Capítulo 10: Antes de la boda
El miércoles. 3 días antes de la boda.
Faltaban tres días para la boda y yo estaba al borde de un ataque de nervios.
Todo tenía que ser perfecto. Las flores, los manteles, los vestidos, la música, la comida. Cada vez que alguien me preguntaba algo, sentía que el pecho se me comprimía un poco más. Mi madre me decía que me calmara, que todo iba a salir bien. Mis hermanas me repetían que respirara hondo. Pero yo no podía. Había demasiado en juego.
El miércoles en la noche, después de colgar una llamada con el proveedor de las guirnaldas —que me aseguraba que las flores blancas no llegarían a tiempo—, rompí en llanto. Raúl me abrazó sin decir nada. Me acarició el cabello hasta que se me pasó.
—Mañana te voy a secuestrar —dijo, con esa voz grave que tanto me gustaba—. Un día entero solo para nosotros. Sin planes. Sin bodas. Sin estrés.
Levanté la vista, con los ojos aún húmedos.
—¿Y los preparativos?
—Tus hermanas se encargan. Confía en ellas.
Asentí. Tenía razón. Necesitaba respirar.
...
El Jueves. 2 días ante de la boda.
A la mañana siguiente, Raúl me despertó con un beso en la frente. Me dijo que nos fuéramos a cabalgar por el campo, como no hacíamos desde hacía meses. Me puse unos pantalones ajustados y botas. Él me miró de arriba abajo con esa sonrisa que todavía me hacía sonrojar.
—Te ves hermosa hasta con pantalón—dijo.
—Eres un mentiroso —respondí, riendo.
Pero me gustó.
Salimos al amanecer. El aire olía a tierra mojada y a pasto recién cortado. Cabalgamos durante una hora, sin prisa, hablando de tonterías, riéndonos de lo mal que había quedado el pastel en la prueba anterior. Por un momento, me olvidé de la boda. Me olvidé de los nervios. Solo fuimos yo, Raúl, los caballos y el viento.
Cuando volvimos a su casa, me cargó para bajarme del caballo, con un gesto que ya conocía. Me tomó por la cintura, me levantó en el aire y me dejó caer suavemente sobre sus hombros. Grité de la risa mientras él me llevaba así hasta la habitación.
—Raúl, bájame, estoy sudando de montar —protesté, aunque sin muchas ganas de que me soltara.
—Me da igual —dijo, y me llevó a nuestra habitación, me dejó caer sobre la cama.
Después, lo monté a él.
Y mientras el sol subía por el horizonte y lo sentía dentro de mí, embistiéndome con su virilidad con fuerza, sentí que todo estaba bien. Que todo iba a estar bien. Que me merecía esta felicidad.
Más tarde, mientras me duchaba, sonó mi teléfono. Era Ariana.
—¿Dónde estás? —preguntó con su voz de siempre, directa y sin filtros.
—En casa de Raúl. ¿Pasa algo?
—Nada grave. Solo quería decirte que llegó Danna, tu exesposa. Ya está aquí, en la hacienda. Juan la trajo hace un rato.
Me quedé en silencio. Sentí algo cálido en el pecho. Una alegría que no esperaba. Hacía meses que no la veía. Desde aquella despedida en la fiesta de su cumpleaños. La extrañaba.
—Qué bien —dije, y sonreí al espejo empañado—. Mañana la veo.
—Ok, sólo quería que supieras que preguntó por ti.
—Dile que mañana estaré ahí.
Colgué y terminé de ducharme. Cuando salí, Raúl ya había preparado algo de comer. Nos sentamos en la terraza, con el sol de la tarde calentándonos las piernas. No hablamos de la boda. No hablamos de nada importante. Solo estuvimos. Y eso fue suficiente.
Esa noche dormí en su casa. Soñé con caballos blancos y vestidos largos. Y con ella. Con mi exesposa. Con la mujer que una vez fue mía y que ahora era mi mejor amiga.
...
El Viernes. Un día Antes de la Boda
Llegué a la hacienda al mediodía. Todas estaban ocupadas con los preparativos. Mi madre daba órdenes en la cocina. Teresa y Raquel colgaban guirnaldas en el jardín. Ariana movía mesas como si tuviera la fuerza de un hombres
Y ella estaba ahí. Danna, mi exesposa. Sentada en la cocina, medio dormida, con una taza de café entre las manos.
—¿Con qué ayudo? —preguntó con voz ronca.
No pude contener la emoción. Me abalancé sobre ella.
—Primero dame un abrazo —dije.
Nos abrazamos fuerte. Olía a ella. A la ciudad, a su perfume de siempre, a las noches que compartimos cuando éramos marido y mujer. Pero ya no existía nada de eso. Solo cariño. Solo gratitud.
—Ya están todas mis damas de honor —dije cuando la solté, radiante.
Me senté a su lado mientras desayunaba. Le conté los planes para el día siguiente: el salón de belleza, la ceremonia en el jardín, la comida, la fiesta. Ella me escuchaba con atención, sonriendo.
Un poco más tarde llegó el sastre con los vestidos. Las tres damas se probaron los suyos. El morado claro les quedaba hermoso. A ella especialmente. Me recordó lo mucho que me había enamorado de ella, cuando aún era un hombre.
Después ayudamos a decorar el jardín. Juan y los hombres levantaban un templete para la ceremonia. Todo iba tomando forma. Todo era hermoso.
Cuando cayó la noche y los trabajadores se marcharon, quedamos en la cocina los más cercanos: mis hermanas, mi madre, Juan, Danna y yo. Tomábamos café, charlábamos, bromeábamos. Me sentía en paz.
Entonces recordé algo. Algo que había estado guardando para este momento.
—Sé que mañana es mi gran día y que no es común que la novia dé regalos a sus invitados —dije, poniéndome un poco nerviosa—. Pero tengo algunas cosas para ustedes.
Fui a mi habitación y traje una pequeña caja de madera. Las miradas de todas se clavaron en mí.
Empecé con Ariana.
—Para mi hermanita menor, la más rebelde y la que más me ha enseñado sobre mi nueva vida, tengo esto.
Le extendí unas llaves. Las reconoció enseguida. Eran del auto deportivo que Iván adoraba. Ese en el que solía bajar la ventana para mostrarme varonil ante el mundo. El auto de mis conquistas, de mi ego masculino. Nunca había dejado a nadie conducirlo. Y ahora, Aylin, se lo entregaba a su hermana menor.
Ariana me miró con los ojos brillantes.
—¿En serio?
—En serio.
Me abrazó fuerte. Cuándo por fin me soltó, me volví hacia Teresa.
—Para ti, hermana del medio, la que siempre me vio por quien realmente era… tengo esto.
Le di las llaves de mi camioneta, la van amplia que usaba para cargar carpetas de documentos entre la casa y la oficina. Me reí con timidez.
—Desde que soy mujer… no he conducido ni una sola vez. Siempre me lleva Raúl o me manda con un chofer. Me he vuelto muy mimada —dije, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas.
Teresa tomó las llaves con una sonrisa tranquila.
—Cuidaré de tu camioneta, no temas—dijo.
Luego, me giré hacia ella. Mi exesposa. Mi mejor amiga.
—Para ti, mi hermana adoptiva… tengo esto.
Le extendí unos papeles. Los miró unos segundos antes de comprender. Era una cuenta bancaria que le había ocultado durante todo nuestro matrimonio.
—Nunca debí esconderte ese dinero —dije con una sonrisa suave—. Ahora es tuyo.
Ella me miró, incrédula. Abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Solo me abrazó.
Y por último… miré a Juan.
Me saqué la cadena de plata que llevaba al cuello. De ella colgaba mi antiguo anillo de matrimonio. De cuándo me casé con Danna. Cuando juramos estar juntos para siempre. Lo había dejado de usar cuando mis dedos se volvieron pequeños y delicados.
—Cuando me puse este anillo —dije, con voz suave—, prometí cuidar de ella. Prometí ser su esposo… y su hombre. Pero ese anillo me queda grande en más de un sentido ahora. Ahora soy más como su hermana. Quiero que tú lo tengas y que la cuides. Y que sean una feliz pareja.
Sonreí y lo miré a los ojos. Él me miró, confundido.
—En realidad… todavía no se lo he pedido —dijo, nervioso.
Luego la miró a ella. Y se puso de rodillas. Sacó una pequeña caja del bolsillo.
—¿Pedirme qué? —preguntó ella, casi sin aliento.
Abrió la caja. Dentro brillaba un anillo de compromiso.
—Iré a vivir donde tú quieras. Ya renuncié a mi trabajo aquí. Danna… ¿quieres casarte conmigo?
Y ella, sin pensarlo, con el corazón lleno de emoción, respondió que sí.
Todas aplaudimos. Ariana saltaba como una niña. Teresa y yo nos abrazamos. Mi madre lloraba en silencio. Sin duda estos días eran los mejores de mi vida.
...
El Sábado. El día de la boda
Me despertaron a las siete de la mañana. Mi madre entró a la habitación con una bandeja de desayuno.
—Hoy es tu día, hija —dijo, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mamá, no llores, que me haces llorar a mí.
Desayuné rápido, con el corazón latiéndome en las sienes. A las ocho, reuní a todas mis damas.
—Vamos a cambiarnos —dije—. En un rato pasa el auto por nosotras.
Ellas asintieron. Yo me puse una bata blanca. Ellas, sus vestidos de damas.
Fuimos al centro, a la casa de Raúl. Dentro nos esperaban tres estilistas. El de mayor edad era muy delgado, vestía pantalones pegados y una ombliguera que, debo admitir, le quedaba bien.
—Muy bien, tenemos poco tiempo —dijo con un tono casi femenino—. La novia viene conmigo. Mis ayudantes se encargarán de sus damas.
Las horas pasaron entre brochazos, pinzas y risas nerviosas. Ariana fue la primera en maquillarse. Luego Teresa. Luego Danna. Y al final, yo.
Cuando me aplicaron el tratamiento hidratante facial, tuve que quedarme quieta media hora. Cerré los ojos y respiré hondo. Pensé en todo lo que había pasado en los últimos meses. En cómo llegué aquí. En quién era ahora.
Cuando terminaron con mi maquillaje, los estilistas insistieron en que primero ayudara a la novia a ponerse el vestido. Ellos se irían a refrescar y regresarían en media hora.
Cuando quedamos solas, me quité la bata. Llevaba una faja que me cubría desde la entrepierna hasta el pecho, dejando libre el escote justo para el vestido. Tenía medias sostenidas con ligas y una liga extra, seguramente para que Raúl la arrojara más tarde.
Danna, que aún no tenía las uñas postizas puestas, fue quien más pudo ayudarme. Me colocó el corsé, las crinolinas y la falda. Fue un momento extraño. En su anterior boda, ella fue la novia y yo el novio. Ahora, yo era la novia, y ella era una de mis damas de honor y me ayudaba a vestirme a mí.
Cuando tuve el vestido puesto, me miré al espejo. Me veía hermosa. Como una princesa a punto de convertirse en reina. Radiante de felicidad.
Y de pronto, mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Lamento haberte fallado —le dije.
—No me fallaste —respondió—. Eso fue en otra vida. Eras otra persona. Ambas somos felices: yo tengo a Juan y tú tienes a Raúl. Y, además, nos tenemos la una a la otra. Somos mejores amigas.
Nos fundimos en un abrazo largo y silencioso. Luego, mis hermanas se unieron. Las cuatro éramos hermanas. Las cuatro nos queríamos. Las cuatro estábamos juntas.
Afuera, el sol brillaba. Las flores blancas habían llegado a tiempo. Y yo, Aylin, la mujer que una vez fue Iván, estaba a punto de casarse con el amor de su vida.
Y no podía estar más feliz.

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