Crecí bajo el techo de mi padre, el pastor Renato. En esa casa todo estaba medido: él mandaba, mi mamá Sofía obedecía, y yo, Mateo, tenía que seguir sus pasos hacia el púlpito. Mi vida era Biblia, sermones y deber. Un paquete completo.
Pero cuando llegó el Gran Cambio y desperté en cuerpo de mujer, al principio pensé que era un castigo, una prueba divina. Luego entendí que era parte del plan. Dejé el traje y la Biblia de predicador, y mamá me enseñó a ponerme vestidos, a servir, a ser la mujer que "ahora debía ser".
Renato entonces puso sus fichas en Emanuel, un chico devoto y aplicado, para que tomara mi lugar en el ministerio. Al principio me ardía: antes era yo quien recibía sus lecciones, sus miradas de orgullo, sus palmadas en la espalda. Pero Emanuel era tan amable, tan atento… que mi corazón comenzó a latir distinto.
Hoy espero el día en que lo ordenen pastor. Y cuando eso pase, yo estaré a su lado, no como su discípulo, sino como su mujer. Lo seguiré a donde la iglesia nos lleve, seré su apoyo, su refugio, su calma.
Y cumpliré mi rol con dulzura y entrega… en la mesa, en la vida, y también en la cama, con la sumisión que se espera de mí. Porque así es el orden de las cosas, ¿no?

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