miércoles, 21 de enero de 2026

¿De verdad eres tú?

 


¿Miguel? ¿De verdad eres tú? ¡Dios mío! ¿Mi exnovio es una mujer guapa ahora? ¿Cómo paso eso?

¡Ay, hola, cariño! Bueno, ayudé al nuevo vecino, el Sr. Rodríguez, a mudarse a la casa de al lado. Él estaba acomodando muebles pesados, y yo le quité el polvo, fregué los pisos y le preparé la cena. Me dijo que sería una excelente ama de casa y que quería tener una esposa como yo. Pensé que era una broma y me reí. ¡Y no se lo tomó nada bien! Me encerró en su casa y me dió una píldora rosa para feminizarme.




¿Y no te resististe?

Claro que me resistí. Pero fue inútil. Él es un gigante alto y musculoso, y yo era pequeño y mucho más débil que él.  Tu misma me dejaste cuando no pude protegerte de los abusadores, ¿recuerdas? Y las píldora y unas preparaciones especiales transformaron mis pequeños músculos en grasa femenina. ¡Ahora soy más débil que la mayoría de las mujeres!¡ Pero para las mujeres no es vergonzoso ser débil! Mi esposo siempre me lo dice. 



¿Tu esposo?

Sí. Después de la transformación, me obligó a convertirme en su esposa. Así que ahora soy una mujer casada. Soy la Sra. Melisa Rodríguez. 

martes, 20 de enero de 2026

La esposa del pastor



Crecí bajo el techo del pastor Ruiz, mi padre, en un hogar donde todo tenía su lugar: él guiaba, mamá obedecía, y yo debía prepararme para seguir sus pasos en el púlpito. Mi vida entera giraba en torno a la fe, a las Escrituras, al deber.

Pero cuando ocurrió el gran cambio, desperté convertido en mujer. En un principio pensé que era una prueba, un castigo divino… pero con el tiempo entendí que era parte del plan de Dios. Dejé el traje y la Biblia que usaba para los sermones, y mamá me enseñó a usar vestidos, a servir, a ser la mujer que debía ser.

Papá comenzó a entrenar a Hugo, un joven devoto, en el oficio de pastor. Al principio sentí celos: antes era yo quien recibía sus enseñanzas, sus consejos, su mirada orgullosa. Pero Hugo fue siempre amable, atento… y poco a poco, mi corazón se inclinó hacia él.

Ahora espero el día en que Hugo sea ordenado como pastor. Entonces tomaré mi lugar a su lado, como su esposa. Lo acompañaré donde la iglesia nos envíe. Seré su apoyo, su descanso, su paz.
Y cumpliré mi papel con dulzura y obediencia… seré sumisa en la cama y lo complacere siempre, así deben ser las cosas. 




lunes, 19 de enero de 2026

Fusión Corporativa




Fusión Corporativa

Dos titanes de la industria tecnológica se enfrentaban en un duelo que ya no podía postergarse. Axel Fontaine y Luis Moreno, CEOs de dos de las startups más poderosas del continente, sabían que su fusión sería histórica. Juntos dominarían mercados, atraerían capitales, y redefinirían la tecnología en tres continentes. El problema era simple: ninguno quería ceder el control.

Meses de reuniones. Propuestas, abogados, cifras, egos. Nada funcionaba.

Hasta que un mediador, silencioso y discreto, les ofreció una solución radical. Clínica Venus.

— La forma más rápida de unificar empresas —dijo con una sonrisa— es eliminar la competencia. Uno de ustedes se convierte en la esposa del otro. Una única firma. Una única visión. Una sola voluntad al mando.

Ambos hombres rieron al principio. Pero algo en la idea… despertó la curiosidad. El poder absoluto. La rendición total. El control perfecto.
Para decidir quién conservaría su puesto y quién lo cambiaría por un vestido y una vida de sumisión, escogieron el único lenguaje que ambos respetaban: una partida de ajedrez.

El acuerdo era simple:
— El ganador se quedaría con la presidencia de la nueva empresa.
— El perdedor iría directo a Clínica Venus, donde sería transformado física y mentalmente para convertirse en la esposa ideal del otro.

La partida fue intensa. Dos horas de estrategia, tensión y respiraciones contenidas. Axel ganó.

Luis se mantuvo en silencio. Cerró el tablero, apretó los labios… y firmó los papeles sin discutir. Esa misma noche, fue recogido por una limusina negra sin placas y llevado a las instalaciones privadas de la Clínica.

Allí, comenzó el verdadero proceso. Luis fue despojado de sus trajes, de sus claves de acceso, de sus derechos. Tomó la pastilla rosa bajo observación y fue asignado al programa especial: Reprogramación Ejecutiva Reversiva.

Durante treinta días, se le presentaron nuevas prioridades:

“Ya no debes tomar decisiones. Solo verte hermosa.”
“El liderazgo era una carga. Ahora tu misión es complacer.”
“Cada vez que sonríes para tu esposo, fusionas algo más profundo que cualquier empresa.”

Su cuerpo se moldeó a la perfección. Pechos firmes, caderas anchas, cintura estrecha. Su mente se ajustó al ritmo suave de la obediencia. Su nuevo nombre fue Lucía Fontaine.

Cuando Axel la vio por primera vez tras su transformación, solo dijo:
— Valió cada jugada.

La boda fue sencilla, privada, con un solo contrato firmado: la propiedad total de la empresa y del cuerpo de Lucía, ahora oficialmente su esposa.

Hoy, Lucía no revisa correos ni hace presentaciones. Su agenda está llena de clases de yoga, rutinas de gimnasio, citas para depilación y sesiones de obediencia marital. Vive en una residencia de lujo con vista al mar, donde cada habitación tiene un espejo para recordarle quién es.

"Pensé que perdería el poder. En realidad, me liberé de él."
Eso escribió Lucía en una nota manuscrita enviada a la Clínica en su primer aniversario de bodas.











domingo, 18 de enero de 2026

Me fascinan las faldas

Desde que tenía cinco años, las faldas de mis compañeritas me fascinaban. No era solo el color o los dibujos, sino la forma en que flotaban cuando ellas corrían, como si atraparan un pedazo de viento. Yo me quedaba mirándolas con una mezcla de curiosidad y anhelo que no podía explicar.

Una tarde, creyendo que estaba solo, abrí el cajón de mi mamá y encontré unas pantimedias. Eran suaves como un susurro, tibias al tacto. Me las puse, sintiendo cómo mi piel parecía abrazar la tela. Apenas estaba mirándome en el espejo cuando escuché el ruido de la puerta. Ella estaba ahí, inmóvil, observándome. No gritó. No preguntó. Solo me sostuvo la mirada, como si guardara una respuesta que yo aún no podía entender.

Unos días después, me llamó a su habitación. Sobre la cama había un vestido pequeño, de una prima que ya no lo usaba. Me dijo que lo llevaría como castigo. Me lo colocó con firmeza, esperando que me avergonzara. Pero cuando la tela rozó mi piel y vi mi reflejo, sentí una alegría que me calentó el pecho. No era un castigo. Era un regalo que no se atrevía a nombrar.

El tiempo pasó y ese interés no desapareció. Al cumplir trece años, mi mamá me miró con una mezcla de ternura y resolución.
—No puedes ser un hombre que usa ropa de mujer —dijo, mientras ponía en mi mano una pequeña pastilla rosa.

La tomé, y con ella, dejé de ser Antonio. Desde ese día fui Alexia. Comencé a vivir como siempre había soñado: vestidos cada mañana, medias suaves, el cabello suelto. Y en cada paso sentía que el mundo, por fin, tenía mi forma.

Cuando volví a la secundaria convertida en mujer, todo cambió. Me volví muy popular, más de lo que jamás imaginé. Hice amigas, aprendí a jugar con las miradas, y ahora tengo un novio que me hace sonreír todos los días. La vida, sin duda, se volvió mucho más interesante.





sábado, 17 de enero de 2026

Tratamiento Contra La Infertilidad



Cliente 0612 llegó a Clínica Venus con el corazón roto.

Había estado casado durante dos años con la mujer que creyó sería la madre de sus hijos. Desde niño, soñaba con tener una familia. Enseñar a un hijo a andar en bici. Ver una caricatura abrazando a su hija. Ser ese papá paciente, divertido, protector.

Pero el diagnóstico fue claro: infertilidad irreversible.

Intentaron tratamientos. Inseminación. Adopción. Nada los unió. Su esposa se fue. Él se quedó con una casa silenciosa, una cuna vacía en el pasillo y una fe quebrada.

Fue entonces que escuchó hablar de Clínica Venus.

Vino con una sola pregunta:
—¿Es posible… ser fértil otra vez?

Nuestra respuesta fue desconcertante:
—Sí. Pero no como padre.

Durante semanas dudó. Rechazó la idea. Luego empezó a imaginarlo. ¿Y si podía ser madre? ¿Y si su cuerpo podía dar vida, aunque no de la forma que había soñado?

La transformación fue pausada, respetuosa. Con cada sesión, algo dentro de ella sanaba. Se miraba al espejo con incredulidad al principio. Luego con cariño. Al final, con ternura. Descubrió que sus manos seguían siendo cuidadoras, aunque ahora tuvieran uñas pintadas. Que su voz podía calmar, aunque sonara distinta. Que su instinto de criar seguía intacto, solo había cambiado de forma.

En una gala de la clínica —una de nuestras noches de celebración— conoció a Damián, un hombre diez años mayor que ella, con barba plateada, manos firmes y una mirada que no la juzgaba, sino que la escuchaba.

Bailaron.

Luego compartieron café.

Luego compartieron el resto de sus vidas.

Se casaron en primavera. Él le propuso formar una familia. Ella lloró cuando el test dio positivo. Lloró porque era real. Porque al fin… iba a tener un hijo.

Hoy, en su octavo mes de embarazo, camina por la clínica con una mano sobre su vientre. A veces ríe, a veces canta. Ya no duele haber perdido a su antigua vida. Porque esta —aunque nunca la imaginó así— le dio aquello que más anhelaba.

Un hijo. Una familia. Y un cuerpo capaz de dar amor en su forma más pura.

Clínica Venus. No cumplimos tus sueños: los transformamos.




viernes, 16 de enero de 2026

No me importa



A mi marido le encanta que su antiguo mejor amigo sea ahora una mujer débil mientras él vive la vida de un hombre fuerte. Me obliga a usar faldas y vestidos únicamente y quiere que sea ama de casa y que pronto sea madre.


¡No me importa, me encantaría estar embarazada de él, quiero ser mamá y también me encanta ser mujer!

jueves, 15 de enero de 2026

Todos los hombres son basura


 

¡Todos los hombres son basura!

Ahora entiendo por qué mamá me hizo tomar esa píldora rosa. Yo era un chico problema, impulsivo, terco… seguro habría terminado mal. Pero desde que me convertí en mujer, conocí todo el universo que antes despreciaba.

Me enamoré de Paco. Lo conocí en la universidad, era dulce, atento… o eso creía. Le di mi amor, mi tiempo, incluso mi primera vez. Nueve meses de relación, hasta que su “mejor amiga” dejó de ser solo eso.

Me engañó. Todo el tiempo. Quise gritarle, llorar, romper todo. Pero mamá me recordó:
—Ya no eres un hombre. No resuelvas con fuerza. Resuelve con inteligencia.

Así que lo hice. Fingí. Sonreí. Y esperé.

Dos meses después, cuando tuvo una infección, lo acompañé al médico. Yo misma fui a recoger sus medicinas. Y le di la pastilla equivocada. Una rosa. Muy parecida. Pero completamente distinta.

Hoy, Paco ya no es Paco. Tampoco es un hombre.  Ahora se llama Paola, Pao.

Y no sé si será una buena mujer. Pero sé que ya no puede seguir siendo un mal hombre.

miércoles, 14 de enero de 2026

Nuevo Blog

  



Llegué al punto en que tengo tanto material sin publicar que cree un nuevo blog. 

Pueden visitarlo en:

https://johanatgcaps.blogspot.com/

El blog de allá estará enfocado 100% en captions y este mantendrá su equilibrio de 50% captions y 50% relatos.

Disculpen si hago spam de mi nuevo blog pero quiero tener visitas también allá. 

martes, 13 de enero de 2026

Sólo obedeceme



"¡Ven aquí, cariño, y siéntate a mi lado!", me dijo Oswaldo. "Tengo buenas noticias, querida. Sé que cuando eras chico te sentías muy estresado por tener que trabajar, ganarte la vida y tomar todas esas decisiones. Te secuestré, te transformé en mujer y ahora asumo toda la responsabilidad por ti. Ya no tienes que preocuparte por eso, ni por nada más, excepto por una cosa: tu total obediencia hacia mí. De ahora en adelante, tomaré todas las decisiones por ti. Todo tu estrés se ha ido. Solo obedéceme, haz lo que te digo, y podrás ser feliz, libre de preocupaciones, libre de estrés. Ahora soy tu esposo y protector, y tú solo eres una mujer débil. Mi esposa. Las únicas tres cosas que debes decidir cada día: qué vestido o falda ponerte, qué medias o pantimedias usar y qué color de lápiz labial usar para verte guapa para mí."



"Ve ahora a nuestra habitación y dame las gracias por todo lo que estoy haciendo por ti..."

lunes, 12 de enero de 2026

La llamada

 


Hola Armando, tienes que ayudarme. ¿Qué quieres decir con "¿Quién es?" Soy tu mejor amigo Saul. Sí, soy yo, no puedo evitar sonar como mujer, es que estoy en el cuerpo de una mujer. Alguien me debe haber hecho algo y ya no puedo sonar como un hombre. Incluso voy vestido de mujer. 


¿Qué? ¿Qué llevo puesto? Bueno, llevo un conjunto corto de dos piezas morado muy bonito y un conjunto a juego de ropa interior, bragas y un brasier. Me acabo de despertar y me encontré en esta habitación vestidobasí y ni siquiera puedo quitarme el maquillaje. 



¿Qué? Tengo el pelo largo, aunque sigue siendo negro y mi peinado es femenino. Ayúdame, amigo, tráeme ropa de hombre lo antes posible, estoy empezando a pensar en cómo me veo y sueno. Ay, Dios mío, ¿por qué se me ponen duros los pezones (¡ay, no, tengo pechos de verdad!) y por qué se me moja la entrepierna (¡ya no tengo pene, tengo vagina!) cuando hablo? ¿Ahora contigo? ¡Oh, oigo tu voz tras la puerta! ¡¿Tú me hiciste esto?! ¡¿Siempre me quisiste como a una mujer?! ¿Seré tu esposa?... ¡Ay, qué me pasa?! ¡Empiezo a pensar como una mujer!... ¡Sí, mi amor, tu esposa está lista para ti! ¡Tómame ahora, mi amado esposo!

domingo, 11 de enero de 2026

Condena


El sol de la tarde acaricia mi piel mientras espero en el parque. La minifalda blanca deja que el viento juegue con el borde, y la blusa rosa, ceñida y ligera, apenas disimula los latidos que me delatan. No puedo evitar sonreír al pensar en lo diferente que es mi vida desde hace ocho meses.

A veces me cuesta creer cómo empezó todo. Antes era un muchacho lleno de rabia, incapaz de entender un “no”. Cuando Tamara me rechazó, la furia me cegó. Intenté golpearla, y aquello cambió mi destino. Frente al juez, su defensa propuso algo inverosímil: evitar la prisión si aceptaba tomar una píldora rosa y vivir un año como mujer. Un castigo, decían, para enseñarme empatía. Acepté, convencido de que seguiría siendo yo bajo una nueva piel. Qué equivocado estaba.

Los primeros días fueron desconcierto puro. La ropa, las miradas, el peso distinto del mundo. Tenía que tomar alguna clase para socialiAr en mi nuevo rol como parte del arreglo, así que me inscribí en baile. Allí conocí a Jorge.

Jorge... tan dulce, tan atento. Siempre con una broma suave en los labios, siempre mirándome como si yo fuera algo frágil y valioso. Al principio me irritaba; no quería su ternura, no quería su protección. Pero poco a poco comencé a esperarla. Comencé a esperarlo a él.

Un día, se me declaró. Dijo que le gustaba mi forma de moverme, mi sonrisa, la manera en que me mordía el labio cuando estaba nerviosa. No supe qué responder. Recordé el “no” de Tamara, su firmeza. Por primera vez entendí lo que significaba tener el poder de elegir. Le dije que no. Y él lo aceptó con la misma serenidad con la que me había confesado su amor.

Dos meses después, sigo pensando en su mirada. En cómo me trata, en cómo me escucha, en cómo me hace sentir viva. Y hoy... hoy ya no quiero seguir fingiendo que puedo resistirlo.

Me puse la falda más corta que tengo, la blusa que mejor abraza mi cuerpo, y vine al parque con el corazón temblando. Él no sabe nada: ni de la píldora, ni de mo pasado, ni del chico que fui. Solo conoce a la mujer que soy ahora.

Lo veo venir. El sol le da de lleno en la cara y mi respiración se acelera. Cuando llega, me sonríe con esa calma suya que siempre me desarma.
—Te ves hermosa —me dice.
—Gracias —susurro—. Jorge… hay algo que quiero decirte.

Él se sienta junto a mí, curioso. Mis manos tiemblan.
—Aquella vez… cuando dijiste que te gustaba, yo te dije que no. Pero no fue porque no sintiera nada —le confieso—. Fue porque tenía miedo.
Sus ojos se suavizan, y el silencio que nos rodea se vuelve cómplice.
—¿Y ahora? —pregunta.

Respiro hondo.
—Ahora no quiero seguir fingiendo. Si aún sientes lo mismo… quiero ser tu novia.

Jorge se queda quieto por un segundo. Luego sonríe, despacio, como si no quisiera romper el momento.
—Claro que sí —responde.
Y antes de que pueda decir algo más, se inclina hacia mí.

Su beso es cálido, suave, pero también seguro. Me acaricia la mejilla, y siento humedad en mi entrepierna. Siento que existo.

Cuando nos separamos, apoyo la cabeza en su hombro.
No le diré nunca la verdad. No necesito hacerlo.
Porque en el fondo, ya no importa cómo empezó esta historia.

En unos días tengo reunión con los abogados de Tamara y el juez para decidir si seguiré viviendo así o volveré a ser hombre. 
Yo ya decidí vivir mi vida como mujer. 







sábado, 10 de enero de 2026

Disciplina del lápiz labial (46)

 



Capítulo 46. Papá conoce a su niña. 

Louise pidió otra botella de champán y yo empecé a disfrutar. Aceptar la situación me permitió relajarme y, al poco tiempo, ya estaba riendo y pasándolo genial.

—Vamos, princesa, cuéntame de ti —me animó mi madrastra—. No es la primera vez que sales como chica, ¿verdad?

Mi lenguaje corporal me delató y me encontré contándole cosas que jamás habría pensado revelarle a nadie… Quería limitar mis historias a cómo mi madre me obligaba a disfrazarme. Louise era tan comprensiva y se interesaba tanto en escucharme hablar que se me escapó lo del día de Sadie Hawkins. Una cosa llevó a la otra y le conté también que Danny y yo a veces jugábamos a disfrazarnos.

—¡Tienes una amiguita con quien compartir tu secreto! ¿No es dulce?

Asentí.

—No puedes contárselo a mi papá —susurré—. ¡Prométeme que no lo harás!

Mi madrastra soltó una risita.

—No, princesa, no diré ni una palabra. Te lo prometo.

Después de todo el champán, tuve que ir al baño. Louise me acompañó. Me observó con atención mientras me acomodaba las medias y el vestido.

—¡Eres una niña! ¡Te lo juro, Greg, si fueras mío, no te dejaría usar ropa de chico!

Después de arreglarnos el maquillaje, volvimos a nuestra mesa. Louise no dejaba de recorrer el lugar con la mirada.

—¿A quién buscas? —pregunté.

Mi madrastra asintió.

—Ya lo verás.

Miré a mi alrededor, sin saber qué esperar. Había perdido el miedo tras mi encuentro con el hombre bigotudo. Al fin y al cabo, casi no conocía a nadie en este pueblo… casi.

Mi padre estaba, a menos de seis metros de distancia, escudriñando a la multitud. Luego caminó hacia nosotros, con una sonrisa, sus ojos abiertos de alegría mientras se fijaban primero en mi madrastra y luego en mí.

Estábamos de pie junto a la mesa mientras mi papá se acercaba. Parecía tan feliz que no podía creerlo. Le sonrió a Louise y luego a mí. No entendía por qué era tan amable. Sabía que se enojaría al verme vestido de chica. Le devolví la sonrisa y lo saludé con la mano. Él me jaló para saludarme con un beso en la mejilla.

Entonces la cosa se puso fea. Papá le dio a Louise un besito en la mejilla y le susurró algo al oído. Ella rió como una estudiante de secundaria, acariciando su ancho pecho y dejando que la mano de él se posara en su cintura.

Me quedé allí, en silencio, mientras mi padre me miraba de arriba abajo…

—¿Y esta jovencita tan guapa? —canturreó con suavidad—. No creo haber tenido el placer…

Miré fijamente a Louise. No salió ninguna palabra de su boca, ningún consejo, ninguna ocurrencia. Al parecer, estaba solo. Intenté aclararme la garganta mientras papá volvía a hablar.

—¿Y tú eres? —dijo tras un momento de silencio.

Sentí lágrimas de vergüenza.

—¿Louise? —gimoteé.

—Te prometí que no se enteraría por mí, princesa. Dile quién eres.

Lo que pasó después fue un borrón. La sonrisa de mi padre desapareció, reemplazada por una mirada de odio.

—¿Papá? —susurré mientras me flaqueaban las rodillas.

Lo siguiente que supe fue que estaba sentado a la mesa, con mi padre frente a mí. Me miraba fijamente, como si no pudiera creer lo que veía.

Fue el peor momento de mi vida.

—Debería haberlo sabido. Te dejo solo con tu madre y ahora tengo un mariquita por hijo.

Estaba seguro de que me golpearía, pero no lo hizo; solo me arrancó la peluca.

—¿Cómo puedes usar eso? ¿Quieres chupar pollas y dejar que te den por el culo?

Lloré al oír a mi padre hablarme así. Louise soltó una risita.

—¿Tuviste algo que ver con esto? ¡Perra! ¡Lo sabías… y no hiciste nada para impedirlo!

—No había nada que impedir, querido. —Louise me miró y me guiñó un ojo—. Lo único que hice fue dejarlo ser.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué demonios significa eso? ¡Nunca dices nada con sentido cuando estás borracha!

Mi madrastra soltó una risita.

—Solo te digo las cosas como son, cariño. Tu precioso hijito es una putita con bragas, le gusta el lápiz labial y coquetear con hombres.

Fue entonces cuando la abofeteó.

—Papá, no… ¡por favor!

—¿En qué estabas pensando? ¡Estúpida… podrías haberlo parado! —La golpeó tan fuerte que me asustó—. ¡Es mi hijo, no uno de esos maricones con los que andas!

—Papá… ¡noooo!

Para entonces, ya habíamos atraído demasiada atención y salimos del restaurante. En el estacionamiento, mi papá me arrastró hasta el auto. Louise parloteaba sobre lo buena niña que era.

—¡No puedo creerlo! ¡Eres mi hijo! ¡No un maldito maricón!!! ¿En qué demonios estabas pensando vistiéndote de puta? ¿Qué te ha hecho tu madre? ¿Al menos tienes tus pelotas? ¿O te las cortó?

—¡Papá, por favor…!

Mi padre me miró fijamente, con los ojos rojos. Hice una mueca cuando levantó la mano. Me estremecí cuando tiró de mi vestido. Lo rompió de la parte de arriba dejando al descubierto mi sostén.

—¿Qué carajo? ¡Incluso tienes tetas!

—Por favor, papi, no te enfades —sollocé—. Se suponía que… no debías saberlo.

—No eres más que un maldito maricón. Mi hijo está muerto para mí. ¡Maldita sea! ¡Malditos los dos se pueden ir al infierno! —Dijo con odio.

Y dicho esto, me metió a rastras en su coche y me llevó de vuelta a casa.

viernes, 9 de enero de 2026

Disciplina del Lápiz Labial (45)





Capítulo 45. El pretendiente.

Para mi sorpresa —¡y horror!—, llegamos a un local de aspecto caro, con servicio de aparcacoches. Los jóvenes que nos recibieron sonreían abiertamente. Tenía tanto miedo que no pude mirarlos a los ojos. Louise, por supuesto, se mostró elegante y coqueta al entregar las llaves y dar la propina. Me sentí completamente vulnerable con mi disfraz de niña mientras veía nuestro coche —y cualquier esperanza de escape— alejarse.

La entrada del restaurante estaba llena de espejos, lo cual me resultaba desconcertante. Mirara donde mirara, veía a la alta rubia con el ceñido vestido negro y a su delicada acompañante vestida de rosa. Estaba tan cautivada por mi reflejo que tuve que detenerme a mirar. El peinado recogido, las perlas, el vestido baby doll y los tacones… me costaba creer que en realidad fuera un chico de catorce años quien me miraba; incluso me saludé con la mano, solo para asegurarme.

—¿Qué divertido? —dijo Louise con una sonrisa radiante en su cara de muñeca—. No te molestes en negarlo, princesa. Te encanta.

Me encogí de hombros tímidamente y asentí. Mi miedo estaba al máximo al ver la cantidad de gente que íbamos a desfilar. Me metí en el papel de chica tímida, aferrándome a mi madrastra mientras seguíamos a la anfitriona al comedor. Esto era casi tan malo como el Día de Sadie Hawkins en el instituto. Mirara donde mirara, me devolvían la mirada rostros vueltos hacia arriba; hombres y mujeres sonrientes nos dedicaban toda su atención. Sabía con certeza que mi identidad secreta ya no era un secreto. ¿Por qué si no me estarían mirando así todos?

Nos ofrecieron un reservado, pero Louise insistió en una mesa con vista a la ciudad desde una ventana, lo que me puso aún más nervioso. Aunque pavonearse con ese ridículo vestido ya era bastante malo, sentarse era especialmente difícil. El ligero y vaporoso dobladillo flotaba sobre mis muslos y se subía constantemente, obligándome a tirar de él una y otra vez. Tenía que mantener las piernas juntas y apretadas constantemente o, de lo contrario, un momento de descuido habría provocado que la prenda, que parecía de hadas, se me subiera por la cintura. ¡Desde luego no quería que eso pasara!

Apenas habíamos tenido tiempo de dejar los bolsos cuando llegó el camarero con una botella de champán y unas copas.

—De parte de unos admiradores —dijo con una sonrisa radiante.

Louise le devolvió la sonrisa y asintió.

—Muchas gracias. Di "gracias", princesa.

Me ardían las mejillas y murmuré:

—Gracias, señor.

—De nada, señorita —levanté la vista el tiempo justo para ver al camarero llenando nuestras copas y haciendo un gesto con la cabeza hacia nuestros benefactores—. Allí están los caballeros, por si les interesa.

Sentí que alguien me daba una patada en el tobillo.

—Sonríe y saluda a los buenos hombres, princesa —me indicó Louise—. Recuerda que eres una dama.

Siguiendo el ejemplo de mi madrastra, me giré en mi asiento e hice lo que me decía. Me quedé atónito al encontrarme saludando y sonriendo a un par de hombres de mediana edad con traje.

—¿No es divertido? —preguntó mi madrastra, dando un sorbo a su bebida.

Nuestros benefactores levantaron sus copas y asintieron. Sin saber qué más hacer, imité sus movimientos. Entonces di un trago al espumoso. Arrugué la nariz y me pregunté por qué alguien bebería algo así.

—No seas mojigata, querida —me animó Louise—. ¡Alguien pagó un buen dinero por esto. Bebe!

Tomé otro sorbo y susurré nervioso:

—¿Quiénes son? ¿Los… los conoces?

Mi madrastra sonrió, tomó otro trago y se encogió de hombros.

—¿Importa?

—¡Hola, chicas! ¿Les importa si nos unimos?

Casi me caigo de las medias cuando nuestros admiradores aparecieron de repente junto a nuestra mesa. Estiré el cuello y me sentí impotente al ver lo altos y poderosos que parecían de cerca. No eran unos simples estudiantes de instituto comportándose como tontos. Parecían hombres de negocios que habían salido a pasar un buen rato.

Louise dijo algo y de repente ya estaban tomando asiento, poniéndose cómodos. Nos miraban a ambos, como lobos observando a su presa. El fuerte olor a loción para después del afeitado, alcohol y cigarrillos me golpeó la nariz. Sentí que el corazón me daba un vuelco mientras jugueteaba con los cubiertos.

Louise levantó su vaso hacia nuestros invitados, indicándome que hiciera lo mismo. Los dos hombres se sonrieron y siguieron su ejemplo.

—Muchas gracias por el champán —dijo con una risa musical—. Fue muy amable de su parte. No tenían por qué hacerlo.

Noté que los hombres se miraban y asintieron. Entonces vi cómo uno, con una espesa cabellera ondulada, muy parecida a la de mi padre, se fijaba en Louise. El otro, con una calva incipiente y un bigote canoso justo encima de una sonrisa lasciva, me miraba fijamente.

—Claro que sí —dijo el primero con suavidad—. Tuvimos que hacerlo para conocerlas. ¡Salud!

Todos tomamos un trago. Tenía tanto miedo que me entró un poco de champán por la nariz y empecé a atragantarme. Me sentí como un tonto intentando recuperar el control.

—¿Estás bien, cariño? —Sentí una mano cálida acariciarme el hombro y luego una palmadita en la espalda—. ¿Necesitas ayuda?

El hombre calvo con bigote me frotó la espalda desnuda de arriba a abajo con la mano mientras tosía y me atragantaba durante un rato más o menos. De alguna manera, logré superarlo y susurré algo como:

—No, está bien. Estoy bien.

La mano errante me frotó la espalda de arriba abajo unas cuantas veces más. No me sentí mal, pero sí me asustó. Me retorcí en el asiento cuando la enorme pata se deslizó por la espalda de mi vestido y me acarició el trasero, apretándolo firmemente solo un instante antes de apartarse.

—¡Guau, me dejaste preocupado por un momento! —dijo mi nuevo amigo con preocupación—. Por un momento pensé que iba a tener que hacerte el boca a boca.

No me pareció gracioso, pero a los demás sí. Mi nuevo amigo me dio unas palmaditas en la espalda hasta que me sentí mejor. Miré a mi "salvador" y pensé en cómo sería si hubiera posado sus labios sobre los míos. Nunca antes había besado a alguien con bigote. La sola idea era tan aterradora como intrigante.

—¿Qué les parece si nos vamos de aquí y ustedes, chicas, vienen al hotel con nosotros? —dijo el primer hombre—. Podemos pedir todo el champán que quieran y, si tienen hambre, también podemos pedir servicio a la habitación. Podemos hacer una fiesta, solo nosotros cuatro.

—Sí, una fiesta —murmuró el hombre calvo. Lo vi mirándome los pechos—. Solo nosotros cuatro.

—¿Qué dices, princesa? —preguntó Louise. Me guiñó un ojo mientras daba un sorbo a su champán.

—Sí, ¿qué dices, princesa? —repitió mi cita. Se inclinó hacia delante, su cálido aliento me hizo cosquillas en las pestañas—. Ese vestido te queda precioso —gruñó con vehemencia—. Quedará aún mejor en el suelo de mi habitación de hotel.

Louise se partió de risa y el otro también. Me quedé sin palabras. De verdad, estaba tan asustado que casi me hago pis encima. Una cosa era disfrazarme y hacer creer a la gente que era una chica, pero ¿enfrentarse a algo así?

—Louise… —gemí suavemente.

Mi madrastra sonrió.

—Es un poco joven para ti, ¿no crees?

El Hombre del Bigote se encogió de hombros.

—Me gustan jóvenes —admitió.

Mi acompañante se inclinó de nuevo hacia delante, esta vez rozando con sus labios mi oreja.

—Vamos, no te asustes, cariño —susurró—. Tengo una polla enorme. A una niña como tú le encantará.

Miré desesperadamente a mi madrastra en busca de ayuda, pero ella estaba ocupada. El hombre de la espesa mata de pelo le susurraba al oído; algo tan desagradable como lo que yo estaba soportando, sin duda. Louise no pareció ofenderse en absoluto. Simplemente rió alegremente, dio otro sorbo y puso la mano en el hombro de su amigo con un cariño aparentemente genuino.

Fue entonces cuando sentí una mano en mi rodilla. Se quedó ahí un instante y luego empezó a subir entre mis muslos. Apreté las piernas, justo a tiempo para defender mi honor, pues mi cita trabajaba rápido. Casi me muero pensando en qué habría pasado si me hubiera tocado entre las piernas.

Para no dejarse vencer, el hombre calvo y bigotudo deslizó la mano bajo mi trasero cubierto de nailon y me dio un fuerte pellizco.

—¡Ay! —grité—. ¡Me dolió!

Mi cita sonrió y susurró:

—Espera a que volvamos a nuestra habitación, princesa. Te voy a dejar sin aliento.

Esto continuó durante unos minutos más, Louise bebiendo champán, nuestros invitados susurrándonos cosas sucias al oído y yo ahuyentando al pulpo humano. Para mantener la calma, mantuve la mirada fija en mi madrastra. Parecía una supermodelo con un sencillo vestidito negro, tacones plateados y un bolso a juego.


Miré mi reflejo en el escaparate y recordé lo femenina que me veía con pintalabios y perlas. Con razón recibíamos tanta atención. Parecíamos un par de mujeres buscando hombres. Me debatía entre el terror y el placer cuando mi madrastra se acercó y me secó la boca con la servilleta.

—Arréglate el pintalabios, princesa. Estás hecha un desastre.

Con manos temblorosas, hice lo que me dijo. Nuestros dos compañeros me observaban como si estuviera haciendo un truco de magia complicado.

Estoy en problemas, pensé mientras me pintaba los labios con el brillante lápiz labial bermellón.

Sintiéndome particularmente cohibido, miré a mi alrededor mientras me pintaba la boca. Mi paranoia estaba justificada. Vi varios hombres y algunas mujeres viéndome, o mejor dicho viendo mis piernas, mi busto y mis labios.

A pesar de todos mis miedos y ansiedad, tenía que admirar a mi madrastra y cómo se manejaba. Allí estaba yo, al borde de un ataque de nervios en compañía de estos dos hombres, y ella los eludía con facilidad. No dejaban de sonreír y presionarnos para que nos fuéramos con ellos, pero con cada intercambio de palabras, tenían menos confianza. Sus expresiones me recordaron a un par de chicos traviesos que habían sido pillados con las manos en la masa y acababan de recibir una reprimenda.

—¿Cómo lo hace? —reflexioné mientras me bajaba el dobladillo del vestido en un vano intento por conservar mi modestia.

Mi pánico llegó al límite cuando mi "cita" me agarró de la muñeca y empezó a levantarse.

—Vamos, Roberts, llevemos a estas dos de vuelta a la habitación. Esta pequeña provocación me pone tan cachondo que estoy a punto de reventar.

Miré a mi madrastra, horrorizado y desesperado. Ella simplemente sonrió. Luego vació su vaso y le dio una palmadita a su "novio" en la barba de las cinco.

—Chicos, esto ha sido divertido, pero mi hijastra y yo ya tenemos una cita. Es hora de que se vayan. En otro momento, quizás.

—¡No hablas en serio! —protestó el "peludo" riendo. Le susurró algo al oído a mi madrastra. Ella rió y asintió, y luego negó con la cabeza.

—No, en serio. Suena divertido, cariño, pero ¿qué diría tu esposa?

El hombre suspiró y se encogió de hombros.

—¿De verdad importa?

—No salgo con hombres casados —dijo Louise alegremente—. Excepto con mi esposo, quiero decir.

Valiente en la derrota, el hombre sonriente asintió. Tomó la mano de mi madrastra y la besó.

—Habría sido divertido —dijo con un rayo de esperanza. Sin embargo, la mirada en los ojos de Louise selló su destino.

Por desgracia para mí, todavía tenía mis propios problemas. El hombre calvo me miró, me hizo una mueca de beso con sus labios bigotudos.

—No estás casada, ¿verdad, princesa? ¿Por qué no vienes con nosotros?

—Louise —grazné.

Mi madrastra volvió a llenar su vaso.

—Tú decides, princesa. ¿Quieres ir con el buen hombre? Como dije, tú decides.

Miré a mi madrastra. ¿Hablaba en serio? Ni siquiera quería pensarlo. Negué con la cabeza y me mordí el labio.

—No —gimoteé—. Quiero quedarme contigo.

El hombre calvo no fue tan amable como su compañero.

—Maldita niña —murmuró. Me estremecí cuando puso su boca contra mi oído—. Menos mal que no viniste. Te habría follado el culo y luego te habría hecho chupar mi polla hasta dejarla limpia. —Se apartó y me guiñó un ojo—. Bueno, quizás la próxima vez, princesa.

Estuve a punto de suspirar de alivio, pero me sorprendí cuando me besó de lleno en la boca. Casi me atraganto cuando su lengua pasó por mis labios. Con una mano en mi nuca y la otra hundida entre mis muslos, me dio un beso largo y mordaz que se me quedó grabado en la memoria. El sabor a whisky y los pelos erizados y duros de su bigote lo hacían aún más desagradable. Podría haber sido agradable en otras circunstancias, viniendo de otra persona. Pero así y todo, simplemente rezaba para que terminara.

—Bueno, eso sí que fue divertido —dijo Louise mientras la desolada pareja se marchaba—. ¿No te encanta ser chica?

Estaba tan conmocionado por lo que acababa de pasar que solo pude asentir y contener las lágrimas de alivio. Estaba tan agradecido de haber salido de esa situación y tan orgullosa de mi madrastra por cómo había tratado a esos dos matones, que no pude evitar sonreír. Terminé mi copa de champán y vi cómo mi madrastra la rellenaba. Yo también me la bebí de un trago y me quedé sentada en silencio intentando mantener la compostura.

Louise se rió.

—Cálmate, princesa. Actúas como si no lo estuvieras disfrutando. Tómate otra copa y respira hondo.

Asentí y di un trago de champán. Negué con la cabeza al ver la huella roja de mis labios en la copa.

—Odio cuando pasa eso —dije débilmente.

Mi madrastra rió como una adolescente.

—Eres tan adorable que te comería. Creo que tu novio querría hacer lo mismo.

La miré con asco.

—¡Louise!

Rió de nuevo.

—Me pregunto qué habría pensado si te quitaba ese vestido. Nunca se sabe, princesa. Puede que le hubiera gustado lo que tienes debajo.

—Le gustaba mi trasero —murmuré con tristeza.

Louise rió. Entre el champán y la adrenalina, yo también tuve que reírme.

Después de que nos tranquilizamos un poco, Louise levantó su copa y esperó mientras yo hacía lo mismo.

—Tendremos que hacer esto más a menudo, princesa —dijo con una sonrisa—. Eres más divertida que cualquiera de mis amigas y recibes mucha más atención.

Respondí con una sonrisa tímida y tomó otro sorbo. No había escapatoria, así que decidí seguirle la corriente. Mi madrastra me tenía a su merced y lo estaba disfrutando.

Nos sentamos un buen rato, mi madrastra charlando y comportándose como si yo fuera su amiga. Me contó anécdotas divertidísimas, desde su infancia hasta su cita doble con su amiga travesti de la universidad. Me encantó tanto su trato como oírla hablar. Me sentí como una adulta en compañía de otra adulta. Fue una experiencia liberadora, a pesar de mi disfraz de niña y mi preocupación.


jueves, 8 de enero de 2026

Disciplina del lápiz labial (44)

 




Capítulo 44. De vuelta a las andadas

En ese momento, el mundo era demasiado para mí. Necesitaba estar solo. Convencí a Louise para que me dejara ir al baño.

—Recuerda sentarte, princesa —dijo con sarcasmo—. Eso es lo que hacen las niñas.

—Lo sé, lo sé —murmuré.

Mi madrastra sonrió.

Al regresar, me indicó que me sentara y me relajara. En contraste con la vergüenza que sentía, Louise estaba radiante y alegre. Di un sorbo a mi bebida *light* e intenté recuperar el aliento mientras ella sacaba rímel y me retocaba la cara. Luego sacó polvos y maquilló mi cuello y hombros con gran pompa. Incluso me puso un poco de rubor en el pecho, creando la ilusión de que mis pechos eran más grandes y voluminosos.

A pesar de mi anterior crisis nerviosa, me sentí bien al ser mimado durante unos minutos. Me preguntaba si a las chicas realmente les gustaba que las pintaran y las trataran como si fueran una obra de arte.

A Louise, obviamente, sí. La observé fascinada mientras se maquillaba rápidamente. A diferencia de mis tonterías sin rumbo con el rímel y demás, a ella no le llevó nada de tiempo. Velocidad y belleza, todo en un paquete peligroso. Me pregunté si alguna vez llegaría a ser tan rápido.

Cuando mi madrastra terminó, me dio una palmadita en el trasero y sonrió.

—Mientras saco algunas cosas para que te las pruebes, quiero que revises mis joyas y elijas algo. Imagina que eres modelo y que vamos a una fiesta elegante…

Parpadeé.

—¿No puedo vestirme primero?

Louise me miró con una ceja levantada.

—Oh, no seas tan nena.

Mientras hablaba, mi madrastra cruzó los brazos bajo sus pechos, enmarcándolos. No pude evitar sonrojarme. Sin saber qué más hacer, apreté los muslos y asentí.

Dejé mi Coca-Cola *Light*, rebusqué en el joyero de mi madrastra y encontré un collar de perlas y una colección de pulseras. De paso, añadí varios anillos. Extendí la mano y la observé. No era bisutería. Lo que adornaba mis dedos probablemente costaba más de lo que mi madre ganaba en un año.

¡¡¡FLASH!!!

Un destello de luz me dio un susto de muerte.

—Louise… ¡No, no! Nada de fotos, por fa-vo-r…

Las cosas simplemente no me salían bien.

Después de un rato de inquietud y pucheros, me tranquilicé lo suficiente como para mirar las fotos sin llorar. Louise las tomó con su cámara instantánea, así que solo tardaron unos minutos en estar listas. Y aunque odiara admitirlo, la verdad es que eran bastante buenas. Las primeras dos me mostraban sentado ante el tocador de mi madrastra en todo mi esplendor de niña, mirando mis joyas prestadas.

—Esta es mi favorita —dijo mi madrastra.

Me sonrojé mientras observaba las fotos. La tercera foto me dejó mirando directamente a la cámara, con los ojos como platos y en *shock*.

—¡Qué monada! Te ves muy bien… lástima que no seas una chica de verdad.

Tenía razón. Me sorprendió lo mucho que me parecía a una chica de verdad. Estaba demasiado intrigado como para molestarme.

—Toma, te las doy —dijo Louise, lanzándome dos fotos—. Me quedo con las otras. Son demasiado preciosas para dejarlas ir. Un recuerdo de nuestros momentos de chicas.

Miré las fotos con las manos temblorosas.

Unos minutos después, estaba sentado a la mesa del comedor con poco más que mi bisutería y mi escasa lencería. Sostenía una cuchara de plata en una mano y un cuenco de cristal lleno de un carísimo helado de chocolate negro en la otra. Louise estaba sentada a mi lado, con su traje de cumpleaños, mordisqueando algo similar.

No pude evitar temblar; todavía estaba desfilando por casa de mi padre en lencería de mujer y tacones. Louise había elegido un par de tacones altos para cada uno —los míos eran plateados y los suyos negros—, además del maquillaje y las joyas que ya llevábamos.

Sin nada más que las medias y la lencería para ocultar mis partes masculinas, me sentía expuesto. Todo se sentía tan seductor y electrizante, mi pulso se aceleraba y todo mi cuerpo temblaba de emoción. Al vernos a los dos sentados allí, con nuestros diversos vestidos y accesorios de niña, podrías haber pensado: «Vaya, son dos jovencitas guapas pasándoselo bien».

—¿Siempre andas así por casa? —pregunté finalmente a mi madrastra. Me costaba no mirar su magnífico cuerpo.

—¿Por qué no? ¿No me digas que nunca andas desnudo por casa? —Me miró mi madrastra con escepticismo—. Creía que todos los chicos hacían cosas así. ¿Ni siquiera cuando tu madre no está y estás solo todo el día?

Negué con la cabeza e intenté concentrarme en el postre. Louise me miró con recelo.

—¿Pero sí te tomas el tiempo de andar con la ropa interior de tu madre y esas cosas? —Apretando los muslos con fuerza, asentí apenas, y deseé estar muerto—. Eres un chico raro, Gregory, cariño. Realmente raro.

Sin saber qué decir, simplemente di otro mordisco a mi helado, puse los ojos en blanco y sonreí avergonzado.

—Te lo juro, cariño, te comportas como una de esas divas remilgadas de las revistas de moda —bromeó mi madrastra—. Deberías haber sido una chica. Tienes el aspecto y la actuación perfectos.

Mi cara ardía en un rojo intenso mientras me removía incómodo en mi asiento.

Después de subir las escaleras haciendo clic-clac con mis tacones prestados, por fin pude ponerme algo de ropa. Mientras me sentaba rápidamente en el borde de la cama y ocultaba mi pudor juvenil, Louise sacó una selección de blusas, todas de varios colores y estilos. Su sonrisa presagiaba lo que estaba por venir. Terminé probándome casi todo. Elegí una blusa blanca sencilla sin mangas, la prenda más conservadora del montón.

Louise me hizo quitarme el sostén y me puso un top amarillo brillante, elástico y ajustado, justo para lucir mis curvas adolescentes. Me sentí avergonzado con esa prenda. Era tan apretada que se me veían los pezones a través de la tela. Con mi trasero apenas cubierto por las medias, me sentí aún más desnudo que antes.

—¡Guau! Mira a la niñita de papá ahora. Ay, Dios mío… si te viera, le daría un infarto. Esas tetitas te quedan muy bien, cariño. ¿Qué opinas de tus tetas?

—¡Las odio! —exclamé—. No me gustan. Quiero volver a ponerme mi ropa de chico.

—Oh, cállate. Nos estamos divirtiendo un poco. Tu papi no llegará en un tiempo, así que cálmate.

Mi joven madrastra me miró de arriba abajo y me dedicó una sonrisa cómplice. Vestida aún con poco más que unas joyas y unos tacones altos, me dio un par de faldas con naturalidad. Empecé a negar con la cabeza antes de que pudiera decir la primera palabra.

—No voy a hacer esto —dije con voz ronca y desafiante—. No me voy a disfrazar de niña y no puedes obligarme.

—¡Qué lenguaje, y viniendo de alguien tan linda! —dijo Louise con una risita infantil. No pude evitar mirarla mientras sus pechos se movían—. No sé de qué te quejas, cariño. Solo estamos jugando, nada más. Has llegado hasta aquí, y solo quiero ver cómo te verías si llegaras hasta el final. ¿Por favor?

—Ay, no… Louise… ¿por favor? De verdad que no quiero…

Bueno… lo… lo intenté. De verdad que sí. Hice pucheros, me quejé y me quejé, pero no sirvió de nada. Inventé todas las excusas posibles para no ceder, pero estaba atrapado y lo sabía. Aun así, no podía rendirme. Tenía que oponer resistencia… para aparentar que aún me quedaba algo de dignidad.

Louise parecía muy impresionada con las faldas que me probé. Mi favorita era una cortita, plisada y muy atrevida que me llegaba a medio muslo, hecha de un material sintético blanco que se ajustaba seductoramente a mis piernas. Combinada con el top amarillo que llevaba puesto, me hacía ver completamente diferente del chico que había pasado los últimos días acampando y pescando con su padre; la criatura que me devolvía la mirada parecía más propia de un desfile de moda juvenil o de un equipo de animadoras.

No me atreví a decirle nada a Louise sobre cómo me sentía; no lo dejaría pasar después de todas mis quejas.

—¡Dios mío, cariño…! ¡Estás fantástica! No puedo creer lo bien que te ves… eres una jovencita. —Mi madrastra me levantó las manos por encima de la cabeza y me hizo dar vueltas—. De hecho, tienes mejor figura que la mayoría de las chicas de tu edad. Esto realmente resalta tus curvas.

—Eh, gracias… supongo. —Ya me sentía bastante cohibido. Oírla hablar de mi cuerpo no me hizo sentir mejor.

—Ven, déjame arreglarte el top.

Louise me bajó el top, dejando al descubierto mis pechos un instante, y luego lo volvió a subir, tirando y sacudiéndolo hasta que me castañetearon los dientes.

—Listo, cariño… estaba un poco torcido, pero ahora te queda bien. ¡Oye, probemos algo diferente!

Mi madrastra rebuscó en un cajón y sacó otro top, este azul eléctrico con ribete de encaje. Sentí que se me secaba la boca al verlo.

—Toma. Pruébate este… te quedará de maravilla.

Empecé a pasarme el top que ya llevaba puesto por la cabeza, pero Louise me detuvo.

—Primero tira esa falda al suelo. Quiero enseñarte algo.

Hice lo que me dijo. Con la falda enrollada sobre los tobillos, volvía a estar prácticamente desnudo de cintura para abajo. Imagina mi confusión cuando mi madrastra me bajó la blusa elástica por la cintura y las caderas.

—Mira, apuesto a que no sabías que se podía usar un top de tubo como falda, ¿verdad?

No lo sabía. Como un maniquí, me quedé allí paralizado, en parte por la sorpresa, en parte por el asombro, mientras Louise bajaba la banda amarilla brillante por mi trasero donde, tras ajustarla un poco, parecía que llevaba una minifalda muy corta y muy, muy ajustada.

—¡Dios mío! —susurré mientras mi madrastra me deslizaba la blusa azul por los brazos. Me apretaba aún más que la primera. No me atreví a moverme por miedo a que se me saliera la ropa—. Las chicas no… salen con cosas así, ¿o sí?

Louise se rió.

—Claro que sí. Cuando queremos llamar la atención.

Me miré fijamente un momento. ¿Cómo era posible? Es decir, ¿cómo podían evitar mostrar sus partes íntimas? Quizás era porque era chico y tenía más que ocultar… Quizás el vestidito que llevaba no habría estado tan mal si fuera una chica de verdad.

—No te preocupes, princesa —me reprendió mi madrastra—. Esa falda es así. Realmente resalta ese trasero gordo que tienes. Las chicas se pondrán celosas y los chicos no podrán apartar la vista de ti.

—No quiero que los chicos me miren —me lamenté—. ¡Sobre todo mi trasero!

Louise se rió.

—¡Qué lástima, cariño! Ese trasero va a atraer mucha atención masculina. ¡Sobre todo con esos tacones!

Tenía razón. No podía apartar la mirada del espejo. Envuelto en la licra amarilla brillante, ¡mi trasero se veía enorme!

—Me aprieta demasiado… parece que se me va a resbalar en cualquier momento.

Louise sonrió.

—Lo hará, si no tienes cuidado. Es parte del precio por verte bien.

—Pero no me veo bien. Me veo ridículo. —Respiré hondo—. Los chicos no se ven así. Parezco un maricón.

Louise se echó a reír.

—¡Cariño, tienes que dejar de ser tan remilgado! No te das cuenta de lo buena que estás.

El desfile continuó mientras me decían que me quitara ese atuendo tan ridículo y me volviera a poner el sostén. Allí parado, con solo mis tacones plateados, medias y sostén, me sentí muy expuesto. Louise rebuscó en su armario. Me ofreció lo que me pareció un trozo de seda rosa transparente, no mucho más grande que un trapo de cocina.

—Aquí tienes. Apuesto a que te encantará. Es un poco escueto, pero muchas chicas de tu edad usan vestidos como este. Pruébatelo. Si te queda, te lo quedas.

Chicas de mi edad. Me sonrojé muchísimo al oír esa frase.

Tomé el vestido por los tirantes y lo levanté. No podía creerlo… ¡casi se podía ver a través de él!

Deslizar los brazos en la delicada tela fue como envolverme en una telaraña; era tan endeble y frágil. No tenía botones, solo un lazo de seda negra que se ataba delante, justo lo suficientemente bajo como para dejar ver mi sostén de encaje.

—¡Perfecto! —dijo mi madrastra con orgullo—. El rosa es definitivamente tu color, princesa.

De pie frente al espejo, apenas podía creer lo que veía. ¡De verdad… me veía bien! Es decir, mi cabello peinado, mi cara maquillada, pasando por el sostén que se asomaba a través de mi vestido corto y los elegantes tacones plateados, fácilmente podrían haberme confundido con una estudiante universitaria.

—¿Soy yo? —Miré del espejo a mi madrastra. La expresión de su rostro era de felicidad.

—Ah, sí, eres tú, princesa. Increíble, ¿verdad? Me pareces despampanante.

—Soy… soy muy guapa, ¿verdad?

Louise se rió.

—Eres una pequeña diva vanidosa. Sí, princesa, eres guapa. Más guapa de lo que cualquier niño tiene derecho a ser.

Las palabras de mi madrastra me devolvieron a la realidad por un instante. Tuve que recordarme a mí mismo que no estaba precisamente orgulloso. Recordando que todavía estaba en casa de mi padre, me sentí medio vestido allí de pie, tirando del dobladillo de ese ridículo vestido que se me subía por las caderas, con los pechos prácticamente al descubierto, y esas malditas medias me volvían loco.

Me quedé frente al espejo admirando a regañadientes mi aspecto mientras mi madrastra se ponía un vestidito negro, medias y tacones. Tuve que sonreír cuando se acercó por detrás y se arregló el pelo y el pintalabios. Era casi tan interesante de ver como la visión rosada de la feminidad adolescente que tenía frente a mí. Juntas formábamos una gran pareja.

Sin embargo, su sonrisa me provocó una opresión en el estómago.

—¿Puedo cambiarme? Papá volverá pronto…

Louise sonrió mientras miraba su reloj.

—Deja que yo me ocupe de eso. ¡Oh, mira… se nos hace tarde! ¡Mejor nos vamos!

El malestar en mi estómago se agrió al oír esas palabras.

—¿Tarde…? ¿A… dónde…?

A pesar de mis protestas, no pasó ni un minuto cuando me empujó al porche y me llevó a su coche. De repente, estábamos en camino, rumbo a un restaurante local.

miércoles, 7 de enero de 2026

Disciplina del lápiz labial. (43)

 


Capítulo 43. Amigas.

Para cuando llegamos a la casa, estaba agotado. También estaba listo para pasar un rato con mi papá y disfrutar de mis últimas horas de libertad. No pasó eso.

—Creo que no te lo dije. Llamé a la oficina de tu papá y su secretaria dijo que saldría tarde —Louise frunció el ceño—. Supongo que eso significa que pasaremos juntas la tarde.

No sabía qué decir. Esta noticia era desalentadora. Se suponía que debía ir a casa al día siguiente y quería pasar el día con mi papá.

—Ay, no seas aguafiestas —dijo al entrar en casa—. Podemos buscar algo que hacer. De hecho, como tu papá no está, podemos divertirnos un poco. Solo nosotras, las chicas.

¡No me gustó nada cómo sonaba eso!

Mi madrastra me tomó de la mano y me subió las escaleras.

—Ven, llorona… sigues siendo mía por unas horas.

La seguí a regañadientes a su habitación.

—He estado pensando mucho, en lo bien que te veías de niña el otro día… quiero hacer un pequeño experimento.

—¿Tengo que hacerlo?

Louise negó con la cabeza.

—No, no tienes que hacerlo. En su lugar, puedes explicarle a tu papá por qué te gusta tanto la ropa femenina. —Sacó esa revista Seventeen, me la mostró y sonrió—. Estará muy orgulloso de saber que estás suscrito a una revista de chicas…

Tragué saliva nerviosamente y dije:

—Está bien… me rindo. Haremos lo que dices.

—Bien. Ahora podemos divertirnos. Primero, quítate la ropa.

Me encontré sentado frente a mi madrastra, completamente desnudo.

—Te duchaste esta mañana, ¿verdad?

Asentí. Noté que Louise estaba mirando directamente a mis pechos. Por reflejo, crucé los brazos y me sonrojé.

—Qué monada. Qué cosita tan tímida —dijo mi madrastra con voz divertida—. Tienes unas tetas tan lindas. Incluso sin ropa pareces una niña.

—Louise…

—Ay, solo bromeo.

Mientras mi madrastra seguía charlando, comenzó a quitarse la ropa.

—Ya no eres la única chica desnuda. Podemos divertirnos, como un par de amigas —dijo con una sonrisa.

Louise era hermosa; tenía un par de hermosos pechos que parecían desafiar la gravedad, una grácil curva desde su cintura hasta su trasero… ¡sin mencionar su linda entrepierna!

Louise estiró su cuerpo con naturalidad y bostezó, como un gato gigante frente a un dócil ratoncito. Luego se inclinó sobre mi hombro para mirarse en el espejo. Intenté no mirarla mientras se acicalaba…

Mi madrastra debió de leerme la mente. Me miró de reojo y se rió.

—¡Ay, pequeña sucia! Sé lo que estás pensando, cariño. Puedes mirar todo lo que quieras, pero no te atrevas a tocar.

Me quedé atónito cuando ella se puso detrás de mí y me dio un cálido abrazo.

—Además, tú tienes tus propias amiguitas con las que jugar —dijo, señalando mis pechos con la mirada.

La visión en el espejo de mi madrastra y yo mismo en traje de Eva, con mis pechos a la vista, me hizo sentir una descarga en el cuerpo, sentí que mi pene se estremecía con el placer más extremo… ¡era absolutamente desconcertante!

Mientras recuperaba el aliento, Louise me lavó la cara con crema fría y un paño húmedo y tibio.

—Quiero empezar con un lienzo en blanco —explicó—. Sé que puedes parecer una niña. Veamos si podemos ir un poco más allá.

Observé cómo sacaba varios frascos de esmalte de uñas.

—Anda, pruébate uno —dijo con firmeza—. No seas tímida. Ya sabes qué hacer.

No quería hacerlo, pero lo hice de todos modos.

Un rato después, mis dedos brillaron en rojo intenso. La frescura del esmalte secándose en mis dedos avivó mi excitación.

—Este color es el que más me gusta. ¿Qué te parece?

Me encogí de hombros.

—Es lindo. ¿Ya terminamos?

Louise hizo como si no hubiera oído nada de lo que dije.

—Déjalas secar. Voy a traer un par de Coca-Colas Light.

Para cuando regresó, seguía en la misma posición. La pintura en mis manos aún no secaba, así que me quedé allí sentado y con las manos extendidas. Me acercó la Coca-Cola y le di un sorbo.

Mi madrastra encendió un cigarrillo.

—Eh, ¿no te vas a vestir? —pregunté con timidez.

—Ah, quizá más tarde. No suelo usar mucha ropa cuando estoy sola en casa. A veces la ropa puede ser un fastidio. Además, a tu papá le encanta así.

Mi intento de ser indiferente provocó una sonrisa en Louise.

—Te ves tan feliz como un caniche en una pelea de perros.

Mientras bebía su Coca-Cola, Louise me miraba, pasando la mirada de mi cara a mi pecho y luego entre mis piernas.

—Pareces una chica, incluso sin ropa. Esas bonitas tetas ayudan. Me pregunto cómo te verías con un vestido de noche.

Me encogí de hombros. No tenía muchas ganas de saberlo.

Mi madrastra sonrió.

—Bueno, vamos a arreglarte.

Louise me hizo sentar en el suelo, mientras se inclinaba para aplicarme el esmalte rojo en los pies.

Mientras esperábamos a que se me secaran las uñas, me senté y di un sorbo a mi Coca-Cola mientras mi madrastra charlaba como si fuera una de sus amigas.

—Eres una actriz terrible. Finges que odias las cosas de chicas, pero en realidad te encantan. ¡Me doy cuenta con solo verte!

No me sentía en posición de discutir.

Lo siguiente que tuve que hacer fue pintarle las uñas a mi madrastra del mismo color con el que me había pintado las mías. No tuve ningún problema en hacerle las uñas a mi madrastra. Fueron las circunstancias las que resultaron humillantes, ella vio mi erección mientras la arreglaba.

—Parece que aún eres un niño, debajo de todo eso —dijo mi madrastra en voz alta—. ¿Es lo más grande que puede ser? Es tan pequeñito. El de tu papá es enorme.

Me quedé sin palabras al oír a mi madrastra hablar así…

—No impresionarás a ninguna chica con algo tan pequeño, pero seguro que a un chico le gustarías mucho.

Bajo su tutela, me apliqué una buena dosis de colonia y una capa de talco perfumado por todo el cuerpo desnudo.

Esperaba vestirme ya. Me daba igual si era con un tutú, ¡siempre que pudiera ponerme algo!

Louise se acercó y me volvió a mirar la entrepierna.

—Esa pequeña erección será un problema —dijo—. No puedes vestirte hasta que se te pase. ¡No voy a permitir que ensucies mi ropa!

—¿Qué se supone que haga? —susurré débilmente.

Mi madrastra negó con la cabeza.

—No te hagas la tonta. Ya sabes qué hacer. Frótalo hasta que se te pase.

Sentí un torrente de sangre caliente quemándome la cara y el cuello.

—No… no puedo hacer eso… —dije con voz entrecortada.

—Oh, claro que puedes. Todos los chicos lo hacen: heterosexuales, gays, jugadores de fútbol, ratones de biblioteca, abusadores y mariquitas.

Sentí que todo mi cuerpo se entumecía de pánico. Era como si hubiera metido el dedo en un enchufe.

Estaba bastante asustado… 

—Pero, Louise… yo no… te lo prometo, de verdad que no… —Me interrumpió antes de que pudiera terminar la frase.

—Escucha, guapa, ni te atrevas a decirme "no hago eso" —dijo en tono amenazante—. Sé a ciencia cierta que todos los chicos lo hacen… Si te pareces en algo a tu padre, lo haces todo el tiempo.

Negué con la cabeza. Louise entrecerró los ojos y frunció el ceño.

—Mentirosa. ¡No puedo creer que estés mintiéndome! Quizás deba doblarte sobre mis rodillas y darte unas nalgadas.

Me atraganté.

—Por favor, Louise…

—Tal vez debería contarle a tu padre la clase de niña que eres, Greg —me miró con sorna.

Y así, cedí y acepté hacer lo que me decía. Fui al baño a ayudarle a mi amiguito a descargarse. Louise tenía razón: era tan pequeñito. Comencé a estimularlo y, al terminar, lo limpié. Volví con Louise cuando estuvo en reposo.

—¡Dios mío! Parece que lo disfrutaste mucho. No sé por qué te quejabas.

Miré a Louise. Su sonrisa era jubilosa. Luego me dio un puñado de seda fina. Al principio pensé que eran unas medias, pero no estaba muy seguro, ya que nunca había visto nada parecido.

Mi madrastra abrió los ojos de par en par, sorprendida.

—Son pantimedias, tonta. ¿Nunca has visto pantimedias?

Negué con la cabeza.

—Te van a encantar, cariño. Son mucho más cómodas que una faja, créeme. Es como no llevar nada en absoluto.

Tenía razón. Me puse las pantimedias con cautela y casi me muero de la risa cuando todo mi cuerpo empezó a hormiguear como una casa en llamas. «Por eso los chicos no deberían usar ropa de chica», pensé. 

Mi pobre pene, antes tan agotado y tímido, de repente cobró un poco de vida, atrapado entre mi vientre desnudo y la fina seda.

—Si fuera por mí, ¡sería un snip, snip! Así no tendrías ese problemita —hizo un gesto de tijeras con los dedos y soltó una risita. El sonido de su risa me hizo sentir como un niño indefenso—. Créeme, cariño, si nos deshaciéramos de ese feo cartílago, ni siquiera lo echarías de menos. Estarías mucho mejor. Podrías ser una chica todo el tiempo…

Por un instante, intenté imaginarme sin mi miembro de niño, pero no podía… no me atrevía. Tal como iban las cosas, era todo lo que me quedaba del niño que solía ser.

De pronto, Louise sacó una toalla femenina de su bolsa.

—Toma, usa una de estas. Por si acaso, ya sabes —susurró con una sonrisa—, … tienes fugas.

Asentí, fui al baño y me bajé la parte superior de las medias y deslicé la gruesa toalla sobre mi pene marchito. 

Louise me dio un cepillo grande y me dijo que me peinara. Con manos temblorosas, hice lo que me dijo.

—Me fijé en tu pelo cuando tu papá te trajo a casa. Me pareció raro… tan largo y todo eso. Tu papá odia eso, ¿sabes?

Me encogí de hombros.

—Por cierto, me encanta tu flequillo. ¿De quién fue la idea? ¿De mamá? Adelante, cepíllatelo. Y cepíllate el pelo también por encima de las orejas. Quiero ver qué tan femenina podemos hacerte.

—Louise, por favor… ¡Ay!

—Te lo juro… eres una llorona —se quejó Louise—. Si no te callas y haces lo que te digo, le diré a tu padre lo maricón que eres. Se pondrá tan contento de saber que su pequeño orgullo anda por ahí con fajas y pintalabios.

Su voz adquirió un tono meloso y sarcástico mientras me reprendía y menospreciaba. Sentí náuseas. Aunque estaba nervioso, me aterraba que mi padre descubriera… mi secreto.

—Vamos, princesa, no tenemos todo el día.

Suspirando lastimosamente, obedecí. Con el flequillo bien peinado y el pelo recogido sobre las orejas, sentí que mi aspecto era femenino.

—Mmm… bueno, eso sí que es una mejora. Deberíamos haberlo hecho antes de salir esta mañana. Podría haberles dicho a todos que era mi linda hija la que me seguía, no mi hijastro gay.

Sacó unas tijeras, varios botes de laca y un estante con horquillas. Sentí pánico cuando empezó a peinar, cepillar y a cortar aquí y allá mis mechones castaño oscuro. Luego vino una lluvia tras otra de esa horrible laca. Mi madrastra me roció con tanta cantidad que apenas podía respirar.

—Quédate quieta y callada. Quiero probar algo. —Rebuscando en su armario, sacó un mechón redondo de pelo. Al principio pensé que era una peluca, pero era demasiado pequeña.

—¿Qué es eso? —pregunté débilmente.

Louise sonrió.

—Se llama "caída". Es un mechón de pelo que se engancha al tuyo. Voy a ponértelo en la parte superior de la cabeza.

Continué peinándome, cepillando y sujetando con horquillas hasta que me quedé dormido de puro aburrimiento. De repente, me desperté y me encontré mirándome en el espejo. ¡Mi pelo parecía el de una niña! Louise me lo había recogido todo, menos el flequillo. La pequeña caída parecía exactamente parte de mi propio pelo. El resultado final era como algo que se ve en una revista de moda. Un par de elegantes pasadores plateados para el pelo estaban abrochados a ambos lados de mi cabeza, lo que me daba un aspecto muy femenino.

—¿Qué te parece? —bromeó Louise—. ¿A que es chic? ¡Pareces la reina del baile! 

Mi reacción fue entre la fascinación y el horror. Una parte de mí admiraba mi cambio de look y la otra parte quería despeinarse, arrancarse todo el pelo y salir corriendo. 

Louise parecía impresionada con el cambio. De pie detrás de mí, usó el cepillo y más laca para que mi flequillo se rizara. Una amplia sonrisa de satisfacción reflejaba lo contenta que estaba con su trabajo.

—Mmm… te ves muy bien. Vas a romper muchos corazones. Veamos qué más podemos hacer contigo…

Cruzando los brazos sobre el pecho, me quedé inmóvil mientras mi madrastra sacaba la bolsa de cosméticos y un pequeño tubo dorado. Todavía desnuda, se sentó en el taburete conmigo, presionando su cadera  contra la mía. Casi me desmayé de la sensación. Sin prestarme atención, Louise destapó el pintalabios, empezó a girar la base y se detuvo.

Intenté fingir que no sabía nada sobre cómo pintarme los labios, pero delatarme era demasiado fácil. Bueno, después de todas las veces que me había maquillado los labios bajo la estricta supervisión de mi madre, y después de todas las veces que lo había hecho solo, simplemente no pude evitarlo. Quité la tapa, me la puse entre los dedos como una experta y procedí a pintarme la boca con el brillo rosa brillante. El olor a algodón de azúcar impregnaba el aire.

Mi madrastra, por supuesto, estaba impresionada.

—Mmm… buen trabajo, cariño. Sabes qué hacer con esto, ¿verdad? —Me dio un pañuelo, que usé para secarme los labios. —. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto, Greg?

Me encogí de hombros.

—No lo sé… —Intenté pensar un momento…— Un par de años, supongo.

—¿En serio? —Sonrió—. Eres una princesa.

No dije nada.

—Toma, límpiate eso y pruébate esto. —Sonrojándome muchísimo, hice lo que me dijo, pintándome los labios con el labial de "melocotón y crema". Me sorprendió gratamente el sabor dulce.

—Mmm… se ve un poco soso, ¿verdad?—Me miró con complicidad—. Toma, pruébate este. Apuesto a que te quedará mucho mejor.

Unos segundos después, mi boca brillaba con un bermellón radiante. El fuerte sabor a cerezas me pilló desprevenido. Mi erección hormigueaba con electricidad, y apreté las rodillas con más fuerza que nunca.

Louise sonrió.

—Eres un poco joven, pero ese rojo intenso es definitivamente tu color. Te hace parecer mayor. Quédate con él, y también con el melocotón con crema y el rosa. Son todos tuyos.

—No quiero…

Me dio un codazo en las costillas, lo que me hizo reír sin querer.

—¿Ves? ¡Claro que lo quieres, y lo sabes! Ahora, cállate, tonta, y probemos algo diferente.

Mi madrastra entonces preparó un surtido de productos de maquillaje, desde rímel y sombra de ojos hasta rubor y cremas faciales. Un escalofrío me recorrió la piel...

—Toma, elige algo y pruébalo. Solo haz como si no estuviera.

—Eh, no creo que debiera…

—Me da igual lo que pienses. Haz lo que te digo… o quizá tenga esa charla con tu papá cuando llegue a casa. —Levantó el ejemplar de Seventeen que había encontrado en mi maleta—. Me encantaría que le explicaras esto al Sr. Macho.

Para cuando terminé, mis pestañas estaban oscuras, gruesas y rizadas, gracias a una generosa aplicación de rímel y un rizador. Un toque de sombra rosa azulada creaba un fondo de contraste para mis pestañas. Un sutil toque de crema de maquillaje y un poco de rubor me dieron una apariencia suave y femenina, borrando por completo al aterrorizado chico de catorce años. Combinado con mi sofisticado peinado recogido y mi lápiz labial rojo brillante, ¡me veía más femenino que nunca!

Pero aún no había terminado, por supuesto. Ahora que ya tenía "mi cara", el desfile continuó. Louise me mostró una gran variedad de sostenes para probar. Todos me quedaban grandes.

—Vamos a intentar algo —dijo mi madrastra en voz baja.

Observé con curiosidad nerviosa cómo sacaba un par de almohadillas de espuma.

—Toma, princesa, ponte estas sobre tus pechos. Te ayudarán a rellenar la figura y a que todo te quede bien.

Suspiré e hice lo que me dijo. Luego me miré al espejo. El sostén que llevaba puesto me quedaba perfecto.

—No te preocupes. Al ritmo que te estás rellenando, no las necesitarás por mucho tiempo.

Eso no me hizo sentir mejor. Mientras lamentaba mi deformidad física, mi madrastra seguía buscando el "soporte perfecto". Finalmente nos decidimos por un elegante sostén blanco que parecía tan caro como sexy. Louise rió mientras me ponía esa cosa con maestría. Me maldije por ser tan buena en esas cosas de niña.

—¡Dios mío, Gregory, estás guapísima con esa cosa! —dijo con una sonrisa malvada—. Es difícil creer que de verdad seas un niño con esa figura tan bonita que tienes. ¿Qué diría papá de su hombrecito ahora?

Estaba tan confundido. No pude evitar sonreír mientras me miraba en el espejo. Por muchas veces que me hubiera pintado los labios y me hubiera puesto ropa femenina, la fascinación no me abandonaba. Me veía guapísima. Casi tan guapa como una estrella modelo de revista de moda. De repente, sentí un fuerte cosquilleo entre las piernas mientras me miraba. Descrucé las piernas y las volví a cruzar, apretando los muslos con todas mis fuerzas. 

—¡Adiós, niñito, hola, mi dulce jovencita! Eres una gatita muy sexy.