Capítulo 2. Una de las chicas.
Desde el día del Gran Cambio, habité un cuerpo que es una prisión de carne y hueso. Mi nuevo cuerpo no solo es femenino; es… pequeño. Mido treinta centímetros menos que cuando era hombre. Mi ropa, la de Melvin, cuelga de mí como un recordatorio grotesco de la masa que he perdido. Mamá, en un intento por encontrar una solución práctica que a mí se me antojó macabra, sacó del baúl de los recuerdos la ropa de Elena.
El primer día, me puse un pantalón de cadera baja y una camisa holgada de ella. La tela, que aún conservaba un tenue aroma a su perfume, me provocó un nudo en la garganta. Pero mi primera lección oficial en feminidad no fue sobre moda, sino sobre funcionalidad: cómo abrochar un brassier. Los dedos de mamá, ágiles y seguros, guiaron a los míos, torpes y ajenos, en ese ritual que para millones de mujeres es normal, pero que para mí fue la certificación de mi encierro. Papá se mantuvo distante; el viaje de pesca, y todo lo demás de nuestra relación padre-hijo, se esfumó en el aire.
Después de una semana vertiginosa de trámites y estudios médicos que me hicieron sentir más un espécimen que una persona, por fin reuní el valor para enfrentar mi teléfono. Andrea. Tenía mil mensajes en el buzón, cada uno más preocupado que el anterior; eran un testimonio silencioso de que mi vida se había congelado. No podía enfrentar el mundo exterior, no así, no con este cuerpo… no como una mujer. Así que le pedí que viniera.
—¿Por qué tan misterioso? —escribió.
—Prefiero decírtelo en vivo —respondí, con un nudo en el estómago.
Cuando llegó, la esperaba en mi habitación, vestida con un overol y una playera holgada con un gatito, ambas prendas que habían pertenecido a Elena. Mamá le abrió la puerta con una sonrisa triste y le dijo que subiera. Escuché sus pasos en la escalera, cada uno un latido de ansiedad en mis oídos.
La puerta se abrió. Sus ojos, esos ojos que conocía tan bien, se abrieron como platos, escaneando cada centímetro de la extraña que estaba frente a ella.
—Tú… ¿fuiste víctima del Gran Cambio? —La incredulidad le quebró la voz.
Un "sí" apenas audible escapó de mis labios antes de que las lágrimas, contenidas durante días, rompieran el dique. Me derrumbé. Cuando logré recomponer el aliento, lo único que pude hacer fue mostrarle mi nuevo DNI. La prueba definitiva. Melisa. Oficialmente.
—Tus apellidos están cambiados —dijo, observando el documento.
—Sí. Me preguntaron si quería llevar la transformación como algo público o no contarle a nadie. Decidí que no podría vivir si todo el mundo sabe lo que me pasó. Ahora usaré el apellido de mi mamá para que nadie descubra que soy Melvin —expliqué mientras me sonrojaba.
Después de un silencio que se me hizo eterno, Andrea se acercó y tomó mi mano.
—Ser mujer no es malo, Melisa —dijo, con una dulzura que me atravesó como un cuchillo—. Yo estoy muy orgullosa de serlo. Puedo enseñarte. Tu nuevo cuerpo es… muy bonito. Seguro serás una gran mujer cuando seas mayor.
Era justo lo que no quería escuchar. No necesitaba ánimos. Necesitaba que alguien, solo uno, entendiera este horror.
—Odio este cuerpo —susurré, con la voz cargada de una rabia impotente—. Ni siquiera he salido a la calle con él.
Ella, en su intento desesperado por ayudar, vio una solución.
—Podemos cambiar eso.
Me insistió hasta que, exhausto y sin fuerzas para seguir resistiéndome, acepté ir por un helado.
Salir a la calle fue una agresión. Cada paso era pesado. Y entonces llegaron los silbidos, los piropos lanzados desde la otra acera como piedras. Cada uno sumaba una capa más a mi miseria.
—Solo ignóralos —me dijo Andrea con una seguridad que yo no podía concebir—. No valen la pena.
En la heladería, el chico que nos atendió fue exageradamente amable, dirigiendo toda su atención y su sonrisa coqueta a Andrea, como si yo fuera invisible o, peor aún, solo una amiga de ella. Me sentí diminuta, no solo en estatura, sino en presencia. No tuve el valor de decir nada. ¿Qué iba a decir? ¿"Deja de coquetearle, ella es mi novia"? No tenía el valor para decir eso en este cuerpo. Andrea, con una elegancia natural, ignoró sus avances y siguió hablándome a mí, creando un frágil círculo de normalidad a nuestro alrededor.
Mientras comíamos nuestros helados, hablamos de la escuela, de todo lo que me había perdido. Le dije que volvería en una semana, cuando el papeleo terminara. Fue entonces cuando ella me dijo cosas que yo, en mi shock, no había formulado siquiera para mí misma.
—Cuando vuelvas… No podemos actuar como si nos conociéramos, al menos los primeros días, o todos sospecharán que eres Melvin.
Tragué saliva. Las palabras se instalaron en mi mente, frías y pesadas. No sabía qué opción era peor. En una semana, en la escuela, sería Melisa, la chica nueva.
—Es probable que los chicos te coqueteen. Una chica nueva siempre atrae a los chicos… Debes ser decidida cuando los rechaces o pensarán que solo te haces del rogar. Debes juntarte solo con chicas los primeros días o puede que los chicos malinterpreten tu amistad.
Nunca había pensado en eso. Como Melisa, tendría que enfrentar los coqueteos de los chicos y convivir con las chicas; sería una más en la escuela.
Después de un largo y angustiado silencio, Andrea puso su mano sobre la mía.
—Te apoyaré —dijo, con una firmeza que me desarmó por completo.
Después de un breve instante, imitó la voz de nuestra profe de literatura y añadió:
—Lección uno. Temas que son comunes en las charlas de chicas.
Mientras charlábamos, noté que no me trataba como a su novio. Ni siquiera como a su amigo. Me trataba distinto, como a una de sus amigas. Eso me dolió un poco. Pero también me dio paz, y después de un rato, reíamos de cómo debía comportarme para ser una de las chicas.

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