viernes, 29 de agosto de 2025

Apuesta a Ciegas (7)

 


CAPÍTULO 7: APUESTA A CIEGAS

Un mes había pasado desde que Carlos se integró como asistente del equipo, y las Roller Rabbits habían vivido de todo: dos victorias peleadas, un empate con sabor amargo y una derrota que todavía dolía más de lo que querían admitir. La tabla de posiciones estaba más apretada que un short de entrenamiento recién lavado. En todo ese tiempo, Dulce evitó a Carlos todo lo que pudo. 

Ahora, jugaban contra Las Centellas del Norte, el equipo que iba un puesto por encima de ellas. Ganar ese partido significaba pasar al cuarto lugar y tener ventaja en la recta final de la temporada. Perder… era un quedarse en la sombra, una vez más.

La primera mitad fue un caos. El plan de juego no había funcionado como se esperaba. Las Centellas se movían como una tormenta eléctrica: veloces, impredecibles y, para colmo, su defensa era un muro que había dejado a Dulce fuera de juego más de una vez.

Cuando sonó el silbato del medio tiempo, las Roller Rabbits llegaron al banquillo jadeando, frustradas y cubiertas de tierra.

El Coach Ríos no tardó en hacer lo suyo: regaños, correcciones, arengas de general en plena guerra. Pero antes de cerrar su discurso, se giró hacia Carlos, que tenía cara de querer decir algo.

—¿Qué opinas tú, muchacho?

Carlos miró a Dulce antes de hablar. Luego, se agachó frente a la pizarra con movimientos rápidos.

—Están cubriendo el centro como si supieran lo que vamos a hacer. Sugiero abrir con las laterales en falso y traer el ataque por el fondo con una doble pantalla. Dejen a Dulce en el segundo plano y que venga en rompimiento cuando la defensa esté sobrecargada.

El Coach frunció el ceño. Miró el diagrama. No dijo nada durante unos segundos. Luego, se giró hacia Dulce.

—La decisión es tuya, Dulce. Eres quien mejor ve el juego desde dentro. ¿Seguimos con lo planeado o confiamos en tu asistente?

El banco quedó en silencio. Hasta las jugadoras dejaron de beber agua para mirar a Dulce. Ella tragó saliva.

Miró la pizarra. Miró a Carlos. El plan sonaba arriesgado, pero lógico. Y aunque algo en su estómago le pedía quedarse en la zona segura, su instinto le dijo otra cosa.

—Vamos con Carlos —dijo, con firmeza—. Pero rápido. Necesitamos sorprender.

Ríos asintió. No parecía convencido… pero tampoco lo negó.

—Muy bien. Que sea lo que la liebre quiera —dijo con una media sonrisa.

El segundo tiempo fue otra historia.

La jugada nueva confundió por completo a Las Centellas. Las Roller Rabbits se movieron con precisión quirúrgica, abriendo espacios por los costados y atrayendo a la defensa. Cuando el equipo rival se agrupó sobre las laterales, Dulce apareció como un rayo por el centro, recibiendo el pase justo a tiempo y marcando el primer gol.

Los siguientes minutos fueron una sinfonía. El equipo tomó el control, y aunque Las Centellas no eran fáciles de doblegar, el impulso emocional era suyo ahora. Cada jugada conectaba. Cada grito en la banca era de aliento.

El marcador final fue 3 a 2. Victoria. Agónica. Hermosa.

En cuanto sonó el silbato final, las chicas corrieron a abrazarse, gritar y hacer ese baile medio ridículo que se habían inventado como celebración. Dulce, todavía respirando con dificultad, caminó hacia Carlos, que la esperaba en el borde de la cancha con una sonrisa cansada pero satisfecha.

—Te debo una —le dijo ella, levantando el pulgar—. En serio. Fue tu jugada.

Carlos negó con la cabeza.

—Fue tu decisión. Yo solo tiré una idea loca.

—Y yo aposté por esa idea loca. Así que sí —insistió ella—. Te debo una.

Carlos la miró por un segundo más de lo que era socialmente normal. Luego sonrió, medio tímido.

—Tú lo dijiste, pensaré como cobrarte.

Dulce se rio, dándose cuenta de que el chico frente a ella la calmaba y le hacía olvidar quién era. Su entrepierna se humedecio y la del chico tenía un bulto que notó con cierto orgullo. Por primera vez en semanas, no estaba preocupada por esos pensamientos y los disfrutó. Más tarde usaría esos pensamientos para explorar su cuerpo femenino con sus manos. Introdujo los dedos de su mano en su vulva. Mientras imaginaba que era Carlos el que la poseía. 

El climax de su orgasmo fue un momento tan dulce. Pero la culpa que vino después se llevó su seguridad y le trajo mucha culpa. Sus fantasías femeninas se sentían incorrectas. En el fondo ella era un hombre. ¿O no? 


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