Fui el único hijo varón de mis papás. Ese fue mi lugar en el mundo, ahora es el eco de una vida pasada. La cosa más difícil de ser mujer no es el maquillaje, ni las uñas pintadas, ni la intimidad de las toallas femeninas—rituales que, para mi sorpresa, he llegado a disfrutar—sino ver a mi familia navegar los restos de quien fui.
Mi madre me confesó, con lágrimas de alegría, que siempre anheló una hija. En sus ojos, no soy un hijo perdido, sino un sueño cumplido. Pero en los ojos de mi padre… reside una pena silenciosa. No puede aceptar que su hijo, su orgullo, ahora es una mujer, es otra de sus hijas.
Y no sé qué pasará cuando se entere de la verdad que late bajo mis faldas: que llevo meses saliendo con un hombre.
Un hombre a quien le fascina verme con falda. "Tus piernas son hermosas", susurra, "sería un pecado no presumirlas". Su deseo es un fuego que me transforma. En la clandestinidad de lo público, sus juegos son un delicioso secreto: la petición de mostrarle mis bragas, su mano caliente deslizándose bajo la tela de mi falda en una travesura fugaz que me acelera el corazón.
Y cuando la puerta de su departamento se cierra, la fachada se desvanece. Le encanta cogerme subiéndome la falda y corriendo la delgada tira de la tanguita a un lado. La primera vez me sentí humillada; ahora, ese mismo acto me enciende. Encuentro una libertad vertiginosa en la rendición, una seguridad profunda en sentirme deseada y dominada por él.


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