sábado, 29 de agosto de 2026

Ciclos nuevos. (9)





Capítulo 9: Ciclos nuevos

Abrí Facebook y busqué su perfil. Hacía tiempo que quería escribirle, pero no encontraba el momento. O la valentía. No sé, después de todo hace apenas un año yo era su esposo y ahora era su mejor amiga... las cosas eran raras entre nosotras. Al final, le mandé la solicitud de amistad. Aceptó al poco rato. Me quedé mirando la pantalla, con el dedo flotando sobre el teclado. Luego escribí:

—Hola, gracias por aceptar mi solicitud. Oye… quiero que seas de las primeras en enterarse: ¡me voy a casar con Raúl!

Tomé una foto de mi mano. El anillo de oro blanco con un diamante enorme brillaba bajo la luz de la lámpara. Pero lo que más brillaba era mi sonrisa. Lo supe al ver la foto. Era una sonrisa real. Profunda. Serena. Como si por fin hubiera encontrado algo que ni siquiera sabía que estaba buscando.

Ella respondió rápido:

—Wow, Felicidades princesa, me da mucho gusto. Te mereces ser feliz.

Leí el mensaje varias veces. Me dio un nudo dulce en la garganta. Porque hacía unos años, yo era su esposo. Un esposo machista, testarudo, que no entendía por qué ella quería trabajar. Que creía que las mujeres debían estar en la casa, sirviendo, limpiando, obedeciendo. Y ahora, esa misma mujer me felicitaba por mi boda. Con otro hombre. Y yo me sentía feliz. Realmente feliz.

Qué vueltas da la vida.

Le dije que quería que sus mis hermanas y ella  fueran mis damas de honor. La boda sería en seis meses, pero necesitaba que despejara mi agenda durante tres días. Quería que estuviéramos todas juntas en la hacienda, como un pequeño retiro antes del gran día.

Aceptósin dudar. Y mientras seguíamos platicando, me puse a recordar. Porque hacía tiempo que no hablábamos. No desde su cumpleaños en la hacienda, cuando ella se fue con Juan y yo me quedé con Raúl. 

Me contó que para ella la vida en la ciudad seguía su curso habitual. De casa a la oficina y de regreso. Que la relación entre Juan y ella iba de lo más bien pero que no sentía que fueran a casarse pronto.

Le conté yo seguía aprendiendo a ser Aylin. Aprendiendo a ser mujer. Aprendiendo a ser yo. Que mis hermanas me habían ayudado mucho. Teresa, la más reservada, fue quien más me entendió. Ariana, la más directa, fue quien más me hizo reír. Pero le dije que aún así la necesitaba a ella, a mi mejor amiga, la persona que mejor me conocía en todo el mundo.

Ella me preguntó por Ariana, por Teresa, por la hacienda. Le conté que Ariana ya no regresaba los fines de semana, que vivía cerca de su campus a tiempo completo. Que Teresa nos había presentado a su novia, Raquel, y que todas la recibímos con mucho cariño. También le conté que había decidido no volver a ejercer la abogacía. Que ahora me dedicaba por completo a mi amado. Que diario iba a la hacienda a pedirle recetas a mi madre para cocinarle a Raúl.

—Y a Ariana le pido otros tipos de consejos, parece que sabe todo tipo de trucos sobre como complacer a un hombre—escribí.

Ella se rió. Aunque no podía verla. La conocía bien.

Seguimos platicando hasta tarde. Ya no quedaba rastro del hombre que alguna vez fui. Ahora era Aylin, completamente: la mujer, la hermana, la novia, la futura esposa… la que soñaba con ser madre.

A veces, el tiempo no solo cura: transforma. Y verme a mí misma, tan llena de vida, me recordó que todos estamos hechos para florecer, aunque a veces tardemos en encontrar la estación adecuada.

Apagué el teléfono y me quedé mirando el techo. Raúl dormía a mi lado. Su respiración era profunda, tranquila. Puse mi mano sobre mi vientre y sonreí.

Pronto seré su esposa y quizá pronto le de un hijo. Seré mamá, no tengo dudas.

Y esa idea, que antes me habría parecido absurda, ahora me llenaba de una paz infinita.

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