar con el corazón agitado, el cuerpo cálido y la entrepierna mojada.

Al principio, me sentía confundida. ¿Esto es normal?, me preguntaba. Pero con el tiempo, comencé a entender que explorar mi cuerpo era también parte de habitarlo.

A solas, me fui descubriendo sin apuro ni culpa. Con mis dedos comencé a penetrar mi vulva. Las primeras veces lo hice lentamente y con pudor, casi con vergüenza. Después comencé a hacerlo con mucha más intensidad y usando más dedos. Como chico empecé a masturbarme a los once, como chica lo hice a los catorce y pensé, casi con pudor: mi nueva sexualidad es incluso más placentera.

Y para mi sorpresa, la sensación era distinta. No solo más intensa. También más… completa. Como si mi cuerpo entero participara del placer, no solo una parte. Todas esas sesiones dándome placer con mi nuevo cuerpo me hicieron sentir más conectada con lo que ahora era.

A veces, en medio de esas exploraciones, recordaba al chico que fui. Me preguntaba qué pensaría de verme así, retorciéndome de placer en mi cama, con mi cuerpo de niña, disfrutando de una forma que él nunca experimentó. 

Ya no importa, pensaba después, mientras recuperaba el aliento. Ya no soy un chico, no lo seré hasta dentro de unos años.

...

Unos meses después, fue el turno de Gabriel de cumplir catorce. Lo celebró con una comida sencilla en un restaurante con sus papás. Yo fui la única invitada fuera de la familia.

Elegí un vestido violeta, sencillo, hasta la rodilla. Me tomó casi una hora decidirme por ese atuendo: algo bonito, pero no demasiado elegante, algo que dijera me importa, sin parecer estoy nerviosa por conocer a tus padres. Aunque, en realidad si sentía nervios por presentarme ante los padres de mi novio.

Conocía a los papás de Gabriel. En otra vida. En otra realidad. Pero ellos no me conocían a mí. Al menos no conocían a Julieta.

Se mostraron amables y cálidos, me escucharon con atención, preguntaron por mis materias favoritas, por mis pasatiempos, por cómo conocí a Gabriel. Respondí con una sonrisa genuina. Por primera vez no sentí que estaba actuando. Era simplemente yo.

Después de la comida, Gabriel me acompañó hasta mi casa. Caminamos en silencio, como tantas veces antes, hasta que llegamos frente a la puerta.

—Faltan solo tres años para que vuelvas a ser tú mismo —dijo Gabriel de pronto.

Me quedé quieta. Miré mis zapatos. Luego alcé la vista.

—No estoy segura de querer volver a ser... un chico.

Las palabra salieron solas. Como si las hubiera estado masticando desde hacía semanas y por fin encontrara el valor de decirlas en voz alta.

Gabriel frunció el ceño, no con rechazo, sino con confusión.

—¿Lo dices en serio?

—No lo sé —respondí—. A veces me despierto y pienso que todo esto es un error… que algún día despertaré y todo volverá a ser como antes. Pero otras veces… como hoy… siento que no quiero perder esto que ahora tengo. No quiero perderte a ti. Ni a Mariana. Ni a esta vida.

—Pero eras feliz antes, ¿no?

—Sí… pero era diferente. Nunca me sentí así. Nunca me sentí tan… viva.

Gabriel no respondió de inmediato. Solo me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Entonces… pase lo que pase, quiero que sepas algo. Fue mi deseo el que te hizo esto. Cuando volvamos a tener el tótem, pediremos un deseo tuyo. Podrás desear lo que tú quieras: volver a ser un chico… u otra cosa. Lo que sea.

Sentí que el pecho se me llenaba de algo tibio y frágil. Lo abracé con fuerza.

—Gracias.

No necesitábamos decir más.

Esa noche, acostada en mi cama, pensé en sus palabras. Tres años. Solo tres años para decidir quién quería ser. Tres años para elegir entre el fantasma de Romeo y la realidad de Julieta.

Y por primera vez, la respuesta no me pareció tan obvia.

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