lunes, 14 de septiembre de 2026

Fantasma (4)


Capítulo 3: Fantasma

El día había llegado. Mi regreso a la escuela, pero no como Melvin, sino como Melisa, la chica nueva. Las voces de mi mamá y Andrea resonaban en mi cabeza como un manual de supervivencia en territorio enemigo: "No olvides retocar tu maquillaje en el baño", "Recuerda hacer amigas el primer día", "Háblale a Betty, es de confianza", "Y por nada del mundo te juntes con los chicos la primera semana, o pensarán que estás coqueteando".

A pesar de toda la preparación, cada paso hacia el salón de clases era una batalla contra el instinto de huir. La sensación de estar en público como mujer era agobiante. Si los hombres en la calle me miraban, los chicos de mi edad eran peores. Sus ojos, rápidos e inquisitivos, me escaneaban de arriba abajo. Podía ver las preguntas flotando en sus cabezas: ¿Quién es ella? ¿La conozco? Pero sus miradas no se detenían en mi rostro; se deslizaban, como moscas, hacia mi cuerpo, posándose en mis piernas y en mi trasero, incluso a través del pantalón y la blusa holgada que creí serían una armadura. Sentía que, para ellos, podría ir en bikini y la diferencia sería mínima.

Me deslicé hasta la segunda fila, conteniendo la respiración, deseando con todas mis fuerzas fundirme con la pared. Pero la ilusión de anonimato se rompió en cuanto comenzó la primera clase.

El profesor, un hombre de gestos cansados, saludó al grupo y luego su mirada se posó en mí.

—Tenemos una alumna nueva, muchachos. Venga, señorita, preséntese a la clase. Espero que la hagan sentir bienvenida.

Me hizo una seña para que me pusiera de pie. Por primera vez, tenía que presentarme ante el mundo como lo que el destino había decidido que fuera.

—Hola... soy Melisa —dije, y mi voz sonó extraña y débil en mis propios oídos.

Unos cuantos silbidos, bajos pero perceptibles, surgieron desde el fondo del salón. El calor me subió de golpe al rostro.

—Respeto, caballeros —dijo el profesor con un suspiro, como si esto fuera un ritual habitual.

Luego, se volvió hacia una chica de lentes y pelo recogido en una coleta perfecta.

—Betty, tú que eres tan aplicada, ¿podrías ayudar a Melisa a ponerse al día? Ella es nueva en la escuela.

Betty asintió con una sonrisa amable.

Unas horas más tarde, en el receso, cumplió su papel al pie de la letra. Me tomó del brazo —un gesto que me hizo sentir extrañamente frágil— y me llevó hasta un grupo de chicas que charlaban animadamente. Entre ellas, estaba Andrea. Nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo, un destello de complicidad en medio del caos.

—Chicas, esta es Melisa —anunció Betty—. Es nueva. Melisa, estas son Marce, Valery y... Andrea.

Fingí no conocer a nadie, sonreí con timidez y agradecí al universo por llevarme con Andrea en el primer día.

Para mi sorpresa, me hicieron sentir genuinamente bienvenida.

—Tienes unos ojos preciosos —dijo Valery.

—¿Usas rubor? Tus mejillas tienen un color hermoso —comentó Marce.

—Me encanta tu blusa, es muy linda —añadió otra.

El elogio era constante, casi desconcertante. Recordé, con una punzada de nostalgia, que los ambientes masculinos no solían ser tan... afirmativos. Era agradable, pero a la vez sentía que estaba coleccionando piezas para un disfraz.

La conversación, sin embargo, pronto tomó un rumbo que me heló la sangre.

—Por cierto —dijo Betty, bajando un poco la voz—, dos chicos ya te echaron el ojo. Uno de ellos es Carlos, y la verdad es que está guapo. Luego te lo presento.

Un nudo se formó en mi garganta. ¿Qué se suponía que debía decir?

—Gracias —musité, y sentí el rubor subirme a las mejillas.

Las chicas lo tomaron como timidez y rieron con suavidad.

Luego, como si fuera la transición más natural del mundo, comenzaron a hablar de chicos. Me advirtieron sobre quiénes eran unos "patanes" y prometieron ser mis "centinelas" para indicarme cuáles tenían novia y evitar malentendidos.

Fue entonces cuando Marce, mordisqueando una galleta, le lanzó la pregunta a Andrea.

—Oye, y de tu novio, ¿alguna noticia? ¿Sabes algo de Melvin?

El mundo se detuvo. Estaban preguntando por mí.

—Ya cumplieron dos semanas sin que venga —añadió Valery.

Marce, con una imaginación que me resultó aterradora, soltó la bomba:

—Desapareció el mismo día del Gran Cambio. ¿Creen que…? Quizá se convirtió en mujer y el gobierno lo tiene escondido en un laboratorio secreto, estudiándolo.

El pánico me cerró el estómago. Pero Andrea, serena como una espía experimentada, no pestañeó.

—No, qué va —dijo con una voz sorprendentemente casual—. Ya hablé con él. Su familia lo mandó a otra ciudad, a aplicar para una beca deportiva. Se fue casi sin avisar.

Betty, siempre pragmática, preguntó lo inevitable:

—¿Entonces terminaron?

Andrea sacudió la cabeza, con una sonrisa triste que no era del todo actuación.

—Oficialmente, no. Vamos a intentar una relación a distancia. Y si no funciona… pues terminaremos en buenos términos.

—¿Al menos te lo cenaste? —preguntó Marce con una sonrisa pícara.

—Solo llevábamos unos días de novios, no me fui a la cama con él —contestó Andrea con un encogimiento de hombros, desviando la insinuación con elegancia.

Las risas femeninas estallaron a mi alrededor, y sentí la sangre arder en mi cara. Oír toda esa conversación sobre mi viejo yo, ser un fantasma en mi propia vida, un tema de chisme para las amigas de mi... de Andrea, me revolvió el estómago. Sonreí con esfuerzo, asentí como si la historia de "Melvin" me pareciera interesante, y deseé con todas mis fuerzas que el suelo se abriera y me tragara. Había logrado infiltrarme, había sido aceptada. Pero el precio era escuchar cómo mi antigua vida era dada por muerta y embalsamada en una mentira conveniente. Y lo peor era que, en parte, era cierto.

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