Capítulo 3: Lecciones forzadas
La semana anterior a mi regreso a la escuela fue un entrenamiento intensivo y agotador en una realidad que no escogí. Mamá, con una determinación que parecía brotar de sus años de letargo, decidió que si no aprendía a actuar como una chica —al menos lo suficiente para pasar desapercibida— mi secreto se desmoronaría en el primer día de clases.
—Es por tu seguridad, Melisa —me dijo, con una voz que no admitía réplica.
Y así comenzaron las lecciones.
Me enseñó a usar faldas. No era solo ponérselas; era un ritual incómodo y lleno de reglas tácitas. A sentarme usando las manos para alisarlas contra los muslos, un movimiento que se me antojaba superfluo y ridículo. A bajar las escaleras con cuidado, a recogerla al sentarme en un auto y, sobre todo, a mantener las piernas cerradas en todo momento. Aunque solo me la puse dentro de casa, cada pliegue de tela era un recordatorio punzante, una agresión sistemática al chico que fui y que aún grita dentro de mí.
Luego vinieron los cosméticos.
—Las chicas de tu edad no usan mucho, solo un toque para realzar —explicó mamá, desplegando un ejército de brochas, tubos y polvos que para mí eran tan ajenos como las herramientas de un cirujano.
Mis dedos, torpes, manchaban y aplicaban el delineador de forma temblorosa. Pero para el final de la semana, lograba un maquillaje sencillo y discreto que, según ella, "me daba un aire de salud". Yo solo veía un disfraz.
En las tardes, mis llamadas con Andrea eran el único respiro. Me contaba los chismes de la escuela, los trabajos pendientes y cómo todos seguían preguntando por mí. Cuando le conté sobre mis "lecciones de feminidad", su respuesta fue inmediata.
—La película de terror que tanto esperabas, la del director coreano, ya está en cartelera. Deberíamos ir. Juntas. Y las dos con falda.
El corazón me dio un vuelco.
—Andrea, aún no soy bueno usándolas. Y tengo miedo de mostrar... ya sabes, los calzones en público.
—No te estoy pidiendo una minifalda —dijo con paciencia—. Ponte una falda larga, hasta los tobillos. Y maquíllate. Quiero ver lo que has aprendido.
Su insistencia, mezclada con el deseo de verla y de hacer algo normal, me hizo ceder.
Si salir con pantalón y sin maquillaje había atraído miradas masculinas, salir con una falda larga de lino y los labios ligeramente pintados fue como encender un faro en la noche. Las miradas se multiplicaron por mil, eran palpables, pesadas, recorriéndome de la cabeza a los tobillos con una insolencia que me dejó helada. Nunca, como Melvin, me había dado cuenta de lo indiscretos que podían ser los hombres.
Encontré a Andrea en una plaza cercana. Ella lucía una falda corta con una naturalidad que me dolió. Juntas, bajo la luz del atardecer, sentí que éramos el centro de un escrutinio silencioso y constante. Hombres que nos desnudaban con la mirada. Comprar los boletos fue un suplicio.
Por suerte, la oscuridad de la sala de cine me brindó un refugio temporal. La película era tan buena como esperaba, llena de sustos genuinos y una atmósfera opresiva. Pero no pude concentrarme del todo. Mi mente no dejaba de traicionarme, identificándose cada vez más con la protagonista, una chica perseguida por una fuerza maligna, y menos con los chicos del reparto que intentaban salvarla. Era ella con quien me alineaba, con su vulnerabilidad y su miedo. La revelación me dejó un sabor amargo.
Al terminar la función, fuimos a un pequeño local de comida china. Estábamos comiendo wontons cuando un tipo con una sonrisa desgarbada se acercó a nuestra mesa.
—Oye, amiga —me dijo directamente a mí, sin siquiera mirar a Andrea—. Le gustas a mi amigo.
Señaló con la cabeza a un joven solo en una mesa a unos metros, que nos miraba con expectación.
Sentí que la sangre me ardía en las mejillas. La conmoción me paralizó. ¿Qué se suponía que debía hacer?
Fue Andrea quien reaccionó. Se inclinó hacia adelante, con una sonrisa fría y cortante.
—Lo siento —dijo, con una voz clara que no dejaba lugar a dudas—. Ella es mi novia.
Y antes de que yo o el tipo pudiéramos procesarlo, se volvió y me besó en los labios.
Fue un beso tierno, breve, un simple contacto que duró un par de segundos. Y me duele admitir que no lo disfruté. No como cuando era Melvin. Faltaba la chispa, la electricidad, la sensación de encaje perfecto. Fue el beso de una amiga, no el de una amante. Nuestro acto breve, sin embargo, fue suficiente. El tipo farfulló una disculpa y se esfumó tan rápido como había aparecido.
Cuando el aire a nuestro alrededor volvió a ser respirable, me atreví a preguntar, con la voz aún temblorosa:
—¿Eso somos ahora? ¿Novias?
Andrea me miró, y en sus ojos vi un océano de tristeza.
—No disfruté ese beso —confesó en un susurro—. No como cuando eras Melvin. Sentí… que estaba besando a una amiga.
El alivio y la tristeza chocaron dentro de mí.
—Yo tampoco —admití, sintiendo que una puerta crucial se cerraba entre nosotros.
Ella asintió, apretándome la mano.
—Oficialmente, no hemos terminado, así que… supongo que sí, que somos novias. Al menos hasta que lo hablemos formalmente. Melisa, quiero que sepas que te amo y que estoy aquí para ti. Es solo que… solo que no me gustan las chicas. Lo siento.
—Así que somos novias que no pueden besarse —musité, y el absurdo de la situación casi me hizo reír. Casi.
—Lo entiendo —dije finalmente, y era la verdad.
Ella, en un esfuerzo por rescatar la noche, cambió de tema con una habilidad que le agradecí.
—Bueno, lección práctica: cómo lidiar con esos tipos. Tienes que decirles que no de inmediato. Cualquier duda, cualquier "tal vez", lo tomarán como un sí.
Comenzó a explicarme, y durante las siguientes horas, la conversación fluyó hacia temas más seguros, alejándose del doloroso precipicio que acabábamos de asomarnos. Éramos dos amigas comiendo comida china, fingiendo que nuestro mundo no se había partido en dos.

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