miércoles, 23 de septiembre de 2026

La novia (13)



Este relato es parte de una serie.
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Capítulo 13: La novia

La vida comenzó a ser más llevadera para mí. Cada día estaba más cómodo, mejor dicho más cómoda, en mi nuevo rol. Las semanas se acumulaban como hojas secas en otoño, y con ellas, la sensación de que aquello que antes era una prisión comenzaba a sentirse como una habitación familiar. No era que hubiera dejado de extrañar mi vida anterior, pero el filo del dolor se había desafilado con el uso.

Los recesos se convirtieron en mi momento favorito del día. Joshua y yo los pasábamos juntos, buscábamos un lugar apartado del patio central y hacíamos las cosas que los novios hacen. Nuestros horarios se cruzaban como líneas en un mapa, encontrándose solo en el breve espacio del recreo. Era suficiente. O al menos, era todo lo que teníamos, así que aprovechábamos el tiempo.

El grupo de chicas se había reducido considerablemente. Andrea seguía desapareciendo con Carlos —su nuevo novio, un pensamiento que aún me producía una punzada agridulce— y ahora yo también me escabullía con Joshua. Marce, Valery y Betty se quedaban solas la mayoría de los días, aunque Marce siempre me dedicaba una sonrisa cómplice cuando me veía alejarme con él.

Reflexioné una tarde, mientras caminaba hacia el banco donde Joshua me esperaba, sobre lo irónico que era todo. Hacía unos meses, yo era Melvin y Andrea era mi novia, nos besábamos a escondidas en los rincones de la escuela. Y ahora, yo era una chica, igual que ella, y ambas nos escabullíamos a besarnos cada una con su novio. Yo con Joshua, Andrea con Carlos. El universo tenía un sentido del humor retorcido, pensé, y no pude evitar una sonrisa amarga.

Cuando tenía cierta privacidad garantizada, Joshua se atrevía a pasar sus manos por mi cadera, a rozar mi espalda, incluso un par de veces me había tocado las nalgas —siempre sobre la ropa, siempre con una timidez que me parecía adorable. Nunca llegué tan lejos en las tres semanas que fui novio de Andrea, supongo que Joshua era un poco más atrevido que yo. Era raro ser la chica en la relación pero me adaptaba bien, mi cuerpo era más pequeño que el de Joshua y parecía natural que él me envolviera a mí.

—Deberías ir a verme entrenar, un viernes —me dijo Joshua en medio de una de nuestras rondas de besos, con la voz entrecortada y los labios aún cerca de los míos.

Yo, embriagada por el momento y por la calidez de su cuerpo contra el mío, contesté sin pensar:

—Sería divertido verte entrenando con los chicos. Y también sería bueno ver al Gordo.

Joshua se apartó ligeramente, su frente fruncida en confusión.

—¿El Gordo? —repitió, y su voz había perdido toda la calidez de hacía un segundo—. ¿Cómo sabes el apodo del entrenador? Solo los miembros del equipo le decimos así. En los entrenamientos públicos, para todo el mundo, es el entrenador Velázquez.

El corazón me dio un vuelco. La sangre se me congeló en las venas. Había cometido el mismo error de la otra vez, el mismo que con Max. Mi boca se abrió y se cerró varias veces antes de que lograra articular una respuesta.

—Tú... tú me lo dijiste —dije, forzando una sonrisa que esperaba pareciera natural—. En una de nuestras primeras conversaciones, cuando hablamos de fútbol, mencionaste al Gordo. Dijiste que era un buen entrenador pero que tenía mal humor.

Joshua me miró durante varios segundos, y en sus ojos había algo que no supe descifrar. Escepticismo, quizá. O tal vez solo curiosidad. Pero no dijo nada más. En lugar de eso, reanudó la ronda de besos, y el tema quedó zanjado... por el momento.

Pero noté que sus manos, antes tan seguras en mi cadera, ahora se movían con una ligera vacilación. Y supe que Joshua no estaba convencido. Que algo se había encendido en su mente, una pequeña llama de duda que no se apagaría fácilmente.

Esa misma tarde, durante el entrenamiento de voleibol, Marce se acercó a mí mientras practicábamos pases.

—Oye, Meli —dijo, con un tono que era mitad broma, mitad reclamo—. Si no fuera por el voleibol, ya no te vería. Siempre estás con Joshua.

Sentí una punzada de culpa.

—Lo sé, lo siento —dije, deteniendo la pelota—. Ya sabes cómo es esto. Yo tengo voleibol los martes y jueves, y él tiene fútbol los lunes, miércoles y viernes. Si no pasáramos juntos el receso, no nos veríamos en toda la semana.

Marce sonrió, y en su mirada había una mezcla de cariño y resignación.

—Las chicas también te extrañamos —dijo, dando un pase suave—. Pero bueno, disfruta tu luna de miel. Te lo has ganado.

Devolví el pase, y mientras la pelota viajaba de una mano a otra, sentí que algo se aflojaba en mi pecho.

—Tenías razón, Marce —dije, con la voz más suave de lo que pretendía.

—¿En qué? —preguntó Marce, levantando una ceja.

—Es divertido ser la novia de la relación.

Marce me dedicó una sonrisa, y por un momento, el mundo se sintió ligero.

Pero mientras seguíamos practicando, mi sonrisa se fue desvaneciendo lentamente. Porque en el fondo de mi mente, una pregunta se repetía como un eco insistente: ¿hasta cuándo podría seguir ocultando quién era realmente?

Sabía que Joshua ya estaba conectando los puntos. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que él se diera cuenta de quién era yo en realidad? ¿Cómo reaccionaría al saber que su anterior compañero de equipo ahora era su novia?

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