—¿Sabes? —dije, acomodando el cojín mientras me sentía cómoda para hablar—. Nunca te conté bien lo de mi papá. Con todo esto de la pastilla rosa, y nuestra transformación... siempre hay algo que duele más de lo que esperas.
Romina me escuchaba desde el otro sillón. Diez años de amistad, desde que éramos solo dos chicos inseparables. Ahora, convertidas en mujeres, éramos más que amigas: éramos cómplices. Ella siempre soñó con ser mujer. Yo no. Pero como hombre era un fracaso total. Mi hermana mayor, con esa sabiduría que tienen las hermanas, me convenció: "Prueba la pastilla rosa. Así podrás tener una relación antes de los veinte. Además... quizá podrías ser la novia de tu mejor amigo". Sonaba lógico. Sonaba bien. La ironía es que nos convertimos en mujeres el mismo día.
Y todo cambió. Por primera vez, la suerte estuvo de nuestro lado. Dimos nuestro primer beso antes de cumplir un mes en estos cuerpos. Y yo... yo me volví popular. Algo impensable en mi vida anterior. Cada semana tenía una cita, casi siempre con un chico distinto.
—Creo que nunca te conté lo de mi papá —continué—. Hace unos días lo vi.
Romina inclinó la cabeza, atenta.
—Mis padres se separaron cuando era niño. Casi diez años sin convivir con él. Cuando tomé la pastilla rosa, ni siquiera pasó por mi mente considerar su opinión. Hablábamos por mensaje de vez en cuando. Él nunca llamaba. Así que, en todo este tiempo, nunca supo que ahora soy mujer.
Las palabras se atoraron. Romina sonrió, y de repente pude seguir.
—Hace unos días se presentó en casa sin avisar. Ocho meses después de mi transformación... Yo venía de una cita. Ese chico alto y guapo que te conté. Llevaba un vestido rosa precioso, veinte centímetros sobre la rodilla, el viento aún en la piel. Me había devorado a besos. Llegué flotando, feliz, radiante...
Romina me miraba, comprensión y preocupación mezcladas.
—Y ahí estaba él.
Tragué saliva.
—Me quedé helada. El mundo se detuvo. Pero algo dentro de mí, algo que creció en estos meses, me dio fuerzas. Lo miré y dije: "Papá... ahora soy feliz siendo una nena. Espero que lo entiendas. Vengo de una cita... ahora me conquistan a mí los hombres."
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Su cara se torció. Dijo que estaba muerta para él. Que no volvería a buscarme.
Hice una pausa.
—¿Sabes qué? No me dolió como esperaba. Casi no lo veía de todos modos. Y si solo va a venir a juzgarme, a imponerme su idea de lo que debería ser... no lo necesito.
Sonreí, a pesar de todo.
—Por primera vez en mi vida, soy feliz. Libre. Yo elijo quién soy. Ahora si tengo citas y ahora si me besan. No me importa ser una chica, así conseguí todo lo que siempre quise.


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