sábado, 2 de mayo de 2026

Siempre fui yo


Después de mis aventuras usando ropa de chica en casa de mis primas y besando a un chico, a Doug, me llené de dudas. No cabía duda: yo era un travesti. Y me gustaban los chicos. Pero los travestis suelen usar un nombre femenino para esa faceta de su vida, y yo usaba el mismo para ambas: como chico o como chica, era Ariel.

A veces recordaba como a Doug no solo no le molestó descubrir que no era una chica sino un chico con vestido; pareció excitarlo. En el cine, su mano buscó la suavidad de mi muslo bajo el vestido, y sus dedos exploraron más allá, encontrando mi virilidad aplanada bajo una licra. Su aliento se cortó un instante, y luego su boca se acercó a mi oído. “No importa”, murmuró, y su mano se quedó allí, cálida y posesiva, mientras la película continuaba a oscuras... 

Mi cabeza era un caos. Mi cuerpo, pequeño y de apariencia femenina, reaccionaba a ese recuerdo con un estremecimiento que no podía controlar. Pero yo seguía siendo un chico, y eso me aterraba. Mis tíos y mis primas sabían que, vestido de niña, había sido besado y tocado por otro chico. Me consumía el miedo de que alguien se lo contara a mis papás.

...

Por suerte,  un tiempo después,  el Gran Cambio sucedió. No solo se llevó mi virilidad y mis dudas; me dio una certeza física. Ahora, cuando una mano sube bajo mi vestido, encuentra solo la curva suave y húmeda que siempre debió estar allí. Soy una mujer feliz, y cada suspiro, cada temblor, me lo confirma.

viernes, 1 de mayo de 2026

Una nueva apuesta



Las cosas volvieron a la normalidad... más o menos. Iván y yo habíamos tenido intimidad y habíamos aceptado que nos gustábamos; así que él no tenía problemas en hacerme cumplidos sobre mi apariencia. Incluso algunos muy subidos de tono. Para mí, que había sido su mejor amigo y un hombre hasta hacía cuatro meses, todo eso era profundamente humillante.

Fuera de eso, nos comportábamos como siempre. La siguiente apuesta llegó un par de semanas después de nuestra primera vez en la cama. Después de perder tres apuestas seguidas, un miedo frío se instaló en mí.

—Tengo una nueva apuesta —anunció Iván, con esa sonrisa pícara que me ponía nerviosa.

—No sé... —murmuré, recelosa.

—Es justa. La más justa de todas. Un volado —dijo, sacando una moneda de su bolsillo—. Cara o cruz. Si aciertas, ganas tú y yo cumplo cualquier capricho que se te ocurra. Si fallas... ya sabes. Iremos a cenar y usarás lo que yo elija.

Mi corazón latió con fuerza. Un 50/50. Era mi oportunidad. No había habilidad involucrada, solo suerte pura.

—De acuerdo —acepté, sintiendo un mezcla de ansiedad y esperanza—. Elijo... cara.

Iván lanzó la moneda al aire. Dio vueltas y vueltas, brillando bajo la luz, como si contuviera todo mi destino en su frío metal. Cayó en el dorso de su mano y la tapó con la otra.

La retiró lentamente.

Era cruz.

—Lo siento, bro —dijo, y su tono no sonaba nada arrepentido—. Te tengo una buena noticia: iremos a comer juntos. No te preocupes, yo invito. Pero tendrás que usar lo que yo te diga. Maquillaje, un vestido o una falda, tacones... y la última parte es sorpresa.

Al día siguiente, me acompañó a comprar mi outfit para la cita. Eligió un conjunto blanco que, odiaba admitirlo, me quedaba increíble. Me veía bonita. También me compró maquillaje y me dio un ultimátum: tenía tres días para aprender a aplicármelo.

Finalmente, fuimos por un helado para descansar. Después de probarme tantas cosas, estaba exhausta. Ese día se portó tan dulce conmigo que, de no haber estado comprando todas esas cosas femeninas, habría parecido el "bro" de siempre. Pero sabía que era una fachada. La verdadera humillación llegaría el día en que tuviera que pagar mi deuda. Una deuda sellada por el simple y caprichoso giro de una moneda