Capítulo 7 – Al compás de un cambio
Faltaban solo tres meses para que nos graduáramos de la primaria, y ya me sentía acostumbrada a mi nueva vida como niña. Aunque seguía extrañando tener mi pene —lo extrañaba cada vez que iba al baño, cada vez que me cambiaba de ropa, cada vez que recordaba cómo era mear de pie— y también anhelaba volver a hablar con Gabriel, disfrutaba pasar el tiempo con Mariana y su grupo de amigas. Me sentía cómoda… o al menos, funcionalmente adaptada.
Un día, la maestra nos anunció que durante las siguientes semanas tomaríamos dos horas de clases para ensayar el baile de graduación. Para eso, conoceríamos a la coreógrafa Tabata. La mujer, joven y enérgica, llegó ese mismo día, y lo primero que hizo fue formar parejas. Había exactamente quince niños y quince niñas.
—Los voy a emparejar por estatura —dijo, examinándonos con atención.
Yo era una de las más altas entre las niñas. Gabriel, uno de los chicos más altos. Cuando Tabata nos emparejó, sentí un nudo en el estómago. Tuve ganas de protestar, de decir que prefería bailar con otro, pero algo me detuvo. No quería llamar la atención. No quería explicar por qué me incomodaba tanto bailar con mi mejor amigo.
Gabriel se puso a mi lado y me saludó con suavidad:
—Hola… Espero que no sigas enojada conmigo.
Cuando era niño, yo solía ser más alto que Gabriel. Lo recordaba claramente: en las fotos de aquellos años, siempre estaba un par de centímetros por encima de él. Ahora, él me sacaba casi cinco centímetros. Mi cuerpo de chica es más pequeño, pensé, con un dejo de tristeza. Otra cosa que había perdido.
—Nunca estuve enojada contigo —murmuré, apenas audible—. No fue tu culpa lo que pasó. Debimos ser más específicos al hacer el deseo.
Él asintió, y por un momento hubo un silencio incómodo entre nosotros. Luego comenzó la práctica.
Tabata nos pidió que nos tomáramos de las manos.
Me sonrojé al sentir los dedos de Gabriel entrelazados con los míos. Estaba segura de que, como varón, nunca le había tomado la mano. Nos habíamos dado palmadas en la espalda, choques de puños, abrazos rápidos después de ganar un partido. Pero esto era diferente. Esto era íntimo de una manera que no sabía cómo procesar. Me pareció que él también se sonrojaba, aunque quizá era solo mi imaginación.
Poco a poco, las prácticas se volvieron rutina. Y con la rutina, volvió la cercanía. Volvieron las charlas, las bromas, las miradas cómplices. Entre paso y paso, recordábamos viejas anécdotas, nos reíamos de los errores del otro, recuperábamos esa conexión que habíamos perdido durante los meses de silencio.
Pero el baile exigía más que solo tomarse de las manos. Exigía contacto: manos enlazadas, vueltas, pasos coordinados, y también que él me tomara por la cintura o incluso por las caderas. Cada vez que sus manos se posaban en mi cuerpo, sentía un escalofrío recorriéndome la espalda. Bailar así con Gabriel ya era bastante incómodo… pero hacerlo sabiendo que él era el único que conocía mi verdadero pasado, que sabía que yo había sido Romeo, lo hacía aún más vergonzoso.
Lo peor, sin embargo, era lo que comenzaba a descubrir dentro de mí.
A veces me sorprendía mirándolo fijamente mientras ensayábamos. Notaba sus gestos, la forma en que movía las manos, el calor de sus dedos cuando me sujetaba, la manera en que sonreía cuando cometía un error y se disculpaba con esa media sonrisa que siempre había tenido. Y lo más inquietante era que… me gustaba. Cada día, un poco más.
Me decía a mí misma que era solo por la cercanía, por el contacto físico, por la nostalgia de nuestra amistad. Pero en el fondo sabía que era mentira.
...
Una tarde, mientras ensayábamos una vuelta, Gabriel tropezó y, por accidente, su mano rozó mi pecho. Fue un segundo, apenas un roce, pero lo sentí como una descarga eléctrica.
—¡Lo siento! —exclamó él, poniéndose rojo como un tomate—. No sabía que… tenías…
—No lo digas —lo interrumpí, también sonrojada hasta las orejas.
Ambos nos quedamos en silencio, mirando hacia otro lado, hasta que Tabata nos llamó la atención para seguir con la práctica. No volvimos a mencionar el incidente, pero después de ese día, hubo algo distinto entre nosotros. Más silencios, más miradas que se sostenían un segundo de más. Lo noté primero en detalles sutiles: la forma en que Gabriel me trataba ya no era exactamente igual. Hasta entonces, había seguido hablándome como siempre, con la misma soltura de cuando ambos eran niños, como si yo fuera su amigo de toda la vida disfrazado de niña. Pero ahora parecía más cuidadoso, más respetuoso… como si, de pronto, también él comenzara a verme como una niña. Como una chica.
Ese pequeño cambio me descolocó más que cualquier otro. Porque significaba que, para él, yo ya no era solo Romeo con otro cuerpo. Significaba que estaba empezando a verme como Julieta.
Y lo peor era que no me molestaba tanto como debería.
...
Faltaban veinte días para la fiesta de graduación. Fui con todas las niñas del salón a una plaza comercial para elegir el vestido que todas usaríamos. Después de una votación unánime, elegimos un modelo largo de color azul claro, hecho de una tela ligera que caía con gracia hasta los tobillos. Tenía un escote en la espalda que dejaba ver los omóplatos, era delgado en la cintura y con tirantes finos. El vestido se ajustaba al cuerpo con firmeza, sin ser provocador, pero acentuando las formas sutiles de una niña en crecimiento.
En el probador, necesité la ayuda de Mariana para ajustar el corsé en la espalda. Sentí sus dedos tirando de las cintas, apretando la tela contra mi cuerpo, marcando mi cintura de una forma que nunca había experimentado. Me miré en el espejo y casi no me reconocí.
El vestido resaltaba mi figura incipiente: mis brazos delgados, mi cuello largo, mis facciones suaves. Mis pechos, aún pequeños, se marcaban ligeramente bajo la tela. Mis caderas, apenas más anchas que antes, daban al vestido una caída que nunca habría imaginado. Por fuera, no había rastro del niño que fui. Por fuera, era completamente una niña.
—Te ves muy guapa —dijo Mariana, sonriendo desde atrás—. Le vas a encantar a Gabriel.
Sentí la boca seca, incapaz de responder. Porque sabía que Mariana tenía razón. Sabía que, vestida así, Gabriel me vería de una manera completamente diferente. Y eso me inquietaba más que cualquier otra cosa.
Sigo siendo un hombre debajo de todo esto, pensé, aferrándome a esa idea como a un clavo ardiendo.
Pero mientras me miraba en el espejo, con el vestido azul ceñido a mi cuerpo, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza y algo más, por primera vez no estaba tan segura de, en el fondo, seguir siendo un hombre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario