domingo, 19 de abril de 2026

Montañas Rusas (19)



Esta caption pertenece a una serie.
Puedes leer la serie completa [aquí]
------------------------


Capítulo 18 – Montañas rusas

El tiempo pasó con su rutina habitual. A veces, al despertar, pensaba que mi vida de hombre había sido solo un sueño, algo que jamás ocurrió. Luego me avergonzaba de esos pensamientos... porque recordaba que cuando empezó esta aventura, todas las mañanas, antes de abrir los ojos, deseaba con todas mis fuerzas que mi vida como mujer hubiera sido solo una pesadilla. No era sino hasta verme al espejo o sentir mi entrepierna que notaba que seguía en el cuerpo de una niña.

Pero ahora… no podía ser que me estuviera gustando tanto ser mujer.

Esa idea me asaltaba en los momentos más inesperados. Mientras me peinaba frente al espejo. Mientras reía con Mariana. Mientras sentía el peso de la mano de Gabriel en mi cintura. 

Unos meses después del cumpleaños de Gabriel, él me invitó a un parque de diversiones. Íbamos al menos tres veces al año en mi otra realidad, donde ambos éramos chicos, pero en este nuevo mundo no habíamos ido nunca. La noche antes de la salida, pensé que podría ser una buena oportunidad para reconectar con mi masculinidad perdida, y preparé ropa muy holgada: un pantalón y una playera oversize. Al probármela, noté que ni así lucía masculina; más bien parecía una chica usando ropa de su hermano mayor. Mis caderas, mis pechos, mi forma de sostener el cuerpo… todo delataba lo que ahora era.

Al final, me decidí por un short pegado para evitar el calor. Las faldas y vestidos estaban fuera de discusión, pues en los juegos podría terminar exponiendo mis bragas. Me puse un top fresco y en mi bolso preparé una sudadera por si acaso. Como estaba en mis días, también llevé tampones. Me di cuenta de que con ese estilo estaría cómoda en el parque, y que, acompañada de Gabriel, nadie se metería conmigo. Porque eso era algo que había aprendido: el mundo era más seguro cuando él estaba cerca.

...

Al día siguiente, me levanté temprano, me bañé, me arreglé, me maquillé discretamente, me coloqué el tampón y estaba lista cuando Gabriel pasó por mí. Mis papás nos llevaron al parque, y los de Gabriel irían por nosotros al final del día. Como chicos, ambos habíamos ido solos al parque desde los trece, pero al parecer mis papás no me daban tanta libertad ahora que era una chica. Eso me fastidiaba, pero también lo entendía. El mundo era diferente para nosotras, las niñas.

Cuando llegamos, el aire olía a algodón de azúcar, frituras y adrenalina. Las risas se mezclaban con los gritos lejanos de las montañas rusas. Gabriel compró las entradas y me puso la pulsera del acceso con cuidado, como si fuese una joya delicada. Ese gesto, tan pequeño, me hizo sentir querida.

—¿Cuál primero? —preguntó él, mirando el mapa del parque.

—Quiero ir a la montaña rusa gigante —respondí, desafiante.

Gabriel me miró con una ceja alzada.

—¿Segura? No vayas a gritar más que yo…

—¿Estás diciendo que ahora que soy chica voy a gritar más? Te recuerdo que siempre has sido más miedoso para estas cosas que yo —le devolví, con media sonrisa.

—Claro que no, hasta te recuerdo vomitando alguna vez al bajar de esa cosa —dijo él, dándome un golpecito suave en la nariz.

Solté una carcajada. Me sentí ligera. Por un momento, fui simplemente yo, sin etiquetas, sin confusiones.

La fila para la montaña rusa fue larga, pero no nos importó. Hablamos de películas, de Mariana, de nuestras clases favoritas. También hubo silencios cómodos, de esos que una pareja suele llenar con besos y caricias ligeras, y eso hicimos cada vez que nos quedábamos sin temas de conversación. Besos apasionados entre la multitud, manos entrelazadas, miradas que decían más que las palabras.

Cuando por fin nos subimos al juego, sentí una mezcla de emoción y miedo. Mientras el carrito subía lentamente, Gabriel me tomó la mano.

—Si gritas mucho, prometo no burlarme —dijo él.

—No grito —respondí, apretando su mano con fuerza.

La caída fue brutal. El mundo se volteó, el aire desapareció, los gritos se me escaparon sin permiso. Como chico jamás había gritado tanto en una montaña rusa; mi nuevo cuerpo no dejaba de sorprenderme. Todo se sentía más intenso, más visceral.

Cuando bajamos, tenía el cabello revuelto y las piernas temblorosas.

—¿No gritas, eh? —bromeó Gabriel.

Le di un manotazo en el brazo, entre risas.

—Quiero besarte, pero me preocupa que vayas a vomitar —siguió.

Como respuesta, le di un beso apasionado. No me importaba nada más.

Después vinieron otros juegos: uno giratorio que me dejó mareada, uno de realidad virtual que nos hizo gritar como niños, y uno de agua que nos empapó por completo. Con mi top mojado y una sonrisa en el rostro, noté algo raro en la mirada de Gabriel. Luego recordé lo que les pasa a las chicas con las playeras mojadas y me cubrí el pecho con las manos instintivamente.

Gabriel se disculpó por mirarme.

Me enojé con él por un momento, pero no estuve enojada mucho tiempo. Porque mis nuevos pechos eran la parte de mi cuerpo que más me costaba aceptar. Esas voluptuosidades atraían más atención de la que deseaba, y sabía que si yo hubiera tenido la oportunidad de ver a una chica como yo con playera mojada en mi vida anterior, no la habría desperdiciado. Romeo habría mirado,pensé. Y probablemente habría hecho algún comentario estúpido con sus amigos.

—Si aún fueras un chico, tampoco hubieras evitado mirar —bromeó Gabriel cuando se me pasó el coraje. Pareció leerme la mente.

Tuvimos que ir a los lockers, donde me puse la sudadera para evitar miradas incómodas de desconocidos. Aprovechamos para ir a comer papas con queso y refresco.

—Te ves feliz —dijo Gabriel, observándome.

—Lo estoy —respondí, sin pensar.

Me detuve un segundo.

—Es raro, ¿no? —dije con calma.

—¿Qué?

—Todo esto. Tú y yo, así. Si alguien nos hubiera dicho hace unos años que terminaríamos en una cita, no lo habríamos creído.

—Tampoco hubiéramos creído que volveríamos a vivir nuestra vida desde los once años —respondió.

Me encogí de hombros.

—No importa cómo empezó. Me gusta cómo se siente ahora.

Lo miré y vi la sinceridad en sus ojos. Me incliné hacia él y le di un beso rápido, con sabor a refresco y sol.

Más tarde, ya de camino a la rueda de la fortuna, me sentí ligeramente húmeda. No por el agua del juego, sino porque el tampón necesitaba ser cambiado. Le susurré a Gabriel que me esperara cerca y fui al baño sola.

Allí, en la intimidad del cubículo, me sentí demasiado mujer. Una chica en un parque de diversiones, preocupada por detalles que antes no existían en mi vida, cómo cambiarme el tampón o no hacer esperar demasiado a mi novio. Me cambié rápido, con práctica, y salí ajustándome el short.

Gabriel me recibió con una sonrisa.

—¿Todo bien?

—Sí, estoy en mis días —dije con naturalidad y lo tomé del brazo—. Vámonos a la rueda.

La cabina oscilaba levemente mientras subíamos. Desde arriba, se veía toda la ciudad, el parque, el cielo encendido por la luz dorada de la tarde. Apoyé la cabeza en el hombro de Gabriel y él me acarició los dedos con los suyos.

—Te quiero —dijo él, casi en un susurro.

No contesté al instante. Solo lo miré con los ojos brillantes. Y entonces, con voz muy baja, le dije:

—Yo también te quiero. Mucho.

De repente nos fundimos en un beso apasionado. Pude sentir las manos de Gabriel recorriendo partes que nunca me había tocado. Todo el contacto fue por encima de la ropa, pero no pude evitar sentir una humedad en mi entrepierna que nada tenía que ver con el tampón. Está llegando a segunda base conmigo, pensé, y la idea me excitó más de lo que quería admitir.

La cabina giró lentamente y comenzó a descender. Pero para mí, todo parecía estar en su lugar. Como si mi mundo, por fin, estuviera encontrando el equilibrio.

...

Un par de meses después, la cita al parque de diversiones se había vuelto un recuerdo brillante en mi memoria. La secundaria seguía su curso, la relación con Gabriel fluía con naturalidad y mi vida parecía haber alcanzado cierta estabilidad.

Fue entonces cuando empezó a hablarse de algo que, hasta entonces, había evitado por completo: mi fiesta de quince años.

Al principio, la idea me parecía absurda. ¿Una fiesta de quince para mí? No me sentía una princesa, ni me veía dando vueltas con un vestido enorme, ni imaginaba el vals rodeada de chicos en traje. 

Pero con el tiempo, algo cambió. Tal vez fue la insistencia de mi madre, o las conversaciones con Mariana y Diana, quienes también tendrían sus fiestas y me insistían que yo también debía tener una. O tal vez fue que empezaba, poco a poco, a abrazar mi vida como Julieta sin tanta resistencia.

Faltaban casi seis meses, así que tenía tiempo. Lo primero en decidir fueron los chambelanes. Y no tuve dudas con el primero: Gabriel, por supuesto. Mi pareja, mi confidente, mi mejor amigo en ambas realidades. Luego pensé en Agustín, mi compañero del taller de electricidad, que siempre había sido respetuoso y divertido. Diana sugirió que su novio fuera el tercer chambelán, y al enterarse, Mariana exigió que el suyo también lo fuera. Acepté entre risas, y así quedó conformado el grupo: cuatro chicos, todos distintos entre sí, pero bien dispuestos a participar.

Los ensayos comenzaron los sábados por la tarde. Al principio eran torpes y llenos de risas, pero pronto se volvieron momentos de camaradería. Al menos entre los chicos. Ellos se empujaban, se albureaban y se tomaban del pelo como buenos amigos. Yo los observaba con una mezcla de diversión y cierta melancolía. En otro tiempo, habría sido uno más en ese grupo. En otra vida, tal vez me habría sumado al juego brusco, empujado a Agustín, hecho una broma subida de tono.

Pero ahora era distinta. Y ellos me lo recordaban en todo momento con su trato.

Conmigo eran siempre cuidadosos, amables. Me tomaban con suavidad de la cintura durante las vueltas, me ofrecían la mano para bajarme del escenario improvisado, incluso uno de ellos —Gustavo, el novio de Mariana— me decía "con permiso, damita" antes de ensayar cualquier paso de contacto. Agradecía ese trato, me hacía sentir especial. Pero también, en silencio, extrañaba la complicidad masculina que alguna vez había tenido.

Y no solo era el trato. También estaban los cuerpos.

Durante los ensayos, noté con claridad que los cuatro chicos eran mucho más altos que yo. Me llevaban al menos veinte centímetros, y al bailar, me levantaban como si no pesara nada. En mi otra realidad, yo habría medido lo mismo que Gustavo, que era el más alto del grupo. Pero ahora, en este mundo, apenas rozaba el metro cincuenta y cinco. A veces me sentía como una muñeca en brazos de gigantes. Frágil. Liviana. Femenina.

Esa palabra me daba vértigo.

Porque por más que intentara resistirme, mi cuerpo seguía alejándome de lo que fui. No solo en estatura. En curvas, en gestos, en los espacios que ocupaba en el mundo. Los ensayos, más que prepararme para un vals, me enfrentaban a una verdad que no podía evitar mirar de frente: era la quinceañera.

Y esa fiesta, esa coreografía, ese vestido que algún día usaría… todo eso era parte de mi historia ahora.

Esa noche, después de un ensayo especialmente divertido, me quedé un rato frente al espejo. Me miré de frente, con el cabello recogido por el sudor, las mejillas sonrojadas por el esfuerzo.

—Soy Julieta —dije en voz alta.

Y por primera vez, no fue una declaración de guerra contra mi pasado. Fue simplemente una presentación. Una aceptación..


No hay comentarios:

Publicar un comentario