Capítulo 2 — Aylin
Al día siguiente despertamos juntas, mi esposa y yo. Las dos con camisones suaves que apenas nos cubrían hasta medio muslo. Seguramente, para quien nos viera desde fuera, seríamos una postal de ensueño. Pero por dentro yo me sentía un desastre.
Mis piernas, ahora delgadas y temblorosas, sobresalían de la sábana. No podía acostumbrarme a la sensación de tener el aire rozándome los muslos. Cada vez que movía un brazo, notaba el peso extra en el pecho. Me daba vergüenza hasta respirar.
Mi esposa despertó poco después. Nos bañamos juntas, pero no hubo ningún tipo de juego. Yo no podía dejar de intentar cubrirme con las manos, escondiendo lo que ahora era mío y que no pedí. Ella no insistió. Menos mal.
La noche anterior había elegido los vestidos que usaríamos. El suyo era azul claro, sencillo. El mío... el mío era ajustado, de color rosa y con tirantes delgados. Lo miré sobre la cama y sentí un nudo en la garganta.
¿De verdad tengo que ponerme eso? —pregunté en voz baja.
—Son las reglas —respondió ella con calma—. Las mismas que tú pusiste para nosotras.
No pude replicar. Me lo puse. Paso a paso. La tela me ceñía la cintura, me marcaba las caderas. Me sentía en ridículo. Expuesto. Como si cada centímetro de mi cuerpo estuviera a la vista para que cualquiera lo juzgara.
Ese día tocaba limpiar la casa y preparar el desayuno. Todas colaborábamos. Yo me uní con torpeza, sintiendo cómo la falda se me subía cada vez que me agachaba a recoger algo del suelo. Tenía que juntar las rodillas, vigilar cada movimiento. Nunca me había dado cuenta de lo incómodo que es vivir con una prenda que se engancha en todo, que te obliga a sentarte de lado, a no dar pasos largos.
Ariana, mi hermana menor, se encargó de enseñarme a cocinar. Y, por supuesto, no perdió la oportunidad de soltar algunas bromas.
—¿Cómo es posible que a tus treinta años seas una mujer que no sabe cocinar? —dijo entre risas—. No pareces de esta familia.
Me sonrojé. No respondí. Tomé la espátula y seguí sus instrucciones al pie de la letra. Me ardía la cara de la vergüenza. Antes yo era el que daba órdenes en esa cocina. Ahora tenía que pedir permiso para moverme entre los fogones.
Mi esposa me observaba mientras cortaba frutas. No dijo nada, pero vi una pequeña sonrisa en sus labios. Yo, su esposo —ahora su esposa—, estaba viviendo en carne propia lo que durante años había exigido de las demás. Y apenas era el primer día.
Después del desayuno, Ariana anunció que iría al mercado.
—¿Quién me acompaña?
Mi esposa aceptó sin pensarlo. Yo, en cambio, sentí un escalofrío.
—¿Ir así al pueblo? —pregunté en voz baja, mirándola con los ojos abiertos como niño regañado.
—Te ves muy bien, amor. Nadie va a sospechar nada —me dijo.
—Eso es justo lo que me preocupa —susurré.
Rebeca me alcanzó un sombrero veraniego y unas gafas grandes de sol.
—Parecerás una turista. Cero sospechas, pero mucho estilo —dijo, divertida.
Acepté con una mueca. Caminamos las tres cuadras hasta el mercado. El sol calentaba y la calle principal hervía de actividad. Desde que entramos, bajé el tono de voz, me moví con cautela, como si temiera cada mirada.
Y no era paranoia.
Un hombre con sombrero vaquero se quedó mirando mi trasero un poco más de la cuenta antes de fingir interés en un canasto de cebollas. Otro, más joven, me lanzó una ojeada rápida, y luego otra más larga, como si estuviera tratando de entender por qué le parecía tan atractiva.
En el puesto de frutas, un vendedor me sonrió con descaro.
—Buenos días, señorita. ¿Busca algo dulce… o ya lo trae consigo?
Mi esposa tuvo que contener la risa. Yo me puse color carmín y bajé la cabeza. Ella me dio un codazo suave.
—¿Ves? Te dije que te veías bien.
No dije nada. Solo me aferré más a su brazo, como si eso pudiera hacerme invisible. Me sentía como un trozo de carne en un mercado. Esa mirada que antes yo también había lanzado, esa que creía inofensiva... ahora me atravesaba como un cuchillo. Me daban ganas de encogerme, de desaparecer.
En el puesto de flores, un hombre mayor me regalo una rosa.
—Para la señorita tan bonita —dijo, guiñándome un ojo.
Sonreí nerviosa y murmuré un "gracias" que casi no se oyó. Mi voz era aún más suave en público, como si cada palabra fuera un salto al vacío. Me daba miedo que alguien reconociera mi voz de hombre debajo de este cuerpo.
—No es tan terrible —me dijo mi esposa mientras volvíamos a casa con las bolsas llenas—. Incluso pareces… ¿cómo decirlo? Serena.
—Estoy en pánico, ¿te parezco serena? —respondí, pero ya sonriendo un poco. Por primera vez en el día, sentí algo parecido a un respiro.
Me tomó de la mano.
—A veces, cuando uno se deja llevar, pasan cosas buenas.
No dije nada más. Pero por primera vez, no solté su mano.
...
Después de un día largo en la hacienda, nos quedamos las cuatro sentadas en el porche trasero, con tazas de té caliente entre las manos. El aire olía a tierra húmeda y azahares. El cielo estaba lleno de estrellas. Ariana, Teresa, mi esposa y yo habíamos terminado de cenar, pero ninguna tenía ganas de dormir.
—Me sentí rara —dije después de un largo silencio—. Que me miraran así... como mujer. No sé. Algunos lo intentaban disimular, pero les costaba.
—Por eso yo nunca salí con los chicos del pueblo —dijo Ariana, encogiéndose de hombros—. Siempre han sido iguales. Pero en la universidad... bueno, estoy saliendo con alguien. Es diferente. Es amable, respetuoso... me trata como si importara lo que pienso. No quería decirlo frente a mi hermano mayor, por miedo a que no aprobara mi relación. Pero hoy me siento muy unida a mi nueva hermanita. Así que decidí confesarlo.
La miré con una mezcla de sorpresa y enfado.
—¿No puedo creer que estés saliendo con alguien? —dije, molesto. Aún se me escapaba el tono de autoridad.
Teresa miró su taza, dudando.
—No es una niña. Puede tomar sus decisiones. No deberíamos juzgarla.
Fruncí el ceño.
—Soy el hombre de la casa, y no puedes ocultarme esas cosas.
Ariana negó con la cabeza, con un poco de sorna.
—Al menos durante los próximos tres meses serás mi hermana, Aylin. Así que no, no eres el hombre de la casa. Eres una de nosotras. De hecho te ves muy linda con ese vestido. Seguro que traes unas braguitas y un sujetador a juego...
Y sin darme tiempo a contestar, se fue. Teresa se fue detrás de ella, intentando calmarla.
Pasamos unos minutos eternos en silencio. Me quedé mirando el jardín oscuro, sintiendo el roce de la tela del vestido contra mis muslos. El sujetador me apretaba las costillas. Las braguitas se me subían cada vez que me movía. Todo me recordaba que ya no era él. Que era ella.
—A veces quisiera cambiar. Dejar de ser tan machista —dije al fin, con la voz quebrada—. Pero nunca he sabido cómo...
Mi esposa me miró con una expresión triste y, al mismo tiempo, cariñosa.
—Quizá solo necesitas un tiempo en vestido, sujetador y bragas —dijo, cortando la tensión.
Las dos reímos al unísono. Una carcajada compartida que rompió el hielo y me llenó de algo cálido. Algo nuevo.
Más tarde, ya en la habitación, me puse el camisón con lentitud. Cada prenda pesaba como una condena. Pero también, por primera vez, sentí que quizá no era solo eso. Me acosté sin decir palabra. Mi esposa se sentó a mi lado y me acarició el cabello en silencio. Cerré los ojos. Estaba agotada. Agotada de ser mirada, de medir cada gesto, de sentirme frágil.
Pero mientras el sueño me vencía, escuché su respiración tranquila y me invadió una ternura infinita.
No sabía qué seguiría mañana. Pero esa noche me sentí parte de algo que apenas empezaba a construirse.

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