Capítulo 9: Vacaciones
Las vacaciones de verano se extendían ante mí como un mar en calma, un alivio necesario después del turbulento final de semestre.
Mis papás suelen planear las vacaciones con mucha anticipación. Dicen que así ahorran mucho en el avión. Este viaje a la playa lo habíamos planeado cuando yo aún era Melvin, y había perdido toda la emoción al saber que ahora iría como una mujer, como Melisa.
Un día antes de partir, acompañé a mi mamá a una tienda deportiva donde me probé trajes de baño. Los bikinis de dos piezas me hacían sentir desnudo, así que al final elegí uno de una pieza, de color rosa. No era mi color favorito, pero fue el que me ajustó mejor, y con mi nuevo cuerpo, la comodidad se había vuelto algo de suma importancia.
Ahora, mientras caminaba por la playa usándolo, me sentía tan expuesto como en los primeros días de mi transformación. Cada grano de arena bajo mis pies parecía gritar mi incomodidad. Sabía que algunos de los hombres a mi alrededor me miraban, y me imaginaba que sus mentes me desnudaban; con tan poca ropa, no hacía falta mucha imaginación. El suave tejido del traje de baño se sentía como una segunda piel delgadísima e insuficiente; el color rosa me hacía lucir más femenina de lo que deseaba y también muy guapa, a juzgar por todos los hombres que volteaban a verme.
Debajo del traje de baño llevaba un tampón. Hubiera preferido una toalla, pero mamá dijo que no se puede entrar al agua con una toallita. El momento en que mamá me enseñó a ponérmelo fue uno de los más traumáticos de mi vida; una invasión torpe a mi intimidad que me hizo sentir más que nunca como una extraña en mi propio cuerpo. Ahora, cada paso que daba por la arena caliente me recordaba su presencia, un recordatorio físico de todo lo que me ataba a mi nueva biología. Deseé más que nunca volver a ser un hombre para no vivir nada de eso de nuevo.
Papá y mamá se quedaron en un local ordenando unas bebidas y yo caminé hacia la orilla, sintiendo cómo las miradas se deslizaban sobre mi espalda como gotas de agua salada. Entonces me metí al mar. Al principio, el agua fría me erizó la piel, pero al sumergirme, algo cambió. Bajo la superficie turquesa, el mundo se silenció. El traje de baño ya no era una prenda ajustada, sino una segunda piel que se movía con el ritmo de las olas. El tampón dejó de ser un recordatorio intrusivo para convertirse en una simple parte de la logística. El mar me estaba ocultando y, al mismo tiempo, me liberaba.
Decidí salir un momento para beber agua. Mientras caminaba sola buscando a mis padres, dos hombres, claramente ebrios, se interpusieron en mi camino.
—Oye, preciosa, ¿qué haces tan sola? —dijo uno con una sonrisa que me erizó la piel más que el agua fría. Era evidentemente mayor de treinta, pero me estaba acosando a mí. A una jovencita de dieciséis años.
Me sonrojé al darme cuenta de que pensé en mí como una jovencita.
—Ese color te queda de lujo —agregó el otro, mirándome de arriba abajo de una manera que me hizo desear una toalla gigante para cubrirme—. ¿Nos presentas a tus amiguitas?
Y me tocó el trasero. Fue horrible ser tratada de ese modo. Me congelé. El pánico me paralizó la garganta. Quería gritar, pero solo conseguía tragar saliva. Deseé con todas mis fuerzas volver a ser Melvin, con mi voz grave y mi anterior físico para plantarles cara. Pero en este cuerpo, me sentía increíblemente vulnerable.
—¡No me toques, pervertido! —logré decir, con una voz tan temblorosa que sonó como un susurro.
—Ah, no seas así —insistió el primero, acercándose más.
Intenté cubrir mi pecho con mi mano libre al ver sus intenciones.
—Solo queremos platicar.
De repente, una figura alta jaló al hombre que me había tocado el trasero. Con un movimiento le dobló la mano y lo hizo retorcerse de dolor. Era mi papá. Se interpuso entre el otro hombre y yo sin soltar el brazo del primero.
—Esa niña a la que tocaste es mi hija —dijo en voz alta mi papá. Tenía un tono firme, cortante como el filo de un cuchillo—. Y es menor de edad, maldito pervertido.
No estoy seguro de haber visto a mi papá así de furioso antes. Y tampoco nunca se había referido a mí en femenino, mucho menos me había llamado "niña" o "hija". Apenas habíamos interactuado desde que cambié de cuerpo, desde que dejé de ser su hijo.
El otro tipo intentó embestir a mi papá para salvar a su amigo. Pero logré ver sus intenciones y le metí el pie. Tropezó y se dio de bruces contra la arena. Todo el movimiento hizo que el salvavidas se acercara al lugar de la acción.
—¿Qué está pasando, señorita? —dijo.
Me tomó dos segundos comprender que me hablaba a mí.
—Ese tipo me tocó el trasero —dije, señalando al hombre sometido por mi papá—. Y ese de allá es su cómplice —añadí, señalando al tipo que seguía con el cuerpo en la arena.
—¿Estás bien? —me preguntó, mirándome a los ojos—. ¿Quieres presentar cargos contra estos acosadores?
—Sí, estoy bien —volteé a ver a mi papá y sabía que presentar cargos era perder una tarde de nuestras vacaciones en una comisaría. No quería eso.
Mientras pensaba, el otro hombre intentó incorporarse.
—¡No te levantes del suelo! —le dijo el salvavidas, y lo empujó de vuelta a la arena con su pierna.
Noté que el salvavidas era bastante guapo y tenía buen cuerpo. Aparté mis pensamientos de él y tomé una decisión.
—No quiero presentar cargos. Son mis vacaciones con mi familia, y estos imbéciles no nos las van a arruinar.
El salvavidas sonrió al oírme decir eso. Le ofreció la mano al tipo tirado y lo ayudó a levantarse. Cuando estuvo erguido sobre sus pies, le dio un puñetazo en la cara que lo volvió a arrojar a la arena. Esta vez no tuvo intenciones de levantarse.
Mi papá seguía con el otro tipo sometido. El salvavidas se acercó a él y su semblante se volvió de terror.
—No me golpees en la cara —suplicó.
El salvavidas sonrió y me pareció más guapo que nunca.
—Nunca pensé en tocar tu cara —dijo, y entonces le dio una patada en los testículos.
El hombre se retorció de dolor tan fuerte que, por primera vez en mi vida, me alegré de no tener testículos.
—Así te lo pensarás antes de tocar a una niña —dijo, y le dio otra patada en el torso.
El salvavidas me sonrió, ignorando por completo a los tipos en el suelo.
—Eres tan valiente como hermosa.
Juro que pude sentir cómo mi cara se ponía roja. Solo pude articular:
—Gracias, quiero decir, por todo. Papá no hubiera podido con ambos.
—¿De qué hablas? —contestó—. Cuando llegué, ambos estaban en el suelo y tú tumbaste al segundo… Me gustaría platicar mucho sobre lo buena que eres, pero tengo que volver a mi puesto de vigilancia.
Me despedí de él agitando la mano y, a pesar de que ya se había ido, mi mano seguía ondeando en la despedida.
Papá me sacó de mi ensoñación.
—Es un buen tipo, ¿eh?
—Sí, muy bueno —dije sin pensarlo mucho, luego recuperé el sentido—. Quiero decir, nos ayudó mucho.
—No tanto, tú tumbaste a uno de esos tipos sin ayuda —dijo sonriendo—. Parece que en realidad, dentro de ese nuevo cuerpo, sigues siendo Mel.
Asentí, sin poder hablar. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Nadie me había llamado Mel desde el día que me volví mujer.
Al ver mis lágrimas, papá me abrazó y empezó a hablar:
—Perdón por estar tan distante, Mel. Cuando cambiaste, sentí que perdía a mi hijo, como perdí a tu hermana, y el dolor no me dejó ver que no te perdí. Solo cambiaste. Sigues siendo tú, aunque ahora seas una mujer. Siempre, siempre voy a estar aquí para ti.
Las palabras de papá me hicieron llorar más fuerte.
—Estoy orgulloso de ti, hijo. Eres muy valiente para afrontar todo lo que has vivido.
—Gracias, papá —le dije, aún con lágrimas en los ojos.
Cuando nos encontramos con mamá, ambos estábamos sonriendo. Y cuando le contamos lo que pasó, nos dijo:
—¿Están locos? ¿Cómo pueden estar tan felices? A Meli la acosaron y luego se pelearon con dos tipos. ¿Qué les pasa?
—Esos pobres tipos seguro que no superan la humillación de ser vencidos por una niña —dije, por primera vez refiriéndome a mí de esa forma.
—Una niña y un viejo —agregó mi papá.
Mamá se llevó las manos a la cara. Y yo agregué:
—Además, el tipo que me tocó seguro que no va a reproducirse después de la patada que le dio el salvavidas.
Los tres reímos como locos, mientras veíamos el atardecer en el horizonte.
Yo reflexionaba sobre lo que dijo papá y lo que había pasado. Sí, cambié. Pero seguía siendo Mel. No importaba si era Melvin o Melisa, en el fondo era el mismo: Mel. Y en esa verdad simple, encontré calma por primera vez en meses. El acoso de esos hombres me hizo sentir la vulnerabilidad de este cuerpo de una manera brutal, pero lograr defender a mi padre me mostró que la fuerza no era solo física; la determinación también era fuerza. Y yo, en este cuerpo, seguía con mi determinación intacta.
Los últimos meses había renegado tanto de mi condición que no me había permitido disfrutar. Había perdido a mis viejos amigos, pero tenía nuevas amigas que me aceptaban y me apoyaban de formas que ni yo misma entendía del todo. Andrea ya no era mi novia, pero seguía siendo mi mejor amiga, un lazo que había mutado pero no se había roto. Y estaba Joshua... Me sonrojé al pensar en él. Deseaba que estuviera ahí y me viera en traje de baño. Quería que me tomara de la mano, que me abrazara por la cintura, que me hiciera todas esas cosas que me daban vergüenza desear pero que, en la intimidad de mis pensamientos, anhelaba experimentar. Ese deseo no era una traición a quien fui; era una parte nueva y vibrante de quien era ahora.

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