domingo, 23 de agosto de 2026

Rutina y revelaciones (3)




Capítulo 3: Rutina y Revelaciones


Los siguientes días fueron muy similares. Mi esposa y yo despertábamos juntas. Nos bañábamos, y luego ella me maquillaba a mí y después se maquillaba ella misma. Cada mañana era lo mismo: sentarme frente al espejo mientras ella me pintaba la cara como si yo fuera un lienzo. Me ardía la piel con cada brochazo, no por el contacto, sino por la sumisión.

Después del tercer día, ella me dijo que tenía que aprender a maquillarme sola.

—Nuestra rutina matutina nos está quitando demasiado tiempo —dijo, con ese tono práctico que solía usar cuando daba una orden.

Refunfuñé, pero acepté. ¿Qué otra opción tenía? Me pasé una hora frente al espejo intentando imitar lo que ella hacía en quince minutos. Me manché los párpados, me pinté los labios torcidos, me puse polvo de más. Era humillante. Pero al cuarto intento, algo empezó a salir bien.

Después tocaba ayudar con el desayuno. Yo no sabía cocinar nada. Como hombre, siempre desprecié las labores domésticas. Eso era cosa de mujeres. Pero ahora mi mamá y Teresa se encargaban de enseñarme lo básico. Las miraba con rabia contenida mientras me explicaban la diferencia entre freír y hervir.

—No pongas esa cara, Aylin —me decía Teresa—. Tú mismo decías que cocinar era fácil.

No respondí.

Luego tocaba limpiar, barrer, lavar. Casi siempre estábamos ocupadas hasta las dos de la tarde. La hacienda tenía trabajadores, pero todos eran hombres asignados a labores de fuerza: cuidar el ganado, reparar cercas, cargar costales. Mi papá —y yo mismo, cuando era Iván— decíamos que contratar mujeres para limpiar o cocinar era innecesario. Que las mujeres de la familia debían cuidar su hogar.

Así era. Y ahora yo era una de esas mujeres.

A las dos, cuando terminábamos las labores matutinas, tomábamos un descanso. Estaba exhausta. La espalda me dolía de tanto barrer. Las manos se me estaban volviendo ásperas por el jabón. Pero luego venía más: ayudar a preparar la comida, servir la mesa, limpiar el comedor, atender también a los trabajadores antes de sentarnos nosotras. Ellos eran respetuosos, sí, pero seguían siendo hombres, y había que atenderlos.

Y yo tenía que sonreír.

Cada vez que llevaba un plato a la mesa de ellos, sentía que se me caía la cara de vergüenza. Antes yo estaba sentado ahí, esperando a que las mujeres me sirvieran. Ahora era yo la que servía. Y ellos ni siquiera me miraban a los ojos. Me miraban el escote.

Las caras de desesperación que ponía eran evidentes. Es fácil aceptar las reglas injustas cuando te benefician, pero otra cosa es vivirlas. Poco a poco, sin embargo, me fui adaptando. Mi sazón mejoró. Aprendí a barrer sin levantar polvo. A planchar sin quemar la ropa. A coser un botón. A lavar sin dejar manchas. Al cabo de un par de semanas, ya podía maquillarme sola con un estilo discreto. Ya no parecía un payaso. Eso me lo dijo mi esposa, y lo dijo casi con orgullo.

Después de la comida tocaba lavar los platos. Terminábamos nuestras jornadas cerca de las seis de la tarde. La última vez que habíamos venido, yo, siendo Iván, montaba a caballo todos los días. Galopaba por los alrededores, gritaba y reía. Era libre.

Pero ahora, como Aylin, no había tenido ni tiempo ni fuerzas. Para cuando terminábamos con todo, ya era de noche y el cuerpo no daba para más. Me acostaba con los pies hinchados y la espalda cansada. Y al día siguiente, otra vez lo mismo.

El pueblo nos miraba con curiosidad. Caminábamos juntas al mercado o a la iglesia, siempre una al lado de la otra. Algunos hombres intentaban disimular sus miradas, pero fracasaban. Nos observaban con atención, sin sutilezas. Nunca nos veían las caras; sus ojos estaban en nuestras piernas o en los senos. Nadie asumía que éramos pareja. Para todos, solo éramos dos buenas amigas, dos muchachas de familia que ayudaban en casa como debía ser.

A veces pensaba que si ellos también experimentaran lo que es llevar una falda que se te sube por el viento, o tener que cruzar las piernas para que no se viera nada, o sonreír cuando no tienes ganas, entonces serían más empáticos. Pero es poco probable que eso pudiera pasar.

Cuando llevábamos unos veinte días en la hacienda, hice algo que nunca creí que haría. Me acerqué a Ariana, cuando estaba sola, y le pedí disculpas.

—Tenías razón —le dije—. Por ahora, no soy el hombre de la familia. Mis comentarios estuvieron fuera de lugar.

Ella me miró con sorpresa. Luego sonrió.

—¿Y eso es todo?

Negué con la cabeza. Me costaba, pero seguí.

—También... aunque fuera el hombre, no tenía por qué meterme en tu vida. Lo siento. Por todas las veces que lo hice.

Ariana no dijo nada. Me abrazó. Y yo, Aylin, su hermana mayor, me dejé abrazar sin rechistar. Me temblaban las piernas. No sabía si era cansancio, vergüenza o alivio.

Esa noche, mi esposa me lo contó con una sonrisa. Ariana le había dicho todo. Y yo no supe si sentirme orgulloso o avergonzado. Tal vez las dos cosas.

Antes de terminar este capítulo, debo contar algo más.

Una noche tranquila, después de veintitantos días de esta nueva vida, estábamos las dos sentadas en la cama. El camisón me rozaba los muslos. Ella me miró de una forma distinta, como si estuviera buscando algo que ya no encontraba.

Se inclinó y me dio un beso en los labios. Fue corto. Apenas un roce.

Yo no sentí nada.

Ella también lo notó.

Nos miramos en silencio durante unos segundos. Luego, las dos reímos al mismo tiempo. Una risa nerviosa, sincera, casi aliviada.

—No somos lesbianas —dije yo.

—No —respondió ella—. No lo somos.

—Entonces... ¿qué hacemos?

—Por ahora, nos trataremos como amigas —dijo, acariciándome la mano—. Ya habrá tiempo de retomar nuestra relación cuando vuelvas a ser Iván. Dentro de un par de meses.

Asentí. No supe si eso me alegraba o me entristecía. Quizá las dos cosas. Por un lado, me daba miedo no sentir nada por ella con este cuerpo. Por otro, me aliviaba no tener que fingir algo que no sentía.

Nos acostamos de espaldas, cada una mirando hacia su lado. Pero antes de apagar la luz, ella me tomó la mano.

—¿Sabes algo, Aylin?

—¿Qué?

—Creo que mi marido, por fin, está dejando de lado su machismo. Tal vez, por fin, esté entendiendo lo que significa ser mujer.

No respondí. Cerré los ojos y sentí el peso de la falda —del camisón— sobre mis piernas. El roce de las sábanas. El cansancio en los huesos.

Y supe que tenía razón.

Pero aún no estaba lista para decirlo en voz alta.

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