miércoles, 26 de agosto de 2026

Mariposas (6)





Capítulo 6 – Mariposas

Al día siguiente me prepararon para la cita. Maquillaje suave, un poco de perfume, una pulsera plateada y un collar discreto. El vestido era divino, ceñido al cuerpo que dejaba ver mi cuerpo en su gloria femenina. Las medias negras me ceñían las piernas recién depiladas, y los tacones... los tacones ya no me daban tanto miedo.

Me miré al espejo y no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. No era solo el cuerpo. Era algo más. Algo que me revolvía el estómago y me aceleraba el pulso. Mariposas, supongo. Pero mariposas de esas que duelen. Porque cada vez que las sentía, recordaba que antes, cuando era Iván, yo era el que provocaba eso en las mujeres. Nunca lo supe sentir. Y ahora lo sentía yo. Y me daba rabia. Y me daba miedo. Y al mismo tiempo... quería más.

Se suponía que Raúl enviaría un chofer a las tres para llevarme al Marriott. Pero en su lugar, llegó él mismo.

Vestía un traje oscuro, perfectamente entallado. La barba de tres días y su peinado moderno le daban un aire de madurez atractiva. Las canas en las sienes... no sé por qué me fijé en eso. Pero me fijé. Y me gustó.

Abrí la puerta y lo miré con sorpresa. No dije nada al principio. Él bajó la vista lentamente hasta mis piernas y luego volvió a mi rostro, esbozando una sonrisa segura. Siempre lograba descolocarme. Y yo, como siempre, me sonrojé. Me odié por eso. ¿Por qué me sonrojaba? ¿Por qué no podía controlarlo?

Vio las flores que había enviado el día anterior en un florero junto a la entrada.

—Qué bueno que te gustaron —dijo, acercándose con paso firme.

Me dio un beso. No en los labios, pero casi. Justo en la comisura izquierda de mi boca. No me aparté. Solo bajé la mirada, aún más sonrojada. Y lo peor no era el sonrojo. Lo peor era que no quería apartarme.

—Vamos, princesa —dijo entonces, con un gesto teatral, ofreciéndome el brazo—. Tu carruaje te espera.

Lo tomé. Casi en automático. Como si el gesto me hipnotizara. Subí al auto con él. Y mientras el coche se alejaba de la hacienda, sentí que me alejaba también de todo lo que había sido. Y no supe si eso me daba miedo o me daba vértigo. Quizá las dos cosas.

...

No regresamos hasta después de la medianoche. El vestido que llevaba se veía aún perfecto, los rizos algo más sueltos, los labios sin labial pero con una sonrisa distinta. No era solo que me viera guapa. Era que me sentía plena.

Me quité los tacones en la entrada y caminé descalza hacia la sala. Mi esposa y Ariana me esperaban.

—¿Cómo te fue? —me preguntó mi esposa.

Me dejé caer en el sillón con un suspiro largo y feliz. Sonreí ampliamente.

—Increíble —dije.

Y mientras lo decía, sentí un nudo en la garganta. Porque era increíble. Y eso me aterraba. ¿Cómo podía estar disfrutando esto? ¿Cómo podía sentirme feliz siendo una mujer? ¿Cómo podía gustarme que un hombre me mirara como si fuera el postre?

Pero seguí contando todo lo que pasó.

Primero fuimos al buffet. Raúl me trató como a una reina. Me sirvió vino, me ofreció opciones, me escuchó con atención. Me preguntó sobre mi trabajo como abogada, sobre mi vida, sobre la hacienda y hasta sobre mi infancia. Confesé que nunca había sentido algo así en una cita. Luego miré a mi esposa con cierta culpa. Me di cuenta de lo que acababa de decir. Una cita. Yo, Iván, había tenido una cita con un hombre. Y me había gustado.

También les conté que Raúl no disimulaba sus miradas: me observaba los senos, las piernas, los labios. Al principio eso me incomodó, pero conforme pasaban las horas, dejé de sentirme observada y empecé a sentirme deseada. Y eso era peor. Porque me gustó. Me gustó que me mirara así. Me gustó sentirme bonita. Me gustó sentirme frágil y protegida al mismo tiempo.

¿Qué clase de hombre era yo ahora?

Después fuimos a la pista de baile. El club del Marriott tenía luces cálidas, música en vivo y una pista lo bastante íntima como para bailar lento sin parecer ridículos. Al principio estaba nerviosa. No sabía si podía seguir el ritmo, ni cómo moverme con esos tacones. Pero Raúl fue suave. Me tomó de la cintura con una mano, con la otra entrelazó sus dedos y me guió con paciencia. Como si ya supiera que necesitaba un poco de tiempo para confiar.

—Era como si mi cuerpo supiera qué hacer —dije, tocándome el cuello, recordando.

Y era verdad. Mi cuerpo sabía. Mi cuerpo de mujer. Mis caderas se movían solas. Mis manos descansaron en sus hombros como si siempre hubieran estado ahí. Mi corazón se aceleró cuando él me acercó más. Y yo no hice nada por evitarlo.

Mi esposa me miró en silencio. No parecía celosa. Parecía más bien confundida. Como si estuviera viendo a alguien a quien ama vivir algo necesario, aunque no supiera bien qué lugar ocupaba ella en todo eso.

—¿Se besaron? —me preguntó después de un rato.

Me reí. Bajé la mirada. No respondí.

Entonces Teresa entró en la habitación.

—Debes decir la verdad, o lo haré yo —dijo, con esa firmeza tranquila que a veces asusta—. Estaba en el balcón de mi cuarto... y los vi.

Respiré hondo. Ya no podía esconderlo. Y quizá ya no quería hacerlo.

—Un par de veces en el club —dije—. Y una más al bajar del auto. Aquí. Para despedirnos.

El silencio que siguió fue largo. No de incomodidad, sino de reconocimiento. Como si yo misma supiera que, al final, lo privado también se vuelve parte del tejido familiar. Y que ya no podía seguir mintiéndome.

—¿Estás bien? —me preguntó mi esposa.

Le dije que sí. Y no mentía. Me miró con una mezcla de culpa y alivio. Entonces Ariana preguntó si volvería a verlo.

—Sí —dije. Y me sonrojé otra vez.

En ese instante lo supe. Mi relación con ella había terminado hacía mucho. Solo no lo habíamos dicho en voz alta. Esa noche nos acostamos juntas como siempre. Pero se sintió diferente.

Cerré los ojos un momento. Luego me recosté sobre su pecho y le pedí que me acariciara el cabello. Lo hizo. Estaba tibia. Olía a ella. Pero yo olía a perfume caro y a una noche bien vivida. A él.

—Gracias —murmuré—. Por no juzgarme.

Después hubo un silencio largo.

—Quédate aquí los dos meses que faltan de nuestras vacaciones —le dije en voz baja—. Después pensaremos qué hacer.

Ella no dijo nada. Solo me acarició el cabello hasta que me quedé dormida. Y mientras el sueño me vencía, sentí las mariposas otra vez. Esas malditas mariposas que ya no sabía si eran vergüenza, o miedo, o ganas de verlo otra vez.

Quizá las tres cosas.

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