Capítulo 11: Después de la tormenta
El beso se prolongó durante un par de minutos. Luego vino otro. Y otro. A los besos siguieron las caricias, como si de pronto todo lo que habíamos contenido durante semanas, incluso meses, estuviera explotando sin control.
Sentí las manos de Ricardo en mi cintura, en mi espalda, en mis nalgas. Me dejé llevar, respirando entrecortadamente. Antes de darme cuenta, me estaba quitando la sudadera y el top. Quedé desnuda en la parte superior del cuerpo, con el pecho agitado y la piel caliente, húmeda por la reciente tormenta y por algo más profundo.
Entonces, como si al mismo tiempo hubiéramos recordado dónde estábamos, ambos nos detuvimos. Nos miramos con los labios entreabiertos, respirando con fuerza. La oficina no era el lugar para lo que nuestros cuerpos y emociones nos pedían.
Yo fui la primera en romper el silencio.
—Ven conmigo —le dije, tomándolo de la mano, me dió un poco de pudor y cubri mis senos con mi brazo.
Cruzamos el pasillo en silencio, todavía con la adrenalina latiendo en las venas, y entramos al vestidor de hombres. Busqué una de las bancas de madera largas y limpias, coloqué una toalla encima y me senté ahí, con las piernas ligeramente abiertas, mirándolo.
—¿En qué estábamos? —susurré, con una sonrisa ladeada, antes de jalar a Ricardo hacia mí.
Entonces todo sucedió sin palabras.
Entre caricias, nuestros cuerpos fueron quedando al descubierto, piel contra piel. Yo, con mi nuevo cuerpo de apenas un metro cincuenta y cuarenta y cinco kilos, me sentí diminuta frente a Ricardo. Él medía casi uno noventa, sus músculos definidos como esculpidos a mano le daban un peso de casi cien kilos. Sentía su fuerza en cada movimiento, en cómo podía moverme, acomodarme, tomarme en sus brazos como si fuera pluma.
Y, sin embargo, no sentí miedo. Al contrario. Me sentí viva.
Me dejé hacer, con los ojos cerrados y el corazón latiéndome en todo el cuerpo. En esa extraña y poderosa vulnerabilidad encontré una forma de libertad que no había conocido antes. Antes de que pudiera sobrepensarlo, Ricardo ya estaba dentro de mí. Fue intenso, fue dulce, fue salvaje.
Cuando todo terminó, quedamos en silencio, respirando juntos, compartiendo el calor de nuestros cuerpos. Luego, poco a poco, fuimos vistiéndonos. La realidad volvió con suavidad, como una canción bajando el volumen.
—Te llevaré a casa —dije.
Ricardo asintió. No discutió.
Durante el trayecto en auto, la ciudad seguía húmeda y silenciosa. En un momento, la mano de Ricardo se posó sobre mi muslo. Yo no la aparté. Solo sonreí.
Frente a su casa, Ricardo me besó de nuevo. Esta vez fue un beso distinto. No tenía prisa. Era un beso con promesas. Con ternura. Con una verdad que ya no podíamos negar.
—Buenas noches —dijo él, antes de bajarse.
Lo vi entrar a su casa y luego retomé mi camino de regreso, con una sonrisa que no pude —ni quise— esconder.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, dormí sin pensar en el pasado. Sin pensar en lo que había perdido. Sin pensar en quién fui antes. Sin pensar en Daniel. Solo pensé en quién era yo ahora. Por primera vez, solo existí Karina.

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