miércoles, 24 de junio de 2026

Decisiones (15)




Capítulo 15: Decisiones

Habían pasado dos semanas desde la competencia. Dos semanas en las que Aline se había sentido plena. Ella. Mujer.

Una tarde, entre risas y susurros, le contó a Monse sobre su primera vez con Mateo. Ambas gritaron y se abrazaron como adolescentes enamoradas de una novela cursi. Monse le hizo mil preguntas, y Aline contestó cada una entre rubores y carcajadas.

También había seguido viendo a Mateo. Paseos, mensajes, besos robados en los pasillos. Habían vuelto a tener intimidad un par de veces más, y cada vez le parecía más natural, más parte de su cuerpo, de su vida. De sí misma.

Pensaba en todo eso mientras esperaba frente a la oficina del coordinador. Él le había enviado un mensaje: “Necesito hablar contigo antes de que termine el ciclo”.

Le quedaba un mes como mujer. Sabía que tarde o temprano llegaría este momento.

Cuando entró, se sorprendió al ver que no estaba solo. Junto a él, sentado con las piernas cruzadas y una libreta sobre el regazo, estaba Sergio, el profesor de Ética.

—Hola, Aline —dijo el coordinador—. Te presento a Sergio. Él fue el encargado de vigilar tu transformación.

—¿Entonces… usted siempre lo supo? —preguntó ella, desconcertada.

Sergio asintió con calma.

—Sí. Pero no tenía forma de prever todo lo que ocurriría. Te asigné con Mateo porque me pareció un buen chico, alguien que podría enseñarte otra forma de ser varón… diferente a la que conocías. Nunca imaginé que terminarían siendo pareja, pero, sinceramente, me alegra.

Aline se quedó en shock. De algún modo, toda su historia tenía testigos.

Sergio se inclinó hacia su mochila, sacó una pequeña cajita metálica y la abrió. Dentro, una nueva píldora rosa.

—Puedes seguir viviendo como mujer el resto de tu vida si lo deseas —dijo—. Si tomas una segunda dosis mientras sigues bajo los efectos de la primera, la transformación será permanente.

Aline sintió un vuelco en el estómago. Sabía que quería seguir siendo ella, pero nunca pensó que fuera posible.

Sergio volvió a guardar la cajita.

—Debes hablar con tu madre. Y decidir si se lo contarás a Mateo. Después de eso, quiero verte en mi consultorio —le extendió una tarjeta con dirección y fecha—. Haré una evaluación de tus motivos, y si considero que es lo correcto… te daré la pastilla.

Aline tomó la tarjeta con manos temblorosas.

Estaba llena de emociones, de preguntas, de certezas borrosas.

—Gracias —logró decir al fin.

—Te espero en dos semanas —respondió Sergio, con una sonrisa serena.

Aline salió de la oficina con el corazón latiendo con fuerza.

Sabía lo que tenía que hacer. Primero hablaría con su madre. Después, con Mateo



Esa misma noche, mientras cenaban juntas, Aline decidió hablar con su madre. No quería posponerlo.

—Mamá, quiero seguir con este cuerpo… con esta vida, en la escuela me dijeron que es posible seguir así —dijo mientras revolvía su sopa.

Su madre dejó la cuchara a un lado, la miró con dulzura y asintió lentamente.

—Me llamaron también a mí y me contaron de la segunda pastilla. Y en realidad, hija, cada vez me sentía más lejana de Álvaro. Por más que intentaba acercarme a él, sentirlo cerca… no lo lograba, cada vez me escuchaba menos y se alejaba de mí —dijo con voz suave—. En cambio, en ti veo a una hija, pero también a una amiga. Compartimos cosas que nunca imaginé, y aún tengo mucho que enseñarte sobre ser mujer. Si decides seguir tu vida como Aline, te apoyaré.

Aline sintió que se le aflojaban los hombros, como si llevara semanas cargando una tensión invisible.

—Mamá… hay algo más que quiero contarte —dijo tras unos segundos de silencio.

Y le contó sobre Mateo. Sobre su relación. Sobre que habían tenido intimidad.

Su madre respiró hondo, la escuchó sin interrumpirla.

—No me pone feliz lo que estás haciendo, claro —respondió con honestidad—. Pero me alegra que me lo hayas contado. Las mujeres debemos cuidarnos más que los hombres. Además de enfermedades, también debemos cuidarnos de los embarazos.

Lo dijo sin juicio, con ternura. Como una madre que sabe que su hija ya creció, pero que igual necesita orientación.

Después siguieron platicando durante horas, como lo que ahora eran: madre e hija.


Al día siguiente, Aline se encontró con Mateo en una banca del parque, justo donde solían estudiar juntos meses atrás.

—¿Todo bien? —preguntó él, tomándole la mano.

Ella asintió, pero su mirada estaba cargada de una mezcla de miedo y determinación.

—Mateo, necesito contarte algo importante.

Él frunció el ceño, serio.

—Dime.

Aline respiró hondo.

—Yo hace unos meses no era Aline... —comenzó ella pero se quedó sin voz

Mateo guardó silencio. Luego bajó la mirada y apretó los labios.

—¿Tú… eras alguien más?

—Sí —respondió ella con seguridad—. Y necesitaba que lo supieras porque puedo seguir contigo o puedo volver a ser el que era antes.

Mateo la miró. Y en su rostro había confusión pero no rechazo.

—¿El que eras antes?—respondió él —. ¿eres trans? Te he visto desnuda y nunca lo hubiera pensado.

—Supongo que sí, de cierta manera soy trans pero mi transformación fue a nivel celular, soy una mujer completa. Y puedo seguir así si termino el tratamiento... tengo una pregunta ¿Si nos hubiéramos conocido cuando era hombre querrías saberlo?

—Aline… estoy contigo por cómo eres, no por cómo naciste. Tú me enseñaste muchas cosas que no sabía de mí.  No necesito saber quién eras antes. Me hiciste sentir que podía ser un mejor hombre. Yo quiero seguir contigo también.

Aline no pudo evitar sonreír. El alivio, la gratitud y el amor la desbordaban.

—Gracias por quedarte —susurró ella.

—Gracias por elegirme —respondió él.

Y entonces se abrazaron. No como dos adolescentes confundidos. Sino como dos almas que habían encontrado, al fin, el lugar donde querían estar.


Epílogo

Cuatro años habían pasado desde que Aline tomó la segunda pastilla. Cuatro años desde que dejó atrás cualquier duda, cualquier sombra de lo que no era, para abrazar sin miedo todo lo que sí era.

Estaba en la universidad. El verano ya comenzaba a hacerse sentir y llevaba un vestido ligero, azul, que se movía como agua cuando caminaba. El sol le acariciaba la piel, su cabello brillaba bajo la luz y una brisa suave le hacía sonreír sin razón.

Antes de entrar a su última clase del día, su celular vibró. Una notificación iluminó la pantalla:

Mateo: "Recuerda que paso por ti. Iremos a mi casa. Mis papás no están."

Aline sonrió y sintió ese cosquilleo familiar en el pecho, esa mezcla de ternura y deseo que Mateo seguía despertando en ella, incluso después de tanto tiempo. No respondió el mensaje. No hacía falta. Él ya sabía que sí. 

Mientras estaba sentada en su butaca notaba como la tanga se le metía entre los glúteos. Era incomodo de usar pero valía por cómo se ponía Mateo, sin duda la tomaría con fuerza y la pondría en cuatro para embestirla con pasión. Se sonrojo al encontrarse disfrutando esos pensamientos.  Su vida como hombre parecía un borrrón difuso. Nunca fui Álvaro, siempre fui Aline solo no lo sabía. pensó con determinación. Y luego se obligó a poner atención a su clase. 

Saliendo del aula miró alrededor. Sus compañeros se agolpaban en los pasillos, riendo, corriendo, haciendo planes. Ella se detuvo un segundo antes de dejar la escuela  Cerró los ojos. Sintió el vestido sobre sus piernas, el sol en la cara, la certeza en el pecho.

Era mujer. Era joven. Era amada.

Y era feliz.


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