Vamos en su coche. Yo llevo un vestido azul, corto, y unos tacones en mis piernas desnudas. León conduce con una mano. La otra descansa en mi muslo, justo donde termina el dobladillo.
—No estés triste —dice, mientras sus dedos dibujan círculos lentos—. De todos modos, nunca estuviste destinada a ser un hombre.
Quiero responder, pero su tacto me roba las palabras. Cada caricia sube un poco más. Y yo lo permito. Eso es lo peor: lo permito.
—Es bueno que el Gran Cambio te quitara tu poca hombría —continúa—. Te ves mejor como mujer...
Su mano aprieta suavemente mi pierna. Siento calor. Vergüenza. Deseo. Las tres cosas revueltas.
—Libérate de ella —susurra—. No tengas miedo. Nadie te juzgará.
Muerdo el labio. Él sabe que esta noche, después de la cena que pagará con su tarjeta negra, me llevará a su dormitorio. Y yo iré. Me hará suya. Estará dentro de mí. Como siempre. Nunca me he podido resistir a él.
—Eras un chico débil y blando —dice, y su tono no es cruel, es factual—. El Gran Cambio solo reveló a tu verdadero ser.
Su mano sube hasta el borde de mis bragas. Contengo la respiración.
—Y ahora tu cuerpo representa el ideal femenino —sus dedos juegan con la tela—. Deberías estar agradecida.
Quiero decirle que no, que yo sigo siendo un hombre por dentro. Pero entonces él me toca justo donde más me excita y callo. Porque en el fondo sé que no soy su prisionero. Soy algo peor: soy suya.
—No te resistas —susurra, acercándose a mi oído—. No llegarás muy lejos.
El coche se detiene ante el restaurante. León retira la mano, se ajusta la chaqueta y sonríe.
—Cederás a tus ansias —dice mientras baja—. Ya estas acostumbrada a usar faldas y tacones.
Me mira fijamente desde fuera, esperando. Me abre la puerta y me ofrece la mano. Mis tacones tocan el asfalto.
—Y al final —concluye, ofreciéndome su brazo—, serás mi esposa obediente. Ese es tu destino.
Mientras voy caminando al lugar tomada de su brazo pienso que tal vez el tiene razón. Fue el destino el que me convirtió en mujer y ahora soy suya.

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