Mañana mi segundo blog cumple tres meses. Allá solo se publican captions, nada de relatos. Publico diario. Tandas de 15 captions y luego 5 días de descanso
Para visitarlo hagan clic en:
https://johanatgcaps.blogspot.com/?m=1
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De alguna manera, mis primas habían logrado convencerme de ir a una fiesta con sus amigos en vestido y tacones. Esto fue antes del Gran Cambio y yo, en ese entonces, era aún un varón. Y me sentía muy incómodo por pretender ser alguien que no era.
Ximena notó la incomodidad en mis ojos y, con una sonrisa, me dijo: "Eres muy lindo y tímido. La personalidad perfecta para una chica. Solo recuerda referirte a ti mismo en femenino y nadie notará que no eres una chica."
"Y mantener las piernas juntas cuando te sientes para no mostrar las bragas", agregó Gaby. "Lo vamos a pasar increíble; seguro que le gustas a más de un chico".
Eso era justo lo que no quería oír.
En la fiesta, Ximena nos presentó a sus amigos. Por la manera en que se trataba con uno de ellos, Marcos, me hizo pensar que era su novio y no solo su amigo. Desde que se encontraron, se aislaron del grupo y se perdieron de vista. Estuve conviviendo solo con Gaby hasta que dos amigos de Ximena se nos acercaron: Jorge y Doug. Ambos, al parecer, ya conocían a Gaby, quien los saludó con una sonrisa y me presentó como su prima Ariel. Ese era mi nombre real, y eso me asustó un poco, hasta que recordé que es un nombre neutro, que funciona tanto para chico como para chica.
De pronto, Jorge sacó a bailar a Gaby y me quedé sola con Doug. Doug me dijo que Jorge estaba enamorado de Gaby y que era probable que ellos no volvieran en un rato.
Empezamos a hablar de videojuegos, y le gustaban mucho los mismos juegos qué a mí. Castlevania, Resident Evil, Ninja Gaiden. Era una plática muy divertida, hasta que me dijo: "Es raro que una niña tan linda juegue a videojuegos tan violentos".
Pensé que me había descubierto y no supe qué decir... cuando me di cuenta, él estaba acercando su cara a la mía y me dio un beso. No lo rechacé, y nos besamos un largo rato. Me dolía aceptarlo, pero se sentía bien besar a un chico.
Pasamos el resto de la fiesta juntos, platicando, bailando y besándonos. Me sentía bien, pero confundido. Es decir, yo era un chico; no debería usar ropa de chica ni besar a otro chico. Y tampoco debería disfrutarlo tanto.
Cuando la fiesta terminó, las tres "primas" volvimos a casa de mis tíos, acompañadas de nuestros "novios". Era muy vergonzoso que mis primas me vieran caminando de la mano con Doug, y peor aún que vieran cómo nos despedimos con un beso en los labios. Pero lo peor era saber que yo estaba lleno de dudas, pensaba que tal vez en el fondo si era una chica y por eso mi cuerpo era tan pequeño y delgado... y por eso me gustó tanto besar a un chico.
...
Por suerte, unos años después ocurrió el Gran Cambio, me convertí en una mujer completa y las dudas desaparecieron. Mi primera vez fue con Doug, pero esa es historia para otro día...
Hasta la próxima.
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Parte 2 Mis Primas
Parte 3: Una de las Chicas
Parte 4: La fiesta (Salió Ayer)
Parte 5: Sale MañanaParte 5: El Primer Beso (Actual)
Un año antes del Gran Cambio, cuando aún era un chico, fui de visita a casa de mis primas. Habían pasado dos años desde que usé la ropa de mi prima menor cuando me quedé sin ropa propia para usar. Un año después de eso no las visité porque a Mafer le dio varicela. Era nuestro reencuentro tan esperado.
Durante los primeros tres días, todo fue muy normal. Ni siquiera mencionaron mi episodio usando ropa de niña.
El sábado, mis tíos fueron a visitar a la abuela en otro estado, dejándonos solos a mis primas y a mí. Volverían temprano al otro día con el desayuno. Mi prima mayor, Ximena, estaba a cargo de Gaby, mi prima menor, y de mí. Pensé que pasaríamos la noche jugando juegos de mesa, pero mis primas tenían otros planes.
Un amigo de Ximena las había invitado a una fiesta. Sabían que sus papás no las dejarían ir, así que lo guardaron en secreto hasta que se fueron.
Ximena y Gaby revisaron mi ropa y concluyeron que ninguno de mis atuendos era adecuado para la fiesta. Así que tenía dos opciones: quedarme en casa y esperarlas, o usar ropa de Gaby (la menor de ellas) para ir. Decidí quedarme, pero ellas me dijeron que la fiesta iba a ser muy divertida y que era peligroso para dos chicas ir solas por la calle. Al final, acepté ir con ellas...
Antes de darme cuenta, estaba usando una pantifaja que mis primas dijeron que servía para darle forma bonita a mi cuerpo. Descubrí, con un poco de miedo, que también ocultaba mi miembro viril. Luego vino el vestido negro, que con sus copas preformadas daba la ilusión de que tenía unos pequeños pechos. Después, vi a mis primas pasarme brochas y tubos por la cara y por el pecho. Cuando por fin me dejaron verme en el espejo, el niño que era había desaparecido. Ahora, el reflejo de una niña bonita me devolvía la mirada desde el cristal usaba un vestido entallado y de alguna forma su busto se veía con más volumen.
Mientras me contemplaba mis prinas me dieron unos tacones de un centímetro y un bolso para completar el conjunto. Caminar con esos zapatos era una tortura. Pero no pude pensar mucho en eso porque cuando me di cuenta, me estaban llevando por la calle camino a la fiesta, que estaba a unas cuadras de casa de mis tíos. Me sentía aterrado pero también extrañamente fascinado al saber que era un chico vestido de chica caminando por la calle con unos tacones que hacían clic clac y un atuendo que gritaba "soy una chica sexy"...
(Continuará mañana)
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Parte 2 Mis Primas
Parte 3: Una de las Chicas
Parte 4: La fiesta (Actual)
Parte 5: Sale Mañana
Le conté a mi novia Loreine que estaba emocionadísimo, como una colegiala, por nuestra primera vez. Me dijo que no le gustaban los hombres que mostraran algún signo de feminidad, así que me lanzó algo. Dijo que si quería ser una colegiala excitada, ¡que así fuera! Agitó las manos y, de repente, ¡era una colegiala con uniforme de lencería y todo, falda corta, un top y tacones altos! Me dijo que ahora podía ser esa colegiala excitada, que necesitaba un hombre de verdad y que yo ya no tenía el equipo adecuado para el trabajo.
Llamó a su hermano mayor desde la sala y le dijo que una colegiala excitada esperaba sexo. Su hermano Steve entró en la habitación, un macho alfa alto y musculoso. Se bajó la cremallera y sacó una polla enorme y gruesa. Dijo: «Después de que le llene el coño hasta el borde, ya no será la colegiala, sino la futura mamá y mi joven esposa».
Estaba ahogado en deudas. Era viudo. Delgado. Sin suerte, pero aún con una cara bonita, todo mundo me decía que yo era muy guapo. Pero desde que mi esposa enfermó se me hizo imposible pagar las cuentas. Cuando falleció apenas tenía dinero. Mi hijo y yo apenas comíamos.
Hasta que apareció él. Un mayordomo, impecable, educado.
—Mi patrón quiere hacerle una oferta —dijo—. Pagará todas tus deudas. Pero debes tomar esta pastilla rosa. Tú… y tú hijo también.
No pregunté. Solo asentí. Cuando uno ya lo perdió todo, cualquier salida parece válida.
Esa misma noche le di la pastilla a mi hijo y tomé la mía. Sabía dulce, extrañamente dulce.
Al día siguiente, el mayordomo regresó. Pero ya no éramos los mismos. Yo tenía curvas suaves, labios llenos, una cintura que flotaba. Mi ropa me quedaba muy holgada e incluso se me caía. Pero el mayordomo traía un vestido para mí. Me lo puse porque sentí que estaría más cómoda con esa ropa.
En cuánto a mi hijo… ahora es una niña de ojos enormes y risa fácil. El mayordomo me dio otro vestido y se lo puse. Al principio se quejo diciendo que era un niño y los niños no usan esa ropa. Le dije que ya no era un niño porque ya no tenía pilin y por fin se dejó vestir.
El millonario nos esperaba en su limusina.
Se acercó, me tomó la mano y me dijo:
—Aquí tengo un maletín con suficiente dinero para pagar tus deudas. Ya es tuyo por tomar la pastilla rosa. Pero si aceptas ser mi esposa me ocuparé de ti de por vida.
No supe qué decir. Pero cuando me miré en sus ojos… lo supe todo.
Ahora vivimos en una mansión enorme. Mi hija juega entre jardines. Yo duermo entre brazos fuertes y besos largos. Cada noche es una promesa cumplida. Soy muy feliz.
La apuesta que perdí, aquel juego de confianza donde me puse a cuatro patas sobre el sillón para que Iván recorriera mi cuerpo con sus dedos, me dejó confundida. Un calor húmedo y vergonzoso se instaló en mi entrepierna. Hace apenas tres meses, yo era un hombre y las apuestas que perdía eran sobre actos de irreverencia masculina. Ahora eran sobre humillarme, sobre volverme sumisa. Y la parte más aterradora, era que me estaba gustando. Deseaba que me tocara de nuevo y que por fin me besara.
Por suerte, después de eso, tuvimos unos días de tregua. Iván y yo fingimos que no había pasado nada, una frágil normalidad que se quebró el viernes. Fuimos a un bar a ver el Barcelona vs. Real Madrid. Yo iba con mis jeans y una blusa holgada, mi ropa cotidiana. Aunque pagando mis apuestas me había puesto lencería femenina, en mi día a día nunca había usado una falda o un vestido.
Cuando sonó el silbato inicial, él se inclinó hacia mí, su voz un susurro cargado de malicia. "Apuesta. Si mi Barcelona le gana a tu Real Madrid, usarás la ropa que te traje en mi mochila el próximo día que vaya a visitarte. Te la dejarás todo el tiempo que esté yo allí. Si gana el Real... haré lo que tú quieras."
Tal vez eran las dos cervezas que había tomado, tal vez el eco de aquel juego en el sillón, pero asentí. "De acuerdo."
Dentro de mí, una voz gritaba de incredulidad. ¿Qué clase de ropa, más humillante que la lencería negra podría tener en esa mochila? Pero otra parte, la que había anhelado el roce de sus manos, empezó a tejer fantasías. Si ganaba mi equipo... ¿qué podría exigirle? ¿Que confesara que esto era más que un juego para él? ¿Que me besara con la misma intensidad con la que me sometía?
El partido se desarrolló en un torbellino de gritos y jugadas. Cada ataque del Barça era un latigazo de ansiedad; cada jugada de mi Madrid, un soplo de esperanza. Y en medio del barullo, me di cuenta de que, por primera vez, no solo estaba jugando por evitar un castigo. Estaba jugando por definir lo que sería lo siguiente entre nosotros.
Una sonrisa compasiva se dibujó en sus labios mientras sus ojos recorrían mi figura con una mezcla de ternura y exasperación.
"Cariño, lo sé... Te compraste ese traje para ver si aún quedaba un rastro de aquel hombre que alguna vez fuiste." Su voz era una caricia baja y firme. Se acercó, y sus dedos rozaron la seda de la corbata que me ahogaba. "Pero han pasado seis años desde el Gran Cambio. Mira lo que eres." Su mano se posó en mi cadera, marcando la curva que el pantalón pretendía en vano ocultar. "Esta tela no esconde estas caderas... ni esta camisa puede disimular lo que llevas entre las piernas." Su aliento era cálido en mi oído. "Incluso ahora, con tu traje, juntas las piernas con esa elegancia que te nace de dentro. Y los tacones... fueron un detalle delicioso."
Una suave risa, no de burla, sino de triunfo íntimo, escapó de su pecho.
"Ya hemos jugado bastante. Ahora, déjame recordarte quién es tu marido."
Dijo mientras me tomaba con fuerza, me bajó el pantalón y me subió la camisa para tomarme con fuerza con cada embestida me fui dando cuenta que un traje no cambiaba quién soy ahora. Soy una mujer y estoy aquí para ser dominada por mi hombre.
Yo era un chico tímido, débil y que nunca había tenido una cita hasta que mi madrastra me ayudó a convertirme en una chica muy linda y extrovertida a quien le encantan las prendas bonitas, todo lo femenino y es una coqueta desvergonzada que sabe lo que los hombres quieren y está más que feliz de dárselo.
Aunque nací siendo un varón, siempre odié tener que actuar de manera fuerte y masculina; nunca me sentí del todo feliz con mi rol de género. Siempre anhelé ser mujer y tomar una pastilla rosa era mi mayor ilusión.
Cuando por fin tomé la pildora rosa, sentí un alivio profundo. Mi nuevo cuerpo se sentía mucho más natural y me gustó desde el principio: me encantó tener caderas anchas y senos. Nunca extrañé mi pene; al contrario, me sentí completa por primera vez. Aprendí a usar maquillaje y vestidos casi de inmediato, como si siempre hubiera estado destinada a ello.
Además, mi mejor amigo vivió la misma transición que yo; aunque el lo hizo porque a los 20 nunca había logrado tener una cita con una chicay ahora... ambas somos mejores amigas. Eso ayudo mucho porque pudimos aprender los secretos del mundo femenino juntas.
Ahora miro hacia el futuro con certeza. Quiero, algún día, ser una esposa dulce y sumisa para un hombre grande, fuerte y varonil. Estoy convencida de que es lo mejor para mí.
Parte 2: (Romina): Un nuevo problema
Parte 3 (Samantha): Lo mejor para mí
Parte 4 (Romina): Nunca me sentí del todo feliz (Actual)
El resplandor de los focos me cegaba. Minutos antes, era Mario, un chico que quería entrar a una fraternidad. Ahora, tras tragar aquella píldora rosa, estaba de pie frente a un podio, usando un body de conejita ajustado que revelaba cada curva de un cuerpo que aún no reconocía como mío. A mi lado, otras cuatro chicas compartían mi suerte y mi desconcierto.
No había tenido tiempo de asimilarlo. El shock de lo que estaba pasando, la ligereza de mi nuevo cuerpo, la sensación de peso en el pecho… todo era caótico. De pronto me hice consciente de las miradas. Miradas que me recorrían desde los pies hasta las orejas postizas, cargadas de una intensidad que nunca antes sentí. Los silbidos bajos y aprobatorios hicieron el resto: una conciencia punzante, mezcla de pánico y vanidad, de que este nuevo cuerpo era hermoso. Yo era hermosa.
Un hermano con túnica, en el podio, nos pidió a los prospectos, presentarnos con nuestros nombres masculinos. Fui la primera y la palabra se atascó en mi garganta.
—Mario —dije, con una pena que me quemó las mejillas.
El hermano en el podio sonrió con diversión maliciosa.
—Mario no sirve. Necesitamos un nombre temporal para nuestra nueva hermana.
La sala estalló. Gritos surgieron de todas partes:
—¡Maria!
—¡Maya!
—¡Marifer!
—¡Amaia!
Poco a poco, como una marea, los gritos dispersos comenzaron a fusionarse, a golpear al unísono contra mis oídos hasta convertirse en un solo nombre, un cántico que vibraba en el aire:
—¡Mai-rim! ¡Mai-rim! ¡Mai-rim!
La sonrisa del hermano se amplió.
—Escuchas a tus hermanos. Durante los próximos noventa días, dejarás de ser Mario. Responderás al nombre de Mairim—declaró, y en su tono había un gozo perverso que me heló la sangre, a pesar del calor que sentía en la piel.
Las otras cuatro pasaron por el mismo humillante rito, bautizadas con nuevos nombres que borraban quiénes eran. Luego, vino nuestra primera misión: servir durante la fiesta.
El resto de la noche fue un torbellino de sensaciones contradictorias. Deslizándome entre la multitud con una bandeja, rellenando copas, recogiendo vasos caídos. El body negro se me pegaba a la piel y se metía entre mis nalgas. Y los hermanos comenzaron a tocarme con sus manos. No eran accidentes. Cuando me acercaba a un grupo, unos dedos rozaban mi cadera con una familiaridad electrizante. Al esquivar a alguien, una palma cálida se posaba, firme y posesiva, en la curva de mi trasero, apretando ligeramente antes de soltar.
Un silbido agudo y cercano me hacía girar, encontrándome con miradas que no se disculpaban, sino que me devoraban. Al principio, el instinto fue de protesta, pero la vergüenza y una extraña sumisión recién nacida me sellaron los labios. Y, en el fondo más secreto de este nuevo ser, una parte que no entendía se estremeció. Una chispa de placer prohibido, ajeno a mi mente de hombre, recorrió mi espina dorsal cada vez que un contacto indebido me recordaba lo deseable que era ahora. Lo vulnerable. Lo poseíble.
No podía creer en lo que me había metido. Y lo peor: aún me esperaban noventa días así. Noventa días siendo Mairim. Noventa días siendo mujer y en el fondo no me daba miedo la humillación o el desafío, me daba miedo que me terminará gustando.
Parte 1: Por entrar a la fraternidad
Parte 2: Iniciación (Actual)
Capítulo 10 – Reencuentros
Las vacaciones de verano pasaron rápido y, sin notarlo, comencé a ceder más espacio a mi feminidad. Un día caluroso de septiembre, por ejemplo, me encontré usando un vestido por voluntad propia. Era amarillo, con flores pequeñas. No era la primera vez que lo usaba, pero sí la primera que lo hacía sin que mi mamá lo sugiriera. Me lo puse porque me apetecía. Me pareció fresco, bonito… cómodo. Me sentí bien llevándolo puesto. Y eso me desconcertó más de lo que quise admitir.
¿Desde cuándo me pongo vestidos porque quiero?, pensé mientras me miraba al espejo. La imagen que devolvía no era la de un chico disfrazado. Era una niña. Me dolía admitirlo pero cada vez me sentía menos como el chico que fuí y más como la chica que era ahora. Una niña con un vestido amarillo de flores, que sonreía sin darse cuenta.
Mariana, mientras tanto, había comenzado una relación con un chico que conoció en su curso de verano. Me contaba cada detalle: los mensajes, los besos, las caminatas en silencio. Yo escuchaba con atención, asintiendo en los momentos adecuados, preguntando lo que se esperaba que preguntara. Intentaba alegrarme por mi amiga, pero no podía evitar imaginarme a mí misma viviendo cosas similares… con Gabriel.
Mariana pareció leerme la mente.
—¿No vas a hablar con Gabriel? —preguntó con naturalidad, mientras compartíamos unas papas en su sala.
—No —respondí, desviando la mirada hacia la televisión apagada—. Es mi mejor amigo… Las cosas están raras. Lo mejor será darnos tiempo.
Y sin darme cuenta, los días pasaron. De pronto, estaba comprando uniformes nuevos con mis padres, preparándome para la secundaria. La ropa era diferente: ya no era la falda de cuadros de la primaria, sino una más larga, de color azul marino, con una camisa blanca y un suéter con el escudo de la escuela. Pero seguía siendo falda. Seguía siendo uniforme de niña.
Mariana no iría a la misma escuela: sus papás habían optado por una institución privada. Yo lo sabía desde antes, pero no por eso dolía menos. Iba a extrañar a mi mejor amiga. Iba a extrañar sus risas, sus confidencias, la forma en que me tomaba de la mano sin pensarlo. Ella había sido mi ancla en este nuevo mundo, y ahora tendría que navegar sola.
Gabriel, en cambio, sí estaría en mi misma secundaria. No compartiríamos grupo —lo recordaba de mi vida anterior—, pero al menos estábamos en el mismo plantel. Lo sabía por mis recuerdos de mi otra vida, de cuando fui Romeo. Recordé a los amigos que había tenido en esa época: Miguel y Enrique. Pensé que tal vez podríamos reencontrarnos, pero pronto lo descarté. Miguel, aunque tímido, terminó por convertirse en un acosador incansable que no respetaba a las chicas. Y Enrique… Enrique era un patán. Recordaba haberlo visto levantarle la falda a una compañera en primer año. Definitivamente no los quiero cerca de mí, pensé con asco.
Sentí una punzada de tristeza al aceptar que mi antigua vida quedaba cada vez más atrás. Esos amigos, esas experiencias, ese chico que fui… todo se desdibujaba lentamente. Pero luego pensé en Mariana. En esta nueva realidad éramos inseparables, y eso no lo cambiaría por nada. Tal vez esta etapa también me traería nuevas sorpresas. Tal vez conocería a otras personas. Tal vez tendría nuevas amigas...
No terminé el pensamiento. No quería ilusionarme con nada.
...
Los días pasaron rápido y estaba por terminar mi tercer día en la secundaria cuando un pensamiento me atravesó como un cuchillo: Los chicos de secundaria no se parecen a los de primaria.
Durante esos tres largos días, noté que muchos me miraban. No era una mirada casual, de esas que se cruzan sin querer. Era una mirada que recorría: mis piernas, mi pecho, mi trasero. Me hacía sentir incómoda, expuesta. Mi cuerpo había cambiado en el último mes. Lo notaba yo, lo notaban todos. En el espejo veía curvas que antes no estaban, una silueta que se alejaba cada vez más de la silueta infantil a la que me había acostumbrado.
Mi madre lo había dicho en broma una mañana, al verme frente al espejo ajustándome el uniforme: "Tus limones ya son naranjas." Yo había reído para no hacerla sentir incómoda, pero ahora no me hacía ninguna gracia. Era cierto. Mis pechos habían crecido más que los de otras chicas de mi edad. Mis caderas se habían ensanchado. Mi cuerpo se desarrollaba con una rapidez que no había pedido ni esperado.
En comparación con otras niñas de doce años, yo era… diferente. Más formada. Más notoria. Y eso me convertía en blanco de miradas.
Una maldición, pensé mientras caminaba por los pasillos, sintiendo los ojos de los chicos siguiéndome. No estoy lista para esto. Pensé. Y no sabía si lo estaría algún día.
Las clases también se complicaban. Matemáticas, en especial. Las funciones siempre se me habían escapado, y aunque conservaba algunos recuerdos de mi vida anterior, no bastaban. Era como aprender desde cero, pero con la frustración de saber que ya había dominado esas materias antes. Mi cerebro de niña de doce años no procesaba la información igual que mi cerebro de diecisiete.
Me concentraba mucho en mis clases para no pensar en mi situación. Para no pensar en que era un chico de diecisiete que un día despertó convertida en una niña de diez. Que había vivido dos años en ese cuerpo femenino hasta adaptarse. Pero ahora su cuerpo desarrolló curvas y comenzó a atraer demasiada atención masculina. Era todo un lío, ¿no crees?
...
El viernes, al salir sola después de una semana agotadora, noté a un grupo de chicos mirándome desde la esquina. No disimularon. Uno de ellos se separó del grupo y comenzó a caminar hacia mí.
—¿Te acompaño, mamacita? —gritó, con una sonrisa que no era amistosa.
Sentí que el estómago se me encogía hasta desaparecer. Había oído historias de mis amigas, de Mariana, de otras chicas. Había escuchado sobre acosadores en la calle, sobre piropos que no eran piropos, sobre el miedo de caminar sola. Pero vivirlo era otra cosa.
Apreté el paso, mirando al frente, rezando para que se aburriera y se fuera.
No lo hizo.
—Oye, mi amor, no me ignores —dijo ahora a escasos centímetros de mí. Podía sentir su presencia detrás, su aliento cerca de mi nuca—. ¿Te acompaño?
El pánico me paralizó. Iba a gritar, a correr, a lo que fuera… cuando una voz conocida me rescató.
—Hola, Juli.
Era Gabriel. Apareció de la nada, como si hubiera estado esperando el momento justo. Me saludó con un beso rápido en la mejilla —algo que nunca había hecho antes— y se colocó entre el acosador y yo con absoluta naturalidad.
—Me da gusto verte —dijo, ignorando por completo al otro chico—. No sabía que ibas en esta escuela. ¿Cómo has estado?
El acosador retrocedió, confundido. Nos miró un momento, como evaluando la situación, y luego se marchó sin decir más, derrotado por la indiferencia.
Yo apenas podía respirar. El alivio me golpeó con tanta fuerza que las piernas me temblaron.
—Gracias por eso —dije tras un largo silencio, cuando por fin pude articular palabra. Tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas, a punto de desbordarse.
Gabriel me miró con preocupación genuina. Verlo así, con esa expresión que antes reservaba para cuando alguien se lastimaba en el campo de fútbol, me golpeó más de lo que esperaba.
—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó.
Asentí, sin fiarme de mi voz.
Caminamos varios minutos en silencio. El sol comenzaba a caer, tiñendo las calles de naranja. A mi lado, Gabriel caminaba en silencio, respetando mi espacio, pero lo suficientemente cerca para que yo supiera que no estaba sola.
Hasta que él se animó a hablar.
—Te vi los días anteriores —confesó, sin mirarme—. En los pasillos, en la entrada. Pero no sabía si seguías molesta por lo de antes. Además… dudé que fueras tú. Cambiaste mucho en un mes. Es decir, tu cuerpo…
Entendí a qué se refería. Mis caderas, mi pecho, todo eso que me había convertido en blanco de un acosador hacía apenas unos minutos. Todo eso que yo misma apenas comenzaba a aceptar.
—Quiero decir… no nos habíamos visto desde el baile —corrigió, torpe—. Y no sabía si querías hablar conmigo.
Ambos recordamos ese momento. El vals, el vestido azul, el beso. El silencio se volvió espeso, cargado de todo lo que no decíamos.
Pero Gabriel volvió a intentarlo.
—Solo quiero que sepas que no olvido quién eres —dijo con una seriedad que no le había escuchado antes—. Este hechizo… hace que esté un poco enamorado de ti. Y eso es raro. Muy raro. Pero no puedo hacerte eso. No con todo lo que estás viviendo. No permitiré que pases tu vida como una chica...
—Gracias—murmuré. La garganta me ardía. No quería hablar más. No quería llorar delante de él.
Pero él insistió.
—En medio año cumpliré doce. Después solo faltarán cinco años para que podamos pedir que vuelvas a tu cuerpo. Fingiremos que esto nunca pasó. Seremos solo amigos. Y ya.
Le costó decirlo. Lo vi en su expresión, en la forma en que apretó los labios al terminar la frase. Pero lo dijo.
Sentí una extraña mezcla de alivio y tristeza. Mi amigo también estaba luchando. También se sentía atrapado en esta situación absurda. No era el único que batallaba contra sentimientos que no había pedido tener.
—El hechizo también me hace estar bastante enamorada de ti —confesé al fin, sin mirarlo. Recordé brevemente los sueños, los besos que no podía evitar, la humedad entre mis piernas al despertar. Bajé la voz—. Pero sería raro… muy raro… que fuéramos algo más. Lo mejor será luchar contra estos sentimientos hasta que yo vuelva a ser un chico.
Pensé en lo que significaba. Cinco años y medio reprimiendo emociones, deseos, sentimientos. Cinco años y medio deseando besarlo, y quizás algo más, sin poder acercarme. Pero si eso significaba volver a ser un chico, volver a ser Romeo, si eso significaba recuperar mi vida… valía la pena.
¿O no?
La duda apareció sin avisar, pequeña pero insistente. La aparté.
Cuando llegamos cerca de mi casa, nos detuvimos en la esquina. Nos despedimos como antes: con un apretón de manos rápido, torpe, familiar. El mismo gesto de siempre, el que habíamos usado desde niños.
Ambos fingimos que nuestro plan funcionaría.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí menos sola.
Gabriel recibe un tótem en su cumpleaños 17. Según la leyenda, si dos personas piden un deseo juntas, se cumple… pero con consecuencias inesperadas. Él convence a su mejor amigo, Romeo, de pedir tener una amiga de infancia que con el tiempo se enamore de él. A la mañana siguiente, el tiempo ha retrocedido y Romeo ahora es Julieta: una niña. Deberán revivir seis años mientras el deseo sigue su curso: están destinados a enamorarse.
PRIMER ETAPA: LOS AÑOS DE INFANCIA
Desde el día en que Romeo despierta convertido en una niña, hasta que se gradua de la primaria, incluyendo su primer beso con Gabriel.
Parte 4: Nuevos Lazos
Parte 5: Cumpleaños de Princesa
Parte 6: Distancia y Descubrimiento
Parte 7: Al compás de un Cambio
Parte 8: El Vals de la Memoria
Parte 9: Lo que el Cuerpo Calla
SEGUNDA ETAPA : LA ADOLESCENCIA
Comienzan los años de secundaria para Julieta, su cuerpo comienza a desarrollarse y también la manera en que ella y Gabriel se relacionan.
Capítulo 9 – Lo que el cuerpo calla
Los días siguientes fueron incómodos para mí. Quería olvidar el beso, dejarlo atrás como una equivocación superada, pero no podía. Lo había besado. A Gabriel. A mi mejor amigo, a mi compañero de fútbol, de videojuegos. Con el que había crecido como un hermano cuándo ambos fuimos varones. Pero gracias a un estúpido deseo concedido por un tótem habíamos vuelto en el tiempo, él seguía siendo un varón y yo era una niña que lo había besado.
Hubo muchos testigos del beso. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la sensación de sus labios contra los míos, el calor de su mano en mi espalda, la forma en que me miró después. Y lo peor es que no podía decidir si quería olvidarlo o repetirlo.
Dos días después, mientras comíamos en silencio, mi madre rompió la calma con voz suave pero firme:
—Vi el beso que te diste con Gabriel, y vamos a tener una plática sobre salud sexual.
—Mamá, ¡no! —protesté, sintiendo las mejillas arder como si tuviera fiebre.
Pero mi protesta no sirvió de nada. Durante una media hora eternamente incómoda, mi mamá habló de cuerpos que se buscan, de relaciones sexuales responsables, de salud reproductiva y prevención de enfermedades. No escatimó en detalles sobre como un chico puede estar dentro de una chica y todas las implicaciones del acto sexual. Yo apenas podía sostener la mirada. Clavaba los ojos en mi plato, en mis manos, en cualquier sitio que no fuera su rostro. No podía creer que mi mamá pensara que yo podía tener relaciones con un chico. Peor aún, que pudiera tener relaciones con mi mejor amigo.
Cada palabra que salía de su boca era un recordatorio de mi nueva realidad. De que mi cuerpo, este cuerpo que aún me costaba reconocer como mío, era capaz de esas cosas. De que, biológicamente, era una niña en edad de experimentar cambios. De que, para mi madre, yo era solo eso: una hija a la que debía educar sobre su futura vida sexual.
Y cuando creí que ya había pasado lo peor, soltó la bomba:
—En cuanto te llegue tu periodo, serás fértil. Solo quiero que estés preparada.
Me quedé helada.
Hasta ese momento, a pesar de los meses que llevaba como niña, nunca había pensado realmente en eso. Sabía, en teoría, que las niñas menstruaban. Lo había aprendido en biología, lo había escuchado en conversaciones ajenas. Pero nunca lo había asociado conmigo misma. Nunca había imaginado que yo, Romeo o mejor dicho Julieta, tendría un periodo. Que sangraría cada mes. Que mi cuerpo seguiría ese ciclo biológico femenino sin importar lo que mi mente pensara.
Un nudo se formó en mi estómago, apretado y frío. La conversación terminó, pero la incomodidad quedó flotando, persistente, como un eco que no quería apagarse.
...
Dos días después, visité a Mariana en su casa. Jugamos baloncesto como siempre, corrimos por el patio y nos empapamos de sudor bajo el sol. Por un rato, pude olvidarme de todo. El balón en mis manos, el golpe contra el tablero, la satisfacción de encestar. Era lo más cerca que estaba de sentirme libre.
Pero cuando tomamos una pausa para beber agua, Mariana me miró con ojos muy abiertos.
—¿Y ya eres la novia de Gabriel?
Casi escupí el agua.
—¡Claro que no! ¿Por qué haría algo así?
—Ya sabes, por el beso… —replicó, encogiéndose de hombros.
Me quedé callada un momento. Pensé en cómo explicarle algo que ni yo misma entendía. Finalmente respondí con calma, conteniendo la incomodidad:
—A veces un beso solo es un beso.
Era una frase sencilla, casi cliché. Pero detrás de esas palabras estaba el esfuerzo de aferrarme a mi lógica pasada, a esa claridad que aún conservaba del chico de diecisiete años que había sido. Aún quería creer que podía separar mi razón de mi cuerpo, que podía mantener la distancia entre quien fui y quien estaba empezando a ser.
...
Pero mi nueva realidad me traicionaba más a menudo de lo que quería admitir. Esa semana soñé tres veces con el mismo momento: el beso.
Era como revivirlo, pero más intenso, más profundo. En el sueño, llevaba mis tacones y mi vestido encorsetado que ceñía mi cintura y realzaba mi silueta. Me sentía atrapada en un cuerpo ajeno que, sin embargo, ya era el mío. Gabriel se acercaba con su sonrisa tímida, me ofrecía la mano, y bailábamos. Giraban lentamente bajo una luz cálida, y yo sabía lo que venía. Intentaba resistirme, pero mi cuerpo no me respondía.
El beso llegaba.
No como en la vida real, donde duró apenas unos segundos. En el sueño, el beso era eterno. Gabriel me abrazaba con ternura, pero también con deseo. Y yo no quería soltarme. Mi mente gritaba que eso estaba mal, que no podía dejarme llevar. Recordaba quién había sido, recordaba mi vida anterior. Pero mi cuerpo tenía otra idea. Se entregaba al beso con una pasión que me desarmaba.
Despertaba jadeando, agitada. Y la humedad entre mis piernas me confirmaba que había disfrutado el sueño.
La primera vez, me levanté de golpe, mirando las sábanas como si fueran la prueba de un crimen. La segunda, me quedé inmóvil, procesando lo que había pasado. La tercera, lloré.
Una parte de mí se sintió avergonzada. Otra, aterrada. Pero lo más inquietante fue el susurro que vino después, silencioso pero claro:
Quiero que se repita.
Lo negué. Me dije a mí misma que era solo el cuerpo, solo hormonas, solo la maldita biología femenina haciendo de las suyas. Pero la verdad era más simple y más aterradora: mi cuerpo comenzaba a tomar el control, no solo de mis reacciones, sino también de mis deseos. Algo dentro de mí se estaba acomodando, como si mi mente y mi piel empezaran a ir en la misma dirección.
Y lo peor, o tal vez lo mejor, era que ya no estaba segura de si quería detenerlo.
Porque aunque en el fondo aún dijera "sigo siendo un hombre", cada vez me costaba más creerlo. Cada vez que me miraba al espejo y veía a esa niña de cabello largo y facciones suaves, la duda crecía. Cada vez que sentía mariposas al pensar en Gabriel, la línea se difuminaba un poco más.
Ya no sabía quién era. Ya no sabía si quería volver a ser Romeo, o si estaba lista para aceptar que Julieta era más que una personalidad impuesta, Julieta comenzaba a ser mi verdadero yo.
Y eso, quizá, era lo más aterrador de todo.
Desde que compramos los tacones que acompañaban mi vestido, mi mamá me hizo practicar todos los días.
—No quiero que te caigas el día de la fiesta —decía, tajante, cada vez que yo intentaba quejarme.
Así que pasé dos semanas enteras caminando por la casa en esas máquinas de tortura, tambaleándome por los pasillos como un cervatillo recién nacido. Cada paso era un recordatorio de lo frágil que era ahora mi existencia. Antes, con unos tenis o unos zapatos normales, podía correr, saltar, brincar sin pensarlo dos veces. Ahora tenía que aprender a equilibrarme sobre unos tacones ridículos solo porque mi vestido lo exigía. Porque soy una niña, recordaba, y las niñas usan tacones en las fiestas. Recordaba como en mi otra vida, ese día usé zapatos cómodos y un traje sastre, cuando viví mi graduación como un chico, como Romeo. Pero ahora era una niña y no podía solucionarlo, así que seguí practicando con mis tacones.
El día de la fiesta tenía cita con una peinadora y una maquillista. Aunque la ceremonia era a las seis de la tarde, me levanté muy temprano, y al mediodía ya estaba sentada en el salón de belleza. Estuve dentro durante una hora y media que me pareció eterna entre rodillos, cremas, maquillaje, cepillos y peines. Me movían la cabeza de un lado a otro, me tiraban del cabello, me aplicaban cosas en la cara que no podía identificar. Me sentía como una muñeca en manos de un artista, solo que el resultado final no sería una obra de arte para mí, sino para los demás.
Al salir, mi reflejo me sorprendió. El maquillaje no era discreto: ojos perfectamente delineados, labios color cereza, mejillas encendidas, cejas nítidas. Parecía una versión en miniatura de una mujer adulta. Una muñeca de porcelana lista para ser exhibida. Y esa sensación se intensificó cuando me puse el vestido: el escote me realzaba el pecho —esos pequeños brotes que seguían creciendo sin pedir permiso—, la cintura se dibujaba delicada, y la falda caía suave hasta los tobillos. Me sentía como otra. Como una extraña que me observaba desde el espejo.
¿Quién es esta niña tan linda?, pensé. ¿Dónde quedó Romeo? ¿Dónde quedó el chico que fui?
Durante el trayecto al salón de eventos, iba inquieta. La pintura en mi rostro me pesaba como una máscara, y bajo el vestido, mis piernas se rozaban incómodamente con cada movimiento. Todo se sentía exagerado, impostado. No era yo. No podía ser yo.
La fiesta comenzó con la presentación de los graduados. Entrábamos en parejas, las chicas tomadas del brazo de los chicos. A mí me tocó entrar con Gabriel. Los aplausos del público me erizaron la piel. La luz, las miradas, la música: todo me hacía sentir más fuera de lugar que nunca. Caminar con tacones delante de todos, con el brazo enganchado al de Gabriel, sintiendo cómo las miradas nos seguían, fue una de las experiencias más abrumadoras de mi vida.
Durante la cena, los lugares estaban asignados. Terminamos sentados uno junto al otro. Y aunque intenté concentrarme en la comida —una pechuga de pollo con puré que apenas probé—, noté que Gabriel me miraba con frecuencia, como si creyera que yo no me daba cuenta.
Debe ser por el corsé, pensé, incómoda. Me levanta el pecho. Recordé que, a su edad, yo tampoco habría disimulado la vista si hubiera tenido una chica tan linda al lado. Me ruboricé cuando me di cuenta de que había pensado en mí misma como "una chica linda". Era cierto: vestida así, con el maquillaje y el peinado, era atractiva. Y eso me avergonzaba más que cualquier otra cosa. Me avergonzaba mi nuevo cuerpo, pero más aún, la forma en que mi mejor amigo me observaba.
Cuando llegó el momento del vals de presentación, salimos a la pista. La coreografía salió perfecta: cada giro, cada paso, cada contacto ensayado durante semanas fluyó sin esfuerzo. Pero cada vez que Gabriel me tomaba de la cintura o me rozaba la cadera, sentía que me encendía por dentro. Era como si su tacto quemara a través de la tela del vestido. Como si cada vez que me sujetaba para un giro, el mundo se detuviera un segundo.
Después del número formal, los chicos nos acomodamos libremente, y terminé sentada junto a Mariana. Fue un alivio estar con ella, lejos de Gabriel y lo que me hacía sentir.
—Se ve muy guapo Gabriel, ¿no crees? —dijo Mariana, con una sonrisa cómplice.
—Sí… mucho —respondí sin pensar. Luego me tapé la boca, sonrojada. Mariana se rio, y yo intenté reír con ella, pero por dentro me preguntaba por qué había dicho eso. Y por qué era verdad.
Bailamos juntas un rato, riendo y relajadas. Fue agradable olvidarme de todo, simplemente moverme al ritmo de la música con mi mejor amiga. Era bueno bailar con una chica, incluso si yo también era una chica y ambas usabamos vestidos. En algún momento, Gabriel y Marco se acercaron para pedirnos una pieza. Mariana aceptó enseguida y se fue con Marco, dejándonos solos.
La canción era lenta, suave. Gabriel extendió la mano y yo la tomé sin dudar. Nuestros cuerpos se movían despacio, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso. Apoyé la cabeza en su hombro —algo que antes, como Romeo, jamás habría hecho— y sentí su brazo rodeando mi cintura.
A pesar de ser un momento tan bonito, había algo extraño en mi expresión. Una tristeza que no podía ocultar.
—¿Estás triste? —preguntó Gabriel con voz baja.
—Un poco. No vamos a volver a ver a muchos de ellos, y eso me pone así —respondí.
Y era cierto. Cinco años después, apenas recordaría los nombres de algunos. Pero en ese momento, todo parecía eterno. La música, la luz, el calor de su mano en mi espalda.
—Seguro tú y Mariana se siguen hablando —dijo él—. A mí también me gustaría seguir viéndote… si tú quieres.
Levanté la cabeza para mirarlo. Sus ojos estaban cerca, muy cerca. Podía ver el reflejo de las luces en ellos, la forma en que me miraba, como si yo fuera algo precioso. Algo que valía la pena conservar.
No respondí con palabras. En lugar de eso, me incliné y le di un beso. Dulce, breve, pero real. Duró apenas unos segundos, lo suficiente para dejar una huella.
Cuando nos separamos, ambos estábamos ruborizados. Nos sentíamos confundidos, vulnerables. Incluso para Gabriel, besar a una niña hermosa con vestido de princesa fue impactante… porque esa niña era su mejor amigo. No podía borrar ese pensamiento de su mente.
Para mí, el beso fue un estremecimiento. No entendía por qué lo había hecho. Solo sabía que, en ese momento, con él tan cerca, con su brazo rodeándome y su mirada fija en mí, no podía evitar querer saber cómo se sentían sus labios. Y ahora lo sabía.
Regresamos a nuestros lugares sin decir nada. No mencionamos el beso. El silencio entre nosotros era tenso, pero necesario. Al poco rato ambos volvimos a juntarnos con nuestros mejores amigos.
—Te vi besando a Gabriel —me dijo Mariana más tarde, con tono travieso.
—No sé qué me pasó… —confesé, avergonzada—. Estábamos platicando y sentí deseos de besarlo. Y lo hice.
Mariana me miró con dulzura, como quien ha pasado por eso antes.
—No importa. Fue un lindo primer beso. En la pista de baile, en tu fiesta de graduación. No podrías haber elegido un momento mejor.
Sonreí… pero algo dentro de mí se quebró.
¿Primer beso? pensé. Pero… ese no fue mi primer beso… ¿o sí?
Traté de recordar el verdadero. Ese que, como varón, había dado a los catorce. ¿Con quién fue? Una chica… ¿de mi salón? ¿De la secundaria? ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde fue? ¿Cómo se sintió?
Nada. No recordaba nada.
Era como si ese recuerdo se hubiera desvanecido, borrado por completo de mi mente. Como si nunca hubiera existido.
En mi memoria, el único beso que quedaba era el que acababa de dar. Ese era mi primer beso. El verdadero.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí el aire frío del aire acondicionado golpeando mi piel sudada, pero no era eso. Era algo más profundo. Algo aterrador.
¿El hechizo estaba reescribiendo mi historia?
¿Me borraría todo lo necesario para que pudiera enamorarme de Gabriel, para que aceptara esta vida como mía?
Sentí miedo. Un miedo profundo y antiguo, como el que me envolvió aquella primera mañana frente al espejo, cuando desperté siendo otra. Pero este miedo era diferente. Este miedo venía acompañado de una certeza helada: algo había cambiado. Algo definitivo. Algo que ya no podría deshacerse.
Miré a Gabriel al otro lado del salón. Él también me miraba. Y en sus ojos vi la misma confusión, la misma pregunta sin respuesta.
Pero también vi algo más. Algo que no quise reconocer.
Y supe, en ese momento, que el camino de regreso a Romeo se estaba cerrando. Ya no era el niño que fui. Era la niña que besó a su mejor amigo en la pista de baile.
Y esa niña, contra todo pronóstico, no parecía dispuesta a desaparecer.
Faltaban solo tres meses para que nos graduáramos de la primaria, y ya me sentía acostumbrada a mi nueva vida como niña. Aunque seguía extrañando tener mi pene —lo extrañaba cada vez que iba al baño, cada vez que me cambiaba de ropa, cada vez que recordaba cómo era mear de pie— y también anhelaba volver a hablar con Gabriel, disfrutaba pasar el tiempo con Mariana y su grupo de amigas. Me sentía cómoda… o al menos, funcionalmente adaptada.
Un día, la maestra nos anunció que durante las siguientes semanas tomaríamos dos horas de clases para ensayar el baile de graduación. Para eso, conoceríamos a la coreógrafa Tabata. La mujer, joven y enérgica, llegó ese mismo día, y lo primero que hizo fue formar parejas. Había exactamente quince niños y quince niñas.
—Los voy a emparejar por estatura —dijo, examinándonos con atención.
Yo era una de las más altas entre las niñas. Gabriel, uno de los chicos más altos. Cuando Tabata nos emparejó, sentí un nudo en el estómago. Tuve ganas de protestar, de decir que prefería bailar con otro, pero algo me detuvo. No quería llamar la atención. No quería explicar por qué me incomodaba tanto bailar con mi mejor amigo.
Gabriel se puso a mi lado y me saludó con suavidad:
—Hola… Espero que no sigas enojada conmigo.
Cuando era niño, yo solía ser más alto que Gabriel. Lo recordaba claramente: en las fotos de aquellos años, siempre estaba un par de centímetros por encima de él. Ahora, él me sacaba casi cinco centímetros. Mi cuerpo de chica es más pequeño, pensé, con un dejo de tristeza. Otra cosa que había perdido.
—Nunca estuve enojada contigo —murmuré, apenas audible—. No fue tu culpa lo que pasó. Debimos ser más específicos al hacer el deseo.
Él asintió, y por un momento hubo un silencio incómodo entre nosotros. Luego comenzó la práctica.
Tabata nos pidió que nos tomáramos de las manos.
Me sonrojé al sentir los dedos de Gabriel entrelazados con los míos. Estaba segura de que, como varón, nunca le había tomado la mano. Nos habíamos dado palmadas en la espalda, choques de puños, abrazos rápidos después de ganar un partido. Pero esto era diferente. Esto era íntimo de una manera que no sabía cómo procesar. Me pareció que él también se sonrojaba, aunque quizá era solo mi imaginación.
Poco a poco, las prácticas se volvieron rutina. Y con la rutina, volvió la cercanía. Volvieron las charlas, las bromas, las miradas cómplices. Entre paso y paso, recordábamos viejas anécdotas, nos reíamos de los errores del otro, recuperábamos esa conexión que habíamos perdido durante los meses de silencio.
Pero el baile exigía más que solo tomarse de las manos. Exigía contacto: manos enlazadas, vueltas, pasos coordinados, y también que él me tomara por la cintura o incluso por las caderas. Cada vez que sus manos se posaban en mi cuerpo, sentía un escalofrío recorriéndome la espalda. Bailar así con Gabriel ya era bastante incómodo… pero hacerlo sabiendo que él era el único que conocía mi verdadero pasado, que sabía que yo había sido Romeo, lo hacía aún más vergonzoso.
Lo peor, sin embargo, era lo que comenzaba a descubrir dentro de mí.
A veces me sorprendía mirándolo fijamente mientras ensayábamos. Notaba sus gestos, la forma en que movía las manos, el calor de sus dedos cuando me sujetaba, la manera en que sonreía cuando cometía un error y se disculpaba con esa media sonrisa que siempre había tenido. Y lo más inquietante era que… me gustaba. Cada día, un poco más.
Me decía a mí misma que era solo por la cercanía, por el contacto físico, por la nostalgia de nuestra amistad. Pero en el fondo sabía que era mentira.
...
Una tarde, mientras ensayábamos una vuelta, Gabriel tropezó y, por accidente, su mano rozó mi pecho. Fue un segundo, apenas un roce, pero lo sentí como una descarga eléctrica.
—¡Lo siento! —exclamó él, poniéndose rojo como un tomate—. No sabía que… tenías…
—No lo digas —lo interrumpí, también sonrojada hasta las orejas.
Ambos nos quedamos en silencio, mirando hacia otro lado, hasta que Tabata nos llamó la atención para seguir con la práctica. No volvimos a mencionar el incidente, pero después de ese día, hubo algo distinto entre nosotros. Más silencios, más miradas que se sostenían un segundo de más. Lo noté primero en detalles sutiles: la forma en que Gabriel me trataba ya no era exactamente igual. Hasta entonces, había seguido hablándome como siempre, con la misma soltura de cuando ambos eran niños, como si yo fuera su amigo de toda la vida disfrazado de niña. Pero ahora parecía más cuidadoso, más respetuoso… como si, de pronto, también él comenzara a verme como una niña. Como una chica.
Ese pequeño cambio me descolocó más que cualquier otro. Porque significaba que, para él, yo ya no era solo Romeo con otro cuerpo. Significaba que estaba empezando a verme como Julieta.
Y lo peor era que no me molestaba tanto como debería.
...
Faltaban veinte días para la fiesta de graduación. Fui con todas las niñas del salón a una plaza comercial para elegir el vestido que todas usaríamos. Después de una votación unánime, elegimos un modelo largo de color azul claro, hecho de una tela ligera que caía con gracia hasta los tobillos. Tenía un escote en la espalda que dejaba ver los omóplatos, era delgado en la cintura y con tirantes finos. El vestido se ajustaba al cuerpo con firmeza, sin ser provocador, pero acentuando las formas sutiles de una niña en crecimiento.
En el probador, necesité la ayuda de Mariana para ajustar el corsé en la espalda. Sentí sus dedos tirando de las cintas, apretando la tela contra mi cuerpo, marcando mi cintura de una forma que nunca había experimentado. Me miré en el espejo y casi no me reconocí.
El vestido resaltaba mi figura incipiente: mis brazos delgados, mi cuello largo, mis facciones suaves. Mis pechos, aún pequeños, se marcaban ligeramente bajo la tela. Mis caderas, apenas más anchas que antes, daban al vestido una caída que nunca habría imaginado. Por fuera, no había rastro del niño que fui. Por fuera, era completamente una niña.
—Te ves muy guapa —dijo Mariana, sonriendo desde atrás—. Le vas a encantar a Gabriel.
Sentí la boca seca, incapaz de responder. Porque sabía que Mariana tenía razón. Sabía que, vestida así, Gabriel me vería de una manera completamente diferente. Y eso me inquietaba más que cualquier otra cosa.
Sigo siendo un hombre debajo de todo esto, pensé, aferrándome a esa idea como a un clavo ardiendo.
Pero mientras me miraba en el espejo, con el vestido azul ceñido a mi cuerpo, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza y algo más, por primera vez no estaba tan segura de, en el fondo, seguir siendo un hombre.