domingo, 12 de abril de 2026

Bajo ataque (12)


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Capítulo 12 – Bajo ataque

Estábamos haciendo una práctica clave en el taller de electricidad: una instalación en serie. Agustín y yo trabajábamos concentrados, moviéndonos por el espacio para alcanzar materiales y conectar cables. Como siempre, yo llevaba el uniforme con falda. Aunque me había ido acostumbrando con los meses, ese día en particular me resultaba incómoda. Tenía que moverme con cuidado, calcular cada inclinación, asegurarme de no mostrar de más. No quería que ningún ojo curioso pudiera ver mis bragas. Era agotador tener que pensar en eso constantemente.

Una trabajadora tocó a la puerta y llamó al profesor desde la dirección. Antes de salir, él dejó un mensaje claro:

—Los dejo trabajando, chicos. No quiero ningún problema.

El volumen del salón subió apenas, lo suficiente para generar una atmósfera menos tensa, pero Agustín y yo no le dimos importancia. Estábamos tan metidos en nuestra práctica que el resto del mundo parecía desdibujado. Solo existían los cables, las conexiones, la satisfacción de ver cómo todo encajaba.

A unos pasos de nosotros, Enrique comenzó afilar su lápiz cerca del bote de basura. Yo no pude notarlo, pero llevaba escondido su celular en modo cámara. Estaban prohibidos en la escuela, pero casi todos los estudiantes llevaban uno consigo. Esperó pacientemente a que yo me inclinara lo justo y, con la destreza del que ya ha hecho algo así antes, bajó la mano para capturar una foto.

Nadie lo notó. Ni siquiera yo. Tardé unos días en saber lo que había pasado.

La clase terminó sin incidentes. Salí del taller sintiéndome bien por el trabajo realizado, sin sospechar nada.

Los problemas comenzaron una semana después.

Empecé a notar risas contenidas, miradas prolongadas, cuchicheos cuando pasaba por los pasillos. Al principio creí que me lo imaginaba, que era paranoia mía. Hasta que Diana se me acercó con el celular en la mano, la expresión seria.

—¿Eres tú? —me preguntó, mostrándome la pantalla.

Sentí un fuego helado recorriéndome la espalda. Allí estaba: mi falda, mis piernas, mi ropa interior. Todo expuesto en la pantalla. Me puse roja hasta las orejas. El estómago se me hizo un nudo tan apretado que pensé que vomitaría.

Corrimos a buscar a Agustín, quizá él había notado algo esa tarde. Lo encontramos junto a Gabriel, que estaba apoyado en una pared con los brazos cruzados.

—Debes haber visto algo. ¿Quién tomó la foto? —preguntó Gabriel, con un tono serio que no le había escuchado antes.

—No sé nada —dijo Agustín, claramente apenado—. Mira la foto, me alcanzo a ver en una esquina de la imagen, yo estaba viendo a otro lado. Pero fue justo cuando el profe salió del salón. Miren, la instalación está a medias.

Diana y yo llegamos justo cuando decía eso.

—Fue Enrique —dije, sin titubear.

Lo sabía. Lo sabía por mi vida anterior, cuando fui Romeo y vi cómo Enrique hacía ese tipo de cosas. Cómo se reía de las fotos que tomaba a escondidas con sus amigos. Cómo presumía de sus "trofeos". No tenía pruebas, pero tampoco dudas.

Hablamos con otros compañeros. Varios recordaban que Enrique se había colocado detrás de mí con el pretexto de sacar punta a su lápiz. Algo que era raro, porque la práctica no ocupaba lápices.

—Tienes que denunciarlo —insistió Diana, agarrándome del brazo.

—No tenemos pruebas —dije, bajando la mirada.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia tan intensa que me quemaba por dentro. Si aún tuviera mi cuerpo masculino, más alto, más fuerte, podría enfrentarlo. Podría plantarme frente a él y exigirle que borrara esa foto. Podría partirle la cara si hiciera falta. Pero ahora… no. Ahora solo podía tragar saliva, aguantar la vergüenza y esperar que el rumor muriera solo.

El receso terminó y, con él, cualquier intento de justicia.

...

Al salir de clases, comenzaron a correr otros rumores: los chicos se estaban reuniendo en un terreno baldío, a dos cuadras de la escuela. Lo supe de inmediato: habría una pelea. Normalmente no me interesaban esas cosas, en mi vida anterior las evitaba. Pero algo me hacía sentir intranquila.

Entonces Agustín apareció corriendo hacia Diana y a mí, agitado.

—¡Es Gabriel! —jadeó—. Se va a pelear con Enrique.

Ambas salimos corriendo sin pensarlo.

Cuando llegamos, los chicos ya formaban un círculo alrededor de los dos contrincantes. La tensión era eléctrica, se podía cortar con un cuchillo. Enrique lanzó el primer golpe, un derechazo que Gabriel bloqueó con el antebrazo. Empezaron a intercambiar puñetazos, la mayoría fallaban o eran desviados, pero con cada segundo los rostros se iban enrojeciendo, los pechos jadeaban más fuerte y los cuerpos mostraban los primeros golpes.

Enrique, desesperado, se lanzó con todo su peso, pero Gabriel esquivó y lo sujetó por el cinturón, haciéndolo girar hasta estrellarlo contra el suelo. El golpe fue seco. Enrique se levantó furioso, errático, y recibió un golpe certero en el ojo izquierdo. Cayó de nuevo, esta vez sin levantarse.

Uno de sus amigos se interpuso.

—Ya no puede más —dijo, con las manos en alto.

La pelea terminó.

...

Un poco más tarde, estábamos en mi casa. Mis padres aún no regresaban. Desde hacía poco más de un mes, mi mamá había aceptado un ascenso que implicaba trabajar tres horas más todos los días. Como yo ya era un poco mayor —una niña de doce años, en teoría responsable—, me dio la confianza de quedarme sola un par de horas. Era la primera vez que tenía la casa para nosotros.

Llevé a Gabriel a mi cuarto.

—Quítate la camisa —dije, con tono práctico—. Tengo que limpiarte las heridas.

Gabriel obedeció. Se levantó la camiseta por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo. Al ver su torso desnudo, me quedé inmóvil un segundo. Lo había visto sin camisa cientos de veces cuando ambos éramos varones, en albercas, en partidos de fútbol bajo el sol. Pero ahora era diferente. Ahora yo era una niña y eso cambiaba todo. Lo veía más fuerte, más definido, más… atractivo.

Respiré hondo, tomé el alcohol y empecé a limpiar las heridas. Tenía un corte en el pómulo, moretones en las costillas, los nudillos raspados. Aplicaba el algodón con suavidad, soplando un poco para que no le ardiera tanto.

Mientras lo hacía, Gabriel me observaba en silencio. Yo me inclinaba sobre él, mi falda rozándole la pierna, mis manos pequeñas tocándole con delicadeza. Sentí su mirada en mí, pesada, cálida. Cuando terminé de curarlo, dejé el algodón a un lado.

Entonces él me tomó por la cintura y me sentó sobre sus piernas.

Fue un movimiento rápido, simple, pero cargado de intención. Sentí mi respiración cortarse. Estábamos cara a cara, sus manos en mi cintura, las mías apoyadas en sus hombros.

Nos besamos.

No como antes, no como aquel beso tímido en la graduación. Esta vez fue con hambre, con ganas. Sus labios presionaban los míos con una urgencia que me desarmaba. Sentía sus manos recorriendo mi espalda, sujetándome con firmeza pero sin brusquedad. Mis propias manos comenzaron a explorar su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos.

Mi mente gritaba que todo era demasiado, que esto no podía estar pasando, que nos estábamos equivocando. Pero mi cuerpo no se resistía. Se dejaba llevar, se fundía con el suyo como si hubiera estado esperando este momento desde siempre.

Una, dos, tres, quizá cuatro rondas de besos. Perdí la cuenta. Solo recuerdo el momento en que nos separamos, jadeando, sentados lado a lado en mi cama, con las manos rozándose en silencio.

—Duramos cuatro meses sin besarnos —dijo Gabriel, con una sonrisa ladeada que conocía bien.

—Ya sé —respondí, aún agitada, sintiendo el corazón latirme en las sienes.

—No creo que podamos resistirnos al hechizo…

—No estoy segura de querer resistirme —confesé en voz baja, y la honestidad de esas palabras me asustó más que cualquier otra cosa.

Hubo una pausa. Algo se acomodó en el aire entre nosotros. Un pacto tácito, una tregua con nosotras mismos.

—Te propongo algo —dije al fin—. No estoy lista para ser novia de nadie… Todo esto sigue costándome. Así que, en público, seremos solo amigos. Pero a solas… podemos darnos permiso de sentir. Solo eso. Nada de sexo. Ni ahora ni nunca. Eso no está sobre la mesa.

No podía creer lo que acababa de decir. Las palabras salieron de mi boca como si otra persona las hubiera pronunciado. Pero sentía que necesitaba esa tregua, ese límite, para no volverme loca. Para no perderme por completo en este torbellino de sensaciones que no había pedido pero que ya no podía negar.

—Cuando pasen los cinco años —añadí, mirándolo a los ojos—, todo volverá a la normalidad. Volveré a ser un hombre. Y seremos solo amigos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Gabriel.

Y entonces nos perdimos en otro beso.

En el fondo sabíamos que estábamos jugando con fuego. Sabíamos que estos límites que acabábamos de poner eran frágiles, probablemente imposibles de mantener. Sabíamos que nos estábamos mintiendo al creer que podríamos controlar esto.

Pero el deseo en nosotros era tan intenso, tan abrumador, que no teníamos otra opción más que fingir que teníamos todo bajo control.

Esa noche, cuando Gabriel se fue y yo me quedé sola en mi cuarto, me miré al espejo. Tenía los labios hinchados, las mejillas coloradas, el cabello revuelto.

La niña del reflejo me sonrió.

Y por primera vez, no aparté la mirada.

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