—Recuerdo cuando era niña y mis pechos empezaron a crecer —dice mi mamá mientras repasa mi párpado con el pincel—. Me sentía tan orgullosa de ir al colegio con mi primer sujetador de entrenamiento. Luego, los chicos empezaron a mirarme… ¡y me sentía tan bien! A los dieciséis ya tenía un cuerpazo. Eso me hizo muy popular. Me invitaban a todos los bailes, podía tener una cita cualquier noche de la semana.
—Pero mamá —respondo con la voz apagada—, tú fuiste chica toda la vida. Yo era un chico hasta hace dos meses, antes del gran cambio. Y no me siento feliz con este cuerpo ni con esta ropa.
Ella quita seriedad a mis palabras con un gesto leve, casi maternalmente cruel:
—Solo tienes que dejarte llevar. Eres una mujer, acéptalo. Tus pechos ya están creciendo. Cuando salgamos, los hombres te mirarán. A medida que sigan desarrollándose, atraerás más y más atención masculina. Serás una chica muy popular. Yo te enseñaré todos los secretos de la feminidad… siempre quise tener una hija.
Bajo la mirada al espejo. El sujetador me aprieta. El lápiz de labios reposa junto a mis dedos, ajeno a mi vértigo. Por dentro, algo sigue sin encajar en esta forma que el gran cambio me impuso.

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