La lámpara desapareció en cuanto pedí mi deseo. Sin humo, sin aviso. Solo un vacío que me dejó temblando, transformada en mujer y vestida con ropa de mujer que no recordaba haberme puesto.
Lo peor no fue eso. Lo peor fue que todos empezaron a tratarme como si siempre hubiera sido mujer.
Mis papás me llamaban "Karen" con naturalidad. Mis compañeras me incluían en sus actividades. Y él… mi mejor amigo, el mismo que antes me daba palmadas bruscas en la espalda, ahora me sostenía la mochila, me abría las puertas, me hablaba con una dulzura que me derretía por dentro.
Me sentía humillada. Porque mi cuerpo reaccionaba a cada gesto suyo. Cuando me rozaba la mano, se me erizaba la piel. Cuando me decía "cuídate, preciosa", sentía un calor bajando hasta mi entrepierna.
Intenté odiarlo. Intenté odiarme. Pero era imposible.
Un día, volvíamos de la escuela. El sol se ponía. En la esquina de siempre, frente a mi casa, se acercó para despedirse… pero en lugar de eso, me tomó con fuerza de la cintura. Me envolvió con sus brazos. Me apretó contra su pecho.
Y me besó.
No fue un beso suave. Fue húmedo, profundo, con lengua. Me apretó tanto que sentí su erección contra mi vientre. Yo… yo gimoteé. Abrí la boca. Lo dejé hacer.
Cuando terminó, me soltó con una sonrisa. "Hasta mañana, Karen", dijo. Y se fue.
Me quedé paralizada, con los labios hinchados, las piernas temblorosas, la ropa interior empapada.
Me sentí tan humillada… pero lo peor es que quería más.
Y desde ese día, soy su novia. Y sé que esto apenas comienza.
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