Después de mis aventuras usando ropa de chica en casa de mis primas y besando a un chico, a Doug, me llené de dudas. No cabía duda: yo era un travesti. Y me gustaban los chicos. Pero los travestis suelen usar un nombre femenino para esa faceta de su vida, y yo usaba el mismo para ambas: como chico o como chica, era Ariel.
A veces recordaba como a Doug no solo no le molestó descubrir que no era una chica sino un chico con vestido; pareció excitarlo. En el cine, su mano buscó la suavidad de mi muslo bajo el vestido, y sus dedos exploraron más allá, encontrando mi virilidad aplanada bajo una licra. Su aliento se cortó un instante, y luego su boca se acercó a mi oído. “No importa”, murmuró, y su mano se quedó allí, cálida y posesiva, mientras la película continuaba a oscuras...
Mi cabeza era un caos. Mi cuerpo, pequeño y de apariencia femenina, reaccionaba a ese recuerdo con un estremecimiento que no podía controlar. Pero yo seguía siendo un chico, y eso me aterraba. Mis tíos y mis primas sabían que, vestido de niña, había sido besado y tocado por otro chico. Me consumía el miedo de que alguien se lo contara a mis papás.
...
Por suerte, un tiempo después, el Gran Cambio sucedió. No solo se llevó mi virilidad y mis dudas; me dio una certeza física. Ahora, cuando una mano sube bajo mi vestido, encuentra solo la curva suave y húmeda que siempre debió estar allí. Soy una mujer feliz, y cada suspiro, cada temblor, me lo confirma.

