Capítulo 17: El discurso
A pesar de que Joshua y Marce se volvieron novios, ella y yo seguíamos llevándonos bien. Nuestra dupla en el campo de voleibol se volvió imbatible. Había una sincronía entre nosotras que trascendía las palabras, una conexión que solo se forja en la cancha, entre pases y remates. Y mientras el equipo avanzaba, algo más comenzó a suceder.
Aparentemente, se me comenzaba a considerar una de las chicas más guapas de la escuela. Era extraño escucharlo, pero los rumores llegaban a mis oídos de formas indirectas: un susurro en el pasillo, una mirada que se desviaba cuando la encontraba, un comentario que alguien dejaba caer sin querer. Había chicos que buscaban una oportunidad para hablar conmigo, que se acercaban con sonrisas nerviosas y preguntas torpes. E incluso algunos aparecían en los encuentros de voleibol para apoyarme, con carteles improvisados y gritos que intentaban llamar mi atención.
Comenzamos una racha de victorias que nos llevó a la semifinal intercolegial. Todos decían que éramos el equipo a vencer. La semifinal se ganó con dificultad. Fue un partido tenso, de esos donde cada punto se siente como una batalla. El marcador iba y venía, y el equipo contrario era feroz. En el último set, con el partido empatado y la presión en su punto más alto, todo dependía de nosotras. La entrenadora Martínez me miró desde la banda y asintió. Sabía lo que tenía que hacer.
La pelota llegó a mis manos. El tiempo se ralentizó. Vi el movimiento de las jugadoras contrarias, la posición de mis compañeras, el espacio vacío en la red. Salté, y en ese instante, todo mi entrenamiento, toda mi concentración, se condensó en un solo golpe. La pelota viajó en un arco perfecto, justo donde Marce podía rematarla. Ella saltó, su mano golpeó la pelota con una fuerza brutal, y el punto fue nuestro. El partido terminó. Éramos finalistas.
Pronto jugaríamos el encuentro por el torneo.
Las clases eran sencillas, y mi promedio era casi perfecto. Me había adaptado tanto a esta nueva vida que estudiar ya no era un esfuerzo, sino una extensión natural de mi rutina. Algunos chicos me invitaron a salir. Era consciente de que yo era bonita, pero pensar en ello me seguía pareciendo raro. A todos les dije que no estaba lista para otra relación, después de lo de Joshua. Aunque algunos eran tan insistentes que tenía ganas de golpearlos en la cara.
No lo hice. Sabía que con este cuerpo no ganaría una confrontación física con un chico. En esos momentos, agradecía la presencia de las otras chicas. Siempre una me tomaba del brazo y le decía al acosador algo parecido a:
—Entiende que no está interesada.
A veces era Valery, a veces era Marce, y hasta Andrea. Cada una con su estilo, pero todas con la misma firmeza. Me sentía protegida, arropada por esa red de amistad que habíamos tejido sin darnos cuenta.
...
Una tarde, Andrea llegó a mi casa sin avisarme. Estaba cubierta de lágrimas, con el maquillaje corrido y los ojos enrojecidos. La abracé antes de que pudiera decir nada, y ella se derrumbó en mis brazos.
—Terminé con Carlos —dijo entre sollozos—. Insistió mucho en tener relaciones y yo no acepté... Sencillamente, no estoy lista para eso. Se puso tan pesado que no me dejó otra opción.
La abracé con más fuerza y le dije que lo sentía mucho. Ella se aferró a mí como si yo fuera su único ancla en el mundo.
—Sufrí mucho cuando te convertiste en mujer —dijo, y su voz era un hilo quebrado—. Estaba tan enamorada de ti, de Melvin. Habíamos sido amigos desde niños, y cuando crecimos, comencé a mirarte el cuerpo. Me gustaban mucho tus hombros y tu espalda.
Sollozó, y las palabras se atropellaban.
—Pasé unos meses enamorada de ti antes de que me pidieras una cita. Pero cuando te vi en ese cuerpo, supe que no funcionaría. No te podía ver igual... te juro que lo intenté. Creo que si no te hubieras convertido en mujer, aún seríamos novios. Lo nuestro sí hubiera funcionado.
La abracé más fuerte, sintiendo su dolor como si fuera mío.
—Yo también lo creo —contesté, con toda la sinceridad que tenía.
Quedaban pocos días de clases. Me dieron la noticia de que mi promedio era el mejor de la escuela. Yo daría el discurso de graduación. La noticia me llenó de orgullo, pero también de nervios. Hablar frente a toda la escuela, frente a todos los padres, era una responsabilidad que no tomaba a la ligera. De pronto, una idea loca me vino a la cabeza... pero no me atrevería a hacer eso. ¿O sí?
Marce, Valery, Andrea y otras chicas fueron junto conmigo a comprar nuestros vestidos de graduación, acompañadas solo por nuestras mamás. Era un ritual con tanta energía femenina que hubiera puesto mal a Melvin, pero Melisa estaba en su elemento. Pasamos una tarde probándonos vestidos y tacones, riendo y opinando sobre los colores, los cortes, los detalles. Elegí un vestido con faja azul. Era un poco incómodo de usar, pero se veía genial en mí. Me miraba al espejo y a veces no reconocía a la chica que me devolvía la mirada. Pero ya no me asustaba. Era yo. Y estaba bien con eso.
Quedaba poco tiempo para terminar la escuela.
Llegó el día de la final. El gimnasio estaba lleno, las gradas repletas de estudiantes, padres y profesores. El partido fue reñido, un intercambio constante de puntos que mantenía a todos al borde de sus asientos. El último set era el más tenso de todos. El marcador estaba empatado, y cada jugada podía ser la definitiva.
La pelota llegó a mí. Vi a Marce en la red, lista para rematar. Sin pensarlo, coloqué la pelota justo donde ella podía golpearla con toda su fuerza. Saltó, su mano impactó la pelota con una precisión perfecta, y el punto fue nuestro.
El partido terminó. Éramos campeonas.
Marce y yo nos abrazamos y saltamos de alegría. Las gradas se llenaron de aplausos. Recibimos el trofeo para la escuela, y fue un gran momento, de esos que se quedan grabados en la memoria para siempre. Al salir, nuestras familias nos esperaban. A Marce también la esperaba Joshua. Se dieron un beso apasionado, y por primera vez, me sentí feliz por ellos. Sin celos, sin rencor. Solo alegría genuina por ver a dos personas que quería siendo felices.
...
El día tan esperado llegó. Mi vestido de graduación era largo y azul, con faja integrada que afinaba mi cintura y realzaba mi cadera y mi busto. Mis papás estaban tan felices que no dejaban de sonreír. Me encontré con todos en el lugar donde iba a ser la ceremonia. Todos me decían que me veía hermosa. Incluso puedo jurar que vi a Joshua mirándome el trasero durante muchos segundos. Cuando se dio cuenta de que yo lo estaba viendo, me sonrió e intentó disimular la mirada. Yo sabía que ya no era mío, pero no pude evitar sonreír también.
La ceremonia empezó. Subí al podio, sintiendo el peso de todas las miradas sobre mí. Respiré hondo y comencé mi discurso.
Agradecí a mis papás, a mis amigos, a las chicas que me habían acompañado en este viaje. Primero mencioné a Andrea, a Marce, a Valery y a las otras chicas. También a mis compañeras del equipo de voleibol. Agradecí a la escuela por ser un lugar seguro para todos.
Luego, hice una pausa. Sentí el nudo en la garganta, pero supe que era el momento.
—Quiero mencionar también a Esteban, mi mejor amigo durante el primer año de prepa... —dije, y mi voz tembló ligeramente—. A Carlos, a Joshua, y a todos los miembros del equipo de fútbol.
El silencio se hizo más profundo. Podía sentir la confusión en el aire, las miradas cruzándose.
—Durante un año fui Melvin —continué—, y seguro que muchos me recuerdan. El Gran Cambio me convirtió en mujer, y volví como Melisa. Sé que algunos sospechaban que ambos éramos la misma persona. Y tienen razón. No quiero ocultarme más.
Las palabras fluían, y con cada una sentía que un peso se levantaba de mis hombros.
—Quiero que quien me conozca y conviva conmigo sepa la verdad. No quiero vivir mi vida fingiendo que siempre fui así. Fingir una infancia como niña que no tuve. Fui hombre durante dieciséis años. Apenas voy a cumplir dos años siendo mujer. Quiero que todos lo sepan porque esta soy yo.
Hice una pausa, sintiendo las lágrimas asomando a mis ojos.
—Gracias por su atención.
Primero hubo un silencio sepulcral. El tiempo se detuvo por un instante que pareció eterno. Luego, mis amigas y el equipo de voleibol aplaudieron con fuerza. Los chicos que me conocieron como Melvin se unieron poco después. Pronto, toda la audiencia aplaudía.
Me sentí feliz de dejar de esconderme. Aunque sabía que no había marcha atrás. Aunque sabía que mi vida nunca volvería a ser la misma. En ese momento, rodeada de aplausos y sonrisas, supe que había tomado la decisión correcta.
Porque, definitivamente, ya no era Melvin. Pero tampoco era "solo" Melisa. De alguna manera era ambos y ninguno. Esta era yo.
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