Capítulo 12: El precio del podio
La adrenalina aún corría por las venas de Adriana cuando bajó del monoplaza. Ni siquiera había llegado al podio cuando el caos estalló.
Patrullas. Autoridades. Reporteros empujándose. Algo grave estaba pasando.
Marshal apareció de inmediato, colocándose a su lado como un escudo humano.
—No digas nada —le susurró—. Solo camina conmigo.
En el tumulto, una frase resonó por encima de las demás:
“La píldora fue administrada intencionalmente.”
Las investigaciones habían llegado a una conclusión definitiva: Stuart había sido quien manipuló las condiciones para que Adrián tomara la píldora rosa semanas atrás. Un acto deliberado para sabotear su carrera. Un intento de eliminar a un rival. Un crimen.
Adriana no necesitó más explicaciones. Todo cuadraba. La manera en que Stuart la provocaba. Su arrogancia. Su constante burla.
Stuart fue detenido y retirado de la pista. Ni siquiera llegó al podio.
Una vez que la situación se calmó, el protocolo siguió. Con la frente en alto, Antonio recibió el trofeo del segundo lugar. Adriana subió al escalón más alto entre ovaciones. El público no sabía toda la historia todavía, pero celebraban algo más grande que una victoria.
Ella estaba radiante. En paz.
Esa noche, en una sala de juntas privada, Marshal y un equipo de abogados le presentaron las opciones.
—Podemos presentar cargos por delitos contra la salud —dijo uno de ellos—. Con pruebas, lo encerrarán veinte años. Mínimo.
—Los abogados de Stuart dicen que fue un error… —agregó otro—. Que su intención no fue dañar, y que nunca estuvo en juego tu salud. Ofrecen un acuerdo extrajudicial.
Adriana miró por la ventana unos segundos. Las luces de París titilaban como estrellas caídas. No respondió de inmediato.
Finalmente, se acercó a Marshal y le susurró algo al oído con una media sonrisa. Él la miró con sorpresa, luego con una carcajada breve. Salió a hacer una llamada.
Cuando volvió, dijo con una ceja alzada:
—El doctor piensa que es posible llevar a cabo tu idea.
A la mañana siguiente, el escándalo ocupaba todas las portadas. Pero la noticia más comentada no era la victoria de Adriana.
“Stuart Hastings, excampeón de Fórmula 1, acepta un acuerdo para evitar la cárcel: deberá vivir como mujer al menos tres meses tras tomar la ‘píldora rosa’ que él mismo administró.”
La foto lo decía todo. O la decía todo. Stuart, o lo que quedaba de él, salía del centro de detención con una blusa prestada, el rostro aún confundido por el cambio.
Adriana hojeó el diario sin prisa, con una taza de café en la mano. Una mezcla de satisfacción y justicia recorría su pecho.
Entonces, su celular vibró.
Antonio.
Fue genial tu venganza con Stuart. Justo, elegante… y jodidamente brillante.
Un segundo mensaje llegó al instante:
Oye… ¿será muy raro si te invito unos tragos esta noche?
Adriana dejó el celular en la mesa. Sonrió sola.
Tal vez ya no había marcha atrás.
Pero eso no significaba que no podía seguir adelante.
















