Capítulo 1: El plan
Yo, Iván, siempre supe que era un hombre de verdad. Guapo, valiente, exitoso. Mi esposa me amaba por eso... al menos al inicio de nuestra relación. Con el tiempo, ella empezó a decir que yo era machista, pero yo solo sabía cómo debían ser las cosas. Las mujeres en el hogar, los hombres proveyendo. Así funcionaba el mundo.
Cuando fuimos novios, supe disimular bien mis ideas. Pero al vivir juntos, las cosas cambiaron. Ella quería seguir trabajando, y eso me molestaba. Discutíamos constantemente. Dos años después, sentí que se estaba alejando. Pero no sabía que estaba tan cerca del divorcio.
Llegamos a la hacienda de mis papás, como cada año. Yo, abogado reconocido, tenía que supervisar que mis hermanas no arruinaran la herencia. Papá había muerto hacía una década ya, y solo quedaban mis hermanas y mi mamá en casa. Es obvio que no se puede confiar en un grupo de mujeres.
La noche de nuestra llegada, mi esposa me hizo el amor con una pasión que me extrañó. Hacía tiempo que no era tan intensa... Debí haber sospechado que pasaba algo.
A la mañana siguiente, me dijo que quería dejarme. El mundo se me vino abajo. Pero me dijo que estaba dispuesta a darme una oportunidad... mencionó que Julia, mi hermana, y ella idearon un plan. Me mostró una píldora rosa en la palma de su mano.
—Si tomas esta píldora, te convertirás en mujer por tres meses —dijo—. Si entiendes cómo nos sentimos las mujeres, quizá podamos salvar lo nuestro.
Me reí. Me indigné. Pero vi sus maletas hechas, sus ojos decididos. Y acepté. ¿Qué otra opción tenía? Tomé la píldora y me sentí débil. El mundo se desvaneció...
Desperté al día siguiente en la tarde... y algo andaba mal. Mi pijama me quedaba enorme. Mi cuerpo se sentía extraño. Me levanté, fui al espejo... y allí estaba ella. Una mujer me miraba. Una mujer que era yo.
Quise gritar. Quise arrancarme esa piel nueva. Pero mi esposa entró, trajo ropa de Ariana, mi hermana menor, que me quedó bien; me vistió como a una muñeca: un vestido rojo y sandalias con un poco de tacón del mismo color. Pasé el día encerrada, avergonzada, escondiéndome de mí misma.
Esa noche me dio las reglas. Las mismas que yo siempre impuse para mis hermanas, las que le quise imponer a ella. Cocinar, limpiar, usar vestidos, nada de pantalones. Comer después que los hombres. Levantarme si ellos necesitaban algo. Dormir con camisón. Vestir "apropiadamente" por las noches.
—Ahora eres una mujer —dijo—. Durante tres meses no serás Iván. Serás Aylin.
La miré largamente. Quise negarme, romper todo, recuperar mi vida. Pero un suspiro escapó de mis labios... y acepté.
Porque en el fondo, maldita sea, sabía que tenía razón. Sin mis bolas ahí abajo, yo no era un hombre... y no lo sería por tres meses.
Solo me estaba pidiendo lo que yo siempre pedí a las mujeres.
Y tal vez... tal vez aún podría salvar mi matrimonio.
