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domingo, 5 de octubre de 2025

INDICE: CONEJITA EN PATINES

 


Esteban es el asistente del entrenador de las Roller Rabbids, un equipo femenil de hockey sobre asfalto, cuando la jugadora estrella es lesionada en un juego. El coach y la doctora del equipo le proponen a Esteban usar el "Protocolo: Afrodita" para que pueda convertirse en mujer y ser parte del equipo. Por desgracia, o fortuna, esto implicará nuevas aventuras y emociones femeninas para Esteban o mejor dicho para Dulce.


Capítulo 1: Golpe Bajo

Capítulo 2: Cambios en el juego

Capítulo 3: Una Jugadora Prodigio

Capítulo 4: Transformación dentro y fuera de la cancha

Capítulo 5: Una fiesta y un short muy corto

Capítulo 6: Mentes en el juego

Capítulo 7: Apuesta a Ciegas

Capítulo 8: Deuda

Capítulo 9: Dolor, dudas y desiciones

Capítulo 10: Plumas y Tacones

Capítulo 11: Cuando alguien cree en ti

Capítulo 12: Desiciones que no se pueden patear

Capítulo 13: Ser una nenita

Capítulo 14: El juego definitivo

Capítulo 15: La decisión

Capítulo 16: Nuevas Formaciones



Nuevas Formaciones (16)

 


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EPÍLOGO: NUEVAS FORMACIONES

Cinco años después.

El sol de la tarde se filtraba cálido a través de los ventanales del penthouse, iluminando los trofeos en la repisa, las plantas cuidadosamente ubicadas y la mesa del comedor, cubierta con apuntes tácticos, tabletas y botellas de agua mineral. Afuera, el estadio profesional de los Zorros del Norte imponía su presencia. Dentro, el ambiente estaba cargado de estrategia… y algo más.

Dulce se movía por la sala con soltura, enfundada en un vestido de verano color crema, ajustado en la cintura, con un ligero vuelo en la falda que rozaba sus muslos con cada paso. Llevaba medias color piel que realzaban sus piernas torneadas y unos tacones nude, elegantes y afilados, que la hacían caminar con esa mezcla perfecta entre feminidad y firmeza. A pesar de su embarazo de tres meses, se veía segura, cómoda… plena no quedaba rastro del hombre que fue hace tiempo. 

Mientras sostenía una tablet en una mano, la otra estaba en su cadera. Leía con atención una gráfica de rendimiento, el ceño fruncido, los labios pintados de rosa ligeramente apretados.

—Te digo que si vuelves a alinear a Torres como carrilero, lo vas a quemar. Está corriendo mucho sin balón. El desgaste es absurdo —dijo, sin apartar la vista del análisis.

Carlos, apoyado en la barra de la cocina con una taza de café, no sabía si admirarla más como analista deportiva, como nutrióloga del equipo, o como la mujer de su vida. O todo junto.

—Torres bajó dos kilos. Dijo que está listo —insistió él, alzando una ceja.

Dulce giró hacia él, con esa mirada que combinaba ternura y autoridad.

—¿Y yo qué hice esta semana? —preguntó con voz suave pero firme—. Subí uno… y aún tengo mejor visión de campo que tú.

Carlos soltó una carcajada, acercándose a la mesa donde Dulce tenía desplegados los esquemas de juego.

—¿Desde cuándo las mujeres embarazadas dan clases de presión alta?

—Desde que una de ellas fue la mejor medio ofensiva universitaria de la última década —respondió ella, orgullosa, señalando el diagrama—. Mira: si presionamos alto a las Cobras, nos van a destrozar con pases largos. Lo sabes. Solo no quieres aceptarlo porque detestas jugar en bloque bajo.

—Me casé con una tirana táctica —murmuró él.

—Y una diosa de las estadísticas —agregó ella.

Carlos se acercó más. Se detuvo justo detrás de ella, bajó la cabeza, rozó su cuello con los labios.

—También te ves demasiado sexy con ese vestido —susurró.

Dulce soltó una sonrisa pícara, pero no se giró de inmediato. Tomó su tiempo para apoyarse en la mesa, dándole la espalda, moviendo apenas la cadera con coquetería.

—¿Sabes? —dijo, con voz grave— A veces olvidas que sigo siendo dominante.

Carlos la tomó suavemente por la cintura, riendo.

—Cuando te pongo en cuatro, no pareces tan dominante.

Entonces ella se dio la vuelta, rodeó su cuello con los brazos y lo miró directo a los ojos, con una sonrisa peligrosa y deliciosa.

Cuando estoy en cuatro.. es porque decidí estar en cuatro... Traigo lencería abajo de este vestido, papi.

Carlos no dijo nada. Solo la besó. Lento. Profundo. Como si aún no pudiera creer que esa mujer fuera su esposa, su compañera de equipo, su rival en táctica, la madre de su futuro hijo o hija. Como si supiera que ese beso era apenas el primero de muchos más esa noche… y en todas las que vendrían.

Allá afuera, los partidos seguían. Pero el mejor equipo ya lo formaban ellos dos.

FIN

sábado, 4 de octubre de 2025

La Desición (15)

 


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CAPÍTULO 15: LA DECISIÓN

El estadio estaba vacío.

Las luces comenzaban a apagarse una por una, dejando zonas en penumbra. Las gradas, hace apenas una hora repletas de gritos y aplausos, ahora estaban en silencio. Solo quedaban Carlos y Dulce, sentados lado a lado en una de las bancas de concreto, mirando hacia el campo.

El marcador aún mostraba el 1-0. De nuevo se escabulleron al vestidor de hombres. 

—¿Ahora sí podemos hablar de “nosotros”? —preguntó Carlos con una sonrisa suave, sin mirar directamente a Dulce.

Ella tardó un segundo en responder.

—Sí… creo que ya es hora.

Carlos giró hacia ella, expectante. Dulce respiró hondo.

—Cuando llegué al equipo… no era nueva. No del todo. Fui asistente del coach Ríos por un par de años. Me llamaba Esteban. Estudiaba nutriología, pero siempre soñé con ser coach. Cuando Juana se lesionó, el equipo estaba al borde del colapso… y bueno, ya sabes el resto. La doctora Vega me ofreció la píldora rosa.

Carlos asintió lentamente. No parecía sorprendido. De hecho, sonrió como si por fin una pieza encajara.

—Lo sospechaba —dijo tranquilo—. Las jugadas que tú proponías, las maneras en que anticipabas el ritmo del equipo… eso no se aprende en una semana. Yo he entrenado equipos desde preparatoria. Nadie conoce así a un grupo si no ha estado con ellas al menos un par de años.

Dulce bajó la mirada.

—Tenía miedo de decirlo. De lo que pensarías de mí. De que me dejaras de ver como…

Carlos la interrumpió, tocándole la mano con delicadeza.

—Como la mujer de la que me estoy enamorando.

Ella lo miró, los ojos vidriosos.

—¿En serio no te importa?

—Me importa lo que haces, lo que dices, cómo te esfuerzas… lo que sientes. Tu historia no borra nada de eso.
—Hizo una pausa—. Así que… quiero preguntarte algo formalmente.

Dulce arqueó una ceja, divertida.

—¿Estás por pedirme matrimonio? Porque me estoy adaptando al drama, pero aún no tanto.

Ambos rieron. Carlos negó con la cabeza, divertido.

—No, loca. Te estoy pidiendo que seas mi novia.

Dulce lo miró, el corazón dándole un vuelco.

—¿Tu novia?

—Así es. La mía. Para que no se lo digas solo a tus compañeras del equipo, sino también a los de mi familia —dijo, y luego sacó algo del bolsillo.

Una pequeña cápsula rosa.

Dulce la reconoció al instante.

Carlos se la ofreció con la palma abierta.

—Mi tío me la dio. Dijo que te la entregara si hablábamos… y si tú decidías seguir adelante. No quería presionarte. Solo asegurarse de que tú tuvieras el control de tu camino.

Dulce tomó la cápsula entre sus dedos. La observó bajo la tenue luz del estadio.

No dijo nada por un momento.

Y luego, la guardó con cuidado en su mochila.

Se volvió hacia Carlos, con una media sonrisa.

—No estoy lista para tomarla hoy. Pero ahora… ya sé qué quiero decidir.

Carlos se acercó, y ella no retrocedió.

—¿Y qué es lo que quieres? —murmuró él, a centímetros de sus labios.

—A ti —susurró ella.

Y se besaron. No como antes. Esta vez fue largo, seguro, intenso, como si los dos supieran que ese solo era el primero de muchos.

La última luz del estadio se apagó, pero a ellos no les hizo falta más claridad. Carlos levantó la falda de Dulce y bajo sus bragas. Bajo un poco su pantalón. Se puso protección. Y comenzó a embestirla. Ella estaba en cuatro apoyada contra una banca. Gimiendo de placer. 

Ya habían encontrado lo que buscaban. 

viernes, 3 de octubre de 2025

El juego definitivo (14)

 


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CAPÍTULO 14: EL JUEGO DEFINITIVO

El gran final estaba frente a ellas. Las Roller Rabbits se enfrentaban a las Cheetahs, un equipo de jugadoras rápidas y duras, que habían dominado la temporada. Era un partido de respeto mutuo, con pocas palabras y mucha acción.

La cancha estaba llena, el público rugía y el bullicio se mezclaba con el sonido de los patines rozando el asfalto. El aire estaba cargado de tensión, el aroma a sudor y goma mezclado con el murmullo de la multitud.

0-0.

Ese había sido el marcador durante casi todo el tiempo. Cada jugada era un enfrentamiento táctico, con ambas defensas imponentes y las porteras reaccionando con reflejos felinos. Había algo en el aire que decía que ese no sería un partido fácil. Nadie había cedido. El respeto entre los dos equipos era palpable. Los golpes, las caídas, las carreras frenéticas; todo era parte de la estrategia, de un juego limpio pero intenso.

Dulce se encontraba en medio de la cancha, sudando, respirando entrecortada. Su camiseta pegada a la piel, el cabello recogido en una coleta apretada. Pero su mente, lejos de estar en su cuerpo, parecía elevarse sobre el juego, observando todo desde una nueva perspectiva. Mientras patinaba en busca de un espacio, sus ojos se fijaron brevemente en una de las jugadoras rivales, una defensora con un uniforme que, como el de ella, marcaba cada contorno de su cuerpo.

Antes, cuando era Esteban, habría sentido curiosidad, morbo incluso. Pero ahora… no. Ahora, no veía eso. No sentía nada.

Solo veía a una rival. Una mujer fuerte, que había llegado hasta allí con su esfuerzo, con su capacidad. Y a ella, Dulce, le costaba cada segundo, cada jugada, ganarse ese respeto, merecer esa admiración.

—¡Dulce, cuidado! —gritó Camila, alejándola de sus pensamientos.

Dulce se apresuró y retomó su posición, lista para la siguiente jugada. El pitido del árbitro las mantenía alerta, no había respiro. Solo quedaban cinco minutos. Las Roller Rabbits estaban al borde del agotamiento, pero ni una sola de ellas se rendiría.

En ese instante, Carlos apareció en su campo de visión. Él estaba detrás de la barrera de jugadores, observando el juego con atención, como siempre, pero con un aire de concentración total. Y luego, le hizo una señal.

Una señal sutil pero clara. El gesto de su mano moviéndose hacia la derecha, como si dibujara un camino, como si le indicara por dónde atacar.

Dulce lo entendió al instante. No era solo un pase. Era más que eso. Era el momento decisivo. Carlos sabía que ella podía hacer esa jugada.

Con una determinación repentina, Dulce rompió la defensa rival, pasando por una brecha que había visto mil veces en su mente. Cada centímetro de la cancha la conocía.

La portera de las Cheetahs estaba lista, pero Dulce ya no pensaba. Solo actuaba.

Con un último impulso, desequilibró a su oponente, pasó el balón a Camila, quien se adelantó rápidamente y metió el gol decisivo. 1-0.

El pitido final llegó casi al mismo tiempo. Las Roller Rabbits habían ganado.

Dulce se quedó un par de segundos observando el balón, que había caído justo en la esquina de la portería, como si no pudiera creerlo. Las chicas estallaron en gritos de victoria, corriendo a abrazarse entre sí.

Pero Carlos estaba allí, esperándola en el centro de la cancha. El tiempo parecía haberse detenido para ella. Él estaba sonriendo, esa sonrisa que había crecido en su corazón durante los últimos meses. No lo pensó más.

Corrió hacia él, tan rápido como sus piernas lo permitieron. En el camino, sintió el calor de la victoria recorriéndole el cuerpo, el esfuerzo, la euforia.

Y cuando estuvo frente a él, Carlos la levantó en brazos, como si fuera ligera como una pluma. Todo lo que había sido antes, todo lo que había pasado en su vida, parecía insignificante frente a ese momento.

Se miraron un segundo, y luego, sin palabras, se besaron. Un beso largo, profundo, cargado de la adrenalina de la victoria y de la seguridad de que algo más estaba naciendo entre ellos.

Era más que un partido. Era un nuevo comienzo.

jueves, 2 de octubre de 2025

Ser una nenita (13)

 


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CAPÍTULO 13: SER UNA NENITA

Faltaba solo un día para la gran final.

El campus estaba lleno de carteles, memes del equipo y mensajes de apoyo. Las Roller Rabbits se habían convertido en una pequeña leyenda universitaria, y Dulce, sin quererlo, era su rostro más visible.

A lo largo del día, Dulce sintió que todo se movía en cámara lenta. Las clases. Los saludos. La comida. Incluso el entrenamiento fue breve, más simbólico que físico. Solo revisión de jugadas, algo de trote, y una última charla del coach.

Al caer la tarde, se quedó en el campo para estirar un poco más. Camila se acercó con su típica sonrisa de complicidad y una botella de agua en la mano.

—¿Te vas a dormir aquí o qué? —le dijo, dejándose caer en el pasto a su lado.

—Podría. Al menos aquí no tengo que pensar tanto.

—¿Por el partido?

Dulce dudó un momento. Pero algo en su pecho le dijo que era hora. Si había una persona en el equipo en quien confiaba, era Camila. No solo porque la había apoyado desde el principio, sino porque la había escuchado sin juzgar. Siempre.

Respiró hondo.

—No solo por el partido. Hay algo que no te he dicho. Algo importante.

Camila giró el rostro hacia ella, sin interrumpirla.

Dulce buscó las palabras con cuidado.

—Cuando comenzó el semestre… yo no era así. Era… Esteban... 

Hubo un breve silencio. Camila parpadeó un par de veces. No dijo nada.

—...el asistente del equipo. Estaba estudiando nutriología. Y cuando Juana se lesionó… pasó todo esto. La doctora Vega me lo explicó, el coach me lo pidió. Me dieron la píldora rosa. Y así llegué al equipo. Como Dulce.

Camila tardó unos segundos en procesarlo.

—O sea que… ¿eras tú? ¿El Esteban que nos gritaba cuando entrenábamos mal?

—El mismo —dijo Dulce, bajando la mirada.

—¿El que nos decía “no sean nenitas” cuando no nos atrevíamos a barrernos?

Dulce asintió con una mueca culpable.

Camila soltó una carcajada suave y se tiró de espaldas en el pasto.

—¡Ay, no! ¡Qué vueltas da la vida!

Dulce la miró, confundida.

—¿No estás enojada?

—¿Por qué lo estaría? Eres la misma que nos ayudó a ganar. Que jugó con cólicos sin quejarse. Que entrenó más que nadie. Solo… ahora sabes cómo se siente usar un tampón. Y un short ridículamente ajustado.

Ambas rieron.

Camila la miró con ternura.

—¿Y Carlos? Porque no me vas a decir que esa tensión no era real.

Dulce suspiró, más tranquila.

—Me gusta. Mucho. Él lo sabe porque hemos hecho algunas cosas. Pero no sabe que no siempre fui así. Aún.

Camila se incorporó y le dio un golpe suave en el brazo.

—¿Y piensas decirle?

—Después del partido. Quiero tener la cabeza clara. Quiero hacer lo correcto… pero primero quiero ganar la final.

Camila asintió, con una expresión más seria.

—Entonces hazlo. Juega. Corre. Patea. Y después, ya verás. Seguro que pronto vuelven a "hacer cosas"

Se pusieron de pie juntas. Dulce se sacudió el pasto del short.

—Gracias por entender.

Camila le guiñó un ojo.

—Nadie entiende mejor a una nenita… que otra nenita.

Ambas estallaron en risas, caminando de regreso al campus mientras el cielo se pintaba de naranja.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Decisiones que no se pueden patear (12)

 


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CAPÍTULO 12: DECISIONES QUE NO SE PUEDEN PATEAR

El sol de la tarde caía con fuerza sobre el campo, pero Dulce apenas lo notaba. Estaba enfocada, sólida, más ella que nunca.

Era su tercera vez compitiendo durante su periodo, pero ahora ya no había drama, ni incomodidad, ni nervios. Solo un pequeño recordatorio en su calendario y un tampón entre las piernas. Como si, después de casi cuatro meses en ese cuerpo, su mente y su cuerpo hubieran aprendido a trabajar como un solo equipo.

Era la semifinal, y las Roller Rabbits salieron como si se jugara la final. Dulce no solo lideraba el ataque, también distribuía el juego, daba instrucciones, animaba, presionaba. Carlos la observaba desde la línea con una sonrisa que ya era difícil de ocultar.

Ganaron 5 a 2.

Una victoria contundente, sin lugar a dudas. El pase a la gran final estaba asegurado. Las chicas se abrazaban, gritaban, subían historias a redes, lloraban sin saber si era del sudor o de la emoción. Pero cuando Dulce estaba por entrar al vestidor, el coach Ríos se acercó.

—Dulce, ¿puedes venir a la oficina un momento? —dijo con tono neutral, casi serio—. Es importante.

Dulce asintió, limpiándose el rostro con una toalla, aún agitada.

Cuando entró a la oficina, encontró a la doctora Vega sentada frente al escritorio, con el rostro más rígido de lo habitual. El coach cerró la puerta detrás de ella y se apoyó junto al archivo de trofeos.
El ambiente cambió de inmediato.

—¿Todo bien? —preguntó Dulce, con una sensación incómoda creciendo en el pecho.

La doctora Vega fue directa.

—Lamento no esperar más para decirte esto. Pero tienes que saberlo cuánto antes.

Dulce frunció el ceño, su cuerpo aún caliente por el esfuerzo, ahora tenso por lo inesperado.

—La píldora rosa que tomaste… su efecto es de seis meses. Tú llevas poco menos de cuatro.

Dulce asintió lentamente. Hasta ahí, nada nuevo.

—Pero —continuó la doctora—, si una segunda dosis es administrada antes de que termine ese período… su efecto se vuelve permanente.

Dulce se quedó en silencio. El corazón le dio un pequeño salto.

—¿Permanente… cómo?

—De forma irreversible. A nivel hormonal, físico, y legal si decides registrar tu identidad de género como definitiva. Es decir… serías mujer de forma permanente.

Dulce tragó saliva. La habitación se sentía más pequeña.

El coach intervino entonces, con una voz más suave de la que Dulce le conocía.

—Sé que tú y Carlos son cercanos. Y que esta experiencia no ha sido solo deportiva para ti. Por eso no queríamos que esto se sintiera como una trampa. No lo es.

—La decisión es completamente tuya —añadió la doctora Vega—. Pero si quieres explorar esa posibilidad… tenemos que saberlo pronto. Para gestionar el seguimiento médico y los documentos.

Dulce bajó la mirada, procesando. El sudor de la cancha ya se había secado, pero una nueva tensión crecía en su pecho. Era como si todo lo que había estado evitando pensar a profundidad durante esos meses, viniera a golpearla ahora. Todo de golpe.

—No te estamos presionando —dijo el coach—. Solo creemos que esto... no debe terminar en dos meses, si tú no quieres que termine.

Dulce levantó la mirada. Primero a él, luego a la doctora.

—Gracias. Por decírmelo. Por confiar en mí.

Se levantó, un poco más firme de lo que se sentía por dentro.

—¿Puedo... pensarlo?

—Claro —respondió la doctora Vega—. Solo no lo ignores. Porque decidir no decidir... también es una decisión.

Dulce asintió una vez más, abrió la puerta, y salió en silencio.

El bullicio del vestidor seguía sonando a lo lejos. Carlos estaba ahí, riendo con las chicas, celebrando como uno más. Cuando la vio salir, le sonrió como si no existiera nada en el mundo más importante.

Y por un segundo, Dulce recordó el juego que habían tenido en el vestidor, el miembro de Carlos en su boca. Y deseó que todo pudiera seguir así. Simple. Intenso. Pero simple.

Se acercó sin decir nada. Él la notó seria.

—¿Todo bien?

Dulce le respondió con un beso. Largo. Firme. Lleno de algo que ni ella misma podía poner en palabras.

Cuando se separaron, ella apoyó su frente en la de él.

—Todavía no sé qué voy a hacer respecto a nosotros.

—No tienes que saberlo hoy —susurró él.

Ella asintió. Pero no se movió.

No todavía.

Cuando alguien cree en ti (11)

 


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CAPÍTULO 11: CUANDO ALGUIEN CREE EN TI

Los cuartos de final eran una montaña rusa de nervios. Las Roller Rabbits se enfrentaban a las Valkyrias del Norte, un equipo conocido por su defensa implacable y su portera, que había sido imbatible durante más de cinco juegos.

El partido había sido un forcejeo constante, con roces, empujones y marcas dobles sobre Dulce desde el primer minuto. La presión era brutal.

Y ahora, con menos de dos minutos en el reloj, las Rabbits iban un punto abajo.

La banca estaba de pie. El coach Ríos no gritaba instrucciones —ya no había nada más que explicar. Camila jadeaba a un lado de Dulce, y las demás corrían como si tuvieran fuego en los talones. Pero algo faltaba. Un empujón. Un impulso.

Desde la banda, Carlos la miró. Solo a ella.

—¡Dulce! —gritó con una voz que atravesó todo el ruido—. ¡Tú puedes!

Ella lo escuchó. Sintió cómo la voz le perforaba la tensión del pecho, cómo el calor subía de las piernas a los brazos, cómo el miedo retrocedía solo un paso. No era una orden. No era una presión. Era… confianza.

Dulce apretó los dientes, hizo un amague hacia la izquierda, rompió la marca y se lanzó al ataque.

Gol.

El empate encendió a la banca. El público estalló. El partido se alargó a tiempos extra, pero el momentum ya era de las Rabbits.

En la segunda mitad del tiempo extra, Dulce recibió un pase al borde del área. No podía disparar. La portera ya estaba saliendo a achicar el ángulo. Pero entonces, como si todo estuviera en cámara lenta, vio a Camila cortar por la derecha.

Asistencia perfecta.

Gol de la victoria.

Las Rabbits gritaron como si hubieran ganado el campeonato. Se abrazaron, se tiraron al piso, lloraron, rieron. Dulce se quedó unos segundos de pie, jadeando, mirando hacia la banca.

Carlos tenía las manos en los bolsillos, pero sus ojos estaban fijos en ella. Sonriente. Orgulloso. Cómplice.

Dulce bajó la mirada y sonrió también, sin poder evitarlo. Sintió una humedad entre las piernas que ya era común cuando estaba cerca de Carlos. 

Había ganado más que un partido.

... 

Habían pasado 40 minutos desde el final del partido y aún quedaban unas personas deambulando por ahí. Aunque la gran mayoría de las personas se habían ido a casa. Dulce y Carlos iban tomados de la mano. Intentando no hacer ruido, el chico sacó la llave del vestuario de hombres, que en esos días sólo usaban él y el entrenador. Sin embargo su tío se había ido hace unos 10 minutos, así que estaría vacío. Entraron ambos y Carlos volvió a cerrar el vestuario con llave. 

Estando a solas comenzaron a besarse apasionadamente. Dulce seguía sólo con el mini short de licra y el top deportivo. Sintió que Carlos le quitaba el top y quedó con el pecho desnudo. Entonces él comenzó a tocarle los senos. Ella en sentía en un éxtasis desconocido hasta ese momento. 

—Traes protección—preguntó Carlos. 

—No— contestó dulce con sinceridad. 

Ambos sabían que sin protección sería irresponsable tener relaciones. Sin embargo Carlos no se había tomado tantas molestias para nada. 

—Usaré los dedos.— dijo el chico y comenzó a bajarle el short a Dulce.

También le quitó las bragas dejándola completamente desnuda. Era una sensación nueva para la chica que apenas hace unos meses había sido un chico. Cuando introdujo sus dedos dentro de ella sintió tanto placer que no pudo evitar gemir. 

—No tan fuerte —dijo el chico, haciendo que ella se sonrojara. Continuó con el movimiento constante de sus dedos, dentro y fuera de ella. 

Unos minutos y unos órgasmos después ella estaba recostada en una toalla sobre una banca. Pensando en el placer que acababa de experimentar. De repente sintió que Carlos también merecía sentir un poco de placer. 

Puso la toalla en el piso y sus rodillas sobre la toalla. Se acercó a la bragueta de Carlos. Y dijo, "es tu turno de gozar". Carlos desabrocho su pantalón y sacó su miembro. Firme, enorme. Dulce sintió un poco de duda al verlo. Pero estaba decidida. Introdujo el miembro en su boca y comenzó a masajearlo. El sabor era salado y la sensación cálida. Carlos tenía una cara de placer. Y en un espejo Dulce pudo verse, desnuda, de rodillas, con el pene de Carlos en su boca. Sintió que su masculinidad se quebraba. Y la mujer se imponía. Se sentía plena dentro y fuera de la cancha. Se lo había ganando. 

martes, 30 de septiembre de 2025

Plumas y tacones (10)

 


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CAPÍTULO 10: PLUMAS Y TACONES

La temporada regular cerró con broche de oro: dos victorias consecutivas pusieron a las Roller Rabbits en tercer lugar general, asegurando su lugar en los playoffs. El vestidor fue una fiesta improvisada después del último silbatazo, y en el grupo de chat del equipo, las chicas votaron por algo más grande: una fiesta de Halloween.

La consigna fue clara:

“Nada de disfraces aburridos. Este año vamos como chicas de burdel de película retro. Drama, encaje y tacones altos. Confianza ante todo.”

Dulce quiso escabullirse del plan, pero fue emboscada por Camila y otras dos compañeras, quienes le mostraron su atuendo ya elegido: un vestido azul oscuro con una abertura alta en la pierna, medias negras, tacones y una bandana con pluma.

—Esto no es un disfraz, es una provocación —murmuró mientras se miraba en el espejo. Era más guapa de lo que quería ser. Considerando que hace algunos meses fue un hombre. 

—Y por eso funciona —respondió Camila, guiñándole un ojo.

A pesar de las dudas, Dulce llegó a la fiesta. La casa estaba decorada con luces rojas, humo artificial y una pista improvisada donde ya sonaba música retro. Entre risas y vasos de ponche, el ambiente era perfecto. O al menos, lo sería... si no fuera por cómo se sentía dentro de ese vestido.

No era solo incomodidad física. Era algo más profundo: la sensación de estar jugando un papel que no sabía si le correspondía o si había elegido.

Y entonces, Carlos llegó.

No iba disfrazado, pero su camisa negra remangada, pantalones ajustados y chaleco oscuro lo hacían parecer salido de una novela de los años treinta. Cuando la vio, sus ojos se detuvieron. La sonrisa que le dirigió fue distinta. No burlona. No tonta. Sincera.

—No sabía si debía venir —le dijo, acercándose con timidez.

—Tienes pase libre, eres del equipo —respondió ella, acomodándose la pluma de la bandana para no tener que sostenerle la mirada demasiado.

Carlos la observó unos segundos más.

—No he querido hablar del beso. No porque no me importara, sino porque necesitábamos estar concentrados. Tú, especialmente.

—Lo sé —dijo Dulce—. Fue lo correcto.

—Pero me gustaría hablar contigo. Después del torneo. Cuando todo esto termine. Ver si tú… si nosotros…

—Lo hablaremos —asintió ella—. Pero esta noche no quiero pensar tanto. Quiero reír. Quiero bailar.

Carlos extendió la mano.

—Entonces, bailemos.

La pista improvisada estaba llena de chicas en corsets, plumas y medias de red. Dulce, con los pies adoloridos y la mente más ligera, se dejó llevar. Carlos no era un bailarín experto, pero tenía ritmo y la hacía reír cada vez que se equivocaba. Además la miraba de una forma que la hacia olvidar de todo lo demás. 

Entre canción y canción, se colaban momentos de conversación real.

—¿Sabías que quería ser entrenador antes de ser asistente? —dijo él mientras la giraba torpemente.

—¿Sabías que soy buena con la comida, pero malísima con las matemáticas? —respondió ella.

Rieron, se empujaron, se abrazaron. Cada minuto se volvió más natural.

Ya más tarde, en el patio trasero, sentados bajo unas luces cálidas y alejados del bullicio, Carlos se quitó el chaleco y lo puso sobre los hombros de Dulce.

—Gracias —dijo ella, tiritando un poco.

—No quiero apresurarte. De verdad. Pero me gustas. Mucho.

Dulce bajó la mirada, pensativa.

—Y tú a mí. Pero no es tan simple. No para mí. Por eso me parece bien… que hablemos después. Cuando termine la temporada.

Carlos asintió con una sonrisa tranquila.

—Sin presión. Solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—No dejes de mirarme así cuando te hablo. Me gusta pensar que no soy el único que está enamorado aquí. 

Dulce rio, se acercó y le plantó un beso lento, profundo. Uno que ya no buscaba confirmar nada. Solo vivir el momento. Las manos de Carlos le recorrieron la espalda, llegando a sus nalgas. Dulce lo sintió y lo dejó hacer, se sentía tan entregada que no protestó 

Cuando se separaron, ella le tomó el bulto en la entrepierna, sobre la tela del pantalón y sonrió. 

—Tienes razón. Lo mejor es hablarlo después. Pero esta noche... solo déjame disfrutar un poco el momento.

Lo soltó luego de unos segundos. Y juntos, en silencio, con los ecos de la música al fondo y el futuro todavía por escribirse.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Dolor, dudas y decisiones (9)

 


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CAPÍTULO 9: DOLOR, DUDAS Y DECISIONES

Faltaban solo dos partidos para cerrar la temporada. Si ganaban ambos, las Roller Rabbits asegurarían su lugar en playoffs. El primero de esos juegos era contra Las Pirañas del Sur, un equipo duro, desordenado y agresivo, el tipo de rival que hacía que cada segundo en la cancha fuera una batalla.

Mientras el Coach Ríos y Carlos terminaban de dar las instrucciones, y el equipo comenzaba a dispersarse hacia el calentamiento. 

Dulce seguía en el vestidor, sentada frente a su locker, con expresión sombría y los codos apoyados en las rodillas. En su cabeza todo daba vueltas. Incluso con su nueva vagina y sus senos otorgados por la pastilla rosa intentaba sentirse como un hombre; intentaba sentirse como Esteban. Sin embargo, hacia una semana se había besado con otro hombre, mientras llevaba vestido, tacones y medias; y lo había disfrutado. Había aprendido a maquillarse a manejarse con faldas y jugaba en un equipo femenino y ahora tenía su período y su toalla se movía tanto que temía no poder jugar. De repente no pudo negarlo más. Ya no era un hombre. Unas lágrimas corrieron por su mejilla. 

A su lado, Camila, una de sus compañeras más cercanas, la observaba de reojo.

—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose un poco hacia ella.

Dulce soltó un suspiro.

—Más o menos. No dormí bien… me siento como si me hubieran atropellado. Y encima... me bajó ayer. Estoy hinchada, me duelen las piernas, la espalda, todo.

Camila hizo una mueca empática.

—Uf, sí. Odio jugar así. Una vez me bajó en medio del regional y pensé que me iba a morir en la cancha.

Dulce se rió apenas.

—Y además estoy... confundida con Carlos.

—¿Carlos el asistente? ¿El de los ojitos bonitos?

Dulce se sonrojó.

—Ese mismo. Es solo que… creo que me gusta. Pero no sé si estoy lista para sentir algo así.

Camila se sentó más cerca, poniéndose seria.

—Mira, Dulce. Estás viviendo un montón de cosas al mismo tiempo. La presión del equipo, la escuela, las emociones. Sentirse confundida no te hace débil. Sentirse abrumada, tampoco. Pero eso no te quita lo que eres: una chingona.

Dulce parpadeó.

—¿Una qué?

—Una chingona. Ya te lo dije una vez, pero hoy más que nunca: ser mujer no es ser débil. Es jugar aunque tengas cólicos, aunque estés cansada, aunque el corazón se te esté haciendo bolas. Te pones un tampón, respiras profundo, aclaras tu cabeza y sales a ganar.

Dulce la miró con una mezcla de gratitud y admiración. Sus ojos brillaban, pero esta vez no por tristeza. Sin embargo se dió cuenta que la charla de Cami no fue metafórica. Ella le estaba ofreciendo un tampón. Después le enseñó a ponérselo en un excusado y ambas volvieron al vestidor. 

—Gracias, Cami.

Odiaba sentir el algodón dentro de ella pero era menos restrictivo que la toalla. Podía moverse con total libertad. Camila se puso de pie, estirando los brazos.

—Anda, muévete. Que si tú estás bajoneada, ya perdimos antes de salir. Yo quiero verte haciendo magia en esa cancha.

... 

Ya en el segundo tiempo, con el marcador empatado y las piernas pesadas, Dulce apretó los dientes y aceleró. Los calambres estaban ahí, latentes. Pero su mente, por primera vez en días, estaba enfocada.

Carlos le hizo una seña desde la banda. Ella la entendió. Cortó hacia la derecha, esquivó a dos defensoras, amagó a la portera, y marcó el gol de la victoria.

El silbato sonó segundos después. 3 a 2. Partido ganado.

Las chicas la rodearon entre gritos y saltos. Dulce cayó de rodillas, riendo, al borde del llanto, pero de puro alivio.

Carlos se acercó con una botella de agua y una sonrisa.

—¿Estás bien?

Dulce, con el sudor pegado a la frente y las emociones aún a flor de piel, asintió.

—Sí. Solo necesitaba un tampón y una buena sacudida de realidad.

Carlos parpadeo. 

—¿Un qué? 

—Nada. Chiste femenino. 

Se levantó, aceptando su ayuda, y se unieron al resto del equipo en medio de una lluvia de abrazos y festejos.

Dulce sabía que aún quedaba un partido más antes de playoffs. Sabía que su cabeza y su corazón todavía estaban llenos de preguntas.

Pero ahora, también sabía que podía con todo eso.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Deuda (8)

 


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CAPÍTULO 8: DEUDA

El viernes después del entrenamiento, el Coach Ríos reunió a las chicas antes de que empezaran a guardar su equipo.

—Atención, conejitas veloces —dijo, haciendo sonar su silbato aunque nadie se estuviera moviendo—. No habrá práctica este sábado.

Un suspiro colectivo de alivio llenó el gimnasio.

—Voy a una boda familiar —agregó, mientras apuntaba con el pulgar a Carlos—. Se me casa un primo. 

Carlos levantó las manos, fingiendo inocencia.

—Yo solo soy el invitado elegante.

—¿Y tú también vas? —preguntó Dulce. 

—Sí, claro. Estoy en el núcleo duro del drama familiar.

La conversación quedó ahí. Pero más tarde Carlos invitó a Dulce a ir con él a la boda, esta vez con tono más serio.

—¿Y entonces? ¿Me acompañas a la boda?

Dulce se cruzó de brazos. Ya era suficientemente confuso vivir como mujer cuando un par de meses atrás fue un hombre. De ninguna manera iba a ponerse un vestido formal, medias y tacones. Tampoco iba a ser la acompañante de un chico en una boda. 

—...no tengo nada qué ponerme. Y no sé si quiero pasar la noche con gente que no conozco, vestida como si fuera a una entrega de premios.

Carlos sonrió, ya con la carta lista.

—¿Recuerdas que me debes una?

Dulce pensó en alguna manera de zafarse. Pero finalmente con resignación, con dudas… y con un poco de curiosidad, aceptó. 

... 

El sábado por la noche, Carlos la esperaba frente al salón de eventos, revisando su celular. Traje azul marino, corbata gris claro, zapatos brillantes como si los hubiera pulido con magia. Cuando escuchó el sonido de tacones, alzó la mirada.

Y se quedó congelado.

Dulce caminaba hacia él con paso firme —o al menos eso aparentaba—, enfundada en un vestido azul de noche, ceñido pero elegante, de tela suave que atrapaba la luz. Medias negras de encaje, tacones altos que claramente le habían costado más de un ensayo, y un peinado recogido que dejaba su cuello y hombros al descubierto. Carlos se quedó atónito.

—¿Estás bien? —preguntó ella, al ver su expresión.

—Estoy... impresionado —dijo Carlos, con una sonrisa algo tonta—. No sabía que vendrías tan guapa. 

—Una de las chicas del equipo me prestó el vestido… y los tacones —explicó, ajustando la pulsera en su muñeca—. Las medias y el maquillaje los tuve que comprar. Y aprendí a caminar en esto esta semana, así que... ahora tú me debes una.

—Trato justo —repitió Carlos, ofreciéndole el brazo.

Apenas entraron al salón, se encontraron con alguien inesperado: el Coach Ríos, bebiendo una copa de vino blanco y conversando con algunos tíos lejanos.

Cuando vio a Carlos, alzó la mano.

—¡Ahí está mi sobrino!

Pero cuando vio a Dulce... su sonrisa se congeló por medio segundo. Luego volvió a sonreír aunque con picardía.

—¿Dulce? —preguntó, acercándose a la joven para susurrarle algo—. ¿Tú vienes con él?

—Así es, coach —respondió ella con una sonrisa educada—. Me cobró una deuda.

El coach soltó una risa grave, pero luego bajó la voz al acercarse a ella.

—Mira nomás… no te había visto tan... femenina. Recuerda obligarlo a usar protección si lo dejas quitarte ese vestido. El efecto de la pastilla es temporal pero eres una mujer completa y puedes quedar embarazada. —había cierta preocupación y paternalismo en la mirada del coach que sabía la verdad sobre ella. 

—Gracias. Pero sólo somos amigos.—dijo Dulce, conteniendo los nervios bajo una sonrisa tranquila.

El Coach subió el tono y ahora le habló a su sobrino:

—Cuida a esta jovencita. Recuerda que no es no. Pórtate como un caballero. 

Ella soltó una risa ahogada, nerviosa pero genuina. Carlos se sintió incómodo por el comentario de su tío. Finalmente el Coach guiñó un ojo a su jugadora estrella y se retiró. 

—¡Diviértanse! La tía Susan dijo que invitó a una chica soltera para presentarmela. 

La boda era perfecta: música suave, luces colgantes, mesas de gala, pista de baile bajo una carpa blanca.

Carlos presentó a Dulce como “una amiga del equipo”, y eso bastó. Ella se movía con cautela, pero con cada minuto que pasaba se sentía más cómoda. El vestido y los zapatos la restringían pero apoyándose en el brazo de Carlos no era tan difícil moverse. Durante la cena, Carlos le contaba anécdotas familiares llenas de drama absurdo, y ella le compartía, entre risas, sus aventuras aprendiendo a caminar en tacones apoyada por Lucy, una compañera del equipo. 

—No sabía que supieras moverte así entre —dijo él, sorprendido.

—Tampoco yo —respondió ella, mirando su copa—. Pero supongo que cuando tienes que reinventarte, aprendes... y te aguantas los tobillos.

El primer baile de los novios dio paso a que todos se unieran. Carlos la miró.

—¿Bailamos?

—¿Y si te piso?

—Sólo intenta hacerlo con la punta y no con el tacón. 

Bailaron. Primero lento, torpe, tanteando el terreno. Luego con soltura. Ella se dejaba guiar, algo que no solía permitir como Esteban, pero que, como Dulce, esta vez se sentía correcto.

Y entonces, sin aviso, sin diálogo previo, se besaron.

Un beso sencillo. Sin expectativas. Solo un momento que se había estado acumulando desde hacía semanas y que al fin, sin necesidad de justificaciones, se permitió ser.

Cuando se separaron, Dulce bajó la mirada con una sonrisa y notó un bulto en la entrepierna de Carlos, ella temblaba por dentro y por fuera.

—Ahora sí… me debes dos.

Carlos rio, bajando la mirada.

—Y feliz de seguir endeudándome.

Y mientras volvían a moverse al ritmo de la música, Dulce pensó que esa noche no estaba fingiendo. No estaba pretendiendo. La humedad en su entrepierna era real y lo confirmaba. 

Solo estaba siendo ella.

viernes, 29 de agosto de 2025

Apuesta a Ciegas (7)

 


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CAPÍTULO 7: APUESTA A CIEGAS

Un mes había pasado desde que Carlos se integró como asistente del equipo, y las Roller Rabbits habían vivido de todo: dos victorias peleadas, un empate con sabor amargo y una derrota que todavía dolía más de lo que querían admitir. La tabla de posiciones estaba más apretada que un short de entrenamiento recién lavado. En todo ese tiempo, Dulce evitó a Carlos todo lo que pudo. 

Ahora, jugaban contra Las Centellas del Norte, el equipo que iba un puesto por encima de ellas. Ganar ese partido significaba pasar al cuarto lugar y tener ventaja en la recta final de la temporada. Perder… era un quedarse en la sombra, una vez más.

La primera mitad fue un caos. El plan de juego no había funcionado como se esperaba. Las Centellas se movían como una tormenta eléctrica: veloces, impredecibles y, para colmo, su defensa era un muro que había dejado a Dulce fuera de juego más de una vez.

Cuando sonó el silbato del medio tiempo, las Roller Rabbits llegaron al banquillo jadeando, frustradas y cubiertas de tierra.

El Coach Ríos no tardó en hacer lo suyo: regaños, correcciones, arengas de general en plena guerra. Pero antes de cerrar su discurso, se giró hacia Carlos, que tenía cara de querer decir algo.

—¿Qué opinas tú, muchacho?

Carlos miró a Dulce antes de hablar. Luego, se agachó frente a la pizarra con movimientos rápidos.

—Están cubriendo el centro como si supieran lo que vamos a hacer. Sugiero abrir con las laterales en falso y traer el ataque por el fondo con una doble pantalla. Dejen a Dulce en el segundo plano y que venga en rompimiento cuando la defensa esté sobrecargada.

El Coach frunció el ceño. Miró el diagrama. No dijo nada durante unos segundos. Luego, se giró hacia Dulce.

—La decisión es tuya, Dulce. Eres quien mejor ve el juego desde dentro. ¿Seguimos con lo planeado o confiamos en tu asistente?

El banco quedó en silencio. Hasta las jugadoras dejaron de beber agua para mirar a Dulce. Ella tragó saliva.

Miró la pizarra. Miró a Carlos. El plan sonaba arriesgado, pero lógico. Y aunque algo en su estómago le pedía quedarse en la zona segura, su instinto le dijo otra cosa.

—Vamos con Carlos —dijo, con firmeza—. Pero rápido. Necesitamos sorprender.

Ríos asintió. No parecía convencido… pero tampoco lo negó.

—Muy bien. Que sea lo que la liebre quiera —dijo con una media sonrisa.

El segundo tiempo fue otra historia.

La jugada nueva confundió por completo a Las Centellas. Las Roller Rabbits se movieron con precisión quirúrgica, abriendo espacios por los costados y atrayendo a la defensa. Cuando el equipo rival se agrupó sobre las laterales, Dulce apareció como un rayo por el centro, recibiendo el pase justo a tiempo y marcando el primer gol.

Los siguientes minutos fueron una sinfonía. El equipo tomó el control, y aunque Las Centellas no eran fáciles de doblegar, el impulso emocional era suyo ahora. Cada jugada conectaba. Cada grito en la banca era de aliento.

El marcador final fue 3 a 2. Victoria. Agónica. Hermosa.

En cuanto sonó el silbato final, las chicas corrieron a abrazarse, gritar y hacer ese baile medio ridículo que se habían inventado como celebración. Dulce, todavía respirando con dificultad, caminó hacia Carlos, que la esperaba en el borde de la cancha con una sonrisa cansada pero satisfecha.

—Te debo una —le dijo ella, levantando el pulgar—. En serio. Fue tu jugada.

Carlos negó con la cabeza.

—Fue tu decisión. Yo solo tiré una idea loca.

—Y yo aposté por esa idea loca. Así que sí —insistió ella—. Te debo una.

Carlos la miró por un segundo más de lo que era socialmente normal. Luego sonrió, medio tímido.

—Tú lo dijiste, pensaré como cobrarte.

Dulce se rio, dándose cuenta de que el chico frente a ella la calmaba y le hacía olvidar quién era. Su entrepierna se humedecio y la del chico tenía un bulto que notó con cierto orgullo. Por primera vez en semanas, no estaba preocupada por esos pensamientos y los disfrutó. Más tarde usaría esos pensamientos para explorar su cuerpo femenino con sus manos. Introdujo los dedos de su mano en su vulva. Mientras imaginaba que era Carlos el que la poseía. 

El climax de su orgasmo fue un momento tan dulce. Pero la culpa que vino después se llevó su seguridad y le trajo mucha culpa. Sus fantasías femeninas se sentían incorrectas. En el fondo ella era un hombre. ¿O no? 


jueves, 28 de agosto de 2025

Mentes en el juego (6)

 


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CAPÍTULO 6: MENTES EN EL JUEGO

El lunes después de la fiesta, el Coach Ríos llegó al entrenamiento con su habitual voz de mando, silbato al cuello y energía de cafetera industrial.

—¡Bien, bien! —gritó, mientras las chicas aún se desperezaban frente a la cancha—. ¡El fin de semana de celebración se acabó! A partir de hoy, cabeza en el juego.

Se giró hacia Dulce, que estaba ajustándose los patines.

—Dulce, necesito que veas a Carlos después de clases. Tiene que ponerse al día con las estrategias del equipo, jugadas, rotaciones, todo eso. Tú se lo vas a explicar.

—¿Yo? —preguntó ella, sonrojandose. El chico le había gustado y la historia de estar a solas con él le aterraba.

—Sí, tú. Sabes cómo funciona el equipo. Y tienes cabeza para esto, además hasta hace poco tú tenías su posición en el equipo. Enséñale bien, sin quemarle el cerebro. —Y con una palmada en el hombro, se fue a seguir gritando instrucciones.

Dulce se quedó mirándolo un segundo, incrédula, mientras pensaba: Genial. Una sesión de estudio de hockey con el guapo sobrino del coach que me miró las piernas y el culo toda la fiesta. ¿Qué podría salir mal?

... 

Más tarde, ya en una de las salas de juntas del centro deportivo, Dulce se encontraba frente a una pizarra blanca, marcador en mano, libreta con anotaciones sobre la mesa y un vaso de agua. Decidió usar pantalones. Esperando sentirse menos femenina con ellos. Fracaso miserablemente. Los pantalones se le ceñian al cuerpo y dejaban ver sus curvas femeninas, estilizando sus caderas y sus nalgas. "Al menos mis piernas no están desnudas" pensó. 

No sabía bien cómo actuar cuando llegara el chico. ¿Profesional? ¿Relajada? ¿Táctica? ¿O simplemente leerle lo mismo que venía en las hojas impresas?

Carlos entró puntual, con su sonrisa fácil y una bebida energética en la mano.

—¿Tú eres la maestra? —dijo con una media risa, dejándose caer en una de las sillas.

—Solo porque no tengo opción—respondió ella, rodando los ojos pero sin poder evitar sonreír.

Comenzaron con lo básico: las jugadas estándar, los códigos que usaban para los cambios de formación, las estrategias defensivas para equipos con delanteras rápidas. Dulce dibujaba sobre la pizarra mientras Carlos tomaba nota… y, para su sorpresa, hacía preguntas acertadas.

—¿Y si la defensa cierra con presión doble? —preguntó en una jugada de contraataque—. ¿No sería mejor tener una lateral de respaldo aquí?

Dulce se quedó en silencio un segundo.

—Eso… eso no está mal. Aunque habría que ajustar el ritmo del pase. Pero sí. Podría funcionar.

A medida que la sesión avanzaba, la charla se volvía más fluida. Carlos hablaba con pasión, con lógica, y con una especie de intuición natural que le permitía leer la cancha sin siquiera estar en ella. Cada sugerencia que hacía tenía sentido. 


Dulce empezó a verlo con otros ojos, sabía que el chico era agradable y guapo, aunque odiara admitir que notó eso de él, pero ahora también sabía que era inteligente. Pudo sentir cierta humedad en su entrepierna. Y se imaginó besándose con el chico. Ella sentada en sus piernas. Le gustaba su sonrisa y sus hombros marcados debajo de esa sudadera gris. Le miro  el bulto entre las piernas al menos seis veces.  Y comenzó a imaginar cosas más sugerentes que unos simples besos. Ambos hablaban el mismo idioma. Y a ella eso le fascinaba.

Hablaron por más de una hora. Inventaron una jugada nueva, discutieron ajustes a la “Zorra invertida”, se rieron del nombre de “Pantera abierta”, y Carlos hasta improvisó una variante de la “Liebre eléctrica”, la jugada estrella de Juana, que Dulce juró que probarían en la próxima práctica. La tensión entre ambos era evidente, el bulto en los pantalones de él y la humedad en las bragas de ella no mentían. Ambos acercaron mucho sus bocas y cuando estuvieron a punto de besarse... 

Sonó la campana anunciando la próxima clase. Dulce aprovechó el momento para alejarse de Carlos y salvar lo que le quedaba de masculinidad. 

Carlos hojeó su libreta por última vez antes de guardarla y soltó, casi sin pensar:

—Oye, una cosa… ¿cuánto llevas exactamente con el equipo?

Dulce sintió un leve pinchazo de alerta en el pecho. Disimuló con una sonrisa.

—¿Por qué?

Carlos la miró, curioso, sin malicia, pero con genuina sorpresa.

—Porque me estás explicando las jugadas como si las hubieras inventado tú. Y, si no me equivoco, tú entraste apenas hace dos semanas, ¿no?

Dulce parpadeó. No demasiado lento, no demasiado rápido. Solo lo justo para pensar una respuesta convincente.

—He sido rápida para aprender. Me metieron al equipo casi de inmediato, supongo que por eso. Además, las chicas me han ayudado un montón.

Carlos asintió, aún con cierta incredulidad amable en los ojos.

—Ya veo… Pues qué suerte la mía. Me tocó aprender de la mejor.

Ella sonrió. Pero por dentro, las cosqullas habían vuelto. Esa pequeña grieta en su coartada le recordó que todo esto —la cancha, las jugadas, la cercanía con Carlos— era un equilibrio frágil. Uno que podía romperse con una simple pregunta inocente.

Carlos se levantó, estirando los brazos.

—Gracias por el repaso. Me ayudaste más de lo que crees.

—De nada—respondió ella, recordando que casi besó a ese chico. 

Y mientras salían de la sala, caminando juntos como si fueran viejos compañeros de equipo, Dulce no podía sacarse de la cabeza una idea:

Carlos era brillante. Divertido. Apasionado por el deporte. Exactamente el tipo de persona con la que Esteban habría hecho equipo.

Pero Dulce no era Esteban. Y Carlos no la veía como lo hubiera visto a él. Le miraba las caderas, las piernas, el pecho y el culo. La veía como a una mujer. Ella se avergonzó al pensar que le había visto el bulto entre las piernas y que casi le daba un beso. Porque no estaba lista para eso. 

No todavía.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Una fiesta y un short muy corto. (5)



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CAPÍTULO 5: UNA FIESTA Y UN SHORT MUY CORTO

Una semana después de su primera victoria —y apenas unos días después de haber conseguido una segunda más reñida pero igualmente gloriosa—, el Coach Ríos decidió que el equipo merecía un descanso.

—¡Nada de entrenamiento este viernes! —les había dicho al final de la práctica—. En vez de eso, ¡fiesta en mi casa! Se lo han ganado, con creces. Pero ojo: una sola noche de diversión, el lunes quiero a todas frescas y listas para entrenar como campeonas.

Las Roller Rabbits estallaron en gritos y vítores. Dulce no tanto. Aunque la idea de una fiesta no le molestaba, el concepto de “vida social femenina” seguía siendo una incógnita para ella. Se lo tomaba como una parte más del experimento: adaptarse, observar, sobrevivir.

El viernes por la tarde, se encontró frente a un espejo, mientras dos de sus compañeras la ayudaban a vestirse como, según ellas, “una chica lista para una noche divertida”. Tras muchas opciones rechazadas por “aburridas” o “demasiado recatadas” por parte de sus compañeras, el momento incómodo llegó cuando una de ellas sacó una falda corta de mezclilla, sonriente y decidida.

—¡Esta es perfecta! —dijo emocionada—. Sexy, pero casual. Ideal para una fiesta.

—Ni de broma —soltó Dulce con firmeza, cruzándose de brazos—. No me voy a poner una falda. —En el fondo, Dulce, no estaba lista para usar una.

Hubo un breve silencio. Las chicas intercambiaron miradas, pero ninguna insistió. Una de ellas suspiró con una sonrisa resignada y rebuscó otra prenda.

—Bueno, plan B entonces.

Y así fue como Dulce terminó con un short de mezclilla diminuto, una camiseta de mario bros sin mangas, y unos tenis blancos que al menos la hacían sentir mínimamente como ella misma. La tela del short apenas cubría lo necesario y dejaba sus piernas completamente expuestas. Dulce aún no se acostumbraba a la suavidad en su entrepierna pero este short la hacia tan evidente. Se sentía ridícula, vulnerable… y muy observada.

—¡Estás lista para robar corazones, Dulce! —dijo una de sus compañeras entre risas.

Dulce forzó una sonrisa. Quería esconderse debajo de la cama. Pero sabía que no tenía escapatoria. Así que respiró hondo, agarró su bolso y salió hacia la fiesta.

... 

La casa del Coach era más grande de lo que imaginaba, con un patio iluminado, bocinas pequeñas distribuidas por todos lados, música relajada y una gran mesa de botanas en el centro. Las chicas ya estaban llegando cuando Dulce entró, tratando de actuar normal mientras saludaba con una sonrisa nerviosa.

Unos minutos después, Ríos pidió la atención del grupo.

—Chicas, antes de que me retire y las deje divertirse como se merecen —dijo, con un vaso en mano—, quiero presentarles al nuevo asistente del equipo. ¡Mi sobrino, Carlos!

Un chico alto, delgado pero musculoso, con una sonrisa relajada y una gorra hacia atrás, levantó la mano en saludo. Tenía algo en su forma de moverse, en cómo saludaba, que hizo que Dulce lo mirara con curiosidad inmediata.

—Ya verán que se lleva bien con ustedes —añadió el Coach, guiñando un ojo—. Pero yo mejor me voy, que si me quedo soy el único hombre adulto en una fiesta llena de jovencitas... y eso puede meterme en problemas. ¡Diviértanse, y cuiden a Carlos, por favor!

Las chicas rieron, algunas soltaron aplausos, y el Coach desapareció por la puerta trasera.

Carlos no tardó en integrarse. Se acercó a la mesa con botanas, donde Dulce ya estaba con un vaso de limonada. Le ofreció un choque de puños, informal.

—Carlos —dijo—. Nuevo en el equipo, aparentemente.

—Dulce —respondió, intentando sonar más segura de lo que se sentía.

Hablaron unos minutos. Fue fácil. Demasiado fácil. Carlos tenía ese tipo de carisma tranquilo, sin esfuerzo, como si nada en el mundo lo apurara. A medida que conversaban, Dulce notó algo más: eran muy parecidos. Carlos hablaba de nutrición deportiva, de cómo quería ser coach, de cómo entrenaba desde niño y lo difícil que era no jugar más, pero seguir amando el deporte.

Cada palabra que decía le sonaba familiar. Como si estuviera hablando con una versión alternativa de sí misma.

Y por eso, cuando lo notó mirándole las piernas por tercera vez en diez minutos, una oleada de confusión le subió por el pecho.

No fue una mirada pervertida, ni descarada. Fue sutil, apenas una bajada rápida de ojos, pero suficiente para que Dulce lo notara.

El short. Maldito short.

Se removió ligeramente en su lugar, Carlos media al menos 25 cm más que ella y sin duda pesaría al menos 40 kilos más. Su cuerpo femenino era pequeño y delicado. Completamente femenino. El cuerpo de Carlos era esbelto pero no delicado. Se notaban sus músculos bajo la ropa y la espalda de él era el doble de la de ella. La diferencia entre sus géneros de repente se volvió demasiado evidente para Dulce. 

—¿Todo bien? —preguntó Carlos, sin darse cuenta.

—Sí… sí, claro —respondió ella, bebiendo un sorbo largo de limonada para no decir nada más.

En ese momento, lo entendió. Por más que Carlos y ella compartieran sueños, intereses y hasta sentido del humor… ella ya no era como él. Al menos no desde que tomó la pastilla. Ella ya no era un chico. Ni en apariencia. Sus pechos suaves y su entrepierna plana la relataban. No ocupaban el mismo rol en esa conversación. Y se notaba en cómo él la estaba viendo. Lo peor es que ese trató diferenciado no la molestaba. Incluso cuando Carlos fue a platicar con Sarah un rato ella tuvo una emoción conocida. Celos. 

Y aunque eso la desestabilizó, también le abrió los ojos: su sentir ya no era igual. Ahora le gustaban los chicos. Le gustaba Carlos. Entonces comprendió, si iba a sobrevivir los próximos meses, tendría que aprender a navegar con esa piel femenina y mucha inteligencia. 

La fiesta siguió entre risas, juegos de mesa improvisados, y música a alto volumen. Carlos terminó jugando un duelo de charadas con varias jugadoras, Dulce incluida, y terminó ganándose a casi todas con su torpeza encantadora.

Ella lo observó toda la fiesta. Sonrió. Le caía bien. Le caía demasiado bien. Pero ahora sabía algo que antes no: a su nuevo cuerpo le gustaban los chicos. Pero su mente seguía siendo la misma. No iba a seguir sus impulsos porque sería malo para su masculinidad. 

martes, 26 de agosto de 2025

Transformación dentro y fuera de la cancha (4)

 


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CAPÍTULO 4: TRANSFORMACIÓN DENTRO Y FUERA DE LA CANCHA

La mañana siguiente fue… una experiencia completamente nueva para Dulce.

Aunque en la cancha se había sentido poderosa, hoy enfrentaba una realidad completamente diferente: el día a día en la universidad. Después de su primer entrenamiento con las Roller Rabbits, había sentido una extraña mezcla de emoción y ansiedad. El deporte estaba en su ADN, pero la vida universitaria… como chico era muy popular. Pero nadie sabía quién era ella en realidad así que para todo efecto sería la nueva en la escuela. 

Cuando la Dra. Vega la encontró en su habitación esa mañana, parecía estar esperando ese momento. Entró con una bolsa llena de productos y una sonrisa en el rostro.

—¡Dulce! —dijo la Dra. Vega, con una energía que sorprendió a Dulce—. Necesitamos hablar de algo importante. Vas a convivir con el equipo, y también vas a tener que adaptarte a las clases. No todo se trata de patines, cariño.

Dulce, que aún no se acostumbraba a su nuevo nombre ni a la ausencia de su amiguito entre las piernas, asintió, sin estar completamente convencida de qué se trataba.

—¿A qué te refieres? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

La Dra. Vega soltó la bolsa sobre la cama de Dulce. Dentro, había varios frascos de maquillaje, productos de cuidado de la piel y ropa de mujer. Dulce fruió el ceño, mirando los artículos como si fueran artefactos de otro mundo.

—Hoy, además de jugar, también tendrás que vestirte y maquillarte como una chica normal —dijo la Dra. Vega con una sonrisa traviesa—. Tienes que estar lista para interactuar con tus compañeras fuera de la pista. No basta con ser buena jugadora; tienes que encajar en el grupo. Esto incluye saber cómo vestirte, cómo llevarte con las demás, y sí, también cómo maquillarte un poco.

Dulce miró los productos con confusión. No sabía ni por dónde empezar. No había tenido tiempo de aprender sobre maquillaje ni sobre vestimenta femenina, todo esto le parecía un mundo completamente nuevo.

—Pero… no sé cómo hacerlo —respondió, sintiéndose incómoda.

La Dra. Vega la miró con comprensión.

—No te preocupes, yo te ayudo. No es tan complicado. Además, no tienes que transformarte en alguien que no eres, solo aprender a sentirte cómoda con esta nueva faceta de ti misma. Es solo una capa más. Ahora, a ponerse guapa.

... 

Después de una hora de consejos de vestuario y maquillaje, Dulce estaba lista. No se sentía completamente como una chica "normal", pero al menos no era la misma persona de la mañana. Se miró al espejo, con una leve sonrisa. La Dra Vega le hizo probarse varios vestidos pero Dulce no quería salir al exterior con ellos. Al final se puso un enterizo amarillo que le hacía lucir su figura. Sabía que el día de hoy sería un reto, pero sentía que tenía algo que darle al equipo.

A pesar de su nuevo look, Dulce no podía dejar de sentirse algo fuera de lugar. Al llegar a las clases, su mente estaba a mil por hora. Estaba rodeada de chicas que parecían tenerlo todo bajo control: sus ropas, sus conversaciones, su forma de ser. Mientras tanto, Dulce solo podía pensar en lo que había dejado atrás: su vida anterior, sus amigos, su identidad como Esteban.

A lo largo del día, las miradas curiosas de los chicos la hacían sentir incómoda. El mono que llevaba no era revelador pero aún así todos parecían verle las piernas o las curvaa de su cuerpo. Deseaba que la Dra Vega le hubiera dado una prenda más holgada. La mayoría sólo la miraba y seguía de largo pero un par de chicos le silbaron. No entendía como algunas personas podían ser tan desconsideradas. "No soy un perro para que me silben" pensó. 

Llegó la tarde, y la pista de hockey la estaba esperando. El equipo rival las visitaba. 

El primer partido de la temporada estaba por comenzar. Las Roller Rabbits estaban reunidas en el vestuario, poniéndose las camisetas ajustadas, los shorts de licra pegados, ajustando los patines y preparándose mentalmente. Las jugadoras murmuraban entre ellas, algunas confiadas, otras nerviosas. Dulce las observaba, con una mezcla de adrenalina y tensión. No solo estaba allí como jugadora, sino como alguien que todavía se preguntaba si era suficiente para formar parte de ese grupo.

El momento que había temido había llegado: tenía que ponerse el uniforme del equipo. Dulce miró el uniforme que le habían dado: un jersey rosa ajustado que destacaba su figura y un short ultrapegado que no dejaba mucho a la imaginación. El conjunto era revelador, mucho más de lo que ella había esperado.

La sensación de incomodidad fue instantánea.

Se miró en el espejo del vestuario, observando la tela ceñida a su cuerpo. El rosa no solo la hacía sentir más expuesta, sino también más vulnerable. La silueta de sus piernas y caderas, que apenas conocía, parecía más pronunciada de lo que se sentía cómoda mostrando. Y el hecho de que las chicas del equipo ya usaban este atuendo con tanta confianza solo la hacía sentir más fuera de lugar. ¿Cómo podía jugar al más alto nivel cuando no podía ni adaptarse a su propio cuerpo?

Una oleada de inseguridad la invadió, y por un momento, estuvo a punto de quitarse el uniforme y desaparecer. Pero entonces, vio a sus compañeras sonriendo, hablándose entre ellas y animándose para el partido. Sara, la capitana, se acercó y le dio un ligero golpe en el hombro.

—¡Vamos, Dulce! ¿Estás lista? —dijo con una sonrisa confiada.

Dulce asintió, tratando de esconder su incomodidad. En la cancha, todo sería diferente. Solo tenía que concentrarse en el juego. Respira hondo, y juega.

El partido comenzó, y la pista se llenó de ruido. Dulce no podía evitar sentir mariposas en el estómago mientras se deslizaba sobre el suelo. Pero pronto se dio cuenta de algo: no necesitaba estar nerviosa. Estaba en su elemento. Dentro de la pista, era ella misma, sin importar los cambios, sin importar su nuevo cuerpo o su nueva vida. El hockey sobre asfalto seguía siendo lo mismo.

En los primeros minutos, Dulce comenzó a moverse con una fluidez y rapidez asombrosas. Las jugadoras rivales intentaban bloquearla, pero ella parecía anticiparse a cada uno de sus movimientos. Al principio, nadie parecía entender cómo podía estar tan sincronizada con el resto del equipo, pero cuando logró hacer un pase perfecto a Sara, quien anotó el primer gol, las chicas comenzaron a murmurar entre ellas, sorprendidas.

—¡Eso es! —gritó la capitana, mientras celebraba el gol con Dulce.

Al final del primer tiempo, Dulce ya había hecho dos asistencias más, y su equipo estaba ganando 3-0. Las jugadoras empezaban a mirarla con asombro, sin poder creer lo que estaba sucediendo. No era solo su habilidad para moverse en la pista, era la manera en que parecía leer el juego, anticipándose a cada jugada.

En la segunda mitad, con el marcador 4-2, la presión aumentó. El equipo rival se acercaba peligrosamente, y las Roller Rabbits necesitaban un gol más para asegurar la victoria.

Fue entonces cuando Dulce se adelantó. Con el balón en los pies, esquivó a dos defensoras rivales, hizo un giro impecable y, con una precisión asombrosa, disparó el balón directo a la portería. La portera rival no pudo reaccionar a tiempo. El disco entró con un suave “plop” en la esquina de la red.

Gol.

Las Roller Rabbits estallaron en un rugido de victoria. El marcador final: 5-2. Dulce había marcado el gol de la victoria. Había demostrado lo que podía hacer.

... 

Al final del partido, mientras celebraban con alegría, Sara se acercó a Dulce, con una sonrisa de admiración.

—No sé cómo lo hiciste, pero hoy nos llevaste a la victoria. Bienvenida al equipo, Dulce.

Dulce sonrió, sintiendo una mezcla de alivio y satisfacción. Quizá aún no entendía por completo todo lo que había cambiado en su vida, pero al menos dentro de la cancha, todo parecía tener sentido.

Quizá no todo estaba tan mal después de todo.