El contrato no decía cuántas horas trabajaría. Ni qué tareas debía cumplir. Solo una cláusula extraña en la letra más fina: "Compromiso de tomar una píldora y cumplir con los deberes de una esposa obediente."
Pensé que era una broma. Pero entonces vi que en la clausula se agregaba que me entregarían un auto del año, y la promesa de un depósito millonario. Firmé.
Los de Seguridad me pusieron una bolsa en la cabeza. Sentí movimiento. Voces apagadas. Luego… oscuridad.
Desperté con el cuerpo adormecido y mi piel se sentía distinta. Más suave. Mi cuerpo era más pequeño y yo me sentía más sensible. Llevaba un vestido rosa muy corto y tacones; frente a mí estaba él.
—Bienvenida, Támara —dijo con una sonrisa tranquila—. Hoy comienza tu nueva vida. Cumple con tu parte… y yo cumpliré la mía.
Algo en su voz me hizo temblar. No de miedo. De anticipación.
No entendía por qué me sentía tan viva. Tan completa. Pero cuando me acercó a él, lo supe. Me levanto en el aire, gracias a mi nuevo cuerpo tan pequeño y ligero y comenzó a besarme con pasión me besó los labios pero también el cuello, los hombros y mis nuevos pechos regordetes. Después me colocó sobre su escritorio y me abrió las piernas, me retiró la tanga y me hizo suya... me embistió tan fuerte que tuve tres orgasmos seguidos.
No había perdido nada. Solo había hecho un trato. Y salí ganando. Soy suya y a cambio él cuidará de mí y me dará todo lo que necesite.


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