— ¿Leo? ¿Eres tú de verdad? ¡No mames! ¿Mi exnovio es ahora una mujer guapísima? ¿Qué diablos pasó aquí?
— ¡Ay, hola! Pues verás… andaba ayudando al nuevo vecino, don Roberto, a mudarse a la casa de al lado. El señor estaba con sus muebles pesados, y yo, bien servicial, le quitaba el polvo, le trapeaba el piso y hasta le preparé la cena. Me dijo que sería una excelente ama de casa y que quería una esposa como yo. Me reí porque pensé que era broma… pero no le hizo nada de gracia. Me encerró en su casa y me dio una píldora rosa para "feminizarme".
— ¿Y no te plantaste? ¿No le diste guerra?
— Claro que me resistí, pero fue como pegarle al viento. El tipo es un toro, alto y musculoso, y yo siempre fui delgado y débil. Tú misma me dejaste porque no pude protegerte de esos cabrones que te acosaban, ¿te acuerdas? Y pues las píldoras y sus brebajes especiales hicieron lo suyo: mis músculos de pollo se convirtieron en pura grasa femenina. ¡Ahora soy más débil que la mayoría de las mujeres!
— Pero…
— Pero para una mujer no es vergüenza ser débil, ¿verdad? Eso me lo dice mi esposo todo el tiempo.
— ¿Tu… esposo?
— Sí. Después de la transformación, don Roberto me obligó a casarme con él. Así que ahora soy una mujer casada. Soy la señora de Roberto, Danae. ¿Ves? Hasta nombre nuevo tengo.
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