Capítulo 7 – Secretos y risas
Me acostumbré a ir y venir del club Marriott con un vestido en mi cuerpo, unos tacones en mis pies, maquillaje en mi rostro y una sonrisa en los labios. Esa noche en particular volví tarde, con los tacones en la mano y el cabello algo revuelto. Mi esposa ya dormía, pero el suave clic de la puerta la despertó. Sin encender la luz, me acerqué a su oído.
—Nos la pasamos increíble —susurré.
No di detalles. Nunca los daba. Solo mencionaba si habíamos ido a cenar, al buffet, a bailar, a reír. Lo demás lo dejaba al misterio… aunque mis mejillas enrojecidas siempre hablaban más de la cuenta. Y eso me molestaba. Porque antes, cuando era Iván, yo controlaba mi cuerpo. Mis emociones no se reflejaban en mi cara como si fuera un libro abierto. Ahora todo se me notaba. Todo.
Al día siguiente, me puse una blusa entallada y una falda que dejaba ver mis piernas torneadas. Había aprendido a destacar lo que ahora me pertenecía. Sin pudor, pero con gracia. Me impresionaba a mí misma cómo caminaba con esa mezcla de inseguridad y coquetería nueva. Antes, cuando era hombre, jamás me arreglé mucho para una cita. Ahora me tomaba mi tiempo frente al espejo, cuidando cada detalle. Y mi esposa, desde su cama, me miraba en silencio. No sabía si eso le dolía o la intrigaba. No quería pensar mucho en ello.
Una tarde, al volver de una salida con Raúl, Ariana me detuvo en la sala.
—¿Y qué película vieron?
—Una de acción, creo… me dormí —respondí con una sonrisa evasiva.
—¿O no la viste porque Raúl no sacó las manos de debajo de tu falda? —bromeó con una carcajada.
Me sonrojé hasta las orejas y desaparecí rumbo a la cocina. Desde entonces no volví a mencionar el cine. Pero mientras me escondía entre los fogones, me pregunté: ¿qué clase de hombre se sonroja por una broma así? ¿qué clase de hombre usa faldas ¿Qué clase de hombre permite que otro hombre le ponga las manos debajo de su falda? Y la respuesta me daba vueltas en la cabeza: ninguno. Yo ya no era un hombre. Y cada día me costaba más recordar cómo se sentía serlo.
Poco a poco, empecé a notar que estaba envuelta en algo más que una aventura. Pero aún no lo tenía claro ni yo. Sabía que en unos meses volvería a ser Iván. Ese pensamiento flotaba sobre cada uno de mis gestos, como un recordatorio silencioso de que esto era solo una fase, una pausa, un experimento. A veces me sentaba en el sofá, revisaba mi celular con el ceño fruncido, midiendo la distancia entre el deseo y la culpa. ¿Podía desear a un hombre sin dejar de ser quien era? ¿O acaso ese deseo ya me estaba convirtiendo en otra persona?
Tenía una relación especial con mis hermanas. Ariana, siempre directa, me contaba todo sin filtros. Una tarde, mientras tomábamos café, mencionó que su novio la visitaría el próximo fin de semana.
—¿A nuestra casa? —pregunté, apretando el borde de mi taza.
—Sí. ¿Cuál es el problema? —respondió con naturalidad.
Apreté los labios. Quise decir algo. Una crítica, una advertencia, algo propio de un hermano mayor. Pero me contuve. ¿Cómo iba a reprocharle eso, si yo misma me había besado con un hombre en mi primera cita? La hipocresía me supo amarga. Antes, como Iván, habría dictado sentencia sin dudar. Ahora solo callaba. Y ese silencio me pesaba menos de lo que debería.
La más reservada de las tres era Teresa, pero incluso ella acabó abriéndose. Una noche, mientras lavábamos los trastes, me confesó que era lesbiana y que años atrás tuvo una novia.
—La quise mucho, pero no fui valiente. Nunca les pude contar a ustedes. Terminamos por eso —dijo, con una voz baja pero firme.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
—Sí. No cometas el mismo error. No te escondas de quién eres. Si Raul te gusta de verdad, deberías continuar siendo Aylin.
Entonces me mostró una segunda pastilla rosa.
—Si la tomas ahora, mientras aún eres mujer, el cambio será permanente. No tendrás que volver a ser hombre.
Me quedé en silencio, con la cápsula entre los dedos. La miré largamente. Era pequeña. Inocente. Pero dentro de ella había una decisión que me aterraba. ¿Quería quedarme así? ¿Quería ser Aylin para siempre? Apreté la pastilla con fuerza y luego la dejé sobre la mesa.
—Dame tiempo —dije.
Me abrazó. Y yo la abracé de vuelta. Esa noche no pude dormir. Pensé en Iván. Pensé en Aylin. Pensé en Raúl. Y en las manos de Raúl. Y en cómo me gustaban. Y en cómo eso antes me habría dado asco. Y ahora no. Ahora solo me daba miedo.
Desde mi habitación, me preparaba para mis citas. A veces usaba pantalones ajustados, otras, vestidos que dejaban poco a la imaginación. Siempre impecable. Siempre divina. Y cada vez que volvía, me sentía más cómoda en mi piel. Más feliz. Más... mujer. Y esa palabra, que antes me parecía una condena, empezaba a sonarme como algo distinto. Algo que quizá no era peor. Solo diferente.
Hasta que un día desperté quejándome de cólicos e inflamación. Por la tarde, entré a la habitación con los ojos un poco vidriosos y se lo dije a mi esposa.
—Me bajó.
Le tomó un segundo procesarlo. Aún le costaba asociar mi nuevo cuerpo con las memorias de esposo. Pero ahí estaba yo, sentada en el borde de su cama, nerviosa como una adolescente.
—No le quise contar a mis hermanas. Me da pena… pero contigo es diferente. Me siento segura.
Me prestó una toalla femenina y me enseñó a ponérmela. Me habló de lo básico: los días fértiles, los cólicos, la necesidad de llevar condones ahora que salía con Raúl.
—Cualquier día pueden acabar teniendo intimidad —me dijo.
Bajé la mirada y asentí, con las mejillas encendidas. Tal vez al final habría preferido hablar con una de mis hermanas. Pero no. Con ella era diferente. Ella sabía quién había sido. Y aun así me amaba y me ayudaba. Aún teníamos algo especial.
Seguíamos compartiendo habitación, pero dormíamos en camas separadas. Como amigas. Como algo indefinido, pero profundamente cercano.
Y mientras me cepillaba el cabello antes de dormir, pensé en esa segunda pastilla. Seguía en mi cajón. ¿La tomaría? ¿O volvería a ser Iván? Aún no lo sabía.
Pero por primera vez en semanas, no sentía vergüenza de no saber la respuesta.

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