sábado, 23 de noviembre de 2024

Recomendación de Manga: Sekainohate de Aimashou

Hoy haré una entrada diferente a las habituales. Se trata de un manga llamado: Sekainohate de Aimashou

Es la historia de Ryouma, un chico delgado y un poco débil que al intentar salvar  a un extraño muere.



El extraño era el príncipe de otra dimensión y decide revivirlo pero convirtiéndolo en chica para hacerlo su esposa. Ryouma despierta en el otro reino y de inmediato comienzan a "prepararlo" para encontrarse con el príncipe.



La obra es una comedia, así que es muy ligera de leer.



No pondré más páginas por miedo a que me bajen el post pero se pueden leer 24 capítulos en este link:


Y la historia completa (en inglés) está aquí:

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Una voz angelical (Parte 2)

 



Parte 2: "Está bien buena la vieja".

–Creo que estás llevando esto muy lejos, Karen...

Mi madre sonrió:

–Sólo hasta donde sea necesario...

Repentinamente, ante el sesgo bizarro de la situación, comencé a asustarme y mi cerebro pareció arder: necesitaba yo discurrir con frialdad, con lógica... Razonar...

–Pero, Karen –dije más para mí mismo que para ella–, entregaste los formatos que tenías preparados, y en todos aparezco como niño...

Por respuesta, mi madre me guiñó un ojo. Luego, se detuvo y viró hacia mí, dándose tiempo para arreglarme la diadema:

–¿Recuerdas que llevaba copias, amor?... Como te dije, una nunca sabe... Así que, mientras audicionabas, hice las correcciones: ¡sólo necesité cambiar la primera hoja, para que quedaras registrada como mi hermanita!... Aunque aún me falta un ajuste, es cierto, pero...

Reiniciamos la marcha, mientras yo me hundía en el silencio. "¿Cómo salgo de esto?", me preguntaba. Sin embargo, mis cavilaciones no tardaron en detenerse, ante una perspectiva complicada mucho más próxima: el regreso a casa.

–Karen –rogué, con toda convicción, sintiendo nuevamente la boca seca–, por favor, detengámonos en algún lugar para que pueda cambiarme...

–¿Estás loca? –me respondió– No vamos a correr riesgos... Alguien puede verte...

–Precisamente –argumenté–: ¿pretendes que pase así, de vestidito, frente al parque, ante todos mis amigos?

–¡Esa bola de nacos me tiene sin la menor preocupación!

–¿Y yo te preocupo, acaso?

–¡Por supuesto! ¡Hago esto por ti!...

–¡Karen! ¡Te lo suplico!

–Además, me deshice de tu otra ropa; la tiré... Si te quitas el vestido, tendrás que regresar en calzoncitos rosas o desnuda...

–¡Cómo pudiste!...

–Entiéndelo: ¡nuestro futuro depende de ti!... ¡A partir de hoy, eres mujer: te comportarás como mujer y vivirás como mujer!

Viajar de regreso, fue atroz. Al principio, porque temía que se dieran cuenta de mi disfraz; después, exactamente por lo contrario: primero, en el autobús, un joven me cedió su asiento; luego, un tipo me extendió la mano para ayudarme a bajar; en la combi, el chofer me dedicó un "cuidado con la puerta, señorita"; y cuando un pequeño de tres años se me quedó viendo y, alegremente, se me recargó en la pierna, su mamá colocó la cereza en el pastel:

–Disculpa a mi Martincito, hija. ¡Es un coqueto con las chicas bonitas!

El parque frente a la casa, como suponía, estaba lleno. Traté de apurar el paso, pero mi madre me inmovilizó, asiéndome la mano...

–Camina lentamente o te moleré a golpes...

–Ya, Karen... ¡Mis amigos me verán así!

–¡Que te vean!

–¡Karen!

–En serio, Angélica: ¡si dejas de ser femenina un solo momento, te daré una madriza que no olvidarás!...

Entre el miedo y la impotencia, se me vino un amago de vómito.

–¡Vamos! –ordenó mi madre, sin darme tiempo a pensar– ¡Muévete como te enseñé! ¡Un pie delante del otro; deditos al frente!

Reinicié la marcha, oyendo tanto las voces de mis amigos en el parquecito como los rebotes del balón de futbol, e intuyendo las miradas. Sin querer volver el rostro, traté de bloquear mis pensamientos catastróficos. Podía notar el acompasado movimiento de mis caderas, el roce casi aéreo de mi vestido, la caricia del aire entre mis muslos, el tenue balanceo de mis aretes. Sudaba frío. Cuando alcancé el umbral de la casa, faltaba poco para que la humedad en mis ojos se desbordara...

–¿Ya ves, miedosa?... Nadie te reconoció... Los únicos que voltearon se enfocaron en tus piernas y en tus nalgas...

Apenas entrando, comencé a sollozar: sólo quería ir a mi cama y olvidarme del mundo. Pero, de nuevo, mi madre intervino: con una fuerza inusitada, me empujó al cuarto rosa de las muñecas y me encerró ahí.

–Éste es tu nuevo espacio, Angeliquita –me informó–. Acostúmbrate a él...

–¡Sácame! –grité, rompiendo en llanto, y golpeando la puerta–... ¡No tienes derecho a hacerme esto!...

No obtuve respuesta. Seguí chillando, en desesperación, y me fui extinguiendo en ánimo y en anhelos, hasta que me derrumbé en el piso. Era muy tarde cuando mi madre, maquiavélica, sonriente, abrió por fin.

–Vamos a cenar algo –me dijo, fingiendo amabilidad.

La seguí. Pero no pude evitar el vistazo a mi habitación, en el momento de pasar enfrente: sólo quedaba el tambor de la cama. Tragué saliva. Mis juguetes, mi ropa, mis balones, mis cómics, mis tenis, mis pantuflitas, mi colchón, mis libros, mis cuadernos, mi mochila, mis fotografías: ¡todo había desaparecido!

–¡Apúrate! –me indicó.

Entramos en la cocina, y me acomodé a la mesa, ante un tazón de leche y cereal. No tardé en percibir un exiguo olor a humo. Volteé la cabeza y encontré un fuerte resplandor en el patiecillo trasero.

–¡Grandísimo Dios! –aullé, adivinando de golpe, y emprendiendo la carrera.

Sí: una enorme hoguera estaba devorando mis propiedades. Nada era ya rescatable. Desde atrás, mi madre me abrazó y me dijo al oído:

–¡Cuánta basura! ¿No?

Impotente, con un codazo, me separé de ella.

–Voy a dormirme –le informé–. No tengo hambre...

Mi madre suspiró dulcemente.

–Como quieras...

Caminé hacia mi habitación, en silencio total. Pero antes de que llegara a ella, mi madre ya estaba tras de mí. Llevaba dos prendas, dobladas, en las manos.

–Ahórrame el trabajo de sacarte a golpes de ahí...

–¡Karen, yo no quiero seguir con esto! ¡Soy niño!

Me interrumpió el timbre del teléfono. Mi madre fue a la sala y respondió, aunque oprimiendo el altavoz con el objetivo de no perderme de vista:

–Diga...

–¿Doña Karen?

–Sí...

–Soy César, su vecino, uno de los amigos de Ángel...

Advertí en ella un incuestionable gesto de desagrado. César, una especie de líder natural, vivía a tres casas de la nuestra, tenía dieciséis años y era el más activo futbolista de la colonia.

–Te recuerdo, César... Dime...

–¿Está Ángel?

Con un atrevimiento que me sorprendió, antes de que mi madre pudiera efectuar algo (especialmente oprimir el botón para hacer personal la llamada), corrí junto a mi madre y alcé la voz:

–Hola...

–Ángel, ¿qué onda? No te hemos visto hoy y nos sabíamos si estabas en casa...

Mi madre me lanzó una mirada amenazadora.

–Es que... Tengo mucha tarea....

–No hay pedo... Bueno, al chile... Queremos preguntarte algo...

–¿Tú y quiénes?

–Bobbie, el Pedro, Rolo, Canelo y Juan... La flota... Estamos en mi casa...

–¿Y eso?

–Te digo, güey... La curiosidad...

–Explícame...

–Es que hace rato tu mamá llegó con un morra...

Temblé...

–¿Ajá?...

–¿Quién es?

Me sentí descubierto.

–¿A qué te refieres?

–No te hagas, pendejo...

–No, César... Es que...

–Ya, güey, en buen plan... La vimos de lejitos, pero está bien buena la vieja...

Me quedé de una pieza.

–¿Cómo?

–Sí, güey... Preséntala, no seas culero... ¡Nos pasó un chingo!...

Mi madre intervino, fingiendo un grito lejano:

–Cuelga, Ángel... Dice tu prima que quiere usar el teléfono...

Oí la risa de César:

–¡Ah, pinche ojete!... Así que es tu prima…

–César, yo...

–Algo así supusimos... Con todo respeto, cuando el Rolo la vio dijo: "no mames, ha de ser de la familia, porque tiene la misma cinturita y el mismo tipo de nalgas que la mamá del Ángel"...

–Tengo que colgar...

–Va... Pero si no nos presentas a tu prima...

Terminé la llamada, con un manazo desganado. Mi madre me vio, triunfal, divertida.

–¿Qué decías? ¿Qué eres qué? Aquí no hay niños... Yo, al igual que tus naquetes amigos, sólo veo dos mujeres: tú y yo...

Agaché la cabeza:

–No es posible...

–Tan lo es, hermanita, que les gustaste... Conozco a los hombres: estarán pensando quien gana en hacerte su novia...

–¡Karen!

–Es que no te das cuenta lo distinta que luces de vestido: como te estiliza la figura, dejándotela completamente femenina... Para usar palabras de César: "te ves bien buena"...

–¡Dejemos esto, por favor!

–¿Te cuesta trabajo oírlo? Acostúmbrate, hermanita... ¡Porque a esos nopales con los que jugabas ya no les interesas para el futbol! ¡Ahora quieren cogerte!

No podía más. Enfilé al cuarto rosa, con tal de lograr un rato de soledad.

–¡Buenas noches! –corté.

–Desnúdate, antes –me atajó mi madre.

Obedecí. ¿Qué remedio? Pronto, sólo lucía un montón de cinta adhesiva en la entrepierna, e hice el amago de despegarla.

–Déjatela –fue categórica mi madre...

–¡Pero quiero orinar! –pretexté...

–Mejor... De cualquier manera, como ya te lo dije, sólo puedes hacerlo sentada...

Fui al retrete bajo su vigilancia, sintiendo una humillación total. Cuando apenas regresaba yo al cuarto rosa, mi madre me arrojó las prendas: era un antiguo juego de pijama suyo marca Emily Strange, unitalla, integrado por un topcito (en el cual Emily y dos gatitos dormían colgados de una especie de tendedero) y un cachetero (delicadamente ornado con estrellas): ¡más ropa de niña!

–¡Karen, no inventes!...

El bofetón que recibí estuvo a punto de proyectarme al suelo...

–¡Con una chingada! ¿Vas a usar la puta ropa, sí o no?

–Sí –bisbisé...

Me vestí a toda prisa, y arrojándome a la cama, me envolví en una finas sábanas de Barbie. Mi madre se limitó a apagar la luz y a cerrar la puerta con llave.

Seguí llorando, hasta que el agotamiento me hizo dormir.

Me despertó un rayo de luz, filtrado entre las cortinas de la ventana. Yo me estiré, con descanso, en paz, hasta que sentí la textura de la pijama: pequeña, elástica... La conciencia de lo vivido me aporreó. "No fue una pesadilla", concluí, en pánico, y me levanté de un salto. Fui hasta el espejo de cuerpo entero (adherido a una de las paredes): por la androginia de mi edad, descubiertos mi firme abdomen y el inicio de mis caderas, planísimo mi vientre, parecía más mujer aún, una jovencita de hecho. Giré: el cachetero dejaba al aire casi la mitad de mis nalgas.

Fui a la puerta:

–¡Karen! –grité– ¡Sácame de aquí!

No hubo respuesta: mi madre había salido de casa. Vi el reloj (una delicada trama de flores y princesas de Disney), acomodado en el buró, al lado de una delicada cajita de pañuelos desechables: 12:49.

En un arranque de furia, me quité la pijama, y comencé a liberar mis genitales. "Soy un hombre", pensé. "Y como tal debo comportarme". De entrada, actué premeditadamente rudo, con gestos masculinos excesivos; después, decidí masturbarme (como lo había hecho ya en un par de ocasiones). Para mi horror, mi pene estaba adormecido, insensible.

Traté de calmarme, y dejé que mi mente vagara entre imágenes de compañeras de la escuela (que me gustaban) y fantasías un tanto ingenuas (pero estimulantes para mí, en aquella época)... Recordé, incluso, las Playboy que había yo hojeado con el resto de chicos de la colonia. Traje la escena: estábamos en casa de Rolo, y Bobbie había llegado con las revistas; Canelo había hecho chistes muy vulgares, y César se había limitado a aseverar, frente a la fotografía de una rubia californiana: "está bien buena la vieja; ya se me paró la verga". Me detuve, tragando saliva. "Es el mismo comentario que hizo de mí; hasta usó el mismo tono".

Se me despertó una extraña fogosidad y mi pene comenzó a erectarse. Quise enfocarme en el recuerdo de la playmate, de cuerpo prodigioso, y me froté con energía... No pude, sin embargo, sacarme la voz de César, sus matices lúbricos: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... "Creyó que soy mujer y que estoy buena", pensé, con morbo. "Quizá lo excité. ¿Se le habrá parado también la verga conmigo, como con la modelo?"... Evoqué a mi madre: "¡A esos nopales con los que jugabas ya no les interesas para el futbol! ¡Ahora quieren cogerte!"... Y me mordí los labios... "¡Basta!"... Volví a las chicas de la escuela. Pero César siguió en mí: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... ¡Dios! ¿Qué estaba experimentando? Se me despertó un placer angustioso, distinto, y comencé a eyacular entre culpa, vergüenza y miedo...

Apenas un instante después, oí los pasos de mi madre: ¡estaba de regreso!

–¡Arriba, floja! –se anunció.

Tomé unos cuantos pañuelos desechables, y me limpié apresuradamente. Después, volví a ponerme el top y el cachetero, y me senté en la cama.

–Métete a bañar, que ya es tardísimo –indicó mi madre, abriendo la puerta del cuarto rosa.

Para mi buena fortuna, no se detuvo: regreso a la sala, dándole a la cháchara y sin notar los brillantes goterones de semen sobre la alfombra, junto a un amasijo de cinta adhesiva. Limpié con cuidado, y la seguí, ocultando en mi mano tanto los pañuelos usados como el dicho amasijo...

–¡Esta mañana resultó de maravilla! –explicaba mi madre, imparable– ¡La circulación estaba fluida por completo, y había poca gente en el transporte! ¡Pude ir en chinga al centro, cambiar el cheque, hacerte un acta, pasar al súper y darme una vuelta por los puestos de ropa!...

–¿Hacerme un acta? –interrumpí...

–Sí –sonrió–... ¡Pero apúrate, hermanita!... ¡Dame la pijama, y entra al agua!... ¡Yo te pasaré las toallas!

Me desnudé y entré al baño. No me asombró que hubieran desaparecido mi champú y mis jabones; sí que en el pequeño e improvisado tendedero de la ropa interior de mi madre colgara mi pantaletita de Hello Kitty, secándose, entre dos sexys tangas. Arrojé la basura al retrete, defequé y oriné. De inmediato, me alisté a la ducha; obvio: tuve que usar los productos de mi mamá (frutales, unos; florales, otros; cremosos, todos), y salí oliendo como ella, a ella.

–Te ayudaré –me dijo, con dos toallas en las manos.

Con una, me ciñó el cuerpo desde el pecho; con otra, me envolvió la cabeza. Luego, me condujo al cuarto rosa. Ahí, me secó y volvió a atarme los genitales con cinta adhesiva; me puso una pantaleta de algodón gris (con dibujo de la Pantera Rosa en la parte de atrás y detalle de lacito en la parte delantera), un entallado vestido de punto ligero (a rayas en tonos grises y rosas también, con escote en V y bolsillo canguro), y unos femeninos tenis a juego; me peinó y me perfumó.

–¡Lista! ¡Quedaste hermosa!

No quise verme al espejo; sentía miedo de escuchar la voz de César.

–Bien –dijo mi madre–... Te tengo algo rico para comer...

En efecto: fuimos a la cocina, y por primera vez en el día me sentí feliz: había una bolsa de comida china en la mesa. Disfruté los fideos, el arroz, los camarones y los trocitos de pollo. Atacábamos el postre, cuando sonó el timbre. Era Fanny.

–Temía equivocarme de casa –saludó, al entrar en nuestra sala–. ¿Cómo están?

–Bien –respondió mi madre, plena de sincera alegría–. ¡Es un gusto verte!

–Te dará más gusto en un minuto –sonrió Fanny, sacando su teléfono celular–. Sí, señor –habló al aparto–. Es aquí...

Oímos los inconfundibles sonidos de las portezuelas de un coche y, un instante después, Yves Chassier atravesó el umbral.

–Buenas tardes –su acento francés resultaba inconfundible.

Mi madre ofreció los asientos, y me hizo sentarme a su lado, en el sofá.

–Derechita, piernas cerradas, muy femenina –me secreteó al oído...

Yves Chassier, dueño del contexto, un hombre completamente seguro de sí mismo, extrajo una elegante cigarrera y se despachó una especie de puro delgadísimo, aromático. Le hizo una seña a Fanny.

–Hemos calendarizado para mañana la sesión de fotografías de Angélica –inició ella–. Pero en lugar de llamarlas por teléfono, el señor Yves Chassier prefirió venir aquí e informárselos personalmente. Además, tiene mucho interés en este caso...

Quedé en estupefacción:

–¿Puedo preguntar por qué? –deslicé; mi madre me pellizcó discretamente

Chassier sonrió:

–Tengo un talento especial para descubrir estrellas...

–Ajá...

–Hay madera en ti, Angélica, mucha... Y grandes posibilidades de planear a futuro...

Fue mi madre quien intervino:

–¿A qué se refiere, señor Chassier?

–Aunque incluye hombres, "Jugar y Cantar" en realidad no funciona para ellos: sólo son parte de la mercadotecnia...

–Porque pueden cantar precioso de niños –comentó Fanny, muy directa–, pero nada nos garantiza que, tras la pubertad, conserven la buena voz...

–Daré un solo ejemplo, muy claro –prosiguió Chassier–: mientras en la pubertad los repliegues vocales de las mujeres sólo crecen de tres a cuatro milímetros, en los varones llegan al centímetro...

–Por eso les sale la manzana de Adán –terció Fanny...

–La voz femenina sólo muta alrededor de una tercia mayor –completó Chassier–; la varonil, en cambio, alrededor de una octava... Entonces, no puedo planear carreras largas para chamaquitos... ¡Y yo quiero empezar a trabajar con las luminarias del mañana!...

–Entiendo –suspiró mi madre...

Chassier me vio:

–Tú, Angélica, no sólo cantas increíblemente: eres muy guapa y estás en la edad ideal para pulirte...

–Gracias –balbucí...

–¿Qué quiere que hagamos, señor Chassier? –curioseó mi madre.

–Sólo que se dejen guiar...

–Lo haremos...

Chassier sacó su celular y dio instrucciones en francés. En un santiamén, seis personas más (cinco hombres y una mujer), con sendos portafolios y expedientes, estaban en nuestra sala... Fanny hizo las presentaciones:

–Ramiro Bretón, diseñador de imagen; Bill Sáenz, médico, especialista en nutrición y bariatra; Ramón Borrero, director de orquesta y coros; Jean de Saint-Aymour, coreógrafo; Louise Cavaliere, profesora de etiqueta; y Agustín Trejo, entrenador profesional...

–¿Vieron ya el video? –intervino Ramiro.

–No –contestó Chassier...

Ramiro extrajo una laptop, y la abrió.

–Acérquense, por favor –pidió.

Comenzó a mostrar el video de mi casting. Casi me desplomo

–Te robaste la cámara –dijo Chassier.

–¡Se te nota presencia de estrella! –rió Fanny.

¡Era increíble la forma en que lucía la despampanante chica de la pantalla, pese a que, ligeramente tímida, casi no se movía! A su voz cristalina, hechizante, se aunaban las luces del escenario que se estrellaban en su piel perfecta, generando un maravilloso tono caramelo; sus ojos profundos, azulísimos, resultaban un verdadero imán para el espectador. Chassier me extrajo del shock.

–Ahora bien, Angélica, y sin pretender ser ofensivo: es evidente que estás en camino de tener un cuerpo tan escultural como el de tu hermana... Quiero aprovechar tu perfil: ese atractivo que emana de ti...

–¿De qué forma? –me extrañé.

–Los reality shows tienen una dinámica extraña... Pretenden mostrar la vida misma, pero en realidad son como una telenovela: simples melodramas... En este sentido, requieren personajes bien definidos, héroes, villanos, que la gente acepte como posibles para que, identificándose con ellos o no, los amen o los odien...

Mi perplejidad evidente motivó una explicación de Fanny:

–Lo que el señor Chassier te está explicando es que, en este momento, a partir del casting, estamos construyendo una posible trama para el show... Y asignando papeles a los concursantes más notables...

–Es decir –concluí–, que el reality no es tan reality...

Todos rieron.

–Diste en el clavo –asintió Ramiro...

Fanny se inclinó hacia mí:

–Lo importante es que el señor Chassier te ha asignado uno de esos papeles... Si lo aceptas, desde luego...

El productor disparó:

–Quiero que seas la niña coqueta y sexy del reality, la rubia de la que todos se enamoran... Ese será el punto de partida de tu futura carrera artística...

–Una guapísima y despabilada chica fresa –secundó Fanny...

–Una especie de Paris Hilton –terció Ramiro–, pero en inteligente y talentosa...

Enmudecí, en pánico total. "¿Niña coqueta y sexy? ¿Chica fresa?"... Mi mamá, en cambio, se sacudió sin manifestar sentimientos:

–Intuyo algo, señor Chassier... Sea claro, por favor...

Chassier dio una fumada lenta a su puro:

–Señorita Karen, sin importar si ganara o perdiera, con esto su hermana ya tendría un lugar garantizado en el medio...

No es necesario decir que mi madre no titubeó. Para nada valieron mis discretos jalones a su blusa.

–¡Claro que aceptamos!... Nos ponemos en sus manos...

Chassier aún no estaba satisfecho.

–¿Entiende que tendremos que desarrollar la imagen de Angélica, tal y como la necesitamos? –preguntó.

–Lo entiendo –respondió mi madre...

–¿Me respaldará para que, después del reality show, Angélica se convierta en la cantante juvenil de pop más exitosa?

–¡Claro!

Chassier se alegró:

–El trabajo comenzará mañana, propiamente, con el estudio fotográfico. Pero podemos adelantar un poco... Recuerden que todos, aquí, estamos comprometidos con el futuro de Angélica...

–De entrada, Karen –se inmiscuyó Fanny–, te olvidaste de entregar ayer el acta de nacimiento de Angélica...

Mi madre sonrió, y fingió revolver algunos papeles.

–¡Pero qué tonta soy!

¡El acta! ¡Entendí las prisas matutinas de mi madre! Más tarde supe que había ido a un barrio de la ciudad, famoso por sus imprentas y por sus falsificaciones de documentos, para ampararme en una nueva identidad ¡no sólo teniendo a mis abuelos como padres, sino con un sexo distinto!

Mientras tanto, con una actitud mesurada y profesional, el doctor Sáenz comenzó a averiguar mi estado de salud y mis hábitos alimenticios. Después, tuve que coordinarme con el director de orquesta y coros, con el coreógrafo, con la profesora de etiqueta y con el entrenador personal, hasta organizar el horario de mis próximos días. Intuía un infierno. Justo en ese momento, mi madre apartó al médico; sólo oí su primera pregunta, como si la hubiera dirigido a mí:

–¿Cree que Angélica necesite tomar vitaminas?

Eran casi las seis de la tarde cuando concluyó la reunión. Al levantarse del sillón, Chassier estaba exultante:

–Han tomado la decisión correcta, señoritas... Será un placer seguirnos viendo...

Fanny lo atajó.

–Señor, ¿cree que este barrio sea el adecuado para la imagen de Angélica?

Se detuvo:

–Buena observación –dedicó unos segundos a pensar; luego, volteó hacia el diseñador de imagen–: Ramiro...

–Señor Chassier...

–¿Ya terminaron de arreglar el departamento plata?

–Sí, señor... En cuanto Sonia viajó a Europa, me hice cargo...

–Entrégueselo a ellas –nos vio–. Que se muden de inmediato...

–Mañana, en el set, les daré las llaves...

Fanny nos guiñó un ojo.

–Hasta mañana, entonces –se despidió Chassier–... Les enviaré un auto a las cuatro de la tarde...

Fanny dijo que se quedaría para terminar de llenar unas formas. Y así fue. Aunque la intención tenía que ver, también, con darnos cierta información:

–Me cayeron muy bien –confesó–. Por eso hice la sugerencia. Les encantará el departamento plata...

–Explícanos –rió mi madre...

–La televisora posee algunos inmuebles para sus artistas consentidos... Yves Chassier maneja varios, para nuevas estrellas... Y no es justo que alguien con la voz de Angélica permanezca en este barrio tan horrible... Sobre todo con el papel que le han asignado en el reality...

Cuando Fanny se marchó, mi madre me regaló un abrazo fuerte, cálido.

–¡Vamos bien, hermanita! ¡Vamos bien!

Iba a reclamarle, cuando sonó el teléfono. Volvió a usar el altavoz:

–Diga...

–¡Hola, bombón! Soy Marcos...

Era el gerente de relaciones públicas de la compañía cervecera para la que mi madre servía como edecan.

–¿Qué carajo se te perdió?

–Tengo un evento de última hora... Échame la mano...

–Lo siento, Marcos... No cuentes más conmigo...

–No mames, bombón. Te necesito... Sólo un par de horas...

Colgó. Y me hizo una cara simpática.

–Que Marcos se vaya a la chingada...

No soportaba más el remolino de emociones que me devoraba. Y exploté:

–No quiero seguir con esto, Karen...

–¿Qué?

–Ya me oíste....

–¿Y de qué carajos piensas que vamos a vivir? ¿De la caridad?

–Si tú no puedes con tus responsabilidades de mamá, no te preocupes: buscaré trabajo en el súper, empacando cosas. O lavaré coches... ¡Pero no pienso seguir fingiendo!

El rostro de mi madre cambió: se volvió frío, despiadado. Supe, en ese momento, que era capaz de cualquier cosa. ¡Sentí más miedo de su reacción que de mi situación!

–Fuiste un error en mi vida, y debí abortarte como me sugirieron tus abuelos... ¡Así estaría libre y no habría tenido que sacrificarme por ti! –me asió por el cuello y comenzó a ejercer una sutil aunque creciente presión–... ¿Así que cree que aún no eres lo suficientemente mujercita?

Me llegó la asfixia.

–Suéltame, por favor...

–¡Te haré ahora lo que debí hacerte en mi vientre!...

Apelé a la compasión:

–Perdóname, mami... Te quiero...

–Si me quieres, demuéstralo...

–Te lo demostraré...

–¿Obedecerás sin chistar?

Ya no podía hablar. Sólo asentí con la cabeza... Mi madre aflojó la mano...

–¿Estás segura? –preguntó.

Mi voz sonó débil, casi apagada:

–Sí...

–Tú me apoyas, yo te apoyo...

Me derrumbé en el sofá.

–Es que, Karen, no puedo ser niña de la noche a la mañana...

Mi madre repitió:

–Tú me apoyas, yo te apoyo...

Entonces, se le iluminaron los ojos... Y agregó:

–Aparte de mí, tendrás a las mejores maestras...

Fue al teléfono. Conectó el altavoz y marcó a toda velocidad.

–Bueno –respondieron...

–¿Marcos?

–Sí, Karen... Un Marcos preocupado, que ya te echa de menos...

–Sólo por hoy, cuenta conmigo... Será mi último trabajo para la cervecera...

–Eres un primor... Te pagaré el doble...

–El triple, más bien: una prima me acompañará...

–¿En serio? ¿También es edecán?

–Está comenzando...

–¿Está buena la vieja?

¡De nuevo esas palabras! Mi madre se carcajeó:

–Eso dicen todos sus amigos... Ya la verás...

–Me ahorras chamba, bombón, y te adoro... Las zapatillas para tu prima, ¿de qué número te las mando? No tengo muchas disponibles...

Mi madre comparó mis pies con los suyos.

–Del mío le vendrán bien...

–Perfecto... Con los uniformes, no hay bronca: son unitalla...

–Va que va...

–En unos minutos, un motociclista te entregará los dos equipos... ¿Pueden estar, las dos, en mi oficina, a las 9:30?... El evento empieza a las 10...

–Por supuesto...

–Gracias, Karen...

–Bye, Marcos...

Mi madre colgó y me vio a los ojos... Luego, sentenció:

–Aprenderás mucho, hermanita... Dentro de unas horas, serás la más coqueta y sexy de las edecanes...

domingo, 17 de noviembre de 2024

Ya quiero andar de novia con un buen hombre.

 


Sé que fui un hombre durante 18 años. Sé que nunca tuve deseos de ser mujer. Sé que solo me convertí en mujer porque en el centro de salud me dieron una píldora rosa en lugar de una píldora para el resfriado...



Pero nada de eso cambia el hecho de que ahora soy mujer. Y ya quiero andar de novia con un buen hombre.





jueves, 14 de noviembre de 2024

Una voz Angelical (Parte 1)




Parte 1: De Ángel a Angélica

 –Vamos, Ángel, concéntrate...

El reclamo del profesor López, seguido de un insensible acorde en el piano, me estremeció. Yo no podía quitar mi atención del alboroto fuera de la casa. Me fascinaba el futbol –de forma inevitable–, y los rítmicos golpes de los balonazos, entremezclados con los hechizantes gritos de entusiasmo de mis vecinos, se me volvían un torturante llamado al juego.

Karen, mi madre, que, recostada en el sofá, fingía leer, intervino de inmediato:

–Si no muestras respeto por la clase, olvídate de salir hoy a la calle...

Suspiré.

–Sí, Karen...

López, el disciplinadísimo e inconmovible director de un famoso coro infantil, sonrió.

–Perdóneme, maestro –agregué...

–Otra vez, desde arriba, entonces...

Reinicié la escala, tratando de que mi voz sonara más definida, más cristalina...

Estaba yo, entonces, a dos semanas de mi doceavo cumpleaños: era un niño ordinario, lleno de vitalidad, pese a las excentricidades de mi madre. Ella, blanca, rubia, guapísima, me había tenido a los quince, fruto de un romance fugaz que prefería no mencionar, y era una actriz fracasada.

Hasta un año antes, mi madre sólo se dedicaba a dos cosas en la vida: a presentarse en castings –buscando el papel que, al fin, la condujera al estrellato– y a complacer a su amante en turno. Desafortunadamente, su falta de talento actuaba en contra. Conseguía, sí, esporádicas apariciones en anuncios televisivos (donde su voz podía ser doblada); y mayormente participaba como edecán de una compañía cervecera. Esto último, sin embargo, la conflictuaba un poco.

–Soy una actriz de carácter –me repetía, mientras se colocaba la minúscula ropa, antes de algún evento–, y tengo que perder el tiempo en esto para que comamos, en lugar de ir por mi estelar...

De apariencia juvenil, no representaba sus 27 años: con el cuerpo escultural, macizo, y una piel de porcelana, bien podía pensarse que apenas había rebasado la adolescencia. Lo entallado y lo justo le quedaban, pues, de maravilla: sabía portar ropa provocativa, y lucir tanto sus impresionantes curvas como sus enormes y firmes senos.

–Las mujeres tenemos esta ventaja –me subrayaba, acariciándose las nalgas–. Lástima que naciste hombre: nunca sabrás todo lo que se puede obtener con esto...

En esta lógica, no era raro que se fuera a la cama de productores anodinos o de directores de segunda, para abrirse paso en el "medio artístico"; o que los recibiera en la propia. Al menos una vez a la semana, la veía subir a su cuarto, acompañada.

–Es Ángel, mi hermanito –le decía a su "pareja" del momento, señalándome, y yo me limitaba a sonreír estúpidamente.

Sin embargo, su fama de irresponsable y sus nulas capacidades eran más fuertes: nadie la tomaba en serio. Se la fornicaban con gusto; nunca la respaldaban.

No es necesario decir que nuestra situación económica era malísima. Ciertamente habíamos conocido tiempos mejores, mucho mejores: mis abuelos, de hecho, habían sido ricos (¡cómo extrañaba las Navidades a su lado, llenas de juguetes, luces, pavos y jamones importados; las fiestas que me organizaban, con golosinas a pasto, magos, payasos y globos; las vacaciones en Houston, en Los Ángeles o en alguna playa maravillosa!); e incluso tras su muerte (en un dramático accidente automovilístico), nos habían dejado protegidos. Lamentablemente, la fatua e irreflexiva actitud de mi madre había dado al traste con la herencia: despilfarro tras despilfarro, había reducido el cuantioso legado a una pequeña casa, en una colonia de clase media, y a un viejo Volkswagen. Nuestro refrigerador se mantenía ya prácticamente vacío y, día tras día, se amontonaban las deudas. El único testimonio de nuestro pasado lujoso era una habitación rosada, donde mi madre amontonaba sus muñecas y sus fotografías de niña mimada.

Pese al futuro poco alentador, yo trataba de pasarla lo mejor posible, y de no amargarme por las carencias. Iba bien en la escuela, jugaba futbol en un parquecillo frente a la casa, contaba amigos por montones, y me empeñaba en no ilusionarme por los lujos que me estaban vetados (¡hasta mi Xbox y mi Game Cube habían terminado en una casa de empeño!). En tal sentido, aprendí a amar los pequeños regalos cotidianos de la vida: disfrutaba intensamente, por ejemplo, los paseos dominicales en el pequeño auto, de color verde escandaloso (al que me refería siempre como "nuestro limón"), que finalizaban en algún pueblito cercano, donde comíamos fruta barata; o las escapadas vespertinas a los bazares, para localizar "joyas" entre la piratería (CD’s y DVD’s incluidos).

Sin embargo, una tarde, mientras limpiábamos la casa, mi mamá insistió en que interpretara con ella un tema que estaba preparando para audicionar en una comedia musical. Jamás lo había hecho, y, de inmediato, se manifestó la perfección de mi voz.

–Tú tienes un don que a mí no me concedieron –me dijo, estupefacta, interrumpiendo las tareas–: con esa voz podrás llegar a donde yo siempre he soñado...

A partir de entonces, toda la dinámica cambió. Para decirlo claramente, mi madre se obsesionó por canalizar en mí sus metas frustradas: contra mi voluntad, el canto se me volvió centro de vida.

De entrada, me anotó en una academia mediocre (cuya colegiatura pagó con favores sexuales).

–Es un principio –sentenció.

Después, cuando conoció, por casualidad, al profesor López, no descansó hasta seducirlo, primero, y convencerlo, más tarde, de que me diera clases particulares. Para ello, vendió el Volkswagen y compró un desgastado piano de marca regular. ¡Se habían acabado las salidas dominicales!

–Tu hermano sería una maravilla en el coro –le decía él–. Como soprano, tiene coloratura, agilidad, brillantez... Que asista, Karen. No te cobraré.

–Para nada –reviraba mi madre–: Ángel debe brillar por sí mismo. ¿No es capaz de gran virtuosismo? Tú lo has dicho...

–Sí, pero...

–Nada... Lo que es, es...

Obvio: el futbol resultaba una amenaza, porque, según mi madre, me distraía del canto. Y jamás respondió a mis súplicas de incorporarme formalmente a un equipo.

–No, Ángel –gimoteaba–... Te desenfocas...

A veces, ella recurría al llanto abierto:

–No seas egoísta... Después de todo lo que he hecho por ti, apóyame con esto...

Yo aprovechaba cualquier oportunidad para marcharme al parquecillo, a fin de perderme temporalmente en la convivencia con mis amigos, en la pelota, en el extenuante ejercicio, en el envolvente y tibio aire.

"No quiero dedicarme al canto", pensaba. "¡Seré futbolista!".

Y le ponía empeño al juego, en serio, mostrando un talento natural que sorprendía a mis vecinos. Pero la perfección de mi voz era una maldición. De cualquier manera, terminaba por sentirme culpable, y regresaba a la casa, bajo una especie de obscura desesperanza.

–¡Hola, vocecita! –me recibía mi madre– ¡De aquí, al éxito!

Lo único que me permitió fue dejarme el cabello largo, para mostrar mi admiración por David Beckham, y eso debido a que, en su opinión, me veía "más guapo" y "más tierno".

–Tienes mi mismo tono rubio, mi piel nívea y mis ojos azules... Agradéceme eso... No eres feo y prietito como esos nacos con los que pierdes el tiempo, pateando la pelota...

Una tarde, mientras comíamos-cenábamos sándwiches de mayonesa frente al televisor, oímos el anunció que cambió mi vida.

–El objetivo del reality show "Cantar y jugar" –explicaba en pantalla Yves Chassier, un famoso productor de origen francés– es encontrar a las nuevas estrellas infantiles. No buscamos sólo belleza física, sino talento... Cantantes, verdaderos cantantes...

Mi madre saltó del sillón.

–¡Ángel! ¡Nuestra oportunidad llegó!

La mañana siguiente, no salió del cibercafé. Fumando, nerviosa, buscó, leyó y releyó las bases del show; se aprendió de memoria los requisitos, y cuidó que los llenara a detalle; ubicó la hora y el lugar del casting de los niños; e hizo varias impresiones de los formatos para entrega.

–Llevaré copias –me decía–... Una nunca sabe...

Justo el día de mi cumpleaños, ataviados con la mejor ropa que nos quedaba, tomamos un colectivo y, después, un autobús, para llegar a los estudios de la televisora. Mi madre me había ordenado interpretar para los jueces el Avemaría de Schubert (cuya partitura llevaba en su bolsa de mano), y todo el camino me fue dando indicaciones para, como decía ella, "deslumbrarlos con majestuosa presencia escénica". Lamentablemente, nos retrasó un grupo de manifestantes que se dirigía al centro de la ciudad (profesores de primaria y militantes izquierdistas, procedentes de un estado del sur del país): el autobús se vio atrapado justo encima del puente vehicular más alto de la ciudad.

–¡Demonios! ¡Demonios! –gruñía.

–Respira, Karen –trataba de sosegarla...

–¡Si al menos pudiéramos bajarnos!...

Arribamos a la televisora con dos horas de retraso, y la fila de aspirantes, en el estudio "A" era enorme. Ahí nos mantuvimos. Mi madre buscaba, de rato en rato, alguna cara conocido (alguno de los productores con los que se había acostado): el único que vio, fingió no conocerla.

Cuando faltaban unos cinco chicos para que entrara yo, Yves Chassier en persona se apersonó ante nosotros.

–Gracias por venir, pero el casting está completo...

Mi madre corrió tras él:

–Señor Chassier, yo...

–El casting está completo –repitió–... Lástima...

Recuerdo la patética escena de mi madre: paralizada, con un rostro de decepción, furia y espanto. La tomé de la mano, con todo el cariño que pude:

–Regresemos a casa –le susurré...

No me escuchó. En cambio, giró los ojos hacia el cartel, descollante: "Jugar y cantar. Reality show. Casting para niños: estudio "A", de 7-13. Casting para niñas: estudio "C", de 15-21". De pronto, se le iluminó el rostro.

–Tenemos poco tiempo...

Con una energía increíble, mi madre se echó a correr hacia una plaza comercial cercana. La seguí, con sensaciones de absurdez. "¿Poco tiempo?", pensé. "¿De qué habla?". No tardé en emparejármele:

–¿Qué onda? –le pregunté, jadeante– ¿Adónde vamos?

Por respuesta, mi madre atravesó como bólido el estacionamiento dela plaza, y me guio hacia una tienda departamental. Luego, sin titubear, se encaminó hacia la sección de niñas. Yo la seguí, en estupefacción. De pronto, se detuvo y tomó un vestido de gasa de algodón, con estampado de corazones. Lo colocó a mi lado, y me lo arrojó.

–Vamos a que te lo pruebes...

La vi, con total incredulidad.

–¿Estás loca, Karen? ¡Ésta es ropa de mujer!

Me soltó una bofetada. La primera en toda mi vida.

–¡Obedece! ¡No podemos dejar que la oportunidad se escape! ¡El tiempo es oro!

Mientras me arrastraba a los vestidores, supe plenamente cuál era su plan: ¡me haría concursar como chica en el reality show!

–Mi hermanita va a medirse esta prenda –le señaló a la encargada...

–¿Perdón? –fue la respuesta...

La encargada no era estúpida: no había una niña frente a ella, sino un niño.

–Nos urge, por favor –insistió mi madre.

Con incredulidad, la encargada nos dio acceso. No ocultaba, sin embargo, su turbación.

Una vez solos, mi madre fue directa, casi ejecutiva.

–Quítate el pantalón y la playera...

Lo hice. Mi madre me contempló con horror.

–¿Qué rayos es eso?

Me vi.

–No entiendo...

–¿Por qué te pusiste ese bóxer tan horrible? ¡Evidentemente, es de niño!

–¡Porque soy niño, Karen!

–¡Se te marcará!

–¡Ya, mamá! ¡No voy a hacer esto!

–¡Harás lo que te diga, pinche mocoso!... Retírate el bóxer también, las calcetas y los tenis, y mídete el chingado vestido, que ya regreso... ¡Y no me digas mamá ahorita!

Una vez que quedé en cueros, tomó toda mi ropa y se la llevó. No me quedó más remedio que ponerme el vestido. Lo recuerdo bien: me quedaba casi diez centímetros por encima de la rodilla, y tenía tirantes finos ajustables, cuello V con lazo de fantasía, costura con volante bajo el pecho, fruncidos en la parte superior trasera, cintura elástica con cinturón a contraste (para anudar bajo trabillas) y pespuntes tono sobre tono. Me vi al espejo: gracias al cabello largo, el reflejo era idéntico al de las fotos infantiles de mi madre. Quiero decir: no vi a Ángel, sino a Karen-niña: las mismas piernas, torneadas, resplandecientes; las mismas nalgas, firmes, en forma de pera. Se me despertaron sensaciones raras, de golpe, y tuve una erección. Justo en ese momento, entró la encargada, así que me senté en el banquito y apreté los muslos...

–¿Estás bien? –averiguó, suspicaz.

–Sí –respondí–. Por supuesto...

–¿Quién es esa chica?

–Mi hermana...

–Esto que te voy a preguntar es delicado. Dime la verdad...

–Claro...

–¿Eres niña o...?

–¡Es niña! –nos llegó una voz tajante...

Mi madre había regresado. La encargada titubeó.

–Señora, yo...

–Dile tú –me ordeno–. Dile lo que eres...

Las ganas de gritar y de salir corriendo estuvieron a punto de rebasarme. Pero no pude desobedecer:

–Soy niña...

–Desafortunadamente, mi hermanita es un poco machorra para vestir –siseó Karen–. Tenemos una fiesta, y nuestra mamá me pidió que viniera a comprarle algo... A ella no le gusta que parezca niño... ¿Verdad?...

–Así es –coincidí, notando tanto la horrenda presión del momento como el malestar que me brotaba por tener que hablar de mí en un género que no me pertenecía–... Sólo somos dos hermanas, de compras...

La encargada salió. Mi madre se sacó algo, que traía escondido bajo la blusa, y me lo lanzó.

–Ten...

Era una pantaletita de Hello Kitty, color rosa chicle...

–Karen, ¿qué onda?

–Son tus calzoncitos... ¿Qué más?... Me los acabo de robar... Úsalos...

Me alcé el vestido sin quitármelo, y, comencé a deslizarme la pieza, notando en mi piel el etéreo frote de los ribetes satinados: nunca había imaginado que la textura de los atavíos íntimos femeninos fuera así: tan sutil y acariciante.

–Quiero que se lleve la ropa puesta –le dijo mi madre a la encargada, cuando salimos–. ¿Dónde puedo pagar?

La encargada nos escoltó a una caja.

–¿Irá descalza la niña? –deslizó, con sarcasmo.

–Ya pasaremos a zapatería –respondió, seca, mi madre.

Y en efecto: de la caja (donde mi madre usó una tarjeta de crédito casi en el límite), fuimos por calzado: unas sandalias espartanas plateadas, con tiras con hebillas de fantasía y broches verdaderos ajustables en el tobillo... Abandonamos la tienda, contando las pocas monedas en efectivo que nos restaban...

–Ahora –me ordenó–, trata de imitarme al caminar. No abras tanto las piernas, al dar el paso... No... Así no... Con delicadeza... Como niña...

–Karen... Me siento mal...

–Que te calles... Manteen los hombros hacia atrás y la pelvis ligeramente inclinada...

Traté de darle gusto.

–Mucho mejor –persistió–... Ahora, asienta la punta del pie primero... Bien... Con firmeza... Mantén el balance del peso allí...

–¿Así?...

–Más o menos... Apóyate menos en el talón... Eso... Sí... Sí...

–Ésta no es una buena idea, mamá...

–Que no me digas mamá... Avanza... Coloca un pie delante del otro... Excelente... Consérvalos en el centro de tu cuerpo... ¿Ves cuán fácil es?... ¡Ya estás caminando como chica!... Sólo cuida que tus dedos "vean" siempre al frente...

–Pero...

–Todo esto es por nuestro futuro... Recuérdalo

–¡Ay, Karen!...

–Sigue... Sigue... Comienza a balancear tus bracitos con delicadeza, poco a poco... Con feminidad... Piensa que eres niña... Repítelo mentalmente: "soy niña, soy niña"...

Seguí caminado, en confusión total, ¡tratando de imaginarme y de sentirme de un sexo distinto al mío!... De pronto, mi madre pareció inconforme:

–¿Qué pasa, Karen? –averigüé– ¿Te convenciste de lo ridículo del plan?

–Algo te falta... Sí pareces mujercita, pero...

Ante sus palabras, tuve otra erección...

–¡Demonios! –se interrumpió– ¡También necesitamos controlar eso!

Con dos empujones, mi mamá me dirigió al supermercado. Ahí, compró una paleta helada y una manzana; luego, tomó de la sección de regalos una diadema para el pelo, en tonos plateados, forrada en listones de popotillo y de satín. Finalmente, en la farmacia, pidió una inyección, alcohol y cinta adhesiva. Entonces, nos dirigimos a uno de los baños de mujeres de la plaza, checó que estuviera vacío, entramos y cerró la puerta.

–Ve a orinar –indicó, severa.

Fui a un retrete, y me coloqué frente a él... Me interrumpió:

–¡Como hombre, no!...

Por primera vez en mi vida, comencé a levantarme un vestido y a bajarme una pantaleta, para sentarme y descargar mi vejiga. Mi erección era inmensa. En cuanto el chorro dejó de sonar, mi madre se arrodilló frente a mí.

–Párate...

Lo hice. En ese momento, me tomó con violencia el pene, lo jaló entre mis piernas, y comenzó a asegurarlo, con la cinta adhesiva, en esa posición. Se me retrajo...

–¡Duele!...

–¡Cállate!...

Terminó de ocultar mi masculinidad en un santiamén, dejándome plano el vientre. Ella misma me subió la pantaleta, y me acomodó el vestido.

–Estoy incómodo...

–Desde este momento, comienza a hablar en femenino... No podemos arriesgarnos...

–¿A qué te refieres?

–Di: "estoy incómoda"...

–Estoy incómoda...

–Aguántate, ya te acostumbrarás...

Salimos del retrete hacia los lavabos, y me hizo recargar el estómago en uno de ellos.

–Respira, y déjame hacer...

Primero, dejándole el empaque, me puso la paleta en el lóbulo de la oreja derecha, hasta que éste se me adormeció. Después, puso la manzana tras de él, cogió sólo la aguja de la inyección ¡y me lo atravesó! Oí el crujido de mi piel, seguido por el golpe acuoso de la fruta. La sangre manó, pero me enjuagó con agua y con alcohol.

–¡Arde! –me quejé...

–¡Aguanta!

Procedió a quitarse uno de sus aretes y a colocármelo. Después, repitió la operación en mi otra oreja.

–Te ves mejor... Ya casi acabo...

Fue por papel higiénico a uno de los retretes y, tras secarme bien, me acomodó un poco el pelo, con raya al lado, y me embonó la diadema. Por último, sacó un gloss de su bolsa de mano, y me delineó los labios, empapándome de sabor a fresa.

–¿Qué opinas? –disparó...

Alcé los ojos: la feminización era sorprendente: frente a mí, había una chiquilla guapísima, de ojos grandes y boca almibarada: ¡una versión actualizada de Karen-niña!

–Siento que no soy yo –respondí con lentitud...

–Vayamos de regreso a la televisora...

Durante el camino de regreso, me fue marcando otros detalles de mi caminar y de mis gestos. Poco a poco, la sensación de tirantez en la entrepierna comenzó a resultarme dolorosa, pero no me atreví a expresarlo.

–Te queda mucho por aprender... Lo importante, ahora, es que pases el casting y entres al reality show... Ya iremos trabajando...

–Karen, tengo miedo... Se darán cuenta de que soy niño...

–¡Que hables en femenino!... Y no creo... Así vestida, eres un vivo retrato de mí a tu edad... ¡Nunca me había dado cuenta que tienes piernas de mujer! ¡Tan gorditas y tan redondeadas!...

–¡Karen!

–¿Sabes? No interpretarás el Avemaría... ¿Te acuerdas del cd de "El Sueño de Morfeo", que compré en el bazar?

–¡Llevas semanas torturándome con él, Karen! ¡Me he aprendido las letras!

–¡Perfecto!... Cantarás "Ésta soy yo"...

Caminé en silencio, repentinamente consciente de dos cosas: de que ahora mi vientre estaba adormecido y ya no había en él dolor, y de que estaba a punto de interpretar una canción que decididamente no era para un chico.

Llegamos a tiempo al casting. Las niñas comenzaban a apretujarse en el estudio "C" (creando un mar de falditas; de aromas delicados, dulces), pero mi madre estaba decidida a todo. Reubicó al tipo que se había acostado con ella, y fue directa:

–Deja de hacerte pendejo... Me habías prometido un chingo de cosas por cogerme, y no has cumplido...

Armando, el tipo, trató de escabullirse:

–Señora, perdóneme pero no la conozco...

–Pero yo sí me acuerdo de ti y de tu eyaculación precoz... ¿Quieres que lo grite?

Para mala fortuna de Armando, una chica del equipo se acercó.

–Te habla Yves, mi amor... Pregunta dónde dejaste el vino tinto para los jueces...

Armando contestó de manera conciliadora:

–Iba por las botellas a mi coche, bombón, pero me detuvo esta amiga... Karen: ella es Fanny, mi novia...

–¡Hola! –pescó mi madre, al vuelo– ¿Así que tú eres la famosa Fanny? Armando habla mucho de ti...

–Lo sé –sonrió–... Estamos súper-enamorados... ¿Traes a alguien al reality?

–A mi hermanita –contestó, jalándome...

Armando abrió los ojos como platos:

–¿No tenías un hermano? –cuestionó.

–Sí –explicó mi madre, con sangre fría–, pero sólo sirve para jugar futbol... El talento artístico de la familia está en nosotras, las mujeres...

–¡Vaya! –me vio Fanny, con complacencia– ¡Y también la belleza!

–Gracias –respondí, intentando no temblar.

–Armando –sentenció Fanny–, dale un pase vip a... ¿cuál es tu nombre?

Quedé en silencio cinco segundos: no supe qué responder. Mi madre intervino:

–Angélica... Se llama Angélica...

–Sí –completé–... Para servirles...

–Pues un pase para Angélica: que sea de las primeras. Es del estilo de chicas que le gusta a Yves...

Pálido, Armando sacó un gafete de cartón:

–Serás la segunda en el casting...

–Gracias –siseó mi madre, guiñándole un ojo...

A las 15 horas en punto, sintiendo el sofoco de un montón de luces, mi madre y yo esperábamos en la primera fila de un teatro estudio. Los jueces eran tres: Thea, una famosa cantante; Jaime Rocha, un compositor y celebrado pianista; y Gabriel Jarrell, un insoportable crítico de música.

La primera concursante fue Carolina, una chica de facciones marcadamente indígenas a la que no le permitieron, siquiera, entonar una estrofa completa. Ante mi horror, la descalificaron con aridez y crueldad.

–Número dos –gritó Gabriel Jarrell...

Subí al escenario con pánico absoluto, sintiendo la boca tan seca como un pedazo de adobe y lamentándome de no haberle pedido agua a mi madre. Suspiré. Por los reflectores, no podía distinguir a quienes llenaban el auditorio, pero los ojos de los jueces eran suficientes para perforarme. Suspiré audiblemente, y comencé a cantar a capela:

–Dicen que soy un libro sin argumento / Que no se si vengo o voy / Que me pierdo entre mis sueños. / Dicen que soy una foto en blanco y negro / Que tengo que dormir mas / Que me puede mi mal genio. / Dicen que soy una chica normal / con pequeñas manías que hacen desesperar / que no se bien donde esta el bien y el mal / donde esta mi lugar. / y esta soy yo asustada y decidida / una especie en extinción / tan real como la vida / y esta soy yo ahora llega mi momento / no pienso renunciar / no quiero perder el tiempo / y esta soy yo, y esta soy yo…

–Tienes una voz maravillosa –me interrumpió Thea...

–Y un estilo completamente natural –agregó Jaime...

Gabriel Jarrell permaneció en silencio.

–Voto a favor –siguió Thea...

Jaime sonrió:

–¿Qué opinas tú, Gabriel?

Jarrell suspiró. Tomó su copa de vino y la olió...

–Opine lo que opine, estás pensando en votar a favor... ¿Cierto?

–Cierto –dijo Jaime...

Jarrell se encogió de hombros:

–Entonces omitiré mis comentarios acerca de lo ruda que se ve esta nena...

–Un poco, sí –argumentó Jaime–... Pero lindísima... Con todo para conquistar al público masculino, y para una carrera larga... Imagínatela en dos o tres años...

Temblé, ostensiblemente.

–¿Cómo te llamas? –se dirigió Thea a mí.

–Angélica –respondí.

–Pues, felicidades, Angélica... Bienvenida a "Jugar y cantar"...

En aturdimiento total, quise regresar a los sillones, pero un asistente me condujo tras bambalinas. Sin esperármelo, de pronto me vi frente a una cámara. Don, un conductor televisivo, me colocó un micrófono frente a la cara.

–Angélica, eres la primera niña seleccionada para el reality show. ¿Cómo te sientes?

Titubeé.

–Muy... contenta...

No atinaba a decir más. Un pensamiento me golpeaba la cabeza: "han creído que soy mujer, han creído que soy mujer, han creído que soy mujer". Para bien y para mal, Karen se colocó a mi lado...

–Mi hermanita está cumpliendo su sueño... Apóyenla, por favor...

Don agradeció la entrevista, justo cuando un tipo con acento extranjero se acercó:

–Soy Pierrick, asistente ejecutivo del señor Yves Chassier. Por favor, acompáñenme.

Fuimos con él a una oficina, donde mi mamá entregó los formatos que llevaba listos, firmó una especie de contrato, y recibió tanto un paquete informativo ¡como un cheque!

–Al recibir este pago –explicó Pierrick–, Angélica y usted, como su apoderada legal, oficializan una exclusividad con la televisora...

–Lo entiendo

–La exclusividad se mantendrá, en tanto ella permanezca dentro del reality show... Así que nada de entrevistas a medios de comunicación no autorizados...

–De acuerdo...

–Calendarizaré una sesión de fotos con Angélica, y alguien de mi oficina se comunicará con ustedes... De momento, las espero el viernes... Traigan ropa para un fin de semana... Gracias... ¡Buena suerte!

Cuando salimos de la televisora, mi madre casi volaba.

–¡Por fin, por fin! –remachaba, jubilosa.

Yo, en cambio, avanzaba con la cabeza baja.

–Karen, yo...

–¿No estás feliz?

–¡No!... Quedé en el reality, pero como alguien que no soy yo...

–Sí, y tendrás que seguirlo siendo...

–Pero, ¿no estamos cometiendo una especie de estafa?

Mi madre lanzó una carcajada:

–Serénate... Deja todo en mis manos... Tu transformación apenas ha comenzado...

Quedé de una pieza...

–¿Transformación? ¿en qué?

Karen sonrió:

–¿En qué?... Obvio, tontita: en niña...

lunes, 11 de noviembre de 2024

Me sigue gustando el futbol

A medida que progresó mi feminización, muchos de mis antiguos intereses masculinos comenzaron a desaparecer. Otros cambiaron pero se mantuvieron. Por ejemplo, mis amigos pensaban que ahora que soy niña ya no me gustaría ver fútbol. Pero, todavía me encanta, por diferentes razones, por supuesto, es increíble ver a los chicos atractivos con pantalones ajustados y músculos abultados. Ah, y me encanta usar una camiseta con una minifalda y pantimedias o sin falda para ver como "se levantan" todos mis amigos.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Más cambios (6)

 



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Capítulo 6. Más cambios

Cuando llegamos a casa, mamá me envío a mi habitación con mis compras. Dave me miró con gran curiosidad, pero no dijo una palabra. Se limitó a tirar del lóbulo de la oreja y sonrió.

Terminé de guardar todo antes de que mi madre viniera. Le mostré dónde había puesto mis cosas. Ella combinó mis calcetines y mi ropa interior de niño en el mismo cajón para hacer espacio para mis cosas nuevas de niña. También revisó mi armario y se aseguró de que los vestidos estuvieran colgados correctamente.

"Así es como quiero que las cosas en tu habitación de ahora en adelante, ordenadas y organizadas", dijo. "Lo mismo ocurre con tus otras cosas. Si encuentro alguna de tus ropas de niño tirada, irá a la basura. ¿De acuerdo?"

Asentí con la cabeza.

"Ah, toma también estos, quiero que te los pruebes. Son algunas cosas mías, de cuando era una niña. Probablemente te queden sueltos, pero creo que podrás llevarlos en la casa".

Cogí el paquete de ropa que me entregó. Había dos vestidos más, uno  naranja y el otro de un rosa suave; también había un minivestido de seda color aguamarina con escote y mangas largas; y, una bata corta acolchada de satén azul y un par de zapatillas de tacón.

Mamá insistió en que me probara mis nuevos zapatos. Observé con frustración cómo se acomodaba en el borde de mi cama. Todavía recuerdo la sonrisa en su rostro cuando me paré frente a ella con mi sostén, faja, medias y tacones. A medida que me ponía y me quitaba los vestidos, de vez en cuando me acomodaba la ropa y hacía algún comentario cursi. Era obvio que ella disfrutaba de mi desfile en ropa interior de niña. Incluso me obligó a seguirla a su habitación para buscar más ropa, yo vestido solo con mi lencería.

Bueno, todo encajaba, más o menos, y descubrí que mi armario se llenaba de cosas que no quería tener.

"Demonios, esto apesta", dije mientras empujaba mi uniforme de béisbol al fondo del armario para dejar espacio a mis prendas femeninas. No pude evitar soltar un agudo "¡Ow-ow-ow-ow!" cuando sentí que me tiraban del pelo. 

"¡No lo puedo creer!", dijo. "No voy a tolerar tu actitud, señorita, ni ese tipo de expresiones.

"Pero, mamá, no soy una señorita", me quejé. Miré mi sostén acolchado y mis piernas cubiertas de licra. Había tenido suficiente humillación por un día. 

—Soy un niño, y esto apesta...

¡¡¡BOFETADA!!!

Estaba tan aturdido que casi pierdo el equilibrio.

"¡Cuida tu tono conmigo, señorita! Harás todo lo que te diga. ¿Me explico?"

Asentí lo mejor que pude. Las lágrimas me quemaban los ojos. 

"Lo siento, mamá... No era mi intención".

La expresión en el rostro de mi madre era de disgusto. "Los niños dicen cosas como "apesta" todo el tiempo y nunca se dan cuenta de lo repugnante que es. No tienes ni idea de lo que dijiste ¿verdad?" Negué con la cabeza. "Bueno, será mejor que lo pienses dos veces antes de volver a decir algo así. ¿Me entiendes?".

El brillo de sus ojos me asustó; parecía como si realmente disfrutara gritándome, y eso me molestaba más que cualquier otra cosa.

De pie, en mi ropa interior de niña, prometí entre lágrimas que me comportaría lo mejor posible a partir de ese momento. Mamá sonrió.

Ante la insistencia de mi madre, me puse el sujetador, la faja y me puse una bata corta y las zapatillas que me había regalado. Luego fui al baño para lavarme la cara y volver a maquillarme antes de seguirla escaleras abajo. Dave me miraba con una sonrisa mientras yo me movía con los tacones y luchaba por mantener mi modestia bajo la diminuta bata. Tenía ganas de darle un puñetazo en la nariz, pero había pocas posibilidades de que eso sucediera.

Para cenar esa noche tuve que ponerme un vestido. Estaba horrorizado, especialmente con mi hermano pequeño allí, pero mi madre estaba resuelta. "Escoge algo que te guste y póntelo", ordenó.

Me tomó más tiempo decidirme que vestirme. Sin ninguna razón en particular, terminé usando el vestido amarillo. Sin mangas y con un dobladillo corto, se ceñía a mi cuerpo y dejaba ver las curvas formadas por la lencería femenina que llevaba debajo.

Mamá sonrió cuando me vio bajar las escaleras. Dave tuvo que taparse la boca para no reír. Me sorprendió cuando fue regañado por "burlarse de su hermana".

Dave rápidamente cambió su sonrisa por una mirada de total inocencia. El brillo en sus ojos fue suficiente para hacerme sonrojar.

Supongo que hice algo bien, mi madre me elogió por lo bien que me quedaba mi nuevo vestido. Sin embargo, me mandó a que me pusiera los tacones blancos en lugar de los "flats"negros. También me dijo que me pusiera un brassier con relleno. Un collar de perlas y un brazalete a juego.

Se sentía raro estar sentado a la mesa con un vestido. El dobladillo era corto y el ajuste era ceñido. El dobladillo subió por mis muslos, exponiendo el margen de mi slip y la parte superior de mi media.

"Ahora luces mucho mejor", dijo mamá mientras comíamos. La televisión estaba apagada y Dave había puesto un disco. "Podría acostumbrarme a tener una hija bonita ayudando en la casa".

En lugar de decir nada, seguí masticando. Mi faja me estaba matando y uno de mis aretes no dejaba de hacerme cosquillas. Dave no dejaba de sonreír, haciéndome sonrojar aún más que antes.

Después de una tediosa comida, limpié la cocina y luego pasé el resto de la noche lavando la ropa. Debo haber lavado cinco cargas, incluidas dos de las batas de enfermera de mi madre. Además, me dieron una extensa lección sobre cómo planchar sus uniformes y vestidos correctamente, después de lo cual me dejó para practicar mi nueva habilidad. En realidad, eso no era tan malo como parecía; planchar puede ser un poco divertido y una vez que entendí como hacerlo, el tiempo pasó bastante rápido.

La peor parte de todo fue tener que estar de pie con ese estúpido y ridículo vestido y mi ropa interior femenina. Bueno, ¡eso y esos malditos tacones altos! Oh, cómo me dolían los pies...

Y esa estúpida faja y sujetador; No puedo decirte cuántas veces tuve que ajustar mi cintura o una correa del sostén para evitar que el elástico cortara mi piel.

A pesar de lo miserable que era, no me atrevía a pensar en cambiarme de ropa por miedo a que me volvieran a gritar. 

Media docena de uniformes, diez blusas y cinco vestidos después, mi madre me apartó de la tabla de planchar para prepararme para ir a la cama.

"Has tenido un muy buen comienzo, 'Pamela'", dijo con una sonrisa. Estaba sentada en el borde de mi cama, observando atentamente mientras me desvestía. "No sabes lo que significa para mí tener a alguien que me ayude con la ropa y la cocina."

Solo gruñí mientras colgaba mi vestido y lo volvía a colocar en mi armario. Después de zafarme del vestido, comencé a desabrocharme el sostén. Para mi sorpresa, mamá me detuvo.

—No, déjatelo puesto —dijo con firmeza—. "Déjate puestos tu sostén y tu faja. Durante los próximos días quiero que los uses todo el día, incluso mientras duermes. Tal vez eso evite que manches tu cama.

Estaba cabizbajo.  ¿Usar esa estúpida faja... para dormir? Después de todo lo que había pasado, tenía que quedarme con la única cosa que había estado deseando quitarme durante todo el día.

—Pero, mamá... Empecé a quejarme.

"¡No quiero escuchar nada más! ¿No recuerdas qué fue lo que te metió en eso para empezar?"

Negué con la cabeza, con cuidado de no decir nada que pudiera molestar a mi madre.

"Déjate el sostén y la faja puestos, 'Pamela'. Tienes que acostumbrarte a usar un sostén, además no voy a permitir que juegues con esa cosita sucia tuya en mis sábanas buenas. Tu faja debería detenerte."

Negué con la cabeza, demasiado avergonzado para levantar la vista.

"Muy bien. Y más vale que no haya ningún accidente esta noche, ¿me oyes?".

"Ahora, vete a la cama".

Y así me deslicé entre las sábanas esa noche, mi cuerpo todavía envuelto en lycra, satén y elástico. Hervía de ira y frustración mientras yacía allí. ¿Cómo podría irme a dormir? Un chico de mi edad, vistiéndose y actuando como un mariquita... ¡No era justo! Todo lo que había hecho era escabullirme de la casa por un rato. Y estaba esa cosa con esas revistas escondidas debajo de mi cama...

¡Estaba enojado! El problema era que no estaba seguro de con quién estaba más enojado: con mi madre o conmigo. 

Había otro problema. Por mucho que odiara admitirlo, había algo emocionante en usar ropa de chica, la forma en que me hacía sentir y la forma en que tenía que actuar cuando la usaba. . . no importaba lo humillante que era. Entonces mi virilidad se despertó. ¡Debajo de la capa dura y elástica de satén y encaje tuve la erección más dolorosa de mi vida!

Agotado y confundido, me dejé caer en un sueño intermitente. 




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FIN DEL CAPÍTULO
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martes, 5 de noviembre de 2024

No todos los niños...


No todos los niños crecen y se vuelven hombres, de algunos florece una linda, delicada y muy femenina señorita. Obviamente la píldora rosa ayuda mucho.

domingo, 3 de noviembre de 2024

El viaje de compras (6)

 



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Capítulo 6: El viaje de compras

El resto del viaje estuvimos en silencio. Nos detuvimos en el Sears en el que habíamos hecho mis compras anteriores, estacionamos y nos dirigimos a la puerta. Me sentí tan ridículo, vestido con mis pantalones, mi blusa de niña y con la cara pintada.

Al entrar, nos dirigimos directamente al departamento de niñas. Primero fuimos a la lencería, donde observé con horror cómo seleccionaba cuatro paquetes de bragas blancas. Junto a las bragas estaba la exhibición de panti-fajas. Se me secó la boca cuando ella escogió tres pares de fajas con acabado en braga y tres más con un pequeño short. Se pasó al mostrador de sujetadores y pidió cuatro sujetadores, eligiendo de nuevo sujetadores de entrenamiento con las copas ya acolchadas. Luego recogió seis paquetes de medias de color neutro y café.

¿Qué pasa? Pensé, preso del pánico.  Ella no espera que pase todo el verano usando esa basura, ¿verdad?

Me dio a cargar las compras. Luego se dirigió hacia los percheros de vestidos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y mi estómago se sintió revuelto. Traté de no prestar atención. 

Mamá me miró y sonrió. "Sabes que vas a tener que probarte algunos de estos".

Mientras nos dirigíamos a la dependienta, se me ocurrió que estaba haciendo que pareciera que comprar ropa de niña era idea mía.

"Quiero pagar por estos, y mi hija", dijo mamá mientras me entregaba el puñado de vestidos, "quiere probárselos".

La empleada era otra diferente a la de mi primera visita, pero era igual de dulce y servicial. "Oh, Dios mío, eres una chica afortunada".

No podía decidir si me sentía aliviado o molesto porque ella parecía pensar que yo era realmente una niña.

Con los brazos llenos de ropa, seguí a mi madre hasta el reducido espacio del vestidor para probarme los vestidos. Una vez dentro, me hizo quitarme la blusa, los pantalones, la ropa interior y los calcetines.

Mamá se tomó su tiempo para decidir qué quería que me pusiera primero.

Estaba tan avergonzado de mí mismo. Negué con la cabeza y traté de no llorar.

"Oh, deja de lloriquear. Vas a tener que volver a hacerte el rímel cuando terminemos".

Mamá eligió una prenda que aprendería a odiar: ¡la panti faja! Cuando mamá me entregó una de las que terminan en short, me dijo que me la pusiera. Me sentí tan estúpido sosteniéndola y me sentí aún más estúpido cuando me señaló que me la estaba poniendo al revés. Al darle la vuelta, pensé que la cosa debía ser una o dos tallas demasiado pequeña.

"Mamá, te equivocaste de talla", me quejé. "Esto es demasiado pequeño".

"El tamaño es el correcto. Se supone que debe estar apretado. Agradece que te haya comprado una de lycra en lugar de goma".

Tiré y tiré hasta que finalmente la subí más allá de mis caderas y sobre mi barriga. Me di cuenta de que tenía un panel frontal liso y brillante que ocultaba eficazmente mi bulto y me daba una apariencia plana contorneada. Mientras pasaba los dedos por él, pude sentir un escalofrío que me recorría; se se sentía . . . ¡como si no hubiera nada allí! Podía sentir mis dedos deslizándose sobre mis partes íntimas, pero no podía sentir mis partes íntimas con mis dedos. Me miré a mí mismo y me di cuenta de que me veía tan plano como las chicas.

Lo siguiente que salió del paquete fueron las medias de nylon. Mamá me dijo que me sentara. Luego me mostró cómo agrupar las medias dejando solo el área de los dedos para deslizar mi pie. No pude evitar sonrojarme cuando la media me recorrió  la pierna. Sujetó las medias con unos ganchos incluidos en la faja.

"¿Viste cómo lo hice?" Asentí con la cabeza. "Muy bien. Ahora te toca a ti". Me hizo repetir el proceso con la otra media. "Ahora, comienza desde abajo y súbela con suavidad. Vas a tener que mantener las uñas de los pies en mejor forma o vas a rasgar tus medias", aconsejó. 

Hice lo que me dijo y no cometí ningún error. No pude evitar temblar mientras pasaba las yemas de los dedos por mis piernas vestidas de seda; si la sensación de la parte delantera lisa de la faja me daba escalofríos; Las medias me dieron un escalofrío doble.

"Ahora, quiero que mires algo". Mi madre me agarró por los hombros y me giró para que mirara el espejo.

Lo que vi ante mí me hizo quedarme boquiabierto. Greg Parker se había ido y en su lugar había una chica de rostro triste en lencería. Con la cara maquillada, el pelo recogido en mechones y el cuerpo atado con sujetador, faja y medias. A pesar de lo asustado que me sentía, no podía apartar los ojos de la imagen. 

—Eso debería darte algo con lo que masturbarte —dijo mamá —. Tal vez a tus amigos les gustaría verte de esta manera. Se alegrarían al ver a una 'chica' con ropa interior tan bonita 

"Mamá, por favor..." Me sentía mal del estómago.

¿Entiendes por fin de lo que estoy hablando? Esto es lo que pasan las chicas cada vez que se visten. ¿No es lo suficientemente malo sin saber que algún chico las está mirando y teniendo pensamientos enfermizos?". La expresión en el rostro de mi madre era de triunfo. "Imagínate lo que sería saber que todos los chicos que conoces te desnudan con los ojos."

Echando un vistazo a la imagen que tenía ante mí, negué con la cabeza. —No, señora.

No habíamos terminado, por supuesto. Con las manos por encima de la cabeza, mamá colocó uno de los calzoncillos en su lugar. Lo apretado de mi faja y mis medias contrastaban con lo suave que se sentía todo al tacto, enviándome  una confusión que fue extremadamente inquietante, por decir lo menos. Probablemente fue la sensación más maravillosa que jamás había experimentado; La caricia fresca de tanta seda y nailon contra mi piel era adictiva, y mi mente adolescente se imprimía rápidamente en este sentimiento vergonzosamente maravilloso. Mirando mi reflejo en el espejo, apenas podía reconocerme; lo que sí vi fue una forma blanca y femenina que se balanceaba de un lado a otro como si estuviera en un sueño.

Finalmente llegó el momento del primer vestido, en el que entré por debajo. Era una funda estampada amarilla, con una cintura estrecha y una falda ajustada que me llegaba justo por encima de las rodillas, lo que me obligaba a caminar con pasos cortos y delicados. Me sentí tan tonto mientras me miraba a mí mismo; entre los mechones de rímel que corrían por mis mejillas y mi figura juvenil de trece años envuelta en flores amarillas y encaje, supongo que tenía motivos de sobra.

"Deja de lloriquear", dijo mi madre.

"Pero no quiero ser una niña", resoplé.

"No. Preferirías ser un chico desagradable que tiene pensamientos sucios". Sus palabras me golpearon el alma. "Además, no te halagues a ti mismo. No te voy a convertir en niña. Solo quiero que veas por lo que tienen que pasar las chicas con las que te masturbas para verse bonitas.".

Mientras aseguraba los botones en la parte posterior de mi vestido, mamá me recordó que parte de ser una niña era la voluntad de aceptar la ayuda de los demás con tareas que no podía manejar por mi cuenta. La impotencia parecía una virtud tan femenina.

Pasamos a los otros vestidos de mi nuevo armario. Además del vestido pegado con estampado amarillo, había uno en estilo camisa de lunares de corte completo, un vestido corto de flores y uno rojo brillante bastante corto y ajustado y una chaqueta de manga corta a juego. También había un par de faldas, una plisada blanca y la otra una cruzada rosa. Ambas eran muy cortas y escasas, apenas lo suficientemente largos como para ocultar la parte inferior de mi faja

Mamá sabía lo mucho que odiaba probarme ropa, pero ese día no iba a tomar ningún atajo; Se aseguró de que todo estuviera perfecto, desde el cuello hasta el busto y el dobladillo, pinchándome y pinchándome por todas partes mientras medía el ajuste. Para cuando terminó, yo era un manojo de nervios, así como...  la orgullosa propietaria de un armario completamente nuevo.

Cuando terminamos, me hizo quitarme el último vestido y el último pantalón, pero me hizo dejar la faja y las medias.

—¿Quieres ponerte una de estas —dijo, levantando el par de falditas—, o tus Capris? Hace tanto calor que la falda podría estar más fresca".

Tragué saliva nerviosamente al darme cuenta de lo que me estaba sugiriendo. No había forma de que estuviera dispuesto a salir en público con una falda o. "Me quedaré con los pantalones, mamá".

"¿Estás seguro? Incluso te dejaré usar el vestido de verano si quieres. A mí no me importa".

La idea de salir en público sin pantalones no era exactamente algo para lo que estuviera preparado. Con los ojos muy abiertos y desesperado, sacudí la cabeza.

Me puse de nuevo la blusa, los capris y los zapatos. Mis pantalones se sentían diferentes con la faja y las medias tirando una contra la otra debajo del material delgado. Mi nueva lencería también me hizo ver diferente, incluso con esos estúpidos pantalones verde lima; podría haber sido mi imaginación, pero mientras estudiaba mi reflejo en el espejo del tocador sentí que mi trasero y mis piernas se veían, bueno, más redondas, más curvas... más femeninas. 

Me mortifiqué al descubrir que la parte superior de mi faja se asomaba por la parte superior de mi Capris que abrazaba la cadera, dejando al descubierto una delgada línea de encaje alrededor de mi cintura. Bien. Se me veían las bragas. Otro recordatorio de lo cuidadoso que tenía que ser con esa ropa.

Antes de salir del camerino me dijo, mi mamá, que me arreglara el maquillaje.

Mamá hizo las compras del vestido y me acompañó hacia el departamento de zapatos. Ahora, cuando estaba caminando, un leve sonido provenía de la fricción entre el Capris y las medias, además del tirón elástico de mi cinturón.

Cuando entramos en el departamento de zapatos, un vendedor se acercó y preguntó si podía ayudar. Mamá dijo que necesitaba unos tacones bajos y un par de zapatos planos para su hija. Nos mostró una exhibición y ella eligió dos pares de cada uno para que me los probara, dos en negro y los otros dos en blanco. Los que tenían tacones tenían elevaciones de dos pulgadas. Me tomó las medidas y luego se fue, regresando con cuatro cajas. Me probé cada par, teniendo que caminar para ver cómo me quedaban y evaluar su comodidad. Mamá me preguntó cuál me gustaba y, como sabía que iba a comprar un par de cada uno, hice lo que fue una selección honesta basada en la comodidad después de unos pocos pasos en cada uno. Acordamos un par de zapatos planos negros y un par de tacones blancos y negros.

Mamá le entregó al vendedor mis opciones y le dijo: "A él le gustan esos". Al darse cuenta de su error, me miró tontamente y se río. "Tomaremos los dos pares, pero mi hija aquí usará los tacones blancos", logró corregirse.

No me atreví a decir ni a hacer nada.

Cuando salimos del departamento de zapatos, no solo podía sentir el roce de las medias de nailon contra mis Capris, sino que ahora yo era la fuente de ese eco distintivo de chasquido que solo hacen los tacones de las mujeres cuando caminan.

Pensé que habíamos terminado cuando mamá se dirigía hacia las puertas por las que habíamos entrado. Sin embargo, cuando se detuvo frente al mostrador de la joyería, mi corazón se hundió. Sabía lo que venía.

"Por favor, mamá, no-o-o-o..." —susurré desesperadamente—.

Mamá ignoró mi lamentable súplica. "Nos gustaría conseguir un par de aretes perforados para mi hija y ella va a necesitar que tú también hagas el piercing."

Hojeó la pantalla y finalmente eligió un par de aros dorados de tamaño mediano. "Estos funcionarán muy bien, cariño". —dijo—. Con eso se los entregó a la vendedora y pagó los aros. "Por favor, incluya el coste de la perforación", le ordenó a la niña.

Con las rodillas débiles por el miedo, toqué a mi madre en el codo. – No me va a hacer un agujero en la oreja, ¿verdad?

"Oh, no te preocupes, cariño. No dolerá... demasiado". La expresión en la cara de mi mamá me enfermó. "Ahora, esto es solo para el verano. Es mejor que te sientes y lo disfrutes".


Una vez terminada la transacción, mi madre señaló el asiento y el empleado me limpió los lóbulos de las orejas con una solución de alcohol isopropílico. 


"No te preocupes, cariño. Dolerá solo por un minuto. Piensa en lo bonita que te vas a ver".


Eso es lo que me preocupaba, obviamente.


Sentí un hormigueo entre mis piernas cuando el frío metal de la pistola perforadora se colocó sobre el lóbulo de mi oreja, y escuché un fuerte chasquido justo sentí una sensación de escozor. A continuación, se insertó el pendiente y se colocó en su lugar. Luego, la niña caminó hacia el lado opuesto y repitió la operación. 


Finalmente, con aros dorados en ambas orejas, se me permitió seguir a mi madre de regreso al auto, la reverberación de mis zapatos nuevos resonando dentro de mis orejas recién adornadas.


—¿Te lo pasaste bien? —preguntó mamá mientras subíamos al coche. Solo le di una mirada de puchero y olfateé. "Bueno, puedes ser una llorona si quieres, pero yo me lo pasé muy bien. Vámos a casa y divirtámonos de verdad".







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FIN DEL CAPÍTULO
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