Capítulo 5: Ciclos
A pesar de la incomodidad persistente de habitar un cuerpo ajeno, las semanas comenzaron a acumularse con una velocidad sorprendente. Los deberes escolares, los proyectos en grupo y la simple inercia de la rutina se convirtieron en un anestésico útil contra la constante rumiación sobre mi condición. Sin embargo, a veces me sorprendía a mí misma en actitudes que no eran mías: cruzando las piernas con naturalidad al sentarme solo en mi habitación, o ajustándome el cabello detrás de la oreja con un gesto que sentía prestado.
—Son los efectos secundarios de juntarme solo con mujeres —me decía, achacándolo a una mímica social forzada.
Mi vida había adquirido una monotonía predecible. Mañanas de aseo rápido, la armadura de un pantalón y una blusa holgada, desayunos en silencio donde evitaba la mirada distante de papá, y luego la escuela. Allí, me movía como un pez en un acuario: tomaba apuntes, compartía risas tensas con Andrea y mis nuevas amigas, y esquivaba con destreza el interés de los chicos, cuyas miradas sobre mi cuerpo seguían sintiéndose como manos invisibles y no deseadas. Luego, volvía a casa, donde mamá me esperaba con una sonrisa expectante, ansiosa por un reporte de mi día y, a menudo, con la sugerencia de que "deberías ponerte una falda para la escuela". Papá seguía ausente de mi vida, apenas me dirigía la palabra.
Más o menos así transcurrían todos mis días, hasta que una mañana desperté con una sensación extraña y opresiva. Un peso bajo en el vientre, una inflamación incómoda que no reconocía. Cuando intenté abrocharme el pantalón, un dolor agudo y sordo me atravesó la cadera, forzándome a soltar un grito ahogado.
Mamá llegó corriendo a mi habitación.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz cargada de una alarma que no se oía desde el día del Gran Cambio.
Le describí la hinchazón y los calambres, confundida y asustada. Su expresión cambió de la preocupación a una comprensión serena.
—Es tu período, Melisa. Está por venir. Por eso los calambres y la inflamación.
Las palabras resonaron en mí con el peso de un veredicto. No era solo una transformación externa; era una función biológica, profunda e ineludible.
Con una paciencia infinita, me ayudó a quitarme el pantalón, cuya presión ahora era una tortura, y buscó en el clóset un vestido azul marino.
—Este no ejerce presión sobre la cintura ni la cadera —explicó, tendiéndomelo—. Lo puedes llevar sin molestias.
—No sé si quiero llevar un vestido a la escuela —confesé, con la voz quebrada por el dolor y la vulnerabilidad.
—Puedes quedarte en casa, cariño. No quiero obligarte a hacer nada —dijo con una sonrisa comprensiva.
Entonces lo recordé: el examen final de la profesora Enriqueta, un dragón en forma de mujer cuya mala fama por no aceptar excusas era legendaria. Me imaginé teniendo que explicarle mi ausencia, mostrando una nota de mi mamá que hablara de "cólicos menstruales". La sola idea era más humillante que enfrentar la escuela con un vestido.
—Tengo un examen importante —suspiré, resignada—. Y la maestra no es muy amable.
Tomé el vestido. Era ligero, y al probármelo me di cuenta de que, si no tenía cuidado, se subiría y mostraría mis bragas. Una nueva ansiedad se instaló en mí: la de mostrar sin querer lo que no debía.
Mamá regresó con un kit de supervivencia: una pastilla, un vaso de agua y una toalla sanitaria.
—El agua para la pastilla, que es para el dolor. Y la toalla, por si te baja estando allá.
Me enseñó a colocarla con una eficiencia práctica que, a pesar de la situación, agradecí. Guardé una toalla de repuesto en mi mochila como si fuera un contrabando.
Llegué a la escuela justo a tiempo. Si con pantalones las miradas eran molestas, con el vestido se volvieron insoportables, como si la tela ligera invitara a un escrutinio más audaz. Para colmo, en el camino, sentí humedad en mi entrepierna y confirmé que mi cuerpo había iniciado oficialmente su ciclo. Era real. No había vuelta atrás.
Mis amigas, al verme con un vestido, me rodearon con exclamaciones.
—¡Melisa, te ves tan guapa! —dijo Valery.
—¡Ese color te queda perfecto! —añadió Marce.
Andrea me miró con una sonrisa traviesa y un guiño cómplice.
—Puedo explicarlo —me apresuré a decir, a la defensiva.
—Deberías usar vestidos más seguido —contestó ella, ignorando mi incomodidad.
Una parte de mí se sintió herida. ¿Realmente creía que estaba usando un vestido por gusto? Pero otra parte, más pragmática, entendió que era mejor que creyera eso a que supiera la verdad íntima y vergonzosa que estaba viviendo. Ya era bastante raro que yo, su novio, ahora fuera una chica; no quería que además supiera que también estaba en mis días.
Contra todo pronóstico, el día no fue malo. El examen, aunque extenso, era manejable. Y la lluvia constante de elogios de mis amigas, aunque dirigida a un disfraz, era innegablemente agradable. Era un código que empezaba a entender, una moneda de cambio social que nunca había poseído.
La sorpresa mayor llegó al salir, camino a casa. Un chico me alcanzó con paso rápido. Era Joshua. Lo conocía bien; habíamos compartido goles y bromas en el equipo de fútbol cuando yo era un chico, cuando aún era Melvin.
—¿Te molesta si camino contigo? —preguntó, con una sonrisa fácil que me desarmó.
—No —logré articular, sintiendo que el rubor me subía a las mejillas.
—Solo quería decirte que te ves muy guapa hoy —soltó, y mi corazón dio un vuelco contra mi voluntad.
—Gra-gracias —tartamudeé.
Después de un silencio que se me hizo eterno, intentó romper el hielo.
—Oye, ¿te gusta el fútbol?
—¡Sí, mucho! —respondí con un entusiasmo que me delató, recuperando por un instante mi vieja pasión—. Le voy a los Rayados.
Nos encaminamos hacia mi casa, y durante diez minutos que se pasaron volando, la conversación fluyó. Hablamos de la última temporada, de los fichajes, de la táctica del equipo. Era la primera vez desde el Cambio que hablaba de algo que amaba con alguien que no fuera Andrea, y sin tener que fingir desinterés. Por algún motivo, mientras caminaba y reía con Joshua, el dolor sordo en mi vientre pareció desvanecerse, reemplazado por una calidez distinta. Y, para mi propio asombro, sonreí durante todo el camino a casa, olvidándome por un rato de que llevaba un vestido y de que el mundo me veía como alguien que nunca fui.
Llevaba poco tiempo siendo chica y en ese momento no sospeché que él no buscaba ser solo mi amigo. Pero lo descubriría pronto.

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