jueves, 17 de septiembre de 2026

Susurros (7)



Capítulo 7: Susurros

Las palabras de Andrea resonaban en mi cabeza como un eco que no se apagaba. "Tal vez ya eres una de nosotras." No, no lo era. No podía serlo. Esa idea era la derrota final, la rendición de todo lo que había sido. Sin embargo, una parte minúscula y traidora dentro de mí se preguntaba si, en la práctica, la distinción empezaba a importar menos.

Caminé a casa como un fantasma. El vestido que tan ligeramente había elegido por la mañana ahora me parecía una piel pesada, la evidencia tangible de mi confusión. La excitación por Joshua, la traición de Andrea, la revelación biológica de la ovulación... era demasiado. Mi mundo, que ya estaba patas arriba, ahora giraba en un torbellino caótico.

Al cruzar la puerta de mi casa, la normalidad fue un golpe. Mi madre cantaba suavemente en la cocina. El olor a comida casera llenaba el aire. Era un escenario de película, uno del que yo era la extraña protagonista que no conocía su propio guión.

—Hola, cariño —dijo mi madre con una sonrisa que se desvaneció al ver mi rostro—. Melisa, ¿estás bien? Pareces haber visto un fantasma.

Abrí la boca para decir "sí, estoy bien", la mentira automática. Pero no salió nada. En su lugar, un sollozo seco y áspero me quebró el pecho. Todo lo que había contenido desde las gradas, desde la penumbra donde Andrea y Carlos se besaban, se desbordó.

—Andrea… y yo… terminamos —logré articular entre lágrimas.

Mi madre no dijo una palabra. Solo abrió los brazos. Y yo me dejé caer en ellos. Lloré como no lo había hecho desde que desperté en este cuerpo. Lloré por Melvin, por la pérdida, por Andrea besando a Carlos, y por el miedo atroz a lo que me estaba convirtiendo.

—Lo siento mucho, mi amor —susurró ella, acariciándome el cabello—. Pero era cuestión de tiempo. Me dijiste que desde que eres mujer, solo te besó una vez. Y fue para salvarte de un acosador.

Asentí contra su hombro y comencé a explicarle. Era el desmoronamiento de mi primer amor; fui el mejor amigo de Andrea desde que éramos niños y estuve enamorado de ella desde los doce. Me tomó más de cuatro años confesarle lo que sentía. Y cuando ella aceptó ser mi novia, fue el día más feliz. Unos días después, me convertí en mujer y nuestra relación se acabó. Y ahora, tres meses después, ella besaba a otro y a mí comenzaba a gustarme un chico...

—No es justo —dije, y el llanto volvió a manar de mis ojos.

Ella me abrazó con fuerza.

—Claro que no es justo, cariño. Pero esta es tu vida; debes aceptar que las cosas a veces no salen bien.

No tuve la fuerza para debatir nada. Tal vez, pensé con amargura, ésta es mi vida.

...

Al día siguiente, el ambiente en la escuela era eléctrico para todos, menos para mí. Se respiraba la anticipación del partido de fútbol más importante de la temporada: las semifinales de la liga escolar. Los pasillos estaban decorados con carteles y todo el mundo vestía los colores del equipo. Yo me vestí con unos jeans y una sudadera, una armadura contra el mundo y contra mí misma.

Joshua me encontró en un pasillo. Su rostro mostraba una preocupación genuina.

—Oye, Meli. Ayer, después del partido… te vi caminar alterada y no volviste. ¿Estás bien?

—Tuve unos calambres. Es que ya viene mi período —mentí, intentando sonreír. Era más fácil que contarle la verdad.

—Oh. Lo siento —dijo, y su tono era sincero.

Hubo un silencio incómodo antes de que añadiera:

—Oye, el partido de hoy es importante. ¿Vendrás? Me gustó que me vieras desde las gradas ayer.

Esa fue la gota que colmó el vaso.

—¿Para qué, Joshua? —espeté, con más dureza de la que pretendía—. ¿Para animarte? ¿Para verte jugar? No soy tu amuleto de la suerte.

Su expresión se congeló. Era la primera vez que me veía así, enojada y cortante. Mis palabras habían herido más de lo que esperaba.

—No es eso, Meli. Pensé que… que nos gustábamos. Nunca te he ocultado que tú me gustas y…

No terminó la frase, pero sus mejillas se sonrojaron ligeramente.

El recuerdo de la humedad entre mis piernas, de la atracción no deseada, me golpeó con fuerza. El pánico y la vergüenza me inundaron.

—¡No me gustas! —grité, mintiendo descaradamente—. Solo me gusta hablar de fútbol y no tengo a nadie más con quien hablar de eso.

Intenté decir más, pero comencé a llorar de nuevo. Joshua me abrazó.

—A mí también me gusta hablar de fútbol contigo. Si solo quieres que seamos amigos, está bien. Perdón por confundirme con lo nuestro. Si necesitas hablar de lo que te está pasando, cuentas conmigo.

Tenía ganas de besarlo. De decirle que me gustaba y que fuéramos pareja. Pero no iba a dejar que mi feminidad ganara también esa partida. Di media vuelta y me alejé, dejándolo plantado con una mezcla de confusión y dolor pintada en el rostro. Cada paso que daba me costaba un mundo. Tal vez yo dejaría de gustarle a Joshua por eso y lo vería en pocos meses besándose con alguien más. No quería eso. Pero era más fuerte el miedo. Miedo a que, si me acercaba a él, la traicionera biología de este cuerpo y la confusión de mi mente se aliaran para terminar de borrarme.

Pasé el resto del día como un zombi. Evité a las chicas, evité a Joshua, evité cualquier lugar desde donde se oyeran los ecos del partido. Me refugié en la biblioteca, intentando leer, pero las palabras bailaban frente a mis ojos sin sentido.

Fue allí, en el silencio polvoriento de las estanterías, donde lo entendí. Mi negación era inútil. Podía huir de Joshua, pero mi cuerpo recordaba la reacción que provocaba en mí. Podía llorar por Andrea, pero ella tenía razón: ya solo me veía como a una amiga.

No se trataba de si quería o no ser una de ellas. Se trataba de que, para el mundo, yo ya lo era. Y cada latido, cada calambre, cada susurro de este cuerpo, era un recordatorio de que la batalla ya no era contra el mundo, sino contra mí misma.

Y en ese momento de clara y desgarradora lucidez, no sabía cuál de las dos batallas era más aterradora.

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