lunes, 13 de abril de 2026

Tiempos de calma (13)


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Capítulo 13 – Tiempos de calma

Cuando mi mamá se enteró de la foto bajo mi falda que un chico me había tomado en clase, su reacción fue inmediata: metió una demanda formal contra la escuela. No se quedó callada, no aceptó disculpas baratas. Fue a la dirección y exigió respuestas. El caso llegó a instancias superiores y no tardaron en tomar medidas. Enrique fue expulsado y el reglamento se endureció para proteger a las alumnas de casos similares. Lo que había pasado se volvió un secreto a voces, pero al menos sirvió para algo.

Yo, sin quererlo, me convertí en una especie de celebridad entre las chicas. Muchas me saludaban con una admiración silenciosa en los pasillos. Después me enteré de que algunas también habían sido víctimas de Enrique, de miradas o comentarios, pero ninguna se había atrevido a denunciar. Mi caso les dio algo de justicia, aunque fuera indirecta.

Cuando Enrique volvió por sus papeles para cambiarse de escuela, varios estudiantes lo vieron con el ojo aún morado, recuerdo visible de la pelea con Gabriel. Fue su despedida no oficial. Nadie lo extrañó. Me pregunté, ¿Cómo pude ser amigo de alguien como él en mi otra vida? En mi vida de chico. Tal vez, yo no era tan buen chico como pensaba. 

Después de eso, mi vida entró en una calma inesperada.

Las semanas pasaban tranquilas. Las mañanas estaban llenas de clases, los profesores comenzaban a prepararnos para el segundo año de secundaria. Las tardes eran mías. Y como mis padres llegaban tarde por el ascenso de mamá, yo me quedaba sola en casa… y algunos días, al menos dos por semana, aprovechaba para verme con Gabriel.

Nos comíamos a besos en el sillón, en mi cuarto, donde fuera.

Nadie lo sabía. Nadie tenía por qué saberlo.

Era nuestro secreto. Nuestro pacto de a solas. En público seguíamos siendo solo amigos, dos mejores amigos, chico y chica, nada más. Pero cuando la puerta se cerraba y las cortinas se corrían, éramos otra cosa. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

El resto de mis tardes transcurría entre tareas, videojuegos y algo nuevo: tutoriales de maquillaje y peinados. Al principio fue pura curiosidad. Un día, sin querer, me topé con un video de una chica enseñando a hacer un delineado de ojos. Le di clic sin pensar. Y luego otro. Y otro.

Pronto se volvió costumbre. Tomaba el celular, me sentaba frente al espejo y practicaba lo aprendido: cómo delinear mis ojos para que se vieran más grandes, cómo darle volumen a mi cabello con trucos sencillos, cómo combinar los tonos del rubor para que no pareciera un payaso. Al principio me sentía ridícula. Pero con el tiempo, empecé a disfrutarlo.

Ya no luchaba contra mi feminidad. ¿Qué sentido tenía hacerlo si pasaba dos o tres tardes por semana besándome con un chico? Lo admitiera o no, me estaba dejando llevar. Mi cuerpo había dejado de sentirme ajeno. Mi ropa, mis gestos, mi forma de hablar… todo se había ido moldeando sin que me diera cuenta.

A veces, al verme en el espejo en ropa interior, pensaba: Si Gabriel me viera así… tal vez no se conformaría con solo besarme. Esa idea me hacía sonrojar, me aceleraba el pulso. Y sin embargo, me quedaba viéndome un rato más, observando las curvas que antes no estaban, la piel suave, la forma en que mi cuerpo había cambiado.

Cada vez era más común verme usando faldas o vestidos después de la escuela. Ya no era solo el uniforme obligatorio. Empezaba a elegir lo que me gustaba, no solo lo que debía ponerme. Un día me sorprendí comprando un vestido azul con mi mamá, emocionada por cómo me quedaba. Y cuando me di cuenta, ya era tarde para preguntarme cuándo había dejado de odiar los vestidos.

El tiempo se me fue sin que lo notara. Ya estaba terminando mi primer año de secundaria. En unos pocos meses cumpliría trece. La sensación era extraña: parecía haber vivido toda una vida en menos de un año. Como si los recuerdos de Romeo se fueran desdibujando, reemplazados por estos nuevos, más vívidos, más cercanos.

...

Durante las vacaciones, Mariana me invitó a pasar unos días con ella. Sus papás tenían una casa en la playa y estarían los tres solos. A Mariana le parecía un plan aburrido —"mis papás son súper tranquilos, no me dejan hacer nada"—, así que necesitaba compañía.

No lo pensé mucho. La extrañaba. Durante el ciclo escolar apenas habíamos podido hablar, solo mensajes esporádicos y alguna que otra videollamada. Me hacía ilusión volver a pasar tiempo con mi mejor amiga. Saldríamos el jueves por la mañana y regresaríamos el lunes por la tarde.

El martes de esa semana, Gabriel fue a mi casa como de costumbre. Jugamos videojuegos, comimos juntos, y por supuesto, nuestra dosis de besos no faltó. En un momento, él me alzó en brazos como si no pesara nada, y yo me dejé llevar, riendo.

—Me voy de vacaciones con Mariana —dije, sin muchas ganas de soltar la noticia—. Salimos el jueves, regresamos el lunes.

Gabriel sonrió con picardía, esa sonrisa que ya conocía tan bien.

—Qué bien, mándale saludos... pero sabes lo que eso significa, ¿no?

—¿Qué? —pregunté, sin entender.

—Significa que debo darte todos los besos que no podré darte en esos cuatro días —dijo, y sin dejar de sostenerme, me besó de nuevo.

Reí entre sus labios, aún en sus brazos, sintiendo que el mundo se reducía a ese momento.

...

Días después, estaba con mi mamá probándome trajes de baño para el viaje. Como era de esperarse, ella insistía en los bikinis.

—Pruébate este de dos piezas —dijo, entregándome uno con flores pequeñas y estampado alegre.

Lo miré con desconfianza. Me parecía demasiado revelador. Mostraba demasiada piel, demasiado de mí. Pero tampoco me sentía cómoda con los de una sola pieza, que me apretaban en lugares incómodos o me hacían ver más infantil de lo que era. La verdad era que, más que una niña, ya comenzaba a parecer una señorita… y eso me incomodaba más de lo que quería admitir.

—Tienes una figura hermosa, hija —dijo mi mamá, mientras me miraba salir del probador con el bikini puesto—. Deberías presumirla mientras puedas.

Me sonrojé. No supe qué responder. Me miré al espejo de cuerpo entero y vi a una chica de doce años, casi trece, con curvas suaves pero definidas, piel bronceada por el sol de la ciudad, cabello largo cayendo sobre los hombros. La imagen no me disgustó. Y eso, quizá, era lo más extraño.

Al final elegimos un traje de dos piezas para pasear por la playa y otro de una sola pieza para nadar. También compramos un par de pareos, algo con qué cubrirme al caminar. Mientras salíamos de la tienda con las bolsas en la mano, pensé si ir a la playa con la familia de Mariana era una buena idea después de todo. Si estaba lista para mostrarme así, en traje de baño, delante de su familia. Delante del mundo.

Luego recordé cuánto la había extrañado. Las risas, las confidencias, la forma en que me tomaba de la mano sin pensar. Recordé que ella había sido mi ancla en los primeros meses, cuando todo era confusión y dolor.

Y decidí dejar las dudas atrás.

Esa noche, antes de dormir, recibí un mensaje de Gabriel: "Que te vaya bonito. No te olvides de mí en la playa."

Sonreí y respondí: "Imposible."

Apagué la luz y me quedé mirando el techo, pensando en lo mucho que había cambiado mi vida en poco más de un año. En cómo ahora esperaba con ansias unas vacaciones en la playa con mi mejor amiga, en cómo pensaba en Gabriel con una mezcla de ternura y deseo, en cómo me veía al espejo y ya no quería apartar la mirada.

Tal vez esto sea ahora mi vida, pensé. *Tal vez ya no haya vuelta atrás.

Y por primera vez, la idea no me aterró.

domingo, 12 de abril de 2026

Bajo ataque (12)


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Capítulo 12 – Bajo ataque

Estábamos haciendo una práctica clave en el taller de electricidad: una instalación en serie. Agustín y yo trabajábamos concentrados, moviéndonos por el espacio para alcanzar materiales y conectar cables. Como siempre, yo llevaba el uniforme con falda. Aunque me había ido acostumbrando con los meses, ese día en particular me resultaba incómoda. Tenía que moverme con cuidado, calcular cada inclinación, asegurarme de no mostrar de más. No quería que ningún ojo curioso pudiera ver mis bragas. Era agotador tener que pensar en eso constantemente.

Una trabajadora tocó a la puerta y llamó al profesor desde la dirección. Antes de salir, él dejó un mensaje claro:

—Los dejo trabajando, chicos. No quiero ningún problema.

El volumen del salón subió apenas, lo suficiente para generar una atmósfera menos tensa, pero Agustín y yo no le dimos importancia. Estábamos tan metidos en nuestra práctica que el resto del mundo parecía desdibujado. Solo existían los cables, las conexiones, la satisfacción de ver cómo todo encajaba.

A unos pasos de nosotros, Enrique comenzó afilar su lápiz cerca del bote de basura. Yo no pude notarlo, pero llevaba escondido su celular en modo cámara. Estaban prohibidos en la escuela, pero casi todos los estudiantes llevaban uno consigo. Esperó pacientemente a que yo me inclinara lo justo y, con la destreza del que ya ha hecho algo así antes, bajó la mano para capturar una foto.

Nadie lo notó. Ni siquiera yo. Tardé unos días en saber lo que había pasado.

La clase terminó sin incidentes. Salí del taller sintiéndome bien por el trabajo realizado, sin sospechar nada.

Los problemas comenzaron una semana después.

Empecé a notar risas contenidas, miradas prolongadas, cuchicheos cuando pasaba por los pasillos. Al principio creí que me lo imaginaba, que era paranoia mía. Hasta que Diana se me acercó con el celular en la mano, la expresión seria.

—¿Eres tú? —me preguntó, mostrándome la pantalla.

Sentí un fuego helado recorriéndome la espalda. Allí estaba: mi falda, mis piernas, mi ropa interior. Todo expuesto en la pantalla. Me puse roja hasta las orejas. El estómago se me hizo un nudo tan apretado que pensé que vomitaría.

Corrimos a buscar a Agustín, quizá él había notado algo esa tarde. Lo encontramos junto a Gabriel, que estaba apoyado en una pared con los brazos cruzados.

—Debes haber visto algo. ¿Quién tomó la foto? —preguntó Gabriel, con un tono serio que no le había escuchado antes.

—No sé nada —dijo Agustín, claramente apenado—. Mira la foto, me alcanzo a ver en una esquina de la imagen, yo estaba viendo a otro lado. Pero fue justo cuando el profe salió del salón. Miren, la instalación está a medias.

Diana y yo llegamos justo cuando decía eso.

—Fue Enrique —dije, sin titubear.

Lo sabía. Lo sabía por mi vida anterior, cuando fui Romeo y vi cómo Enrique hacía ese tipo de cosas. Cómo se reía de las fotos que tomaba a escondidas con sus amigos. Cómo presumía de sus "trofeos". No tenía pruebas, pero tampoco dudas.

Hablamos con otros compañeros. Varios recordaban que Enrique se había colocado detrás de mí con el pretexto de sacar punta a su lápiz. Algo que era raro, porque la práctica no ocupaba lápices.

—Tienes que denunciarlo —insistió Diana, agarrándome del brazo.

—No tenemos pruebas —dije, bajando la mirada.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia tan intensa que me quemaba por dentro. Si aún tuviera mi cuerpo masculino, más alto, más fuerte, podría enfrentarlo. Podría plantarme frente a él y exigirle que borrara esa foto. Podría partirle la cara si hiciera falta. Pero ahora… no. Ahora solo podía tragar saliva, aguantar la vergüenza y esperar que el rumor muriera solo.

El receso terminó y, con él, cualquier intento de justicia.

...

Al salir de clases, comenzaron a correr otros rumores: los chicos se estaban reuniendo en un terreno baldío, a dos cuadras de la escuela. Lo supe de inmediato: habría una pelea. Normalmente no me interesaban esas cosas, en mi vida anterior las evitaba. Pero algo me hacía sentir intranquila.

Entonces Agustín apareció corriendo hacia Diana y a mí, agitado.

—¡Es Gabriel! —jadeó—. Se va a pelear con Enrique.

Ambas salimos corriendo sin pensarlo.

Cuando llegamos, los chicos ya formaban un círculo alrededor de los dos contrincantes. La tensión era eléctrica, se podía cortar con un cuchillo. Enrique lanzó el primer golpe, un derechazo que Gabriel bloqueó con el antebrazo. Empezaron a intercambiar puñetazos, la mayoría fallaban o eran desviados, pero con cada segundo los rostros se iban enrojeciendo, los pechos jadeaban más fuerte y los cuerpos mostraban los primeros golpes.

Enrique, desesperado, se lanzó con todo su peso, pero Gabriel esquivó y lo sujetó por el cinturón, haciéndolo girar hasta estrellarlo contra el suelo. El golpe fue seco. Enrique se levantó furioso, errático, y recibió un golpe certero en el ojo izquierdo. Cayó de nuevo, esta vez sin levantarse.

Uno de sus amigos se interpuso.

—Ya no puede más —dijo, con las manos en alto.

La pelea terminó.

...

Un poco más tarde, estábamos en mi casa. Mis padres aún no regresaban. Desde hacía poco más de un mes, mi mamá había aceptado un ascenso que implicaba trabajar tres horas más todos los días. Como yo ya era un poco mayor —una niña de doce años, en teoría responsable—, me dio la confianza de quedarme sola un par de horas. Era la primera vez que tenía la casa para nosotros.

Llevé a Gabriel a mi cuarto.

—Quítate la camisa —dije, con tono práctico—. Tengo que limpiarte las heridas.

Gabriel obedeció. Se levantó la camiseta por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo. Al ver su torso desnudo, me quedé inmóvil un segundo. Lo había visto sin camisa cientos de veces cuando ambos éramos varones, en albercas, en partidos de fútbol bajo el sol. Pero ahora era diferente. Ahora yo era una niña y eso cambiaba todo. Lo veía más fuerte, más definido, más… atractivo.

Respiré hondo, tomé el alcohol y empecé a limpiar las heridas. Tenía un corte en el pómulo, moretones en las costillas, los nudillos raspados. Aplicaba el algodón con suavidad, soplando un poco para que no le ardiera tanto.

Mientras lo hacía, Gabriel me observaba en silencio. Yo me inclinaba sobre él, mi falda rozándole la pierna, mis manos pequeñas tocándole con delicadeza. Sentí su mirada en mí, pesada, cálida. Cuando terminé de curarlo, dejé el algodón a un lado.

Entonces él me tomó por la cintura y me sentó sobre sus piernas.

Fue un movimiento rápido, simple, pero cargado de intención. Sentí mi respiración cortarse. Estábamos cara a cara, sus manos en mi cintura, las mías apoyadas en sus hombros.

Nos besamos.

No como antes, no como aquel beso tímido en la graduación. Esta vez fue con hambre, con ganas. Sus labios presionaban los míos con una urgencia que me desarmaba. Sentía sus manos recorriendo mi espalda, sujetándome con firmeza pero sin brusquedad. Mis propias manos comenzaron a explorar su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos.

Mi mente gritaba que todo era demasiado, que esto no podía estar pasando, que nos estábamos equivocando. Pero mi cuerpo no se resistía. Se dejaba llevar, se fundía con el suyo como si hubiera estado esperando este momento desde siempre.

Una, dos, tres, quizá cuatro rondas de besos. Perdí la cuenta. Solo recuerdo el momento en que nos separamos, jadeando, sentados lado a lado en mi cama, con las manos rozándose en silencio.

—Duramos cuatro meses sin besarnos —dijo Gabriel, con una sonrisa ladeada que conocía bien.

—Ya sé —respondí, aún agitada, sintiendo el corazón latirme en las sienes.

—No creo que podamos resistirnos al hechizo…

—No estoy segura de querer resistirme —confesé en voz baja, y la honestidad de esas palabras me asustó más que cualquier otra cosa.

Hubo una pausa. Algo se acomodó en el aire entre nosotros. Un pacto tácito, una tregua con nosotras mismos.

—Te propongo algo —dije al fin—. No estoy lista para ser novia de nadie… Todo esto sigue costándome. Así que, en público, seremos solo amigos. Pero a solas… podemos darnos permiso de sentir. Solo eso. Nada de sexo. Ni ahora ni nunca. Eso no está sobre la mesa.

No podía creer lo que acababa de decir. Las palabras salieron de mi boca como si otra persona las hubiera pronunciado. Pero sentía que necesitaba esa tregua, ese límite, para no volverme loca. Para no perderme por completo en este torbellino de sensaciones que no había pedido pero que ya no podía negar.

—Cuando pasen los cinco años —añadí, mirándolo a los ojos—, todo volverá a la normalidad. Volveré a ser un hombre. Y seremos solo amigos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Gabriel.

Y entonces nos perdimos en otro beso.

En el fondo sabíamos que estábamos jugando con fuego. Sabíamos que estos límites que acabábamos de poner eran frágiles, probablemente imposibles de mantener. Sabíamos que nos estábamos mintiendo al creer que podríamos controlar esto.

Pero el deseo en nosotros era tan intenso, tan abrumador, que no teníamos otra opción más que fingir que teníamos todo bajo control.

Esa noche, cuando Gabriel se fue y yo me quedé sola en mi cuarto, me miré al espejo. Tenía los labios hinchados, las mejillas coloradas, el cabello revuelto.

La niña del reflejo me sonrió.

Y por primera vez, no aparté la mirada.

sábado, 11 de abril de 2026

Corrientes Cruzadas (11)



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Capítulo 11 – Corrientes cruzadas

Durante las semanas siguientes, por fin hice una nueva amiga en mi nueva escuela: Diana. Se me acercó una mañana, sin motivo aparente, mientras esperábamos en la fila para la primera clase del día.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó, con una sonrisa desparpajada—. Me gustaste para que seas mi mejor amiga.

Yo, que ya estaba cansada de sentirme sola en un mar de caras desconocidas, solté una risa genuina. Fue así como empecé a platicar con alguien de nuevo. Diana era ocurrente, directa y siempre tenía una historia graciosa que contar. Además, vivíamos en la misma dirección, así que podíamos caminar juntas después de clases. Ese simple hecho me trajo una sensación de seguridad que necesitaba con urgencia, especialmente tras el episodio con el acosador.

Sin pensarlo demasiado, nació una amistad. Hablábamos de los profesores, nos reíamos de las tareas absurdas, compartíamos chismes de pasillo, y poco a poco volví a sentirme parte de algo. Con Diana no tenía que explicar mi pasado, no tenía que fingir ser quien no era. Simplemente era Julieta, una niña de doce años haciendo amigos en la secundaria. Y por momentos, eso era suficiente.

La segunda semana comenzó también la elección de talleres. Había cuatro opciones: Construcción, Electricidad, Secretariado e Industria del Vestido.

Diana eligió Secretariado sin dudarlo.

—Ahí hay puro niñas —dijo—. Así es más tranquilo.

Yo, en cambio, me incliné por Electricidad. Era el mismo taller que había elegido cuando, en mi otra vida, fui Romeo. Recordaba haberlo disfrutado: aprender a hacer instalaciones básicas, reparar aparatos, entender cómo funcionaba la corriente. Pensé que me sería fácil gracias a las memorias de mi vida anterior. Que podría destacar, sentirme competente en algo.

Fue un grave error.

Desde el momento en que crucé la puerta, supe que no encajaba. El taller olía a metal y sudor, las paredes estaban llenas de diagramas y herramientas colgadas. Y yo era la única chica.

Me senté en la primera fila, cerca del escritorio del profesor, imaginando que allí estaría más tranquila. Las miradas comenzaron casi de inmediato. Algunas eran curiosas, otras descaradas. Incluso escuché un par de silbidos antes de que llegara el maestro. Sentí la piel erizarse. Era como ser una oveja rodeada de lobos.

Recordé que, como Romeo, ese ambiente masculino me parecía divertido: las bromas pesadas, el ruido de herramientas, el olor a sudor. Era parte de la camaradería, de sentirse parte del grupo. Pero ahora todo eso era distinto. El mismo espacio, que antes me resultaba familiar, se volvió opresivo. La energía de los chicos me atravesaba con incomodidad. Como si cada mirada quisiera desnudarme. Como si mi presencia allí fuera una invasión, un error.

En medio de ese entorno, noté algo más: mis propios ademanes. Eran distintos a los de mis compañeros. Mis movimientos eran más suaves, contenidos, casi felinos. Cuando me giraba, lo hacía con una fluidez que no recordaba tener. Cuando cruzaba las piernas, lo hacia de forma natural, sin pensarlo. No supe en qué momento comencé a adoptar esos manierismos, pero ahora me salían solos. Tal vez era el año entero que llevaba viviendo esta vida, que poco a poco me moldeaba sin que me diera cuenta.

¿En qué momento dejé de moverme como chico?, pensé, y la pregunta me inquietó más de lo que esperaba.

El profesor llegó unos minutos tarde, pero apenas entró reprendió al grupo.

—Escuché los silbidos desde el pasillo —dijo con voz firme, recorriendo el aula con la mirada—. No voy a tolerar ninguna falta de respeto hacia su compañera. Este taller es para chicos y chicas por igual. El que no pueda comportarse, que se vaya.

Eso bastó para que todos se callaran. Luego comenzó la clase, explicando conceptos básicos de electricidad que yo ya conocía, pero que escuchaba con atención para no perder el hilo. Al final, nos dio una indicación importante: trabajaríamos en parejas, y tenían hasta la próxima sesión para decidir con quién trabajar.

Apenas terminó la clase, varios chicos se acercaron.

—Oye, ¿quieres ser mi compañera?

—Yo tengo más experiencia, conmigo seguro pasas.

—No le hagas caso a él, mejor conmigo.

Para mi sorpresa, parecía que medio salón quería trabajar conmigo. Seguro quieren ligarme, pensé con fastidio. A todos les dije que no, que aún no lo había decidido. Pero sabía que necesitaría un compañero. No podía hacer el trabajo sola.

Entonces recordé a Agustín, un chico que se había sentado también en la primera fila. Lo conocía de mi vida pasada: uno de los cerebritos del grado, con promedio casi perfecto, y lo que todos llamaban un "buen chico". Era tranquilo, estudioso, y lo recordaba como alguien respetuoso. No era el tipo de chico que silbaba a una compañera.

Lo busqué en uno de los recesos, acompañada de Diana. Lo encontramos conversando con un amigo cerca de las canchas. Respiré hondo y me acerqué.

—Oye, Agustín —dije, y él levantó la vista sorprendido—. La mayoría de mis compañeros de taller me dan mala espina. Me preguntaba si tú querrías ser mi compañero.

Agustín se quedó sin palabras. Literalmente abrió la boca y no salió nada. Un chico como él, tranquilo y estudioso, no estaba acostumbrado a que una chica como yo —porque sí, era consciente de que era muy atractiva— se le acercara con una propuesta así. Se sonrojó visiblemente.

—S-sí, claro —atinó a decir al fin, con una sonrisa tímida—. Me parece bien.

Diana me miró con una ceja levantada y una sonrisa cómplice. No dijo nada, pero su expresión lo decía todo.

Así se resolvió. Tendría al menos un espacio seguro dentro del taller. Alguien con quien trabajar sin sentirme acosada.

La última elección fue la del taller de arte. Solo había dos opciones: Danza y Música. Elegí Música sin pensarlo. No me apetecía bailar con ningún chico después de las últimas semanas. No quería sentir manos en mi cintura, no quería tener contacto con ningún chico de ser posible. En Música al menos podría sentarme en un rincón con mi instrumento y desaparecer.

...

Y poco a poco, mi vida comenzó a tomar forma. Caminaba todos los días con Diana rumbo a casa, y a veces se nos unían Gabriel y Ramón, un nuevo amigo de Gabriel que también vivía en la misma dirección. Ramón era gracioso, hablador, y siempre tenía algún comentario absurdo que hacer. Al principio me caía bien, aunque a veces lo notaba mirándome de más, principalmente mis piernas.

Concluido el primer mes de clases, ya me sentía un poco más en mi elemento. No del todo cómoda, no del todo aceptada, pero al menos menos perdida. Tenía a Diana, tenía a Gabriel de vez en cuando, tenía un compañero de taller que no me acosaba. Era suficiente.

Una tarde, mientras caminábamos los cuatro, Ramón soltó un comentario al aire:

—Oye, Julieta, ¿y tú por qué no tienes novio? Con lo bonita que eres, deberían estar peleándose por ti.

Sentí el estómago encogerse. Gabriel, a mi lado, se tensó visiblemente.

—No me interesa tener novio —respondí, con tono neutro.

—¿Por? —insistió Ramón—. ¿O es que te gustan las niñas?

Diana soltó una risa nerviosa. Gabriel apretó el paso.

—No es asunto tuyo —dije, y dejé el tema ahí.

Pero la pregunta quedó flotando. Y yo no supe bien cómo responderla, ni siquiera en mi cabeza.

¿Me gustan los chicos? ¿Me gustan las chicas? ¿Qué me gusta ahora?

Antes, como Romeo, la respuesta era simple: me gustaban las chicas. Había tenido crushes, había besado a alguna, sabía lo que quería. Pero ahora… ahora todo era confuso. Porque cuando veía a Gabriel, sentía mariposas. Pero no quería sentirlas.

Mi cuerpo está cambiando todo, pensé. Mis sentimientos también. Ya no sé quién soy.

Esa noche, frente al espejo, me observé largamente. Mis pechos, mis caderas, mi cabello largo. La niña que me devolvía la mirada ya no me resultaba extraña. Al contrario, empezaba a parecerme… familiar.

—Sigo siendo Romeo —susurré, pero mi reflejo no respondió.

Y por primera vez, no supe si le estaba mintiendo a mi reflejo o a mí misma.


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viernes, 10 de abril de 2026

El contrato


El contrato no decía cuántas horas trabajaría. Ni qué tareas debía cumplir. Solo una cláusula extraña en la letra más fina: "Compromiso de tomar una píldora y cumplir con los deberes de una esposa obediente."

Pensé que era una broma. Pero entonces vi que en la clausula se agregaba que me entregarían un auto del año, y la promesa de un depósito millonario. Firmé.

Los de Seguridad me pusieron una bolsa en la cabeza. Sentí movimiento. Voces apagadas. Luego… oscuridad.

Desperté con el cuerpo adormecido  y mi piel se sentía distinta. Más suave. Mi cuerpo era más pequeño y yo me sentía más sensible. Llevaba un vestido rosa muy corto y tacones; frente a mí estaba él.

—Bienvenida, Támara —dijo con una sonrisa tranquila—. Hoy comienza tu nueva vida. Cumple con tu parte… y yo cumpliré la mía.

Algo en su voz me hizo temblar. No de miedo. De anticipación.



No entendía por qué me sentía tan viva. Tan completa. Pero cuando me acercó a él, lo supe. Me levanto en el aire, gracias a mi nuevo cuerpo tan pequeño y ligero y comenzó a besarme con pasión me besó los labios pero también el cuello, los hombros y mis nuevos pechos regordetes. Después me colocó sobre su escritorio y me abrió las piernas, me retiró la tanga y me hizo suya... me embistió tan fuerte que tuve tres orgasmos seguidos. 

No había perdido nada. Solo había hecho un trato. Y salí ganando. Soy suya y a cambio él cuidará de mí y me dará todo lo que necesite.

jueves, 9 de abril de 2026

En el cine

 



De alguna manera, mis primas me habían convencido de ir a una cita triple con ellas usando solo mis Converse, unas bragas, un body-faja, un vestido ligero y un poco de maquillaje. Algo perfectamente normal, excepto por una cosa… yo era un chico, aunque mi cuerpo pequeño y delgado de adolescente no me delataba y me veía como una chica con la ropa correcta y un poco de maquillaje.

Cuando llegamos, los tres chicos nos esperaban. Mis primas corrieron hacia sus novios, mientras a mí me temblaban las rodillas. Fue Doug quien se acercó. Me saludó con un beso en los labios, de esos que ya nos habíamos dado una docena en la fiesta. No me molestaba besarlo,  pero ser visto por mis primas mientras lo hacía me incomodaba un poco.

Compramos las entradas y, como faltaba una hora, nos separamos en parejas. Doug y yo fuimos a tomar un helado. Sin mis primas vigilándome, fue más fácil besarlo sin vergüenza, dejando que sus labios se demoraran en los míos.

En el cine, la película era aburrida. Noté cómo mis primas dejaron de verla para besarse con sus novios, y entonces Doug volvió a inclinarse hacia mí. Después, sentí su mano deslizarse por la suavidad de mi muslo bajo el vestido, y sus dedos exploraron más allá, hacia mi entrepierna. Intenté cerrar las piernas, pero él fue más rápido y encontró mi virilidad aplanada bajo la licra. Su respiración se cortó un instante. Luego, acercó sus labios a mi oído y murmuró: “No importa”. Su mano se quedó allí, cálida y posesiva, acariciándome con una ternura que me hizo temblar. Tuve que morderme el labio para ahogar un gemido, mientras en la pantalla la historia continuaba, sin que nos importara.

Después de la función, pasamos un rato todos juntos en la fuente de la plaza, riendo y charlando. Fue un día especial que guardo con cariño, el primer día que me sentí como una chica, ¡y sucedió años antes de que el Gran Cambio me transformara en una chica de verdad!

Pero aún hubo una sorpresa más ese día: mis tíos ya nos esperaban, y yo seguía con el vestido puesto. No podía quejarme frente a los chicos, así que acepté mi destino y caminé hacia ellos vestido así. Mis primas les dijeron que solo había sido un reto tonto, aunque creo que mi tío no lo creyó del todo. Mi tía solo sonrió y me dijo que me veía muy linda.

De regreso a casa, mi cabeza era un lío. Me había gustado usar ropa de niña, comportarme como una, besar a un chico y dejar que me tocara… Pero eso no debería gustarme. ¿O sí?



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Parte 1: La Falda

Parte 2 Mis Primas

Parte 3: Una de las Chicas 

Parte 4: La fiesta

Parte 5: El Primer Beso 

Parte 6: Salida al Cine (Anterior)

miércoles, 8 de abril de 2026

Salida al cine


Cuando los chicos nos dejaron a nosotras, las "chicas", en casa después de la fiesta, mis primas comenzaron a burlarse de mis desventuras.

"Ariel, es una lástima que no seas una chica de verdad. Serías muy popular", dijo Ximena.

"Dime, primo, ¿se sintió bien besarse con un chico?... Me imagino que sí. Te vi besarte con Doug al menos tres veces", dijo Gaby, y ambas rieron.

Por suerte, a la mañana siguiente no siguieron las burlas. Habíamos ido a la fiesta sin permiso de mis tíos, y ellos ya estaban en casa, así que no se tocó más el tema ni nada relacionado con la fiesta.

Mi última semana en casa de mis tíos fue tranquila. Pasamos tres días bastante divertidos, pero ordinarios.

El miércoles, mis tíos nos dieron permiso para ir al cine. Saldríamos al mediodía. Pero a las diez, Gaby subió a verme a la habitación de invitados.

"Debes usar esto", dijo, entregándome unas bragas, un body-faja de una pieza y un vestido. La sorpresa en mi rostro se convirtió en terror. Mi prima, con prisa, continuó su explicación. "Los chicos nos acompañarán al cine: Marcos, Jorge... y también Doug".

Me sonrojé al escuchar el nombre del chico con el que me había besado apenas tres días atrás.

"No puedo usar eso. Es ropa de chica. Mis tíos no me dejarán salir así. Además, no quiero vestirme así".

Mi prima me miró y sonrió.

"No tenemos tiempo de discutir. Ponte las bragas, luego la faja, después el vestido. Luego, unos calcetines, un pants y una playera de chico. Mete el vestido debajo del pants sin que abulte. Así mis papás no notarán lo que llevas puesto".

"Pero... yo... no quiero", alcancé a decir antes de ser interrumpido.

"No tenemos tiempo de dudas. Ven con nosotras... Doug se pondrá muy triste si es el único chico sin pareja en el cine. Además, aquí nadie te conoce; nadie te va a reconocer ni a molestar..."

La imagen de Doug acompañando solo a las dos parejas me hizo sentir triste por él. Así que asentí.

"Está bien, lo haré", dije, sonrojado.

"Ah, y ponte tus Converse. Se verán lindos con ese vestido", dijo mi prima antes de dejarme solo.

Me coloqué la ropa como me indicó Gaby. Me contemplé unos segundos con el vestido puesto; incluso sin maquillaje, parecía una chica... Me puse el pants y la playera para esconder la ropa de chica. Me calcé mis Converse y salí al encuentro de mis primas.

Mis tíos nos dejaron en la plaza donde estaba el cine. Mis primas dijeron: "Corre, tenemos poco tiempo. Los chicos llegarán en veinte minutos". Gaby entró al baño de mujeres para revisar que estuviera vacío y salió rápido para indicarnos que podíamos entrar. Dentro, me ayudaron a quitarme la ropa de chico y a acomodar mi vestido. Luego me pusieron un poco de maquillaje. Me dijeron que me quitara los calcetines y los colocara en mi busto. Acomodé las dos prendas en las copas preformadas del body, dando lugar a unos pequeños senos femeninos. Como resultado, el chico que fui desapareció, y frente a mí estaba la jovencita que se había besado con Doug hacía unos pocos días.

Al salir del baño, nos dirigimos al encuentro de nuestros "novios". Los tres estaban ahí. Pude sentir mi corazón latiendo con fuerza cuando vi a Doug...

(Continuará mañana)


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Parte 1: La Falda

Parte 2 Mis Primas

Parte 3: Una de las Chicas 

Parte 4: La fiesta

Parte 5: El Primer Beso (Anterior)

Parte 6: Salida al Cine (Actual)


martes, 7 de abril de 2026

Momento de indecisión


Pasaron dos días desde que perdí la apuesta futbolera. Desde que mi Real Madrid cayó ante el Barcelona. Recordaba a Iván saltando de alegría cuando sonó el silbato final, su mirada buscándome, cargada de triunfo y promesa.

Y ahí estaba yo, contemplando el objeto de mi humillación: un body morado tan escaso de tela que era poco más que un conjunto estratégico de encajes. Los escotes profundos en el escote y la espalda parecían burlarse de mí, pero lo peor era la zona de la entrepierna, una simple tira de tela en forma de tanga. Se suponía que debía usar eso, y solo eso, todo el tiempo que él estuviera aquí. La idea era tan violenta para mi dignidad  que no podía soportarla. Estaba decidida a incumplir mía apuesta cuando sonó mi teléfono. Era Iván.

«Hola, bro, ¿ya estás vestida?». Siempre me decía "bro" para luego recalcar, con cruel ironía, mi nueva condición de mujer. Odiaba que hiciera eso y, secretamente, me encantaba la atención perversa.

«No voy a usar esto. Es demasiado corto.», dije, aferrándome a un último rescoldo de resistencia.

«Está bien. Como ya no tienes pene, tampoco tienes palabra de hombre. Te diría que eres una niña por no cumplir tu apuesta, pero la verdad es que ya eres una niña». Su voz goteaba sorna. «Ya casi llego. No te preocupes, podemos hacer algo más para entretenernos. Supongo que lo de las apuestas se acabó. Ahora que te vas a comportar como una nena mimada, no tiene sentido seguir».

Algo en sus palabras, en esa condescendencia que mezclaba el desprecio con la provocación, encendió una chispa de rabia y... algo más. Algo que se agitó en mi bajo vientre, un calor familiar y aterrador. No iba a permitir que me tratara así, que me redujera a una criatura caprichosa. Colgué de un golpe.

Con manos temblorosas y un nudo de orgullo en la garganta, me puse el body. La seda fría se pegó a mi piel, y la sensación de la tanga ajustándose entre mis nalgas fue tan íntima y me sentí  tan expuesta que casi me arrepentí al instante. Me miré en el espejo: me sentí tan vulnerable y, para mi horror, tan irresistible.

En ese preciso momento, sonó el timbre.

El corazón me latía con fuerza en el pecho, un tambor que anunciaba mi derrota y mi entrega. Respiré hondo, abrí la puerta y me resigné al destino que, en el fondo, había anhelado desde que todo comenzó.


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Parte 1: Las Apuestas














lunes, 6 de abril de 2026

Entrega total


Abrí la puerta. El body que llevaba era tan escaso que era una ofensa llevarlo puesto. Pero había decidido pagar mi apuesta.

Iván me miró sorprendido.

"Veo que decidiste comportarte como hombre y pagar tu apuesta", dijo con una sonrisa de victoria. Con esa tanga entre mis nalgas, no me sentía para nada como un hombre. La humillación me hacía sonrojarme como loca. Tres meses atrás había sido un hombre y ahora estaba usando un body escaso, en mi cuerpo femenino, mientras mi mejor amigo me observaba.

Lo dejé entrar y en cuanto me di la vuelta, me dio una nalgada que me hizo soltar un gemido femenino. "No hagas eso", le dije indignada.

"Lo siento, bro, tus nalgas se ven hermosas en esa tanga que llevas", dijo con una sonrisa.

Intentamos jugar Street Fighter, pero él me miraba de una forma que no me dejaba concentrarme en el juego. Lo dejamos después de un rato...

Estábamos platicando cuando, de pronto, me cargó como si yo no pesara nada y me sentó en sus piernas. Vestida así, sentada en sus piernas, me sentí tan indefensa que supe que estaba a su merced. Me dio un beso en los labios que no pude rechazar.

Cuando me di cuenta, sus manos recorrían mi cuerpo. Mi entrepierna se sintió tan mojada que dejé de respirar bien.

"Si quieres que te haga mía, solo pídelo", dijo.

Dios, no quería solo tomarme. Quería humillarme y someterme completamente. Yo ardía de deseo y le dije:

"Hazme tuya".

Me puso en cuatro sobre el sofa, hizo a un lado mi tanga y comenzó a embestirme. Pude sentir que mi masculinidad desaparecía por completo mientras me tomaba. Sentí tanto placer que comencé a gemir más fuerte con cada embestida. Gemía como una mujer, no, estaba gimiendo como una puta.

Me entregué al placer y nada más importó.


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Parte 1: Las Apuestas




Parte 6: Momento de Indesición (Sale Mañana)


sábado, 4 de abril de 2026

Top 14. Lo mejor del primer trimestre de 2026.





1. Las apuestas

Brandon e Iván tenían una manía compulsiva por las apuestas, les encantaba retarse y el perdedor cumplía un castigo. Cuando Brandon, víctima del Gran Cambio, se convierte en Brenda, la tradición de las apuestas sigue pero ahora el castigo para ella es modelarle lencería a su mejor amigo. Puedes leer esta caption [aquí]



2. La falda

Ariel, un chico pequeño y delgado sufre bullyng. Un día es obligado por sus abusadores a usar la falda del uniforme femenino... esta es solo la primer experiencia femenina de Ariel, y puedes leerla [aquí]



3. La solución. 

Saúl es un chico común que no tiene suerte con las chicas. Decidido a dar su primer beso antes de cumplir 20, toma una píldora rosa para convertirse en mujer, esperando poder ser la novia de su mejor amigo, Román. Aunque las cosas no saldrán como ella espera. Descubre por qué [aquí]


4 Un nuevo problema

La segunda parte de "La Solución". Ahora desde la perspectiva de Román/ Romina. Quién toma una píldora rosa porque nunca se sintió a gusto como hombre. Puedes leerla [aquí]


5. Por entrar a la fraternidad.

Un chico popular y que lo tiene todo es invitado a la fraternidad más exclusiva del campus. Aunque el rito de iniciación implica pasar 3 meses convertido en mujer... descubre que aventuras vivirá nuestra protagonista [aquí]



6. Otra apuesta

Brenda continua perdiendo las apuestas, pero comienza a disfrutar lucir sensual y provocativa para Iván. Puedes leer la segunda parte de esta caption [aquí]


7. Plantado en el altar

Un paciente de Clínica Venus, que llega a la clínica buscando curar su corazón roto por haber sido plantado en el altar. El tratamiento un cambio de género para que la paciente pueda volver a encontrar el amor. Puedes leer la caption [aquí]


8. Tratamiento contra la infertilidad.

Otra historia de Clínica Venus, el paciente llega buscando una cura contra la infertilidad, aunque el tratamiento también incluye un cambio de sexo. Puedes leer la caption [aquí]


9. Lo mejor para mí.

Continuan las aventuras de Samantha, el chico que tomó una píldora rosa para dar su primer beso antes de cumplir 20. Puedes leer la actualización [aquí]


10. Mis primas.

La segunda parte de "La Falda". Ariel tiene una nueva interacción con la ropa femenina al visitar la casa de sus tíos y quedarse sin ropa limpia. Terminará usando ropa de sus primas en una experiencia que puedes leer [aquí]


11  A menudo pienso en mi primer día como mujer

Una caption de transformación forzada y dominación. Puedes leerla [aquí]


12. Juego de confianza.

Brenda pierde otra apuesta y su castigo es usar un conjunto sensual mientras su mejor amigo le recorre el cuerpo con las manos. Descubre qué siente Brenda, que hace tres meses era un chico. [aquí]


13. Valores Tradicionales

 ¿Qué pasa cuando un chico que creció en una familia que le inculcó valores tradicionales despierta convertido en una chica? Puedes descubrirlo [aquí]


14. No puedo creerlo

Una historia de feminización forzada, un chico es transformado en mujer por su mejor amigo. Y aunque al principio siente ganas de matarlo, de pronto se disipan y sólo siente deseos de estar con él. Puedes leer la caption [aquí]


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Comenzamos el año con buenas vistas. Es difícil encontrar tiempo para mi trabajo y mi vida y dedicarle tiempo también al blog pero vale la pena. Esta vez traigo el top de captions del primer trimestre de 2026. 

En la captura se ven 15 entradas pero es porque "El Totem" no es una caption sino parte de un relato.


viernes, 3 de abril de 2026

Las apuestas



Mi mejor amigo, Iván, y yo siempre tuvimos una afición por los juegos y las apuestas. No nos gustaba apostar dinero; nuestro trueque eran los retos. Recuerdo la vez que él corrió alrededor de la manzana en calzoncillos después de que le gané, y la ocasión en que yo, por perder, me lancé a la piscina de la prepa con toda la ropa puesta.

Una mañana, todo cambió cuando desperté en el cuerpo de una mujer. Había sido víctima del "Gran Cambio". Mi identidad legal pasó de Brandon a Brenda. Unos días después, Iván vino a visitarme y me dijo que, a pesar de todo, nada tenía por qué cambiar entre nosotros. "Sigues siendo mi bro, aunque ahora tengas unas tetas lindas", me dijo. Solo pude sonrojarme y sonreír.

Después de un tiempo, retomamos nuestras apuestas. Supongo que fue mi manera de aferrarme a que las cosas volvieran a la normalidad. Le gané en el FIFA y su castigo fue usar un vestido en la escuela. Lo hizo, y fue tan gracioso como humillante.

Pasaron un par de semanas hasta nuestra siguiente apuesta. Esta vez, perdí yo. Me pidió que le modelara un conjunto erótico de colegiala —una minifalda y un top pequeño— y que le permitiera tomarme algunas fotos. Le dije que no lo haría, pero él me recordó que siempre habíamos cumplido con nuestros retos. Al final, accedí. Me entregó el conjunto; al parecer, ya lo tenía preparado.

Recuerdo haberme sentido completamente expuesta con tan poca ropa. Él me guió para que adoptara poses sensuales que acentuaban las curvas de mi nuevo cuerpo, y tomó varias fotos. Al final, levantó un poco mi falda para ver mis bragas. Solo pude sonrojarme, negándome a admitir lo excitada que estaba… y lo mucho que deseaba que llegara la próxima apuesta.




jueves, 2 de abril de 2026

La falda


De niño siempre sufrí acoso escolar. Era delgado, de huesos finos y con rasgos delicados. Todos me decían que parecía una niña.

Un día, el peor de todos mis bullies, Alan, junto a sus secuaces, me acorralaron en el baño de la escuela. El aire olía a desinfectante agrio y a humedad. Me quitaron el pantalón a la fuerza y me pusieron una falda. La tela era sintética, áspera contra mi piel. Sentí el frío del azulejo en la espalda y un vacío ardiente en el estómago. "Esa falda te queda muy bonita, Ariel; hasta tu nombre es de niña", dijeron mientras se llevaban mi pantalón.

Tuve que permanecer así el resto del día. El roce de la falda contra mis piernas era un recordatorio constante de mi situación. El sudor frío me pegaba la camisa al cuerpo. Lo más humillante fue que, a pesar de mi pelo corto, muchos en los pasillos creyeron que era una niña de verdad. Susurraban. Algunos se reían. Otros solo me miraban con curiosidad. La vergüenza tenía un sabor metálico en mi boca.

...

Unos años después llegó el Gran Cambio. Mi cuerpo se transformó. Ahora soy una mujer biológica aunque sigo siendo joven, ahora soy una señorita... Los recuerdos de aquella falda impuesta han sido reemplazados por la suavidad de las faldas que elijo ponerme libremente.


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Parte 1: La Falda (Actual)

Parte 2 Mis Primas (Siguiente)


miércoles, 1 de abril de 2026

La solución

 


Quiero contarles una historia graciosa. Hasta hace unos días yo era Saúl, un chico normalito al que le encantaban los superhéroes, la ciencia ficción y el anime. Desde pequeño fui pésimo para socializar y, de hecho, solo tuve un amigo: Ramón. Éramos como dos clones con lentes; inseparables, mismos gustos… y mismo problema: las chicas ni nos volteaban a ver ni por error.

Un día me quejé con mi hermana mayor y, entre risas, me dijo:
—La solución es fácil: que uno de los dos tome una pastilla rosa y se convierta en la novia del otro.
Y, como si nada, agregó que siempre había querido una hermana y que podía conseguirme la dichosa pastilla si me animaba. Yo me quedé callado. Aunque sonaba a chiste, la idea me pareció… curiosamente práctica. Cuando se lo conté a Ramón, en lugar de reírse, me dijo:
—Pues, no suena tan mala idea.
Y ahí fue cuando la locura comenzó.

Mi hermana me dio la pastilla rosa y, en cuanto la tomé, ¡pum!, me desmayé. Al despertar… bueno, digamos que los “grandes cambios” habían llegado. Tenía curvas donde antes había ángulos rectos, y cada vez que me movía algo rebotaba que antes no existía. Me pasé el primer día mirándome en el espejo como si estuviera viendo un cosplay con presupuesto ilimitado. Mi hermana se moría de risa mientras me enseñaba a caminar sin parecer un robot y a no mirar con sospecha ese par de “nuevos compañeros de viaje” que ahora me seguían a todas partes.

Lo más raro fue ponerme falda por primera vez. Sentía el aire frío en las piernas y la paranoia de que todo el mundo estaba mirando justo donde no debía. Caminaba con las rodillas pegadas como si llevara un secreto nuclear entre ellas. Pero, aunque estaba nerviosa, había algo que me ilusionaba más que nada: la idea de ver a Ramón, de que me reconociera y, quién sabe… tal vez dar mi primer beso.

Un par de semanas después mi hermana me acompañó de compras y elegí un outfit especial para mi primera cita con él. Mientras lo esperaba en el parque, repasaba mentalmente cómo sonreír, cómo hablar con voz dulce y, sobre todo, cómo no tropezarme con los tacones. “Ojalá le guste ahora que soy Sandra”, pensaba, con mariposas en el estómago.

Pasaron quince minutos y Ramón no aparecía. Saqué el celular y lo llamé. Entonces pasó lo más inesperado: escuché su tono de llamada justo detrás de mí. Me giré y vi a una chica muy guapa sosteniendo el teléfono. Contestó y dijo “hola”… y su voz salió por mi bocina. No había lugar a dudas. Ramón también había tomado la pastilla.




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lunes, 30 de marzo de 2026

Mi otro blog

   


Mañana mi segundo  blog cumple tres meses. Allá solo se publican captions, nada de relatos. Publico diario. Tandas de 15 captions y luego 5 días de descanso

Para visitarlo hagan clic en:

https://johanatgcaps.blogspot.com/?m=1


domingo, 29 de marzo de 2026

El primer beso


De alguna manera, mis primas habían logrado convencerme de ir a una fiesta con sus amigos en vestido y tacones. Esto fue antes del Gran Cambio y yo, en ese entonces, era aún un varón. Y me sentía muy incómodo por pretender ser alguien que no era.

Ximena notó la incomodidad en mis ojos y, con una sonrisa, me dijo: "Eres muy lindo y tímido. La personalidad perfecta para una chica. Solo recuerda referirte a ti mismo en femenino y nadie notará que no eres una chica."

"Y mantener las piernas juntas cuando te sientes para no mostrar las bragas", agregó Gaby. "Lo vamos a pasar increíble; seguro que le gustas a más de un chico".

Eso era justo lo que no quería oír.

En la fiesta, Ximena nos presentó a sus amigos. Por la manera en que se trataba con uno de ellos, Marcos, me hizo pensar que era su novio y no solo su amigo. Desde que se encontraron, se aislaron del grupo y se perdieron de vista. Estuve conviviendo solo con Gaby hasta que dos amigos de Ximena se nos acercaron: Jorge y Doug. Ambos, al parecer, ya conocían a Gaby, quien los saludó con una sonrisa y me presentó como su prima Ariel. Ese era mi nombre real, y eso me asustó un poco, hasta que recordé que es un nombre neutro, que funciona tanto para chico como para chica.

De pronto, Jorge sacó a bailar a Gaby y me quedé sola con Doug. Doug me dijo que Jorge estaba enamorado de Gaby y que era probable que ellos no volvieran en un rato.

Empezamos a hablar de videojuegos, y le gustaban mucho los mismos juegos qué a mí. Castlevania, Resident Evil, Ninja Gaiden. Era una plática muy divertida, hasta que me dijo: "Es raro que una niña tan linda juegue a videojuegos tan violentos".

Pensé que me había descubierto y no supe qué decir... cuando me di cuenta, él estaba acercando su cara a la mía y me dio un beso. No lo rechacé, y nos besamos un largo rato. Me dolía aceptarlo, pero se sentía bien besar a un chico.

Pasamos el resto de la fiesta juntos, platicando, bailando y besándonos. Me sentía bien, pero confundido. Es decir, yo era un chico; no debería usar ropa de chica ni besar a otro chico. Y tampoco debería disfrutarlo tanto.

Cuando la fiesta terminó, las tres "primas" volvimos a casa de mis tíos, acompañadas de nuestros "novios". Era muy vergonzoso que mis primas me vieran caminando de la mano con Doug, y peor aún que vieran cómo nos despedimos con un beso en los labios. Pero lo peor era saber que yo estaba lleno de dudas, pensaba que tal vez en el fondo si era una chica y por eso mi cuerpo era tan pequeño y delgado... y por eso me gustó tanto besar a un chico.

...

Por suerte, unos años después ocurrió el Gran Cambio, me convertí en una mujer completa y las dudas desaparecieron. Mi primera vez fue con Doug, pero esa es historia para otro día...

Hasta la próxima. 


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Parte 1: La Falda

Parte 2 Mis Primas

Parte 3: Una de las Chicas 

Parte 4: La fiesta

Parte 5: El Primer Beso (Actual)

Parte 6: Salida al Cine (Siguiente)

sábado, 28 de marzo de 2026

La fiesta




Un año antes del Gran Cambio, cuando aún era un chico, fui de visita a casa de mis primas. Habían pasado dos años desde que usé la ropa de mi prima menor cuando me quedé sin ropa propia para usar. Un año después de eso no las visité porque a Mafer le dio varicela. Era nuestro reencuentro tan esperado.

Durante los primeros tres días, todo fue muy normal. Ni siquiera mencionaron mi episodio usando ropa de niña.

El sábado, mis tíos fueron a visitar a la abuela en otro estado, dejándonos solos a mis primas y a mí. Volverían temprano al otro día con el desayuno. Mi prima mayor, Ximena, estaba a cargo de Gaby, mi prima menor, y de mí. Pensé que pasaríamos la noche jugando juegos de mesa, pero mis primas tenían otros planes.

Un amigo de Ximena las había invitado a una fiesta. Sabían que sus papás no las dejarían ir, así que lo guardaron en secreto hasta que se fueron.

Ximena y Gaby revisaron mi ropa y concluyeron que ninguno de mis atuendos era adecuado para la fiesta. Así que tenía dos opciones: quedarme en casa y esperarlas, o usar ropa de Gaby (la menor de ellas) para ir. Decidí quedarme, pero ellas me dijeron que la fiesta iba a ser muy divertida y que era peligroso para dos chicas ir solas por la calle. Al final, acepté ir con ellas...

Antes de darme cuenta, estaba usando una pantifaja que mis primas dijeron que servía para darle forma bonita a mi cuerpo. Descubrí, con un poco de miedo, que también ocultaba mi miembro viril. Luego vino el vestido negro, que con sus copas preformadas daba la ilusión de que tenía unos pequeños pechos. Después, vi a mis primas pasarme brochas y tubos por la cara y por el pecho. Cuando por fin me dejaron verme en el espejo, el niño que era había desaparecido. Ahora, el reflejo de una niña bonita me devolvía la mirada desde el cristal usaba un vestido entallado y de alguna forma su busto se veía con más volumen.

Mientras me contemplaba mis prinas me dieron unos tacones de un centímetro y un bolso para completar el conjunto. Caminar con esos zapatos era una tortura. Pero no pude pensar mucho en eso porque cuando me di cuenta, me estaban llevando por la calle camino a la fiesta, que estaba a unas cuadras de casa de mis tíos. Me sentía aterrado pero también extrañamente fascinado al saber que era un chico vestido de chica caminando por la calle con unos tacones que hacían clic clac y un atuendo que gritaba "soy una chica sexy"...

(Continuará mañana)


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