Capítulo 12: El primer beso
El resto de la primera semana fue una montaña rusa de sensaciones encontradas. Las clases transcurrieron entre la rutina y el vértigo de lo nuevo. Algunas eran tan aburridas que apenas podía mantener los ojos abiertos, otras me desafiaban lo suficiente para mantenerme despierto. Pero lo que más me llamaba la atención era cómo me trataban los profesores.
—Señorita Herrera, ¿podría pasar al pizarrón?
—Jovencita, ¿tienes tu tarea?
—Melisa, ¿podrías leer el siguiente párrafo en voz alta?
Me trataban con más cuidado, con más suavidad que cuando era chico. Antes los profesores eran más directos, más bruscos. Ahora, sus voces se suavizaban al dirigirse a mí, sus miradas eran menos exigentes. No sabía si agradecerlo o sentirlo como una ofensa. Era otro recordatorio de que mi lugar en el mundo había cambiado, y que todos, sin excepción, me veían como una chica.
El martes llegó con mi primera práctica de voleibol. Entré al vestidor con el corazón en la garganta. Había pasado horas imaginando este momento, la incomodidad de cambiarme frente a otras chicas, el miedo a que notaran algo extraño en mí, el pudor de mi nuevo cuerpo expuesto. Pero cuando abrí la puerta, la realidad fue muy distinta.
Las chicas estaban repartidas por todo el vestidor, algunas ya en uniforme, otras a medio vestir. Hablaban entre ellas con la naturalidad de quienes llevan toda una vida compartiendo este espacio. Y yo era invisible. No en el sentido de que no me vieran, sino en el sentido de que mi presencia no generaba ninguna reacción especial.
Me quité el vestido con manos temblorosas, me puse el uniforme deportivo de la escuela —un short y una playera holgada— y guardé mis cosas en un casillero. Nadie me miró con curiosidad. Nadie se detuvo a observar mi cuerpo. Era simplemente una chica más, cambiándose para entrenar.
"Este es el sueño de Melvin", pensé, con una sonrisa. Ver a estas chicas casi sin ropa, cerca de mí. Pero al parecer, a Melisa no le causaban nada. No sentí esa chispa que solía sentir cuando veía a Andrea o a otra chica guapa, solo Joshua y el salvavidas de la playa habían tenido ese efecto en mi nuevo cuerpo.
Las palabras de Andrea retumbaron en mi cabeza como un eco lejano: "Tal vez ya eres una de nosotras".
"Tal vez ya lo soy", pensé como respuesta, y la idea ya no me aterraba como antes.
Y en ese momento, en silencio, mientras me ajustaba el short y escuchaba las risas de las otras chicas, supe que era cierto. Mi cuerpo, mi mente, mi instinto, ya no reaccionaban como los de un chico.
El entrenamiento fue diferente a todo lo que había experimentado. En el fútbol, cuando era Melvin, el ambiente era agresivo, competitivo, ruidoso. Los chicos se gritaban, se empujaban, se reían fuerte. Había una energía bruta y directa. En voleibol, las chicas se animaban entre sí, se corregían con suavidad, reían pero con un tono más contenido. No era peor ni mejor, solo distinto. Y yo, que había crecido en el ruido masculino, me encontré a mí mismo disfrutando de la calma.
La entrenadora Martínez nos puso a hacer ejercicios de calentamiento y luego nos dividió en parejas para practicar los pases. Mis manos eran torpes, la pelota se me escapaba una y otra vez. Pero ninguna de las chicas se burló. La entrenadora se acercó a mí y me corrigió con paciencia.
—Así, Meli. Flexiona un poco las rodillas y usa las muñecas. Verás que mejora.
Y funcionó.
El miércoles por fin tuve una clase compartida con Joshua. Llegué temprano, me senté al frente como solía hacerlo siempre, y cuando él apareció, mi corazón dio un salto. Estaba tan guapo como lo recordaba. Llevaba una sudadera gris y su cabello estaba ligeramente despeinado, como si hubiera venido corriendo. Se sentó al otro lado del salón y no me vio. O fingió no verme.
La clase fue un tormento. No pude concentrarme en nada, solo en el tic-tac del reloj y en los segundos que me separaban de poder acercarme a él. Cuando el profesor dio por terminada la clase, me levanté de un salto y me abrí paso entre los demás estudiantes.
—Joshua, espera —alcancé a decir, tocándole el brazo.
Se volvió, y por un momento sus ojos se encontraron con los míos. Había algo en su mirada que no pude descifrar. ¿Dolor? ¿Esperanza? ¿Desconfianza?
—Meli, hola —dijo, y su voz era neutra, cortés—. ¿Cómo estás?
—Bien, yo... quería disculparme —empecé, y las palabras salieron atropelladas—. Por lo del otro día, por ser tan grosera, por gritarte. No era mi intención, solo estaba...
—No te preocupes —me interrumpió, y sonrió—. Ya pasó. Entonces, ¿volvemos a ser amigos que hablan de fútbol?
—Sí. ¿Viste la liga española en vacaciones?...
Me puse tan contento de que volviera a hablarme que pasamos quince minutos hablando de partidos y jugadas. Cuando me di cuenta de mi error ya debíamos ir a nuestra siguiente clase. En lados opuestos del campus. Nos despedimos con un beso en la mejilla y no nos volvimos a ver ese día. Me quedé con muchas cosas que decirle y con el deseo de que ese beso no hubiera sido en la mejilla.
El jueves fue un día normal. Las clases transcurrieron sin sobresaltos, y por la tarde tuve mi segunda práctica de voleibol. Esta vez había más chicas, varias nuevas que se habían inscrito en los últimos días. La entrenadora nos reunió a todas al inicio.
—Chicas, el primer partido de la temporada será en un mes —explicó, con su voz firme y autoritaria—. Lo normal es que las inscripciones se cierren en las próximas dos semanas, así que todavía pueden entrar más compañeras. Mientras tanto, iremos entrenando para ganar condición. Las alineaciones se definirán unos días antes del partido, así que den lo mejor de sí mismas.
Había algo emocionante en la idea de competir, de ser parte de un equipo que me llenaba de alegría, incluso si no era fútbol.
El viernes fue aburrido. Las clases se arrastraron como caracoles, y yo no podía dejar de pensar en Joshua. Había usado vestidos toda la semana, esperando verme bonita para cuando pudiera hablar con él, pero comenzaba a perder la fe de que pudiera ser esa semana.
En el receso, Marce se acercó a mí con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Por qué no nos dijiste que entrarías al equipo de voleibol? —dijo, con los ojos brillantes—. Siempre he querido entrar pero no quería hacerlo sola. ¿Te importa si me inscribo?
—Sería genial que te unieras —respondí, con sinceridad—. La entrenadora dijo que aún hay tiempo para inscribirse.
—Perfecto. El lunes voy a hablar con ella.
Las clases terminaron y ya estaba recogiendo mis cosas para irme a casa, cuando salí del salón y lo vi. Joshua estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión que no supe leer. Llevaba la misma sudadera gris del miércoles, y su cabello estaba aún más despeinado, se veía muy guapo, sentí humedad en la entrepierna al verlo.
—Andrea me dijo que tu última clase era aquí —dijo, y su voz era suave, diferente—. Salí hace dos horas, pero decidí esperarte.
El corazón se me salió del pecho.
—¿Dos horas? —pregunté, incrédulo.
—Sí —respondió, y una sonrisa tímida apareció en su rostro—. Quería hablar contigo. Y Andrea dijo que también querías hablar conmigo. Ya sabes, no de fútbol.
Caminamos en silencio hasta un banco en el patio. El sol comenzaba a ponerse y la luz era dorada, cálida. Me senté a su lado, con las manos sudorosas y el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que podía oírse en el ambiente.
—Meli, me gustas mucho pero está bien si yo no te gusto a ti... —empezó él, pero lo interrumpí.
—No es eso, Joshua. Yo tenía muchas cosas por decir, pero no tuve el valor. Me puse tan contento de que volvieras a hablarme hace unos días que ya no te dije nada más. Empezaré con lo más importante. Lamento haberte gritado y lamento haberte hecho sentir que no me importabas. Porque sí me importas. Mucho.
Él me miró, y en sus ojos vi algo que me hizo sentir menos sola.
—Yo también lo siento —dijo—. Tal vez fui demasiado intenso, y te asusté. No era mi intención.
—No fue tu culpa —respondí, y mi voz era apenas un susurro—. Es solo que... yo no sé cómo hacer esto. Esto de gustarle a un chico. Esto de que me guste un chico. Nunca me había pasado. Pero contigo... me pasa. Me gustas.
Sentí las lágrimas inundando mis ojos. Intenté cambiar de tema antes de que mis emociones me desbordaran.
—Oye, ¿cómo estuvo tu semana? —pregunté—. ¿Qué hiciste en vacaciones?
—Bien, tranquilo —dijo, y su sonrisa se suavizó—. Pasé las vacaciones en casa, viendo series, jugando con mi perro. Estuvo un poco enfermo estos días, ya es mayor y le están fallando las patas.
—¿Max está bien? —pregunté sin pensar, con preocupación genuina.
Joshua me miró durante varios segundos y en su mirada vi algo que no supe descifrar. Sorpresa. Confusión. Una chispa de curiosidad. Entonces me di cuenta de que nunca me había dicho el nombre de su perro. Al menos no a Melisa. Los chicos del equipo masculino, al que pertenecí cuando era Melvin, conocíamos bien a Max porque Joshua solía llevarlo a los entrenamientos después de la escuela, era un buen perro, grande, lanudo. Cuando Joshua le pedía que se quedara sentado lo obedecía y nos observaba jugar por horas.
—¿Max? —repitió, lentamente, como saboreando la palabra—. No recuerdo haberte dicho su nombre.
Mi sangre se congeló. Mi mente se quedó en blanco. ¿Qué había hecho?
—Yo... —tartamudeé, buscando una excusa—. Una vez me invitaste a verte entrenar con los chicos. Me dijiste que llevarías a tu perro, que se llamaba Max. Por eso lo recuerdo.
Él me observó por un largo momento, y su expresión era difícil de leer. Luego, como si hubiera decidido dejarlo pasar, asintió y sonrió.
—Ah, claro. Le dieron un suplemento a Max para las articulaciones. Espero que con eso mejore.
El alivio me inundó, pero también supe que algo había cambiado. Que mi error no había pasado desapercibido. Que Joshua había notado algo, aunque no supiera qué era.
—Yo también espero que mejore —dije, sabía que debía hablar de mis sentimientos o jamás lo haría, sentí cómo el calor subía a mis mejillas—. Volviendo a lo otro. La verdad es que... nunca me había gustado un chico antes, y cuando me di cuenta de que me gustabas, me asusté. Por eso reaccioné como lo hice. Porque no sabía cómo lidiar con eso.
Él me miró, y entonces sonrió. Una sonrisa genuina, cálida.
—Melisa —dijo, y mi nombre sonó diferente en sus labios—. Yo también estoy asustado, ¿sabes? Pero eso no significa que no quiera intentarlo.
—¿Intentarlo? —pregunté, y mi voz era apenas un susurro.
—Intentarlo. Esto. Nosotros.
Y antes de que pudiera decir algo más, él se inclinó hacia mí. Su mano rozó mi mejilla, suave, con una ternura que me hizo olvidar todo lo demás. Y entonces sus labios tocaron los míos.
Fue suave. Fue dulce. Fue todo lo que no sabía que necesitaba.
Cuando nos separamos, mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a explotar.
—¿Ves? —dijo él, con una sonrisa traviesa—. No era tan difícil.
No pude evitar reír. Y en ese momento, mientras el sol se ponía detrás de nosotros y el mundo parecía detenerse, supe que aunque mi vida no fuera la que había planeado, tal vez, solo tal vez, podía ser feliz de todas formas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario