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Capítulo 17 – Definiciones
Gabriel y yo caminábamos juntos en silencio.
El día había sido larguísimo. Desde que nos vimos por la mañana sabíamos que teníamos que hablar de lo ocurrido el día anterior, pero ninguno se había atrevido a comenzar la conversación. Ahora caminábamos por la calle, al salir de clases, acompañándonos sin prisas. Los pasos sincronizados. El aire cargado de palabras no dichas.
Pasamos al menos cinco minutos sin romper el silencio. Finalmente, Gabriel habló:
—¿Qué te dijo tu mamá… ayer?
Suspiré.
—Me dijo que debes venir a mi fiesta de cumpleaños… en quince días. Y que debo presentarte como mi novio o me prohibirá verte.
No lo dije con enojo. Lo dije como quien entrega un papel con una sentencia ya firmada.
Gabriel asintió con lentitud, como si masticara cada palabra que acababa de oír. Pero no dijo nada.
Unos segundos después, con la mirada en el suelo, preguntó:
—¿Entonces somos novios?
Me detuve. Lo pensé unos segundos y, sin mirarlo directamente, respondí:
—Llevamos un año quedando a solas para besarnos… Tal vez sí somos novios.
Me sonrojé al decirlo. Pero no desvié la mirada por completo.
Gabriel soltó una risa suave, sin burla, más bien como si acabara de descubrir algo tierno y extraño al mismo tiempo.
—Es chistoso… —dijo—. Nunca me besé con nadie durante más de cuatro meses. Eres la primera chi… la primera persona con la que me beso durante tanto tiempo.
Se detuvo a la mitad de la palabra "chica". Como si la lengua se le atascara en la garganta. No quería ofenderme. Sabía que, detrás de esta sonrisa dulce y este cuerpo pequeño con piernas largas y lindos senos —sí, yo misma podía reconocerlo ahora—, seguía estando su mejor amigo.
Lo entendí. Y di un paso más allá.
—Soy una chica, Gabriel.
Lo dije en voz baja, pero firme. Como si acabara de cruzar una frontera interna. Como si hubiera firmado un tratado de paz conmigo misma.
—Uso faldas y vestidos. En vacaciones usé bikini. Me he besado con un chico todas las semanas desde hace un año. Incluso… tengo mi periodo ahora mismo. Soy una chica.
Se me quebró la voz en la última frase. Había algunas lágrimas en mis ojos, pero no las escondí.
Y en ese momento, mi voz interna de chico, la voz de Romeo se hizo muy pequeña. Todavía estaba ahí, susurrando pero sonaba lejana. Como un eco en una habitación vacía.
Porque la verdad era que yo ya no era Romeo. No del todo. No como antes.
Era Julieta. Y Julieta necesitaba decir esas palabras.
Gabriel me miró con una mezcla de sorpresa, ternura y respeto. No dijo nada de inmediato. Solo me tendió la mano, como si me pidiera permiso para tomarla.
Entrelacé mis dedos con los de él. Sentí el calor de su piel, la familiaridad de ese gesto. Habíamos hecho esto millones de veces, pero ahora era diferente. Ahora significaba algo más.
—Voy a ir —dijo Gabriel, al fin—. A tu fiesta. Y voy a presentarme como tu novio. Porque eso soy, ¿no?
Asentí, sin poder evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.
Caminamos así, tomados de la mano, sin necesidad de decir más. Sabíamos que seguíamos siendo los mismos. Los chicos que habían sido mejores amigos durante siete años. Solo que uno de nosotros ahora era una chica y nuestra relación había evolucionado más allá de la amistad.
No era tan raro lo que teníamos.
O al menos queríamos convencernos de eso.
Pero mientras caminaba a su lado, sintiendo su mano en la mía, el roce de mi falda contra mis piernas, la incomodidad de la toalla entre mis muslos, pensé en Romeo. Pensé en el chico que fui y en cómo cada día me parecía más difícil volver a ser él..
Esa noche, antes de dormir, me miré al espejo. Tenía el cabello un poco desordenado, las mejillas aún sonrojadas por la caminata, los labios ligeramente hinchados de tanto mordisquearlos nerviosamente.
—Soy Julieta —susurré.— Soy una chica.
Y por primera vez, no intenté convencerme de lo contrario.

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