martes, 25 de agosto de 2026

El precio justo (5)




Capítulo 5 – El precio justo

De vuelta a casa, estaba hecha una furia. No podía comprender cómo todo había salido tan mal. La presa estaba construida para evitar que nuestra hacienda se inundara, pero el agua no nos pertenecía. Debíamos permitir que fluyera. Sin embargo, nunca había sido necesario: la pequeña salida que tenía era suficiente para distribuir. Pero este año, al parecer, se había atascado por completo. Y al intentar abrir el mecanismo con la válvula para desaguar un poco, descubrimos que estaba oxidado y atascado por falta de mantenimiento.

Hice unas llamadas. El mantenimiento era carísimo por la urgencia. Cuando terminé y comuniqué las noticias a Raúl y a su abogado, el abogado se apresuró a decir que, si no solucionábamos eso en un par de días, ocasionarían pérdidas enormes para su cliente.

Pero Raúl seguía calmado. En control de la situación.

—Soy dueño de un despacho de ingenieros. Yo soy ingeniero civil, pero tengo ingenieros hidráulicos a mi cargo. Podría traer a un par mañana mismo y que arreglen todo. No cobrarán precio de urgencia. Solo lo justo.

Hizo una pausa, como si disfrutara del suspenso. Luego añadió:

—Pero a cambio quiero una cita con la señorita Aylin. Es un precio justo… creo yo.

Seguía enojada. No sabía cómo había dicho que sí.

Mi esposa intentó consolarme.

—Te hubiera costado un ojo de la cara decir que no. El costo por la urgencia era muy elevado y la demanda podía ser aún peor. No tenías opción.

Llevaba menos de un mes siendo mujer, y ese día había sido una tormenta emocional. Raúl me había hecho sentir vulnerable más allá de mis límites. Me había recorrido con los ojos. Me vio resbalar del caballo. Me sostuvo en brazos. Y no me dejó otra opción que tener una cita con él.

Pero no estaba enojada solo por eso. Estaba enojada por algo más. Y entonces recordé cómo me sonrojé al estar en brazos de él. También me sonrojé cuando me pidió la cita. Me había sonrojado en su presencia al menos dos veces más.

¿Podría ser que él me gustara? Sabía que en este cuerpo no sentía nada físico por mi esposa. ¿Pero podía sentir algo por un hombre?

Los ingenieros vinieron al día siguiente y repararon todo. La cuenta fue al menos veinte veces menor que la cotización que yo había recibido. Eficientes, rápidos, discretos. Apenas dijeron nada mientras se iban. Pero poco después, un mensajero llegó a la hacienda con una tarjeta y un ramo de flores.

Era para mí.

La tarjeta decía: "Cumplí mi parte del trato. Te veo el sábado a las 4 en el Marriot. El código de vestimenta es formal. Lleva algo lindo y mucha hambre. –Raúl."

Sentí cómo se me subía el calor a las mejillas otra vez. Luego aplasté la tarjeta con la mano y maldije mi suerte.

Mi esposa levantó la tarjeta del piso y la leyó en voz alta.

—Código formal implica vestido y tacones —dijo con una sonrisa traviesa—. Tenemos dos días para enseñarte a andar en tacones.

Lo bueno fue que las horas que dedicamos a eso no las pasamos limpiando. Lo malo es que esos zapatos eran una tortura. Los odiaba con cada célula de mi cuerpo. Me tambaleaba, tropezaba, murmuraba insultos en voz baja mientras caminaba de un lado a otro del pasillo como una modelo en entrenamiento forzada por contrato. Ariana fue una entrenadora implacable: me colocaba libros en la cabeza, me corregía la postura, me obligaba a dar vueltas completas sin caerme.

Finalmente, un día antes de la cita, logré dominar el andar con esos malditos tacones. Cuando terminé mi caminata triunfal por el pasillo del comedor, Ariana aplaudió con entusiasmo y mi esposa me dio una copa de vino para celebrarlo.

Esa noche, me ayudaron a elegir el vestido. Era un modelo largo, elegante, de tela negra que abrazaba el cuerpo, con un tajo lateral que dejaba una pierna al descubierto. Era de Ariana, pero me quedaba como un guante. También escogí medias negras, finas, que me cubrían las piernas hasta el muslo. Cuando me lo probé y me miré en el espejo, enmudecí. Podía ver en mis propios ojos que sentía la sensualidad de la prenda. No solo cómo se me veía, sino cómo me hacía sentir.

—Tienes unos pocos pelitos en las piernas —comentó Ariana, y con naturalidad fue a buscar el kit de cera.

—¿Perdón? —dije, alarmada.

No hubo marcha atrás. Entre risas, gritos y una buena dosis de vino, me depilaron las piernas. Grité un par de veces como si estuviera siendo torturada, pero cuando terminaron, mis piernas brillaban suaves y perfectas bajo las medias negras.

Luego vino el maquillaje. El peinado. El perfume. Al final de la noche, cuando por fin me desmaquillé y me puse la pijama, me tiré en la cama con los brazos abiertos.

—No puedo creer todo lo que acabo de vivir.

—Y eso que la cita es mañana —dijo mi esposa, sentándose a mi lado.

Giré la cabeza hacia ella, con los ojos brillantes.

—¿Qué me está pasando?

No supo qué responderme. Y yo tampoco. Estaba cambiando. No solo en lo que hacía o cómo me movía. Cambiaba por dentro. Mi forma de reaccionar, de desear, de sentir. Lo que ayer me parecía absurdo hoy me hacía suspirar. Y yo, que antes me conocía mejor que nadie, empezaba a preguntarme qué me aguardaría el día de mañana.

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