lunes, 23 de diciembre de 2024

La propuesta

 


Han pasado muchas cosas desde que me tomé esa píldora rosa. Nunca pensé que llegaría a sentirme cómoda como mujer... ejem, ¿aún debería decir cómodo? Cada vez me cuesta más pensar en mi mismo en masculino. Cada vez es más raro para mi usar pantalones e incluso cuando los uso son pantalones de mujer. Cada vez extraño menos mi vida de hombre.



Gustavo y yo nos llevamos excelente. Mamá no me permite ir a verlo sino es con una falda o un vestido, aunque él insiste en venir a recogerme a mi casa, así que no me preocupa que alguien me acose de nuevo. Siempre nos saludamos con un beso en los labios y nos tomamos de la mano. Supongo que es mi orgullo masculino el que no me permite percibirme como su novia. Pero en los hechos, tal vez, ya soy su novia. No me atrevo a pensarlo mucho.



Un día me invitó a una cela de gala en un lugar elegante, al llegar me traía dos ramos de flores. Mamá insistió en comprarme un vestido lindo para la ocasión y también nos tomó una foto antes de que nos fuéramos de casa. 



Durante la cena fue un caballero conmigo. Se portó super amable, me contó como yo era la mujer de sus sueños. Así que decidí decirle la verdad. Que yo había sido un hombre obligado a tomar una píldora rosa. Me dijo que no le importaba, que él me amaba y que quería casarse conmigo. ¡Me pidió matrimonio!


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Esta caption es parte de una serie:

Cuarta parte (Siguiente): Vintage TG Caps: Ahora soy Melanie

Parte Anterior: Vintage TG Caps: Mi primera cita.

Primera parte: Vintage TG Caps: Todo por mi mamá


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Las entradas del blog desde ahora serán semales debido a mi trabajo. Pero no quería dejarlos sin caption en navidad. 


viernes, 20 de diciembre de 2024

El gimnasio



Siempre disfruté hacer unas buenas sesiones ejercicio después del trabajo todos los días en el gimnasio, pero tenía la costumbre de comerme con los ojos a todas las mujeres en forma con su ropa deportiva ajustada. 


Me emocioné cuando la hermosa instructora de aeróbic me sugirió un día unirme a su clase. Pensé que sería genial poder observar de cerca a tantas mujeres de la clase mientras me pongo en forma.



Ahora definitivamente estoy en buena forma como resultado de la clase, pero no en la forma que pensé que estaría. Todavía voy al gimnasio todos los días, pero me siento un poco incómodo con tantos ojos de hombres puestos en mí y en mi suave entrepierna. .

martes, 17 de diciembre de 2024

No puedo creerlo


No puedo creer esto, mi propia madre me vendió a mi. Su propio hijo, para saldar sus enormes deudas. Ahora voy a tener que ser una esposa para él, por eso me compró, dijo que yo tenía una figura pequeña y que sería una linda novia. Aparentemente siempre tuvo la fantasía de convertir a un hombre en mujer y someterlo. Es por eso que estaba dispuesto no solo a pagar el precio solicitado, sino un par de millones más, así que ahora mi mamá puede vivir una vida de lujo y yo puedo convertirme en una esposa con la píldora rosa. Odio toda esta basura, mis nuevos senos y el coño, el pelo y el maquillaje, sin olvidar su enorme polla, solo la he visto una vez por casualidad cuando salía de la ducha, me dijo que no puede esperar a nuestra noche de bodas. ¿Qué voy a hacer?

sábado, 14 de diciembre de 2024

Como toda una princesa

 


Yo nunca quise ser mujer. Pero como hombre era un fracaso, no conseguía ninguna novia, me hacían mucho bullyng en el colegio. Así que apliqué para conseguir una píldora rosa y cambiar de sexo.



Desde que comencé a ser mujer me llamaron mucho la atención los hombres. ¿Será que siempre me gustaron y nunca lo aceptaba?



Y recuerden niñas, si quieren enamorar a un hombre hay que esperarlo en vestido y tacones como toda una princesa.






miércoles, 11 de diciembre de 2024

Una bella señorita

 


Desde que tomé esa píldora rosa soy una bella señorita.



Algo que siempre se me ha hecho muy atractivo de un hombre es la masculinidad. No sé, al verlos es como ver algo que nunca fui, ya que siempre fui demasiado delicada y sobre todo muy femenina.




Soy toda una princesa, pero me gustan los hombres rudos.



Otra cosa que adoro de ser mujer es comprar ropa me encanta ver vestidos nuevos para idear nuevos outfits para verme bien bonita



Les dejo otra foto más porque me veo bien mami con este vestido. Ya me voy, porque espero terminar cogida por un hombre esta noche.




domingo, 8 de diciembre de 2024

Una voz angelical (Parte 4)




La cruda... y más cambios.

Me levanté de la cama con mucho cuidado, tratando de aclarar mi mente. Por supuesto, mi madre no me dio respiro alguno:

–¿O acaso no fue, para ti, una experiencia que te marcó?... ¡Te comportaste absolutamente sexy y coqueta, chica! ¡Y qué habilidad tienes para mover el culo!... Puedes negármelo ahora, pero creo que ya estás disfrutando el ser mujer...

Nada respondí. Mi madre sonrió, y llevó su discurso por otros rumbos:

–Caíste en la cama, como tronco... Apenas si pude quitarte la peluca y los pupilentes... ¿Descansaste?

Asentí. ¡Dios! ¡Cómo me pesaba la nuca! ¡Y qué espanto de mareo!

–En fin... Casi es la una y media de la tarde, así que arréglate...

Me desnudé lentamente y fui al baño. Obvio: me quedé un buen rato bajo la ducha, dejando que el fresco goteo masajeara mi cabeza y se llevara la absurda sensación de depresión y todas las demás molestias. Luego, puse especial cuidado en retirar de mi entrepierna los restos de cinta adhesiva y las tramillas de esperma reseco. "¡Dios mío!", reflexioné. "¡Qué loco! ¡De tanta excitación, anoche eyaculé sin erección y sin tocarme el pene!".

Cuando salí, mi madre me ayudó a ponerme una de sus batas de baño y me envolvió el pelo con una toalla.

–Antes de que te vistas –disparó en el trayecto–, te daré tus complementos alimenticios...

–¿Complementos? –me intrigué...

–¿Recuerdas que se los pedí al doctor Sáenz?

–Más o menos...

–Él me sugirió dos productos naturales para que desintoxiques tu cuerpo: grageas de alga espirulina e inyecciones de lecitina de soya... Así, la dieta que te prescribirá te hará mayor efecto...

Me encogí de hombros, plenamente consciente de que cualquier discusión resultaría inútil. Entramos al cuarto rosa y, en efecto, sobre el tocador había un vaso de agua, un platito con una pastilla y una jeringa prellenada...

–¿A qué hora compraste todo esto?

–Tú duermes, yo trabajo... Tú me apoyas, yo te apoyo...

Tragué el medicamento, primero. Después, me abrí la bata y me acosté bocabajo en la cama; mi madre, tras pasarme por el glúteo un algodón empapado en alcohol, me clavó la aguja hasta el fondo: pronto, noté la penetración de un líquido levemente espeso, distribuyéndose entre mis tejidos...

–¿Y ahora? –cuestioné...

–A comer...

Me incorporé y me fui, en bata de baño, a la cocina: en la mesa, para mi decepción, sólo había un plato con un pequeño filete de pollo asado y verduras cocidas, un vaso de limonada sin azúcar y una taza de insípido té.

–¿No sobró comida china? –pregunté.

–¿Estás loca? ¡Tuve que terminármela! A partir de ahora, cuidarás siempre lo que comes...

Suspiré. Obvio: no tardé en devorar mis alimentos.

–¿Hay más pollo? –deslicé...

–No por ahora... Vamos a que te arregles.

–¡Tengo hambre!

Pese a mis protestas, regresamos al cuarto rosa. En cuanto me retiré la bata, mi madre me vio el torso, con una carga de repulsión:

–¡Qué horror! Te está saliendo vello en el pecho... ¡Pareces hombre!...

Me miré. Nada distinguí.

–¿Cuál vello?...

–¿Me llamas mentirosa?

Temblé...

–Karen, yo...

–Cállate... Deja todo en mis manos...

Mi madre fue a su cuarto y regresó con un frasco cilíndrico.

–¡Qué bueno que tengo el Decolette 3D+ y el Suprem’Advance! ¡Son excelentes depiladores! ¡Yo misma los he usado!

Abrió los frascos: resultaron ser sprays. Me disparó la sustancia del primero en los pectorales, de manera generosa, y comenzó a untármela, con delicados movimientos en círculo. Luego, repitió la acción con el segundo...

–Tienen una textura agradable –dije...

–No me extraña: son de Jeanne Piaubert, un instituto de Francia... Los dos cuestan casi 310 euros... Agradece que yo no repare en gastos y te lo comparta... Quedarás perfecta...

Tras la aplicación de los sprays, mi madre fue muy cuidadosa en ocultarme el pene y los testículos con la cinta adhesiva, y en vestirme una pantaleta hipster cheeky de algodón, con acabado de picot. Luego, me pasó unas delgadísimas copas adhesivas de silicona...

–¿Y esto?

–Tus tetas...

Ante la simpleza de los materiales, una expresión me salió del alma:

–¿Y los explantes?...

La carcajada de mi madre no se hizo esperar:

–Mira a la niña: le encantó ser una putita voluptuosa...

Aún sin querer admitirlo, tuve que reconocer internamente la veracidad de esa afirmación: tenía ganas de experimentarme, otra vez, como una mujer sexy; de percibir quemantes miradas masculinas en mis nalgas y en "mis senos"...

–No es eso –titubee, buscando justificaciones...

–Recuerda que anoche fuiste una edecán mayor; desde este momento, debes actuar como una adolescente...

–¿O sea?

Mi madre comenzó a adherirme las copas...

–Las chicas de tu edad no están tan formadas aún... Pero descuida: conforme tu cuerpo se vaya desarrollando, podrás irlo luciendo...

–¿Qué quieres decir?

–Que te despreocupes...

Finalmente, me pasó un muy femenino conjunto deportivo Nike (integrado por un pantalón pirata negro, con cordón de ajuste en el interior; y por una chaqueta de cuello alto y manga corta), y unos impresionantes tenis Guess ¡de tacón alto!

–Ven al espejo –invitó mi madre...

Caminé, pues, viendo mi reflejo desde el primer momento. Noté, para mi estupefacción, que el éxtasis consumido en el evento había generado un condicionamiento operante en mí, ¡y que ya no podía dejar de imitar los provocativos aunque delicados gestos de las edecanes porque tal cosa me generaba una especie de placer físico! Para rematar, otras dos peculiaridades subrayaban, aún más, mi transformación: el par de "tímidos senos" estampándose en mi ropa, y, de nuevo, la obligación de balancear mis caderas para mantener el equilibrio. ¡Me faltaba exhuberancia por la ausencia de los explantes, sí, pero no me veía menos mujer: simplemente lucía joven y fresca!

–¡Cielos!

–Acostúmbrate a tu nueva imagen –me siseó mi madre, mientras me recogía el pelo en una coleta–... Será tu compañera por mucho tiempo...

Al oír estas palabras, temí, por primera vez, que todo el absurdo proceso iniciado por mi madre me marcara, que me dejara secuelas permanentes... Si ya mis gesticulaciones y mi manera de vestir habían perdido masculinidad, ¿qué otros efectos debía esperar?...

–¿Cuándo volveré a ser niño?

–No mientras estás en el concurso, desde luego –reconoció mi madre, y comenzó a perfumarme...

Me estremecí.

Justo a las cuatro, una camioneta Hummer color rosa se detuvo frente a la puerta. El amabilísimo chofer, un simpático hombre de unos cincuenta años, se anunció con formalidad extrema:

–El señor Chassier me indicó ponerme a sus órdenes –dijo–... Soy Mateo...

–Mucho gusto –respondió mi madre, pasándole una mochila...

Llegamos a la televisora en un santiamén. De inmediato, nos condujeron a la oficina de producción de Yves Chassier, donde nos aguardaba el mismo equipo que había yo conocido el día anterior. Ramiro Bretón fue el primero en acercarse a mí: me saludó de beso y me separó de mi madre.

–Acompáñame... ¡Qué bueno que vienes así, Angélica, cómoda y bien dispuesta!...

Atravesamos un pasillo y llegamos a una pieza larguísima, con apariencia de salón de belleza: la actividad ahí, frenética, se desbordaba: en cómodos sillones, un montón de famosas estrellas estaban siendo arregladas: desde un anciano actor de carácter (leyenda en el país) hasta una polémica vedette cubana, pasando por un galán de telenovelas y la vocalista de un grupo de rock... Ramiro me asignó un lugar, y llamó a un amanerado estilista.

–Angélica, él es Tony y te atenderá... Ya le he dado instrucciones precisas de lo que queremos...

–Hola, hermosa –saludó...

–Hola –respondí–... Mucho gusto

Ramiro regresó al estudio, no sin antes ordenar:

–Llámame en cuanto termines, Tony... El señor Chassier quiere verificar personalmente el look...

Tony asintió. Luego, se dirigió a mí, guiñando un ojo:

–Ramiro es guapo, pero muy autoritario... ¿No crees?

Un rayo frío me atravesó la columna vertebral. "Tony es un homosexual... ¡Y yo no quiero serlo!", concluí. "¡Aunque me excita parecer mujer, no pueden llegar a gustarme los hombres!"... Traté de poner la mente en blanco... Pero una pregunta del estilista me sacó de equilibrio:

–¡Qué callada estás, niña!... ¡Si no quieres que las dos nos aburramos como ostiones, cuéntame algo!... ¿Tienes novio?...

No fue el hecho de que Tony, cuadrado de cuerpo, hablara de sí mismo en femenino lo que me desconcertó (él, al igual que yo, usurpaba simbólicamente un género), sino el recordar, de golpe, mi comportamiento como edecán horas antes: no quería que me gustaran los hombres, pero en el evento de la constructora había hecho todo lo posible por calentarlos, incluso el fomentar que un gerente ebrio me imaginara a mí, como hembra, teniendo relaciones sexuales.

Antes de poder frenarme, unas palabras de tono sugestivo salieron de mis labios:

–Sí... Se llama César...

–Muchos machitos se ponen celosos cuando sus novias se vuelven famosas... Ojalá que tu galán entienda tu nueva carrera...

Dos mujeres se acercaron para apoyar a Tony.

–¿Qué hay qué hacer? –preguntaron.

–Es una chica de Yves Chassier... Ya saben: lo que a él le gusta...

Una de las mujeres le guiñó el ojo:

–Entonces no la maquilles antes de que el franchute la revise...

Las siguientes dos horas, de hecho, fueron estresantes. Desconocía cuáles eran los criterios establecidos, así que me sometí con mansedumbre: me arreglaron las manos (cambiándome las uñas postizas), me realizaron pedicure francés, me depilaron las cejas, me dieron un tratamiento facial y me colocaron extensiones en el pelo...

–Voy por Monsieur Chassier –indicó Tony...

Al ver los primeros resultados en mí, el productor se mostró complacido.

–Hiciste bien en pedirme que la revisara antes del maquillaje –le dijo al estilista–... Colócale un poco de colágeno en los labios, casi nada; el pelo, un poco más rizado...

–¿Qué tonos quiere en el rostro, señor?

–Son tu elección... Sólo recuerda que es la chica fresa y coqueta del reality...

–¿Algún piercing? ¿En la nariz, quizá, como la protagonista de su actual telenovela?

–Buena idea... Pero no se lo pongas en la nariz, sino en el ombligo...

Si el piquete en los labios me dolió, pese a los anestésicos, el del ombligo fue brutal: mientras yo sostenía mi chaqueta, apenas abierta a medias para no revelar la falsedad de "mis senos", Tony me atrapó la piel con unas pinzas y luego me insertó la aguja, seguida por un delgadísimo tubito de plástico esterilizado, entre dos marcas previamente trazadas. Aullé...

–Disculpa que no me espere el efecto de la crema –se encogió de hombros Tony, retirando con habilidad el tubito y colocando el piercing–... Nos queda poco tiempo...

Puede relajarme un poco durante el maquillaje, aunque no demasiado: Pierrick llegó con gesto de urgencia.

–El fotógrafo está listo... Vamos a tu camerino...

Cuando me levanté y me vi al espejo, casi me voy para atrás: el arreglo a que mi madre me había sometido la noche anterior, era nada frente al que ostentaba en ese momento. Mi rostro, absolutamente feminizado (con la nueva apariencia de mis cejas finísimas y de mis labios carnosos), estaba enmarcado por un larguísimo cabello de abundantes reflejos color miel; de hecho, emanaba una sensualidad desconocida para mi... ¡Nunca pensé que podía yo portar ese magnetismo!...

En el camerino, me esperaban mi madre, Fanny y Ramiro, frente a un armario portátil, desbordante de ropa.

–¡Qué guapa estás! –me saludó Fanny...

–Gracias –contesté...

Fanny me señaló la ropa:

–Un regalo del señor Chassier... ¿Te gusta?

Eché un vistazo: ¡todas las prendas, de inmejorable gusto y a la última moda, eran de los mejores diseñadores mexicanos y extranjeros! Quedé en shock.

Con energía imparable, Ramiro comenzó a elegirme el primer atuendo. Nunca lo olvidaré: combinó una minifalda azul marina con una camiseta Zara de manga corta en estilo juvenil. Añadió un cinturón muy vistoso, unos sensacionales aretes largos y una muy femenina pulsera (ambos de plata), para rematar con unos buenos botines de tacón generoso.

En cuanto terminé de vestirme, Pierrick me llevó a un set cuidadosamente preparado. El exceso de luz de los reflectores, sobre un fondo blanco, me arrojó un inesperado golpe de calor...

–Súbanle al aire acondicionado –gritó el francés...

Ramiro entró tras de mí y señaló a un tipo, sentado al frente de una computadora.

–Angélica, te presento a Ray Webster, uno de nuestros mejores fotógrafos.

Ray se levantó y, empuñando una Nikon, se acercó... Lo vi mejor: evidentemente estadounidense, de pelo intensamente rubio y barba de varios días, se movía con una seguridad masculina impresionante.

–Tienes un rostro precioso... ¡Qué ojos!... ¡Qué color de piel!... Creo que retratarás muy bien...

Pierrick, mientras tanto, daba instrucciones a unos camarógrafos y al resto del staff.

–¿Qué debo hacer? –le pregunté a Ray.

Él me respondió con un gesto seductor.

–Ser tú misma, bebé... Ven...

Me tomó de la mano y me dejó en el centro mismo de la luz.

–Regálame una sonrisa –pidió...

Oí el primer clic, y, como en automático, me brotó el comportamiento de la noche anterior: volví a sentirme sexual, terriblemente sexual. Mientras tanto, las instrucciones de Ray me llegaban como irresistibles desafíos:

–Voltea a tu derecha... Menos... Así... Dobla tu pierna... ¡Muy bien!... Deja que se te suba un poco la falda; como por descuido... ¡Excelente!... Eres muy natural... Agáchate... Las nalgas, paraditas... ¡Quédate así! ¡Te ves riquísima!... Mírame... Separa los labios... ¡Genial!...

Cuando Ray comenzó a descargar mis primeras fotos en la computadora, mi madre se hizo presente.

–¡Tu hermana es toda una modelo! –le dijo...

Mi madre vio el material y dejó traslucir emociones paradójicas: regocijo mezclado con envidia. ¡Mi imagen de mujer era ahora mucho más fotogénica que la de ella!

–Así que la pequeña de la familia ha superado a la mayor –bisbiseó con amargura...

Preferí callar y regresé con Pierrick al camerino. Ramiro ya había elegido ropa: un mini-vestido muy ajustado, en color beige, complementado por unos aretes de oro bellísimos, por una cartera dorada de Carolina Herrera y por unos originales zapatos transparentes con plataforma en el mismo tono.

Así, foto tras foto, cambio tras cambio, perdí la noción del tiempo.

–¡Hemos terminado! –anunció Ray.

Me sentí feliz: él cansancio me estaba haciendo su presa. Fui al camerino y me derrumbé sobre la cama... Mi madre entró y se sentó a mi lado.

–¡Tengo hambre! –me quejé– ¡Me voy a morir!

–¡Qué poca resistencia, hermanita!

Aunque la puerta estaba abierta, Fanny tocó con desparpajo:

–¿Se puede?

Levanté la mano y dije que sí con el dedo...

–Angélica es una perezosa –me acusó mi madre...

Fanny río:

–Tenemos algo que te reconfortará.

El doctor Sáenz entró, acompañado de una cocinera:

–Buenas noches, linda...

–Doc –balbucee.

–Te traigo la cena...

Me incorporé como un rayo. Fanny desempotró, de la pared, una mesita, y la cocinera depositó en ésta una charola con un apetitoso filete de pescado, ensalada, fruta con queso cottage y un agua mineral helada.

–Comienza a cenar –me sugirió Fanny–... Por hoy, terminaste...

La cocinera vio a mi madre.

–Siéntese usted también, señorita. Le traeré su cena de inmediato.

Sáenz le dio a mi madre un legajo:

–Angélica debe seguir esta dieta... A partir de este momento, prácticamente comerá y cenará aquí, así que usted sólo tendrá que lidiar con el desayuno... ¿Puedo confiar en que vigilará la alimentación de su hermana? ¿Qué no habrá colaciones o sorpresas desagradables?

–Absolutamente –asintió mi madre.

–¡Me alegro!... Toda la información está organizada por día: hoy es el uno... Siga el orden, y ya... La revisaré en dos semanas...

En cuanto terminé de cenar, mi madre me pidió que la acompañara al baño. Una vez ahí, me abrió la blusa que llevaba yo en ese momento, me retiró las copas y sacó de su mochila el Decolette 3D+.

–¿Otra vez? –me quejé...

–El Suprem’Advance sólo requiere aplicación por las mañanas, pero este depilador va después de cada alimento...

–¡Ay, Karen! ¡En serio no sé de que vello hablas!

–¿Vamos a comenzar con diferencias de opinión, otra vez? –se alzó, belicosa.

Callé y me dejé hacer, sintiendo una franca incomodidad. Justo cuando me estaba yo readhiriendo los "senos", para después ponerme el conjunto deportivo e irme a descansar, Ramiro me alarmó:

–Angélica –gritó a la puerta del baño–, hubo un cambio de planes... Te llaman en el estudio "C"...

–¿Dónde hice el casting?

–Sí... Pero primero pasa con Tony... Otra vez...

–¿Qué?...

Por órdenes de Chassier el estilista me cambió el peinado, dejándolo con un look más natural, y me retocó el maquillaje.

–Puse tu cambio en ese vestidor de la esquina, para que no pierdas tiempo en el camerino –me dijo Ramiro...

Obedecí: encontré un mini-short True Religión de mezclilla, una ombliguera negra y unas botas de caña alta (un poco arriba de la rodilla) con aplicaciones en metal. El mini short, debo admitirlo, fue toda una revelación: ajustadísimo, me estrechó la cintura, me aplanó el vientre y me levantó el trasero.

Afortunadamente, no tuve que caminar: un carrito de golf me recogió y me dejó en el estudio en menos de dos minutos. Me sorprendió lo que vi: la escenografía, la iluminación, la mesa de los jueces. ¡Todo lucía igual que el día del casting, salvo que ahora, aparte de los camarógrafos, sólo había dos persona en el auditorio: Yves Chassier y un floor manager!

–Repetirás tu actuación, con una actitud coherente a tu papel –me indicó...

–¿Mi actuación?

–Sí... Canta "Ésta soy yo"... Pero más sexy... Para que te quede claro: deja salir a la puta que toda mujer lleva dentro...

Lejos de ofenderme, las palabras de Chassier me prendieron. ¡La niebla del éxtasis se había expandido por mi mente de forma demoledora!

–Sí, señor... Entiendo...

El floor manager me dio la señal, e inicié mi interpretación de manera audaz, dejándome dominar por el mismo espíritu que había surgido en mí, como edecán. Incluso, recordé y copié la forma en que Alyssa se paraba, a fin de lucir más las nalgas, y un movimiento pélvico incitante que era especialidad de Estefanía. Cuando terminé, el productor lucía satisfecho:

–No me equivoqué... Eres mi próxima cantante de pop...

Un golpeteo de pasos, desde la entrada, me hizo voltear: Thea, Jaime Rocha y Gabriel Jarrell entraban, partiendo plaza.

–Bonsoir, Yves –saludó Jarrell...

Thea me guiñó un ojo.

Los jueces ocuparon su mesa... Chassier me vio:

–Ahora, vamos a grabar el principio... Sal, vuelve a entrar y preséntate como Angie...

–¿Angie?

–Tu nombre artístico...

Me retiré tras bambalinas y oí el conteo del floor manager. Entonces, avancé con paso felino. Como en el casting original, Gabriel Jarrell gritó:

–¡Número dos!

Thea intervino:

–¿Cómo te llamas?

–Angie... –contesté.

Jaime Rocha me dedicó una sonrisa genuina:

–Eres muy guapa, Angie... Bienvenida...

–Gracias...

Yves Chassier interrumpió la grabación:

–¡Corte!... Que regresen sobre Angie, en full shot –le dijo al floor manager; luego, un tanto reflexivo, me vio–... Angie no digas sólo gracias... Coquetea un poco con Jaime... Luce tu cuerpo, carajo...

–Va de nuevo –indicó el floor manager–... En cinco, cuatro, tres...

Conté mentalmente y traté de recordar las estrategias tantas veces vistas en mi madre.

–Eres muy guapa, Angie –volvió a decir Jaime–... Bienvenida...

Con sutileza femenina natural, doblé levemente la rodilla izquierda y eché todo el peso de mi cuerpo sobre la pierna derecha. Obvio: mis caderas dieron un requiebre. Clavé mis ojos en los de Jaime, tratando de mostrar atrevimiento y timidez en partes iguales. Ladeando un poco la cabeza, sonreí y jugué con mi pelo:

–Gracias... Me siento feliz de estar aquí, contigo –sonreí, de nuevo–... Y con todos ustedes...

Hubo algo eléctrico en el ambiente. Jaime se quedó genuinamente boquiabierto, y Thea tuvo que reaccionar:

–¿Qué vas a cantar, Linda?

–"Ésta soy yo"...

–¡Corte! –gritó Chassier– ¿Cómo quedó la toma?

El floor manager consultó al personal de cabina, usando su diadema de audífono con micrófono...

–Perfecta, señor... ¿Quiere que hagamos una de protección?

–¡No, no! ¡Me encantó así! ¡Fue muy natural... ¿Te comieron la lengua los ratones, Jaime?...

El compositor y pianista movió la cabeza, divertido:

–¡Estás muy cambiada, Angélica! –me declaró– ¡Ten cuidado con los consejos que te están dando!

–Terminemos con esto –ordenó Chassier–... Sólo faltan los comentarios de los jueces... Y grabar tu reacción: la vez anterior, casi regresas a las butacas... ¡Celebra el haber sido seleccionada y entra, con júbilo, a bambalinas!...

Fue Thea quien comenzó ahora:

–Tienes una voz maravillosa...

–Y mucha energía –agregó Jaime...

Gabriel Jarrell permaneció en silencio.

–Voto a favor –siguió Thea...

Jaime sonrió:

–¿Qué opinas tú, Gabriel?

Jarrell suspiró. Tomó su copa de vino y la olió...

–Angie, evidentemente eres una chica a la que la vida nada le ha negado... ¿Por qué darte esta oportunidad a ti y no a alguien más?...

No esperaba la pregunta. Gabriel ignoraba lo que era mi vida real: no hablaba conmigo, de hecho, sino con el papel que estaba yo actuando (por coacción de mi madre, primero; a instancias de un productor televisivo, después). Lo absurdo fue que no puede contestar como Ángel (¡francamente hubiera llorado, y pedido que me sacaran de ahí!)... Ser Angélica, en cambio, me daba una fuerza nueva, una influencia que no había conocido como varón.

Con exquisitez, me pasé la lengua por los labios, y sólo dije:

–Porque soy capaz...

Y le guiñé el ojo...

Gabriel se encogió de hombros:

–Pues, felicidades, Angélica... Bienvenida a "Jugar y cantar"...

Oído el "veredicto", salté, echando mis piernas juntas hacia atrás y alzando el brazo derecho. Luego, me fui a bambalinas...

Pierrick me alcanzó:

–¡Lo hiciste muy bien! ¡Conozco al señor Chassier y sé que estará complacido! Sólo espera unos minutos... Te harán una entrevista breve, y podrás irte a descansar...

–Gracias, Pierrick...

–Si gustas, en lo que llega Don, pasa al teatro estudio...

Lo hice... De hecho, iba a acomodarme en una butaca del extremo, pero Chassier me indicó que me sentara a su lado... Ahora iban a grabar la actuación de un chico llamado Flavio.

–Él será el chico fresa del reality –me explicó–; uno de los que se enamorarán de ti...

Cuando lo vi en escena, me sentí terrible. No sólo por lo absurdo de lo que acaban de revelarme, ¡sino porque el muchacho me cayó mal: era el típico prepotente de colegio rico!

–¿Qué vas a cantar? –preguntó Jaime...

–"Ritmo total"...

Flavio comenzó su interpretación con carácter, pero justo en la parte de "para mi ese algo especial; viva la música, dámelo ya", le salió un "gallo" horrendo... Ni siquiera el estilo caprino de Enrique Iglesias justificaba el accidente vocal...

–¡Corte! –gritó Chassier...

Flavio, apenadísimo, se retiró por propio pie.

–Localicen a José Manuel... –berreó el productor– Lo quiero aquí, mañana, temprano... Sustituirá a este imbécil...

Luego me vio, con rostro compungido.

–¿Ves a lo que me refería en tu casa?... ¡Odio esto!

Asentí. Sus ojos adquirieron un brillo especial. Me vio las piernas; después, el rostro:

–Contigo las cosas son distintas –agregó, entonces, depositando, como con descuido, su mano tibia en mi muslo derecho–... Puedo ver tu futuro...

Pierrick me llamó:

–A bambalinas, Angie... Don está listo...

Chassier me tomó la mano y me la besó... Me levanté, en confusión, y fui a la entrevista... Comencé a preocuparme: tarde o temprano, siendo niño, la voz me cambiaría... ¡Mi destino, pese a lo que mi madre deseara, era el mismo de Flavio! De cualquier modo, traté de mostrar una actitud coqueta y festiva ante la cámara.

–Angélica, eres la primera niña seleccionada para el reality show. ¿Cómo te sientes?

–Feliz de estar alcanzado mi sueño...

Cuando llegué al camerino, mi madre y Fanny bebían vino y charlaban como grandes amigas.

–¿Cómo te fue? –me preguntó Fanny...

–Bien –contesté–... He terminado... Quiero cambiarme y huir...

–Tendrás que irte vestida así –me sonrió mi madre, ligeramente ebria...

–¿Y eso?

–El señor Chassier ordenó que trasladarán toda tu ropa al departamento plata, incluyendo tu conjuntito deportivo –informó Fanny...

Pierrick entró, con evidentes muestras de fatiga:

–José Manuel está en Nuevo México con su familia –le dijo a Fanny–... Consígueme un pasaje de avión, para cuatro personas...

–Yo ya les había dicho que ese niño era mejor opción...

–Conoces al jefe... Si no nos mete en apuros, no está feliz...

Ramiro se unió al grupo... Traía un llavero en la mano...

–¡Qué horror con el cambio de participante! ¿No? Tendremos que retrasar la producción del reality uno o dos días...

–En fin –se consoló Fanny–... Eso nos dará tiempo de mejorar la escenografía: no me terminan de convencer las líneas amarillas huevo que le pusieron...

–Disculpen –intervine–... ¿Me puedo ir?

–¡Por supuesto! –reaccionó Ramiro– Tengan las llaves de su nuevo departamento... Mateo los espera en la Hummer...

Pierrick me detuvo:

–El horario que comenzamos a integrar contigo, en tu casa, quedó listo para las próximas dos semanas... A partir de mañana, a las 11, tienes entrenamiento, y clases de canto y de etiqueta... Así nos dará tiempo de seleccionarte las canciones... Con el repertorio decidido, trabajarás las coreografías...

–¡Rayos! –me quejé...

–Tu copia del horario ya está en tu habitación... Buenas noches...

El departamento plata, en realidad el penthouse de un edificio en la zona más exclusiva de la ciudad, me resultó apabullante no sólo por el despliegue de lujo y de tecnología, sino por un detalle concreto: nada masculino había en la decoración.

–El señor Chassier fue muy específico –nos explicó Mateo–, mientras dejaba la mochila en la sala y nos explicaba los intríngulis de controles remotos, apagadores y botones–... Quiere que sus niñas estén a gusto...

En efecto: el sitio era perfecto para dos mujeres. En mi habitación, de hecho, descollaban, una computadora de diseño vanguardista en color rosa y un montón de finísimos peluches, acomodados con buen gusto; sobre mi tocador y a sus lados, se acumulaban varios equipos de maquillaje (incluyendo un neceser repleto).

–¿Ya vio su vestidor, señorita? –me preguntó el chofer, señalándome una puerta–... Ahí le puse lo que traje del camerino... La mera verdad, quedó chulo...

La abrí: encontré un espacio amplísimo, plagado de armarios y entrepaños. Ahí, en perfecto orden, contemplé ropa muy fina y cara (en todos los estilos), accesorios (aretes, pulseras, diademas, relojes) y calzado (zapatillas, botas, botines... siempre con tacones altos)...

–¡Ay, don Mateo! –suspiré...

Una vez que el chofer se retiró, intercepté a mi madre...

–¡Esto es demasiado!

–Creo que le gustas a Chassier –me sonrió...

–¡Basta, Karen! Ya corrieron a un niño porque le cambió la voz... ¿Qué onda cuando eso me pase?

–Tranquila, hermanita...Un día a la vez... Si tal cosa llega a ocurrir, nos despedimos y ya... Pero mientras habremos juntado dinero y vivido como reinas...

Las siguientes dos semanas, en efecto, nos dedicamos a pasarla bien. Es cierto que tuve que partirme entre las desgastantes sesiones de entrenamiento (con Agustín Trejo), y las exigentes clases (de canto, con Ramón Borrero; y de etiqueta, con Louise Cavaliere); sin embargo, el no tener mayores preocupaciones (escolares o económicas) me resultaba adictivo. Casa espléndida, chofer y camioneta a la puerta, juegos en la computadora...

Hubo un detalle perturbador, sin embargo: tener que pasármela de chica las 24 horas comenzó a despertarme una fascinación cada vez más morbosa. En especial, lo reconozco, me excitaba acudir al gimnasio con ropa entallada y sexy, e integrarme con las mujeres biológicas hasta hacerme indistinguible

Por si fuera poco, el incorporar a mi conducta las delicadas maneras de la aristocrática profesora Cavaliere (siempre aderezadas con las bien establecidas metas de Chassier) se transformó en fuente inagotable de feminización.

–Sé más sutil con el coqueteo –me dijo una vez, por ejemplo–... Intenta, cuando estés con un hombre, bajar la voz a un tono casi inaudible... Con eso, lo obligarás a acercársete...

Los resultados de la dieta y del ejercicio pronto fueron evidentes: mi cintura estaba un poco más estrecha y, en general, mi cuerpo adquirió una firmeza maravillosa. Huelga decir que mi madre no se separaba un ápice de lo establecido por Sáenz, y que continuaba aplicándome tanto los suplementos alimenticios (las grageas de alga espirulina y las inyecciones de lecitina de soya) como los depiladores.

Obvio: ¡Chassier estaba encantado conmigo! Al principio de la tercera semana, de hecho, en su oficina, se mostró eufórico:

–Con tu talento, con la disciplina de tu hermana, y con mi apoyo visonario, llegarás lejos –me enfatizó...

Pierrick entró y me saludó de beso.

–Señor, se espera buena audiencia para el domingo... Aquí están los índices reportados hasta el momento.

–¡Maravilloso!...

Me extrañé:

–¿Puedo saber que hay el domingo?

–¿No has visto los promocionales en televisión? –rió Pierrick...

–No he tenido tiempo... Con tanta clase...

–¿Y tu hermana no te lo dijo?

Torcí la boca, por lo que no se me requirió de más explicaciones.

–Angie, Angie –me dijo Chassier–, este domingo comienzan las transmisiones de reality, con una selección de los castings...

–¡Guau! –me incorporé del sillón...

–Es más –agregó el productor–... Se me ocurre una gran idea: ¡iremos a Cancún, con todo el equipo, y ahí lo veremos!... Encárgate de la logística, Pierrick...

–¿Todo el equipo, señor? ¿Participantes incluidos?

–¿De qué otra manera?... Dispón cámaras, incluso... Lograremos buenas tomas...

Luego, volteó hacia mí:

–Además, no quiero dejar de pasar la oportunidad de admirarte en la playa, mientras te doras al sol...

Me alegré mucho y, aunque parezca extraño, de regreso en el departamento, me fui derecho al vestidor: recordaba haber visto algunos trajes de baño, ¡y quería probármelos! Seleccioné, pues, el más llamativo: pese a la cinta adhesiva, la brevísima tanga no alcanzaba a disimular mis genitales por completo. ¡Rayos! De cualquier forma, intenté con la parte superior. Para mi consternación, noté que mis pectorales se habían endurecido, marcado, y puesto más anchos. De hecho, mi torso comenzaba a verse tan bien formado como el de mis ex-compañeros de futbol de la colonia... "¡Claro!", reflexioné. "¡Mi cuerpo es de hombre, y ya estoy comenzando a cambiar!". Consciente de que la comedia estaba por concluir, no supe si sentirme triste o alegre... Sin embargo, un rato después, al ponerme el depilador, mi madre no emitió comentario alguno. Me extrañó un poco. "No tardará en darse cuenta", deduje...

Dos días después, cuando desperté, las cosas habían cambiado. Me pareció que mis pectorales no sólo se habían desarrollado más: parecían estarse afilando de manera cónica. Esperé algún comentario de mi madre, pero no llegó. Al tercer día, cuando empezaron a redondearse y a sentirse suaves, me resultó evidentísimo que había algo extraño.

Con suspicacia, se me ocurrió entrar en la computadora y buscar información acerca de las grageas de alga espirulina y de las inyecciones de lecitina de soya: en efecto, eran suplementos alimenticios y supuestos desintoxicantes. ¿Entonces?

Pensé en silencio. De repente, brinqué. Obvio: los depiladores. Teclee los nombres a toda velocidad. Mi madre no me había mentido respecto al laboratorio o al precio, sino acerca de los efectos. Leí, con asombro... Del Decolette 3D+: "Su complejo exclusivo de principios activos potentes e innovadores permite fijar la grasa procedente de la alimentación a la altura del pecho, compuesto en sí mismo fundamentalmente por grasas... Con una tonicidad recuperada, más generosos, los senos ganan en volumen, redondez y firmeza... Favorecer la entrada de grasas en el adipocito estimulando la lipoproteína-lipasa... Favorecer la lipogénesis (almacenamiento de grasas)... Tensor... Antiestrías"... Del Suprem’Advance: "Rico y consistente, este extraordinario tratamiento palía los déficits de belleza de los senos. Sus microesferas inteligentes liberan sus activos sólo allí donde la piel los necesita, para que la Volufiline y LPL Stimuline vuelvan a dar volumen y redensifiquen visiblemente los senos. Antigravedad asegurada gracias a la Kigéline, completada por la acción reafirmante y tonificante de la Centella Asiática. Recupere un escote perfecto y de vértigo, con senos de belleza sublime".

En furia, en incredulidad, grité:

–¡Karen! ¡Me has estado chingando!

Mi madre entró al cuarto con displicencia. Cuando me vio frente a la pantalla, entendió todo.

–¿No extrañabas los explantes, reina? –se justificó– Esto es mejor... Nada de silicón. Son tus tetas, tu carnita...

Comencé a llorar:

–No así, Karen... No así... 





jueves, 5 de diciembre de 2024

A veces...

 


A veces aún tengo que verificar que mi vez la masculinidad no haya regresado.

Lo que, por supuesto, no puede ser posible, ya que los efectos de la píldora rosa son irreversibles y toda mi manera de actuar y de ser, ahora, es la de una señorita, pero una pequeña parte de mí aún desea volver a ser hombre.

lunes, 2 de diciembre de 2024

No es un gran sacrificio




"Vamos, Alán, cariño, termina de vestirte con tu ropa nueva de la escuela, es hora de ir a tu primera clase. No te pongas nervioso, cariño, tu tía cambió todos tus registros personales en la oficina de administración. 



Ahora estás registrado como una jovencita de 18 años llamada Aline. Vamos, mi linda nueva sobrina y obtén la educación que la tía está pagando. No es un gran sacrificio ser mi sobrina durante los próximos cuatro años a cambio de un título, ¿verdad, cariño?



Tal vez termines enamorandote de un chico de tu edad y no quieras volver a ser hombre.



viernes, 29 de noviembre de 2024

Recomendación de Manga: Nyotai-ka Yankee Gakuen: Ore no Hajimete, Nerawaretemasu!

Continuaré recomendándoles mangas de temática gender bender y crossdressing que me gustan mucho esta vez toca el turno de:  Nyotai-ka Yankee Gakuen: Ore no Hajimete, Nerawaretemasu!

Durante 54 tomos veremos la historia de Torao, un adolescente de 16 años que va a una escuela de chicos problemáticos o "delincuentes". 




Torao tiene una rivalidad con Ryohei un chico de su misma edad y en su último enfrentamiento recibió una paliza de él, por lo cuál entrenó muy fuertemente para conseguir vencerlo en su revancha.



Pero para mala suerte de Torao el día de su nuevo enfrentamiento con Ryohei recibe una bebida de transformación en mujer y se la toma sin saber para que sirve. 



Torao sabe para que servía el jugo después de beberlo, convertido en mujer decide ir a su encuentro con Ryohei de todos modos... pero las cosas no salen como lo esperaba.



Ryohei lo secuestra y lo lleva a su departamento, donde tienen relaciones. En este punto hay que tener un poco de discreción, la primera relación entre ellos si podría considerarse v10lac1*n. Pero a partir del segundo capítulo el sexo es consensuado y poco a poco irán enamorándose.

Mi capítulo favorito es donde Ryohei ayuda a estudiar a Torao, me muero de risa cada vez que lo leo.

De nuevo, solo pongo cuatro páginas para mi mini reseña para que no me tiren el post. La historia solo está en inglés en la página donde leo manga.

Acá están los primeros 52 capítulos: Nyotai-ka Yankee Gakuen: Ore no Hajimete, Nerawaretemasu !(Official) Manga

Los últimos dos capítulos están en otro post de la misma página: Nyotaika Yanki Gakuen Ore no Hajimete Nerawarete masu Manga

martes, 26 de noviembre de 2024

Una voz angelical (Parte 3)




Edecan.

Al principio, sospeché que mi madre había perdido totalmente la razón. Sin embargo, cuando tomó una especie de lapicito de sombras y comenzó a rayarme sutilmente en el abdomen, primero, y entre los pectorales y sobre ellos, después, creí haberlo confirmado.

–Karen, ¿qué rayos haces?

–Recurrir a todas las trampas de las edecanes... Para que aprendas a ser sexy y coqueta, necesitas verte hoy mucho más exuberante...

Suspiré. Ella había dedicado un montón de tiempo a recogerme el pelo (envolviéndomelo en una redecilla), a ponerme uñas postizas y pupilentes verdes, a probarme aretes, a maquillarme. El famoso motociclista de la empresa cervecera le había entregado el paquete (con los dos equipos de ropa) cerca de una hora y media antes. ¡Y ahora parecía tan entretenida!

–Esto ya quedó...

Yo permanecía en una silla, a media sala, en desnudez total y sin poder verme. No obstante, percibía con claridad la sensación de los cosméticos en mi rostro y, especialmente, tanto el peso y la dureza del rímel en mis pestañas como el ahora cremoso sabor de mis labios. Mi madre tomó la cinta adhesiva.

–Levántate y alza las brazos...

Obedecí. Entonces, pegó el extremo de la cinta en mi espalda, poco más o menos a la altura del ángulo inferior de mi omóplato, y comenzó a rodearme, apretando con fuerza, como tratando de unir mis pectorales, hasta que formó un hueco entre ellos. Después, con una esponja, me aplicó ahí polvos oscuros, retocando lo previamente trazado con el lapicito. Para finalizar, me untó en todo el cuerpo, especialmente en brazos y piernas, una perfumada crema en la que había disueltas micro-partículas iridiscentes de efectos metálicos.

–Se llama glitters –me comentó–... Te fascinarán...

No había fascinación en mí, desde luego, sino terror. Pero no quería volver a despertar la ira de mi madre.

–Sólo falta vestirte –sonrió.

Me encogí de hombros. Mi madre fue a su cuarto y regresó con una caja:

–Lo que son las cosas –prosiguió, divertida–... Un coordinador de edecanes nos regaló éstos a todas, por si algún días los necesitábamos... Debido al cuerpazo que Dios me dio, los despreciaba... Jamás pensé quién los estrenaría...

Abrió la caja: contenía seis artefactos de gel de silicón purísimo. Me pasó uno: la cobertura (después supe que se trataba de un elastómero de poliuretano de alta resistencia a la ruptura) lo hacía paradójicamente suave y consistente.

–¿Qué es esto? –pregunté...

–Explantes...

–¿O sea?

–Son como los implantes que se usan en cirugía, pero van por fuera...

Rasgó el paquete de la cervecera, y extendió la ropa frente a mí: un mini bustier blanco sin tirantes; un culotte rojo; un juego de micro falda, guantes y tirantes en vinil amarillo (con los logotipos de la empresa); un casco industrial; y unas botas de caña alta con tacones de aguja de 12 centímetros y medio... "No voy a poder caminar", deduje.

Mi madre me puso en la entrepierna una nueva capa de cinta adhesiva y, luego, se asomó a la caja de los explantes. Sonrió:

–Te digo que la suerte está de nuestro lado...

De la dicha caja, sacó cuatro delicadas pantaletas, todas de elastano/poliamída: una, color carne; otra, negra; la tercera, blanca; y la última, del mismo rojo del culotte. Apartó ésta, y me la mostró por dentro: ocultaba sutilísimas bolsas, cuatro en total, en las que comenzó a depositar explantes: uno para cada una. En cuanto terminó, me hizo entrar en la prenda, que, de tan justa, borró las fronteras entre el silicón y mi propia carne.

–¡Extraordinario! –proclamó.

De inmediato, me vistió la micro falda, terriblemente apretada, y me ciñó el mini bustier, deslizándole un explante en cada copa y vigilando la posición de mis pectorales. Por último, me aseguró la micro falda con los tirantes, me colocó los guantes y me calzó las botas.

–¡No hubiera desperdiciado uñas postizas! –se lamentó.

Tragué saliva... Eran casi las nueve de la noche... "Quizá a este paso, no alcancemos a llegar al famoso evento", me consolé.

–Karen –pregunté, buscando alguna táctica dilatoria y recordando la redecilla en mi cabeza–, ¿vas a peinarme?

–No, hermanita... Tengo una sorpresa... Pero antes, debo arreglarme... Espérame... Quedaré lista en menos de lo que canta un gallo... ¡No te muevas!

"No quiero moverme en toda la noche", pensé, recargándome en la silla. Tampoco quería verme al espejo...

Para mi estupefacción, mi madre se desnudó por completo delante de mí, y me expresó con júbilo:

–¡Es maravilloso que ahora seamos dos mujeres en casa!...

Cerré los ojos, tratando de bloquear emociones, y fui cayendo en un sopor absurdo. Creo, incluso, haber dormitado un poco. Hasta que un escalofrío me hizo reaccionar. Nadie había en la sala...

–¿Karen? –llamé...

–Ya voy, impaciente...

Mi madre salió de su cuarto, completamente arreglada, aunque con una redecilla en la cabeza también. En las manos, llevaba dos pelucas (redondas, atrevidas pelirrojas, con flequillos maravillosos): hechas de pelo natural, carísimas, se las había robado tras su participación en un anuncio de televisión.

–¡Me alegro de no haberlas vendido!

En un santiamén, cada quien tuvo puesta la suya...

–Vamos a tu cuarto, Angeliquita... Párate...

–Me da miedo caerme –respondí, con sinceridad descarnada–... Estos tacones son una grosería...

Mi madre rió.

–Si caminas exactamente como te enseñé, no tendrás dificultades... ¿Recuerdas lo que te dije acerca de apoyarte en las puntas de tus pies?

Me tendió la mano y me incorporé lentamente, con inseguridad. Di dos pasos.

–¡Esto es horrible! –gemí...

–¡Para nada! ¡Estás moviéndote exactamente como debes! Sólo trata de pisar con mucha firmeza... Balancea más las caderas, a todo lo que te den...

Descubrí de inmediato que me era fácil dominar los tacones si exageraba el andar femenino. No tuve, pues, más remedio que imponérmelo. Llegué al cuarto rosa sin complicaciones, aunque plenamente consciente de que tal acción era opuesta, por completo, a mi masculinidad.

Sin embargo, nada me había preparado para lo que el espejo de cuerpo entero me devolvió: ¡mi madre y yo lucíamos como un par de esculturales gemelas pelirrojas! Antes de que pudiera yo reaccionar de otra forma, se me escaparon dos palabras:

–¡No mames!

–Prodigioso, ¿no?

Me contemplé de abajo hacia arriba. Los tacones no sólo me daban altura: hacían más largas y estilizadas mis piernas, me obligaban a mantener una posición erguida, y me formaban un arco en la espalda (que hacía sobresalir mi pecho y empinaba mi vientre ligeramente hacia atrás). La micro falda (que iniciaba debajo de mis caderas, dejando por fuera el delgado inicio de la pantaleta, y terminaba apenas cubriéndome el pubis) estaba por reventar: si naturalmente mis nalgas de niño, con su volumen y su forma de pera, eran ya notables bajo un vestido, los postizos sobre ellas y alrededor de mi cadera, me proporcionaban una figura curvilínea, idéntica a la de mi madre. Gracias a las trazos marcados (entendía, al fin, su propósito), mi abdomen se veía planísimo, atlético. Pero lo más interesante para mí, en ese momento, fue el efecto de mis pectorales unidos por la cinta adhesiva: debido al hueco formado entre ellos (más evidente por el oscurecimiento artificial), simulaban realmente el inicio de los explantes, como si éstos formaran parte de mi cuerpo.

–¡Senos! –se me escapó– ¡Dios mío!

Mi madre rió, complacida, y lanzó un comentario que no capté plenamente:

–¡Imagínate cuando, de verdad, tengas los tuyos!

–¡Me has transformado por completo! ¡Luzco mayor!

Dada la fuerza y la temperatura del maquillaje (ojos superdelineados, enmarcados por intensas sombras marrón; pestañas formidables; labios de un sensual rojo Burdeos), ¡incluso mi rostro era el de una jovencita! Los glitters esparcidos en mi cuerpo otorgaban una extraordinaria apariencia a mi piel desnuda. Muslos, abdomen, cintura, espalda, brazos, el inicio de mis pectorales, hombros, cuello: todo refulgía, en sedosidad, invitando a las caricias.

–¿Cómo te sientes?

–No lo sé...

–Yo sí... Aunque lo niegues, te sientes mujer... Una que está bien buena, por cierto...

–¡Karen!

–Ya tienes la feminidad en ti... Sólo déjala que fluya...

Mi madre fue por dos bolsas de mano, por dos abrigos, por un frasco de Princess (de Vera Wang) y por una cajita. De ésta, tomó un paquetito de laminillas mentoladas para el aliento; después, me perfumó con cuidado

–La edecanes no sólo debemos vernos bien –me explicó, mientras me retocaba la pintura de labios–: es obligatorio oler siempre rico.

Me ayudó a vestirme uno de los abrigos, dejándolo intencionalmente abierto. Luego, hizo lo propio con el suyo. Sacó de la cajita un minúsculo envuelto con pastillas; lo depositó, junto con el perfume, en una de las bolsas, y me entregó la otra.

–Cada una llevará su casco –indicó...

Antes de salir, fue a la cocina, tomó la escoba y la dejó en la sala, a un lado de la puerta.

–¿Y eso? –averigüé, con auténtica intriga...

–Es lo que te reventaré en la cabeza y en la espalda, cuando regresemos, si no cumples con mis expectativas...

Salimos a la noche. Yo estaba en shock, balanceándome en los tacones y con una bolsa en el brazo. "Voy de mujer", pensé. "Y tengo la obligación de comportarme como tal, si no quiero recibir una golpiza". Apenas mi madre se asomaba hacia la calle, buscando algún taxi, cuando una voz conocida me sacudió.

–Doña Karen, buenas noches...

¡Era César!

–¿Cómo estás, César?

–Bien, señora. ¿Está Ángel en casa?

–No, su profesor de canto lo llamó para un ensayo...

–Entonces, por favor, dígale que me marque al celular, en cuanto regrese...

Yo no quería voltear. ¡No quería! ¡Fingía vigilar la calle! ¡Trataba de disimular!... Desafortunadamente, mi madre no tardó en intervenir:

–¿Ya conoces a mi sobrina?

"¡Dios mío!". Oí las pasos de César yendo en mi busca ¡Cuántas veces habíamos jugado al futbol y compartido aventuras! ¡Él era mi amigo! "¡Va a reconocerme!", temí. Para mi sorpresa, ya frente a frente, su reacción fue distinta: sus ojos, ávidos, carbones encendidos, iban, sin tregua, de "mis senos" a mi vientre, de mi vientre a mis piernas, de mis piernas a "mis senos"... Por primera vez, de cerca, supe como ve un hombre a una mujer cuando la desea...

–Mucho gusto, señorita...

Nada pude articular.

–Disculpa que Karla no te responda –intervino mi madre–, pasó una semana en la playa, con el novio, y regresó con la garganta inflamadísima... Pero, César, no le hables de usted a esta chamaca... Tiene la misma edad que tú, ¿verdad, Karla?

Asentí, percibiendo la creciente sequedad de mi boca, mientras me brotaban, desde el fondo del cerebro, una palabras oídas el día anterior: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... De manera automática, sin proponérmelo, vi la entrepierna de César y descubrí su pene en erección, mucho más grande que el mío... "Lo excito", confirmé en fascinación morbosa. "Se le para la verga conmigo, como con la modelo del playboy"...

–¿Quieren taxi? –preguntó César...

–Sí, tenemos un evento y vamos retrasadas...

–Para que no esperen mucho, yo puedo ir a la avenida y traerles uno...

–¿Nos harías ese favor?

–Por supuesto...

César se echó a correr. Suspiré audiblemente.

–Karen, ¡vas a matarme! –reclamé...

–Tranquila, hermanita... César ya es tu admirador...

–¿Por qué le dijiste que tengo novio y que me fui con él a la playa?

–Para mayor efecto... Además, imaginará que ya te han cogido, y te le apetecerás más...

–¡Parecía querer desnudarme con los ojos!...

–Ten la seguridad de que lo hizo, en su mente... ¿Por qué crees que se le levantó esa chingadera?

–¡Karen!

–No te hagas pendeja: se la viste...

Mentí:

–¡Qué le voy a estar viendo!

–¡La verga!

Guardé silencio, buscando justificarme. Opté por cambiar el tema:

–¿Por qué le dijiste que me llamo Karla?

–Fue el primer nombre que se me ocurrió... Además, de alguna manera te tendré que presentar con Marcos, en el evento... Pero ya, en buen plan: ¿qué sientes, como hembrita, al excitar a un macho?

Para mi buena fortuna, no tuve que responder: un taxi, guiado por César en plan de copiloto, avanzaba por la calle. En cuanto se detuvo frente a la casa, traté de subirme. Mi madre me detuvo.

–Despídete de César, Karlita... Fue muy amable con nosotras...

César bajó del auto. Yo le extendí la mano, pero él, al tomármela, me jaló, forzándome a inclinarme, ¡y me dio un beso en la mejilla, lo más cerca que pudo de la boca!

–¡Que te vaya bien, linda! –me susurró...

Una vez en el taxi, mi mamá no paraba de reír.

–El naquete debe estar presumiéndole a tus otros amigos que ya te conoció, y que lo calientas...

Permanecí en silencio.

–Es el efecto que las mujeres causamos en los hombres –agregó mi madre...

–¡Ya! –la interrumpí...

Ella me vio. Había una chispa de picardía en sus ojos:

–Sé honesta: lo de la viborita de César, ¿te incomodó o te gustó?

–¡Fue muy raro! ¡Punto!

–¡Pues, chica, prepárate! ¡Estarás parando vergas toda la noche!

Pensé en el taxista, y me avergoncé.

–¡Deja de ser vulgar, Karen!

Sin embargo, el taxista nada oía: estaba más al pendiente de vernos las piernas, a través de los espejos, que de nuestra conversación... ¡O de la carretera!

Llegamos a la empresa cervecera justo a tiempo. El guardia del acceso, un tipo moreno, rudo, de muy mala pinta, evidentemente conocía a mi madre:

–¡Dichosos los ojos que la ven, reinita!

–Buenas noches, poli...

–Me dijo el licenciado Marcos que en cuanto usted llegara, yo le marcara a él... Para que usted no tenga que subir... Pase a la sala de espera...

–Gracias...

–¿Y esta chulada que la acompaña?

–Karla, una prima...

De nuevo quedé bajo un escrutinio varonil implacable: "¿acaso los hombres somos tan poco cuidadosos al admirar una mujer?", pensé.

–¡Que envidia me da el licenciado! ¡Me cae! –siseó el guardia.

–¿De veras, poli? –acicateó mi madre...

–¡Ay, reinita! ¡Pues cómo no! –me evaluó el vientre y los muslos, y se dirigió a mí, sin decoro– Con perdón, señito Karla: ¡está usted bien rica!

Me sonrojé. El tipo viró hacia mi madre:

–¡A ver cuando me acepta la invitación al cine, Karencita: ¡se la reitero!

–Es usted casado...

–Pero mi vieja no es celosa...

Mi madre fingió reír.

–Vamos a la sala de espera...

–¡Con confianza! ¡Está usted en su casa!

Cuando iba yo a sentarme, mi madre retomó el tono ejecutivo que me asustaba:

–¡Acomódate con cuidado, como si temieras enseñar los calzones!...

–Karen, la falda está cortísima y apretada: es imposible que no se me vean...

–Lo sé... Pero es una cuestión de actitud...

Acaté la instrucción.

–¿Así?

–Estás perfecta... Ahora, permanece derechita... ¡Que no se te olvide!...

–De acuerdo...

–Ahora, cruza tus piernas: la derecha sobre la izquierda... Apriétalas más para subrayar su redondez...

–¡Rayos!

Mi madre verificó mi posición. Suspiró y retomó el hilo:

–Esta noche serás el centro de atención de muchos hombres... Trata de mostrarte siempre de buen humor; ríe, con discreción pero con intensidad... Celebra los chistes que te hagan, como si fueran ingeniosísimos... Y cuando te coqueteen, tú coquetea también... Sé sexy...

–¡Karen, no sé coquetear! ¡Mucho menos ser sexy!

Un taconeo nos hizo voltear hacia la puerta:

–Ya te lo dije: tendrás a las mejores maestras...

Tres edecanes entraron: voluptuosas, de rostros divinos, con ropa idéntica a la que mi madre y yo usábamos. Destilaban seguridad.

–¡Karen! –chilló la primera...

–¡Alyssa! –saludó mi madre...

Se saludaron de beso y abrazo... Las otras dos me vieron, ¡interesadas en mi pelo y en mi maquillaje!

–¿Y esta bebé? –preguntaron ambas, como saludo, casi al mismo tiempo...

–Es Karla, mi prima... Karla, te presento a Aki y a Selena...

Las recién llegadas me saludaron de beso.

–¿Saben quiénes más vienen? –preguntó Alyssa.

–Ni idea –respondió mi madre–. No sé ni de qué pinche evento se trata...

Una voz masculina nos informó:

–Es la fiesta privada de una constructora...

Marcos, el Gerente de Relaciones Públicas de la empresa estaba saliendo del elevador, escoltado por cuatro edecanes más.

–¡Vaya! –se admiró Aki– ¡Valeria, Paloma, Mago y Estefanía! ¿Sólo las top, Marquitos?

–El pinche dueño de la constructora nos avisó apenas hoy –explicó–... Una importadora de licores le falló, y optó por cedernos el evento en exclusiva... ¡Nos llevaremos un dineral!... La única condición: diez edecanes de lujo...

–Pues, somos ocho tripe-A –contó Selena......

–Nueve –lanzó con entusiasmo otra edecán más, mientras atravesaba la puerta...

–¡Nora! –se entusiasmó Paloma, y corrió a recibirla.

Yo permanecía en congelamiento: no sabía qué decir o cómo reaccionar. Marcos lo notó:

–¿Por qué tan callada, guapa?

Marcos no pasaba de 40 años, y tenía la típica apariencia de los devotos del gimnasio: bajo su carísimo traje, se adivinaba un físico cultivado con exigencia y con precisión. Se acercó a mí, y me saludó de beso.

–Karen me dio tu nombre por teléfono, amor, pero soy distraído. ¿Me lo puedes repetir?

Recordé la escoba, junto a la puerta.

–Karla –susurré...

Con movimientos suaves, me despojó del abrigo, y se lo entregó a Paloma. Luego, me tomó la mano derecha, me levantó el brazo y me hizo girar.

–¡Espectacular! –afirmó...

Mi madre no disimuló su orgullo:

–Te lo dije, Marcos...

–Te quedaste corta... Podemos decir que tenemos diez edecanes triple-A...

–¡Salgamos, entonces! –invitó Nora, quitándose una preciosa gabardina...

Fuimos hacia el estacionamiento de la empresa, donde nos esperaban tres camionetas Suburban. Los choferes tomaron los abrigos, las gabardinas y las bolsas, y las acomodaron atrás. Luego, se dispusieron para apoyarnos a trepar.

–Karen –sugirió Marcos–, supongo que tú y tu prima irán conmigo...

–No –respondió mi madre–. Deja que Karla se aclimate con sus compañeras. Prefiero que Aki, Estafanía y Alyssa la vayan poniendo al tanto de lo que hacemos...

Me brotó el miedo, otra vez.

–¿Estás segura, Karen? –titubee.

–Totalmente...

Mi madre se acercó a mí, fingió acomodarme un arete y me ofreció una laminilla de menta:

–Imítalas en todo –me secreteó–... Te moverás como ellas, hablarás como ellas, reaccionarás como ellas... Un solo error, y te madreo... ¿Entendiste?...

–Sí –temblé.

Estefanía se nos unió.

–Para no regar el tepache con mis comentarios: tu prima se ve peque... ¿Tiene experiencia?

Mi madre me dio una nalgada:

–Desquintaron a esta cabrona en la secundaria, y no ha parado... Su actual novio es 17 años mayor que ella, casado, y se la lleva de viaje a cada rato... Acaba de regresar, con él, de la playa...

No podía más. Subí a la camioneta, sintiéndome en una pesadilla de la que no podía despertar.

Por fin, las Suburban salieron a la noche. Aki me examinó.

–¿Nerviosa?...

–Mucho...

–Tranquila –se rió Alyssa, poniendo su mano en mi muslo–: con el cuerpazo y con la carita que te cargas, la mitad de tu chamba está hecha... ¿En serio es tu primera vez como edecan?

–Sí...

Traté de no pensar más, y me concentré en las ademanes de las tres vampiresas: su estilo de acomodarse el pelo, su posición recta al sentarse (ostentando sus pechos), sus movimientos de manos, su entonación de voz... Con una seguridad impresionante, en todo momento dejaban la sensación de saberse ricas; y cada centímetro de su cuerpo parecía gritar: "sí, mírenme, soy real"... De esta manera, el tiempo me resultó insuficiente: ¡eran tantos los sutiles detalles del comportamiento femenino!... No obstante, cuando nos apeamos, yo estaba mucho más en mi papel.

La realización del evento está programada en un lujoso salón, ubicado justo en el último piso del hotel más exclusivo de la ciudad. Obvio: el elevador privado estaba a nuestra disposición.

–Tenemos que hablar –le dije a mi madre.

–Lo supuse –rió.

Pese a que el evento aún no comenzaba, el salón bullía por los últimos preparativos: en la entrada, unos técnicos inflaban una gigantesca cerveza confeccionada en hule; a la izquierda, un ejército de meseros terminaba de montar un pantagruélico bufet; a la derecha, un grupo musical alistaba sus instrumentos; al fondo, bajo un descomunal logotipo de la constructora, un discjockey probaba el sonido.

–Pónganse los cascos y colóquense alrededor de la cerveza –ordenó Marcos–... Yo les iré dando indicaciones...

–Vamos al baño, antes –avisó mi madre, y me tomó del brazo...

Fuimos, en efecto, al baño... Pero no a orinar...

–¡Te pasas, Karen! ¿Por qué le dijiste a Estefanía que estoy cogiendo desde la secundaria?

Mi madre hizo una cara simpática.

–Corrección: que te están cogiendo...

–¡Peor!

–Para que corra la voz, y todas te acepten... No tienes ideas de lo competitivas que son algunas edecanes, especialmente con las nuevas... Ahora te ven no como a una joven ansiosa por escalar posiciones, sino como a una simple putita...

–¡Karen, por favor! ¡No soy mujer! ¡Mucho menos una puta!

Mi madre me guiñó el ojo, me roció un poco de perfume y me metió a la boca una laminilla mentolada más.

–Pues les copiaste los moditos muy bien...

–¡Karen!

–Ya sabes: continúa así... O mañana tendremos que comprar una escoba nueva para la casa...

A punto de llorar de impotencia, salí del baño. Los primeros invitados estaban llegando.

–¡A tu posición, Karla! –me gritó Marcos...

La siguiente hora fue atroz. Mi madre sabía perfectamente con quien me había encaminado. Todas las edecanes eran excitantes, sí, pero tanto ella como Aki, Estefanía y Alyssa tenían una peculiar manera de acercarse a los hombres: no había gesticulación suya que careciera de sensualidad. Pronto, con pavor genuino ante la posibilidad de una tunda, me dediqué a calcarlas, pero en automatismo. Actuaba con coquetería femenina, sí, pero dentro de una especie de bache negro: sin atender a los rostros, a las voces o a la música de reguetón. Hasta que un tono ronco, viril, me sacó del trance:

–¿Puedo tomarme una foto contigo, muñeca?

Era el hijo del dueño de la constructora: un joven extremadamente bien parecido, alto y pulcro.

–Sí –balbucee con timidez.

Por respuesta, el joven sonrió, extrajo una pequeña cámara digital de su chaqueta, y le pidió a uno de sus amigos que nos retratara. Me abrazó, entonces, por la cintura y me atrajo hacia él. No pude dejar de notar su aroma: olía riquísimo.

–Gracias –me dijo, dándome un suave beso en la mejilla, tras el flashazo–... Eres la más guapa de las diez...

Entonces, la evidencia me cayó de golpe: ¡a los ojos de todo, yo ya era no una edecán más! ¡Me distinguía del resto por mi aspecto paradójico, de lolita: provocador y sexy, a la vez que ingenuo y juvenil! En un santiamén, comencé a distinguir las quemantes miradas masculinas sobre mi piel. ¡Contra mi voluntad, me había transformado en un objeto erótico para mi propio género! ¡Los hombres me admiraban, me deseaban! ¡Yo estaba cautivando su atención, como una flor que atrae una colmena de abejas! ¡De hecho, pronto la mayoría de los invitados parecía querer insertar su aguijón entre mis tallos y polinizarme!

–Te estás robando el evento –me dijo Marcos, complacido.

Con júbilo evidente, mi madre se me acercó también.

–Cuando te abracen para las fotografías –aconsejó–, recárgateles en el pecho a los cabrones; abrázalos... Finge que te sientes afortunada de que te tomen en cuenta...

–Entiendo...

–Pero, bueno... Creo que es el momento...

–¿De qué?

–De rehidratarte... ¿Tienes sed?

–Más o menos...

Tras decirle algo a Marcos, mi madre fue hacia el bufet y regresó con una botella de agua abierta. Me la dio.

–Bébela toda –indicó–... Tu pintura de labios es waterproof... No se correrá...

Apuré el contenido en un respiro: aunque ligeramente amarga al principio, me resultó refrescante. A partir de ahí, no deje de posar: me entró un bienestar general y mi ansiedad se disminuyó por completo. Así, creyendo que estaba yo más en sosiego, obedecí los consejos de mi madre... Pero no contaba con los desequilibrios emocionales de ella; tampoco con el destino...

De repente, experimenté calor, tanto físico como emocional, y me sentí a gusto en el evento, muy a gusto... Luego, mi percepción sensorial se exaltó: comencé a captar olores fascinantes (a distinguir los rudos toques de las lociones masculinas, incluso), mientras mi corazón parecía acompasarse al ritmo de la música. Justo en ese momento, un gerente de la constructora, con algunos tragos de más, se me acercó para una fotografía, y me musitó libidinosamente al oído:

–Estás bien buena, mija...

Recordé a César, y me entró el morbo de una manera desbordada. De hecho, comencé a sentirme sexual, terriblemente sexual, sin autocontrol...

–Gracias –balbucee...

El gerente sonrió y, fingiendo abrazarme para despedirse, se me recargó:

–Mira como me tienes...

El contacto de su pene erecto, enorme, me alteró: tenía yo la piel hipersensible, y cada roce sobre ella empezó a arrancarme sensaciones inesperadas, disfrutables todas... "¡Dios! ¡No puede estar gozando con esto!", pensé... Traté, sin éxito, de poner la mente en blanco, pero la voz de mi madre comenzó a retumbar en mi mente: "estarás parando vergas toda la noche", "estarás parando vergas toda la noche", "estarás parando vergas toda la noche"...

–Me gustaría invitarte, un día de éstos, a tomar una copa –agregó el tipo–... ¿Estás libre?...

Me sorprendió oír mi propia voz:

–Soy casada...

–¿Cómo se llama tu marido?

–César...

–¿Y te atiende bien tu marido?

–Mucho...

De golpe, para mi estupefacción, deseaba no sólo que ese macho siguiera pensando en mí como mujer, ¡sino que me imaginara, en tal sexo, teniendo relaciones!... No buscaba yo contacto alguno con él, ¡ni por equivocación! Pero me excitaba el hecho de pasar tan plenamente por hembra...

–Mi marido me coge delicioso todas las noches –le secretee...

–Dichoso él –me respondió, introduciéndome su tarjeta de negocios en el bustier, cerrándome un ojo y avanzando a la fiesta...

Pronto, me sumí en una desinhibición total...Traté de enfocar los ojos en un solo punto y no pude, así que deslicé mi mirada de entrepierna en entrepierna. ¡Sólo podía pensar en comportarme como mujer y en estimular a los machos!

–¡Prepárense! –nos alertó Marcos...

Las luces se apagaron, y el discjockey anunció:

–Es medianoche... La hora sexy de la fiesta...

Mi madre se puso junto a mí, y me cuchicheó:

–Cuando oigas tu nombre, avanza a la pista...

El discjockey principió una letanía, con un tono deliberadamente varonil:

–Ellas son el sueño erótico de la noche... Nuestras edecanes: Aki... Estefanía... Karen... Valeria... Paloma...

Comenzaron a sonar, a todo volumen y sin descanso, las notas de una canción de Daddy Yankee: "El ritmo no perdona"... Y cada edecán avanzó, bailando sexualmente...

"Oh / A que te pego. Ponlo ahí / A que te pego. Sigue ahí / A que te pego. Ahí, ahí / A que te pego. Yo. Oh / A que te pego. Ponlo ahí / A que te pego. Sigue ahí / A que te pego. Ahí, ahí / A que te pego. Yo. Oh".

–Karla...

Para ese momento, mi excitación estaba al máximo... Avancé, pues, hacia la pista, con movimientos lentos y precisos, y me arranqué a bailar, como jamás lo había hecho.

"A que te pego. Ponlo ahí / A que te pego. Ma, sigue ahí / A que te pego. Ahí, ahí / A que te pego. Yo. Oh / A que te pego. A que te pego / A que te pego. A que te pego / A que te pego. Tú, sigue el juego / A que te pego. Yo / Persíguelo. Persíguelo. Persíguelo aquí en la zona / Persíguelo. Persíguelo. Persíguelo, juguetona / Persíguelo, que el ritmo no perdona /

Qué. No perdona. Qué No perdona".

Mi cuerpo fluía solo, sin ataduras, enviando mensajes sexuales a todos los varones... Yo notaba el frenético meneo de mi vientre, el desafío abierto en que se había convertido... De pronto, distinguí al hijo del dueño de la constructora, en el borde de la pista, y, sin pensar, me le acerqué, hasta rozar mis piernas con las suyas. Entonces, cientos de voces masculinas iniciaron un coro inesperado:

–¡Karla! ¡Karla! ¡Karla!

No pude pensar: le di la espalda al chico y, voluptuosamente, me incliné hacia delante: mis nalgas quedaron frente a él, contundentes, a la altura de su pene. Entonces, con exaltación, con sensualidad, me tomó desde atrás, y me recargó el pubis. "Sí", me complací, al notar la erección. "Lo he calentado, como a César". Perfectamente sincronizados, ambos comenzamos a mover las caderas de derecha a izquierda...

–Perrea, nena –me dijo–... Perrea...

Sin previo aviso, me sentí convulsionar por dentro. Me incorporé un poco, giré hacia él y lo vi a los ojos; justo en ese momento, comencé a eyacular: pese a estar atrapado, mi pene se convulsionó, llenando de esperma la cinta adhesiva... Gemí un poco, mas no me detuve... Me separé del chico y seguí bailando...

"Ponle bajo y que azote la batería / Ritmo bestial que te pone bien al día / Suena el timbal. Ra, ca, ca, ca, tan, tan / Cuerpo chamboneando. Ra, pa, pa, pa, pan, pan / Al alma porque esta pendía la azotea / Fuego a la jijotea pa’que suelte a Dorotea / El fuego del caribe no hay quien lo esquive / El mundo entere el reguetón se vive. No pare / Prende. Prende. Prende. Prende. Prende ese mahon / Prende. Prende. Prende. Prende. Prende, préndelo / Échale pique, échale pique / Doctor Daddy tiene la cura, si tú quieres que te medique, may / Échale pique, échale pique / Hasta abajo, guayando hebilla / Esto es sencillo. No te compliques".

No necesito decir que, al término del evento. Marcos me ofreció continuar como edecán. Pero mi madre me disculpó:

–Esto fue sólo por ayudarte –le dijo...

–¡Pero no podemos desperdiciar a tu prima! ¡Es una bomba, la cabrona!

–Lo siento...

Desperté sintiéndome mal, con muchísima sed y con una extraña conmoción depresiva: estaba en la cama del cuarto rosa, sí, pero con el traje de edecán aún puesto. Contemplé los explantes que sobresalían de mi pecho, mis piernas (redondas, esplendorosas aún de glitters), mi vientre plano. Me retiré los guantes, y jugué con el reflejo del sol en las uñas postizas, larguísimas, lustrosas... Sin poder evitarlo, me lamenté de no haber nacido chica, y supe que no deseaba regresar a la ropa de niño.

Me incorporé un poco... Mi madre, divertida, me observaba desde la puerta, con el envuelto de pastillas en la mano:

–Mira qué madreada te dejó el éxtasis... Pero valió la pena, ¿no?

Sí: mi madre me había drogado. ¡Con una dosis de mdma disuelta en agua había logrado no sólo que me gustara usar ropa de mujer, sino que tal cosa me excitara! Casi pude oír cómo se fracturaba la primera capa de mi masculinidad.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Recomendación de Manga: Sekainohate de Aimashou

Hoy haré una entrada diferente a las habituales. Se trata de un manga llamado: Sekainohate de Aimashou

Es la historia de Ryouma, un chico delgado y un poco débil que al intentar salvar  a un extraño muere.



El extraño era el príncipe de otra dimensión y decide revivirlo pero convirtiéndolo en chica para hacerlo su esposa. Ryouma despierta en el otro reino y de inmediato comienzan a "prepararlo" para encontrarse con el príncipe.



La obra es una comedia, así que es muy ligera de leer.



No pondré más páginas por miedo a que me bajen el post pero se pueden leer 24 capítulos en este link:


Y la historia completa (en inglés) está aquí:

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Una voz angelical (Parte 2)

 



Parte 2: "Está bien buena la vieja".

–Creo que estás llevando esto muy lejos, Karen...

Mi madre sonrió:

–Sólo hasta donde sea necesario...

Repentinamente, ante el sesgo bizarro de la situación, comencé a asustarme y mi cerebro pareció arder: necesitaba yo discurrir con frialdad, con lógica... Razonar...

–Pero, Karen –dije más para mí mismo que para ella–, entregaste los formatos que tenías preparados, y en todos aparezco como niño...

Por respuesta, mi madre me guiñó un ojo. Luego, se detuvo y viró hacia mí, dándose tiempo para arreglarme la diadema:

–¿Recuerdas que llevaba copias, amor?... Como te dije, una nunca sabe... Así que, mientras audicionabas, hice las correcciones: ¡sólo necesité cambiar la primera hoja, para que quedaras registrada como mi hermanita!... Aunque aún me falta un ajuste, es cierto, pero...

Reiniciamos la marcha, mientras yo me hundía en el silencio. "¿Cómo salgo de esto?", me preguntaba. Sin embargo, mis cavilaciones no tardaron en detenerse, ante una perspectiva complicada mucho más próxima: el regreso a casa.

–Karen –rogué, con toda convicción, sintiendo nuevamente la boca seca–, por favor, detengámonos en algún lugar para que pueda cambiarme...

–¿Estás loca? –me respondió– No vamos a correr riesgos... Alguien puede verte...

–Precisamente –argumenté–: ¿pretendes que pase así, de vestidito, frente al parque, ante todos mis amigos?

–¡Esa bola de nacos me tiene sin la menor preocupación!

–¿Y yo te preocupo, acaso?

–¡Por supuesto! ¡Hago esto por ti!...

–¡Karen! ¡Te lo suplico!

–Además, me deshice de tu otra ropa; la tiré... Si te quitas el vestido, tendrás que regresar en calzoncitos rosas o desnuda...

–¡Cómo pudiste!...

–Entiéndelo: ¡nuestro futuro depende de ti!... ¡A partir de hoy, eres mujer: te comportarás como mujer y vivirás como mujer!

Viajar de regreso, fue atroz. Al principio, porque temía que se dieran cuenta de mi disfraz; después, exactamente por lo contrario: primero, en el autobús, un joven me cedió su asiento; luego, un tipo me extendió la mano para ayudarme a bajar; en la combi, el chofer me dedicó un "cuidado con la puerta, señorita"; y cuando un pequeño de tres años se me quedó viendo y, alegremente, se me recargó en la pierna, su mamá colocó la cereza en el pastel:

–Disculpa a mi Martincito, hija. ¡Es un coqueto con las chicas bonitas!

El parque frente a la casa, como suponía, estaba lleno. Traté de apurar el paso, pero mi madre me inmovilizó, asiéndome la mano...

–Camina lentamente o te moleré a golpes...

–Ya, Karen... ¡Mis amigos me verán así!

–¡Que te vean!

–¡Karen!

–En serio, Angélica: ¡si dejas de ser femenina un solo momento, te daré una madriza que no olvidarás!...

Entre el miedo y la impotencia, se me vino un amago de vómito.

–¡Vamos! –ordenó mi madre, sin darme tiempo a pensar– ¡Muévete como te enseñé! ¡Un pie delante del otro; deditos al frente!

Reinicié la marcha, oyendo tanto las voces de mis amigos en el parquecito como los rebotes del balón de futbol, e intuyendo las miradas. Sin querer volver el rostro, traté de bloquear mis pensamientos catastróficos. Podía notar el acompasado movimiento de mis caderas, el roce casi aéreo de mi vestido, la caricia del aire entre mis muslos, el tenue balanceo de mis aretes. Sudaba frío. Cuando alcancé el umbral de la casa, faltaba poco para que la humedad en mis ojos se desbordara...

–¿Ya ves, miedosa?... Nadie te reconoció... Los únicos que voltearon se enfocaron en tus piernas y en tus nalgas...

Apenas entrando, comencé a sollozar: sólo quería ir a mi cama y olvidarme del mundo. Pero, de nuevo, mi madre intervino: con una fuerza inusitada, me empujó al cuarto rosa de las muñecas y me encerró ahí.

–Éste es tu nuevo espacio, Angeliquita –me informó–. Acostúmbrate a él...

–¡Sácame! –grité, rompiendo en llanto, y golpeando la puerta–... ¡No tienes derecho a hacerme esto!...

No obtuve respuesta. Seguí chillando, en desesperación, y me fui extinguiendo en ánimo y en anhelos, hasta que me derrumbé en el piso. Era muy tarde cuando mi madre, maquiavélica, sonriente, abrió por fin.

–Vamos a cenar algo –me dijo, fingiendo amabilidad.

La seguí. Pero no pude evitar el vistazo a mi habitación, en el momento de pasar enfrente: sólo quedaba el tambor de la cama. Tragué saliva. Mis juguetes, mi ropa, mis balones, mis cómics, mis tenis, mis pantuflitas, mi colchón, mis libros, mis cuadernos, mi mochila, mis fotografías: ¡todo había desaparecido!

–¡Apúrate! –me indicó.

Entramos en la cocina, y me acomodé a la mesa, ante un tazón de leche y cereal. No tardé en percibir un exiguo olor a humo. Volteé la cabeza y encontré un fuerte resplandor en el patiecillo trasero.

–¡Grandísimo Dios! –aullé, adivinando de golpe, y emprendiendo la carrera.

Sí: una enorme hoguera estaba devorando mis propiedades. Nada era ya rescatable. Desde atrás, mi madre me abrazó y me dijo al oído:

–¡Cuánta basura! ¿No?

Impotente, con un codazo, me separé de ella.

–Voy a dormirme –le informé–. No tengo hambre...

Mi madre suspiró dulcemente.

–Como quieras...

Caminé hacia mi habitación, en silencio total. Pero antes de que llegara a ella, mi madre ya estaba tras de mí. Llevaba dos prendas, dobladas, en las manos.

–Ahórrame el trabajo de sacarte a golpes de ahí...

–¡Karen, yo no quiero seguir con esto! ¡Soy niño!

Me interrumpió el timbre del teléfono. Mi madre fue a la sala y respondió, aunque oprimiendo el altavoz con el objetivo de no perderme de vista:

–Diga...

–¿Doña Karen?

–Sí...

–Soy César, su vecino, uno de los amigos de Ángel...

Advertí en ella un incuestionable gesto de desagrado. César, una especie de líder natural, vivía a tres casas de la nuestra, tenía dieciséis años y era el más activo futbolista de la colonia.

–Te recuerdo, César... Dime...

–¿Está Ángel?

Con un atrevimiento que me sorprendió, antes de que mi madre pudiera efectuar algo (especialmente oprimir el botón para hacer personal la llamada), corrí junto a mi madre y alcé la voz:

–Hola...

–Ángel, ¿qué onda? No te hemos visto hoy y nos sabíamos si estabas en casa...

Mi madre me lanzó una mirada amenazadora.

–Es que... Tengo mucha tarea....

–No hay pedo... Bueno, al chile... Queremos preguntarte algo...

–¿Tú y quiénes?

–Bobbie, el Pedro, Rolo, Canelo y Juan... La flota... Estamos en mi casa...

–¿Y eso?

–Te digo, güey... La curiosidad...

–Explícame...

–Es que hace rato tu mamá llegó con un morra...

Temblé...

–¿Ajá?...

–¿Quién es?

Me sentí descubierto.

–¿A qué te refieres?

–No te hagas, pendejo...

–No, César... Es que...

–Ya, güey, en buen plan... La vimos de lejitos, pero está bien buena la vieja...

Me quedé de una pieza.

–¿Cómo?

–Sí, güey... Preséntala, no seas culero... ¡Nos pasó un chingo!...

Mi madre intervino, fingiendo un grito lejano:

–Cuelga, Ángel... Dice tu prima que quiere usar el teléfono...

Oí la risa de César:

–¡Ah, pinche ojete!... Así que es tu prima…

–César, yo...

–Algo así supusimos... Con todo respeto, cuando el Rolo la vio dijo: "no mames, ha de ser de la familia, porque tiene la misma cinturita y el mismo tipo de nalgas que la mamá del Ángel"...

–Tengo que colgar...

–Va... Pero si no nos presentas a tu prima...

Terminé la llamada, con un manazo desganado. Mi madre me vio, triunfal, divertida.

–¿Qué decías? ¿Qué eres qué? Aquí no hay niños... Yo, al igual que tus naquetes amigos, sólo veo dos mujeres: tú y yo...

Agaché la cabeza:

–No es posible...

–Tan lo es, hermanita, que les gustaste... Conozco a los hombres: estarán pensando quien gana en hacerte su novia...

–¡Karen!

–Es que no te das cuenta lo distinta que luces de vestido: como te estiliza la figura, dejándotela completamente femenina... Para usar palabras de César: "te ves bien buena"...

–¡Dejemos esto, por favor!

–¿Te cuesta trabajo oírlo? Acostúmbrate, hermanita... ¡Porque a esos nopales con los que jugabas ya no les interesas para el futbol! ¡Ahora quieren cogerte!

No podía más. Enfilé al cuarto rosa, con tal de lograr un rato de soledad.

–¡Buenas noches! –corté.

–Desnúdate, antes –me atajó mi madre.

Obedecí. ¿Qué remedio? Pronto, sólo lucía un montón de cinta adhesiva en la entrepierna, e hice el amago de despegarla.

–Déjatela –fue categórica mi madre...

–¡Pero quiero orinar! –pretexté...

–Mejor... De cualquier manera, como ya te lo dije, sólo puedes hacerlo sentada...

Fui al retrete bajo su vigilancia, sintiendo una humillación total. Cuando apenas regresaba yo al cuarto rosa, mi madre me arrojó las prendas: era un antiguo juego de pijama suyo marca Emily Strange, unitalla, integrado por un topcito (en el cual Emily y dos gatitos dormían colgados de una especie de tendedero) y un cachetero (delicadamente ornado con estrellas): ¡más ropa de niña!

–¡Karen, no inventes!...

El bofetón que recibí estuvo a punto de proyectarme al suelo...

–¡Con una chingada! ¿Vas a usar la puta ropa, sí o no?

–Sí –bisbisé...

Me vestí a toda prisa, y arrojándome a la cama, me envolví en una finas sábanas de Barbie. Mi madre se limitó a apagar la luz y a cerrar la puerta con llave.

Seguí llorando, hasta que el agotamiento me hizo dormir.

Me despertó un rayo de luz, filtrado entre las cortinas de la ventana. Yo me estiré, con descanso, en paz, hasta que sentí la textura de la pijama: pequeña, elástica... La conciencia de lo vivido me aporreó. "No fue una pesadilla", concluí, en pánico, y me levanté de un salto. Fui hasta el espejo de cuerpo entero (adherido a una de las paredes): por la androginia de mi edad, descubiertos mi firme abdomen y el inicio de mis caderas, planísimo mi vientre, parecía más mujer aún, una jovencita de hecho. Giré: el cachetero dejaba al aire casi la mitad de mis nalgas.

Fui a la puerta:

–¡Karen! –grité– ¡Sácame de aquí!

No hubo respuesta: mi madre había salido de casa. Vi el reloj (una delicada trama de flores y princesas de Disney), acomodado en el buró, al lado de una delicada cajita de pañuelos desechables: 12:49.

En un arranque de furia, me quité la pijama, y comencé a liberar mis genitales. "Soy un hombre", pensé. "Y como tal debo comportarme". De entrada, actué premeditadamente rudo, con gestos masculinos excesivos; después, decidí masturbarme (como lo había hecho ya en un par de ocasiones). Para mi horror, mi pene estaba adormecido, insensible.

Traté de calmarme, y dejé que mi mente vagara entre imágenes de compañeras de la escuela (que me gustaban) y fantasías un tanto ingenuas (pero estimulantes para mí, en aquella época)... Recordé, incluso, las Playboy que había yo hojeado con el resto de chicos de la colonia. Traje la escena: estábamos en casa de Rolo, y Bobbie había llegado con las revistas; Canelo había hecho chistes muy vulgares, y César se había limitado a aseverar, frente a la fotografía de una rubia californiana: "está bien buena la vieja; ya se me paró la verga". Me detuve, tragando saliva. "Es el mismo comentario que hizo de mí; hasta usó el mismo tono".

Se me despertó una extraña fogosidad y mi pene comenzó a erectarse. Quise enfocarme en el recuerdo de la playmate, de cuerpo prodigioso, y me froté con energía... No pude, sin embargo, sacarme la voz de César, sus matices lúbricos: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... "Creyó que soy mujer y que estoy buena", pensé, con morbo. "Quizá lo excité. ¿Se le habrá parado también la verga conmigo, como con la modelo?"... Evoqué a mi madre: "¡A esos nopales con los que jugabas ya no les interesas para el futbol! ¡Ahora quieren cogerte!"... Y me mordí los labios... "¡Basta!"... Volví a las chicas de la escuela. Pero César siguió en mí: "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja", "está bien buena la vieja"... ¡Dios! ¿Qué estaba experimentando? Se me despertó un placer angustioso, distinto, y comencé a eyacular entre culpa, vergüenza y miedo...

Apenas un instante después, oí los pasos de mi madre: ¡estaba de regreso!

–¡Arriba, floja! –se anunció.

Tomé unos cuantos pañuelos desechables, y me limpié apresuradamente. Después, volví a ponerme el top y el cachetero, y me senté en la cama.

–Métete a bañar, que ya es tardísimo –indicó mi madre, abriendo la puerta del cuarto rosa.

Para mi buena fortuna, no se detuvo: regreso a la sala, dándole a la cháchara y sin notar los brillantes goterones de semen sobre la alfombra, junto a un amasijo de cinta adhesiva. Limpié con cuidado, y la seguí, ocultando en mi mano tanto los pañuelos usados como el dicho amasijo...

–¡Esta mañana resultó de maravilla! –explicaba mi madre, imparable– ¡La circulación estaba fluida por completo, y había poca gente en el transporte! ¡Pude ir en chinga al centro, cambiar el cheque, hacerte un acta, pasar al súper y darme una vuelta por los puestos de ropa!...

–¿Hacerme un acta? –interrumpí...

–Sí –sonrió–... ¡Pero apúrate, hermanita!... ¡Dame la pijama, y entra al agua!... ¡Yo te pasaré las toallas!

Me desnudé y entré al baño. No me asombró que hubieran desaparecido mi champú y mis jabones; sí que en el pequeño e improvisado tendedero de la ropa interior de mi madre colgara mi pantaletita de Hello Kitty, secándose, entre dos sexys tangas. Arrojé la basura al retrete, defequé y oriné. De inmediato, me alisté a la ducha; obvio: tuve que usar los productos de mi mamá (frutales, unos; florales, otros; cremosos, todos), y salí oliendo como ella, a ella.

–Te ayudaré –me dijo, con dos toallas en las manos.

Con una, me ciñó el cuerpo desde el pecho; con otra, me envolvió la cabeza. Luego, me condujo al cuarto rosa. Ahí, me secó y volvió a atarme los genitales con cinta adhesiva; me puso una pantaleta de algodón gris (con dibujo de la Pantera Rosa en la parte de atrás y detalle de lacito en la parte delantera), un entallado vestido de punto ligero (a rayas en tonos grises y rosas también, con escote en V y bolsillo canguro), y unos femeninos tenis a juego; me peinó y me perfumó.

–¡Lista! ¡Quedaste hermosa!

No quise verme al espejo; sentía miedo de escuchar la voz de César.

–Bien –dijo mi madre–... Te tengo algo rico para comer...

En efecto: fuimos a la cocina, y por primera vez en el día me sentí feliz: había una bolsa de comida china en la mesa. Disfruté los fideos, el arroz, los camarones y los trocitos de pollo. Atacábamos el postre, cuando sonó el timbre. Era Fanny.

–Temía equivocarme de casa –saludó, al entrar en nuestra sala–. ¿Cómo están?

–Bien –respondió mi madre, plena de sincera alegría–. ¡Es un gusto verte!

–Te dará más gusto en un minuto –sonrió Fanny, sacando su teléfono celular–. Sí, señor –habló al aparto–. Es aquí...

Oímos los inconfundibles sonidos de las portezuelas de un coche y, un instante después, Yves Chassier atravesó el umbral.

–Buenas tardes –su acento francés resultaba inconfundible.

Mi madre ofreció los asientos, y me hizo sentarme a su lado, en el sofá.

–Derechita, piernas cerradas, muy femenina –me secreteó al oído...

Yves Chassier, dueño del contexto, un hombre completamente seguro de sí mismo, extrajo una elegante cigarrera y se despachó una especie de puro delgadísimo, aromático. Le hizo una seña a Fanny.

–Hemos calendarizado para mañana la sesión de fotografías de Angélica –inició ella–. Pero en lugar de llamarlas por teléfono, el señor Yves Chassier prefirió venir aquí e informárselos personalmente. Además, tiene mucho interés en este caso...

Quedé en estupefacción:

–¿Puedo preguntar por qué? –deslicé; mi madre me pellizcó discretamente

Chassier sonrió:

–Tengo un talento especial para descubrir estrellas...

–Ajá...

–Hay madera en ti, Angélica, mucha... Y grandes posibilidades de planear a futuro...

Fue mi madre quien intervino:

–¿A qué se refiere, señor Chassier?

–Aunque incluye hombres, "Jugar y Cantar" en realidad no funciona para ellos: sólo son parte de la mercadotecnia...

–Porque pueden cantar precioso de niños –comentó Fanny, muy directa–, pero nada nos garantiza que, tras la pubertad, conserven la buena voz...

–Daré un solo ejemplo, muy claro –prosiguió Chassier–: mientras en la pubertad los repliegues vocales de las mujeres sólo crecen de tres a cuatro milímetros, en los varones llegan al centímetro...

–Por eso les sale la manzana de Adán –terció Fanny...

–La voz femenina sólo muta alrededor de una tercia mayor –completó Chassier–; la varonil, en cambio, alrededor de una octava... Entonces, no puedo planear carreras largas para chamaquitos... ¡Y yo quiero empezar a trabajar con las luminarias del mañana!...

–Entiendo –suspiró mi madre...

Chassier me vio:

–Tú, Angélica, no sólo cantas increíblemente: eres muy guapa y estás en la edad ideal para pulirte...

–Gracias –balbucí...

–¿Qué quiere que hagamos, señor Chassier? –curioseó mi madre.

–Sólo que se dejen guiar...

–Lo haremos...

Chassier sacó su celular y dio instrucciones en francés. En un santiamén, seis personas más (cinco hombres y una mujer), con sendos portafolios y expedientes, estaban en nuestra sala... Fanny hizo las presentaciones:

–Ramiro Bretón, diseñador de imagen; Bill Sáenz, médico, especialista en nutrición y bariatra; Ramón Borrero, director de orquesta y coros; Jean de Saint-Aymour, coreógrafo; Louise Cavaliere, profesora de etiqueta; y Agustín Trejo, entrenador profesional...

–¿Vieron ya el video? –intervino Ramiro.

–No –contestó Chassier...

Ramiro extrajo una laptop, y la abrió.

–Acérquense, por favor –pidió.

Comenzó a mostrar el video de mi casting. Casi me desplomo

–Te robaste la cámara –dijo Chassier.

–¡Se te nota presencia de estrella! –rió Fanny.

¡Era increíble la forma en que lucía la despampanante chica de la pantalla, pese a que, ligeramente tímida, casi no se movía! A su voz cristalina, hechizante, se aunaban las luces del escenario que se estrellaban en su piel perfecta, generando un maravilloso tono caramelo; sus ojos profundos, azulísimos, resultaban un verdadero imán para el espectador. Chassier me extrajo del shock.

–Ahora bien, Angélica, y sin pretender ser ofensivo: es evidente que estás en camino de tener un cuerpo tan escultural como el de tu hermana... Quiero aprovechar tu perfil: ese atractivo que emana de ti...

–¿De qué forma? –me extrañé.

–Los reality shows tienen una dinámica extraña... Pretenden mostrar la vida misma, pero en realidad son como una telenovela: simples melodramas... En este sentido, requieren personajes bien definidos, héroes, villanos, que la gente acepte como posibles para que, identificándose con ellos o no, los amen o los odien...

Mi perplejidad evidente motivó una explicación de Fanny:

–Lo que el señor Chassier te está explicando es que, en este momento, a partir del casting, estamos construyendo una posible trama para el show... Y asignando papeles a los concursantes más notables...

–Es decir –concluí–, que el reality no es tan reality...

Todos rieron.

–Diste en el clavo –asintió Ramiro...

Fanny se inclinó hacia mí:

–Lo importante es que el señor Chassier te ha asignado uno de esos papeles... Si lo aceptas, desde luego...

El productor disparó:

–Quiero que seas la niña coqueta y sexy del reality, la rubia de la que todos se enamoran... Ese será el punto de partida de tu futura carrera artística...

–Una guapísima y despabilada chica fresa –secundó Fanny...

–Una especie de Paris Hilton –terció Ramiro–, pero en inteligente y talentosa...

Enmudecí, en pánico total. "¿Niña coqueta y sexy? ¿Chica fresa?"... Mi mamá, en cambio, se sacudió sin manifestar sentimientos:

–Intuyo algo, señor Chassier... Sea claro, por favor...

Chassier dio una fumada lenta a su puro:

–Señorita Karen, sin importar si ganara o perdiera, con esto su hermana ya tendría un lugar garantizado en el medio...

No es necesario decir que mi madre no titubeó. Para nada valieron mis discretos jalones a su blusa.

–¡Claro que aceptamos!... Nos ponemos en sus manos...

Chassier aún no estaba satisfecho.

–¿Entiende que tendremos que desarrollar la imagen de Angélica, tal y como la necesitamos? –preguntó.

–Lo entiendo –respondió mi madre...

–¿Me respaldará para que, después del reality show, Angélica se convierta en la cantante juvenil de pop más exitosa?

–¡Claro!

Chassier se alegró:

–El trabajo comenzará mañana, propiamente, con el estudio fotográfico. Pero podemos adelantar un poco... Recuerden que todos, aquí, estamos comprometidos con el futuro de Angélica...

–De entrada, Karen –se inmiscuyó Fanny–, te olvidaste de entregar ayer el acta de nacimiento de Angélica...

Mi madre sonrió, y fingió revolver algunos papeles.

–¡Pero qué tonta soy!

¡El acta! ¡Entendí las prisas matutinas de mi madre! Más tarde supe que había ido a un barrio de la ciudad, famoso por sus imprentas y por sus falsificaciones de documentos, para ampararme en una nueva identidad ¡no sólo teniendo a mis abuelos como padres, sino con un sexo distinto!

Mientras tanto, con una actitud mesurada y profesional, el doctor Sáenz comenzó a averiguar mi estado de salud y mis hábitos alimenticios. Después, tuve que coordinarme con el director de orquesta y coros, con el coreógrafo, con la profesora de etiqueta y con el entrenador personal, hasta organizar el horario de mis próximos días. Intuía un infierno. Justo en ese momento, mi madre apartó al médico; sólo oí su primera pregunta, como si la hubiera dirigido a mí:

–¿Cree que Angélica necesite tomar vitaminas?

Eran casi las seis de la tarde cuando concluyó la reunión. Al levantarse del sillón, Chassier estaba exultante:

–Han tomado la decisión correcta, señoritas... Será un placer seguirnos viendo...

Fanny lo atajó.

–Señor, ¿cree que este barrio sea el adecuado para la imagen de Angélica?

Se detuvo:

–Buena observación –dedicó unos segundos a pensar; luego, volteó hacia el diseñador de imagen–: Ramiro...

–Señor Chassier...

–¿Ya terminaron de arreglar el departamento plata?

–Sí, señor... En cuanto Sonia viajó a Europa, me hice cargo...

–Entrégueselo a ellas –nos vio–. Que se muden de inmediato...

–Mañana, en el set, les daré las llaves...

Fanny nos guiñó un ojo.

–Hasta mañana, entonces –se despidió Chassier–... Les enviaré un auto a las cuatro de la tarde...

Fanny dijo que se quedaría para terminar de llenar unas formas. Y así fue. Aunque la intención tenía que ver, también, con darnos cierta información:

–Me cayeron muy bien –confesó–. Por eso hice la sugerencia. Les encantará el departamento plata...

–Explícanos –rió mi madre...

–La televisora posee algunos inmuebles para sus artistas consentidos... Yves Chassier maneja varios, para nuevas estrellas... Y no es justo que alguien con la voz de Angélica permanezca en este barrio tan horrible... Sobre todo con el papel que le han asignado en el reality...

Cuando Fanny se marchó, mi madre me regaló un abrazo fuerte, cálido.

–¡Vamos bien, hermanita! ¡Vamos bien!

Iba a reclamarle, cuando sonó el teléfono. Volvió a usar el altavoz:

–Diga...

–¡Hola, bombón! Soy Marcos...

Era el gerente de relaciones públicas de la compañía cervecera para la que mi madre servía como edecan.

–¿Qué carajo se te perdió?

–Tengo un evento de última hora... Échame la mano...

–Lo siento, Marcos... No cuentes más conmigo...

–No mames, bombón. Te necesito... Sólo un par de horas...

Colgó. Y me hizo una cara simpática.

–Que Marcos se vaya a la chingada...

No soportaba más el remolino de emociones que me devoraba. Y exploté:

–No quiero seguir con esto, Karen...

–¿Qué?

–Ya me oíste....

–¿Y de qué carajos piensas que vamos a vivir? ¿De la caridad?

–Si tú no puedes con tus responsabilidades de mamá, no te preocupes: buscaré trabajo en el súper, empacando cosas. O lavaré coches... ¡Pero no pienso seguir fingiendo!

El rostro de mi madre cambió: se volvió frío, despiadado. Supe, en ese momento, que era capaz de cualquier cosa. ¡Sentí más miedo de su reacción que de mi situación!

–Fuiste un error en mi vida, y debí abortarte como me sugirieron tus abuelos... ¡Así estaría libre y no habría tenido que sacrificarme por ti! –me asió por el cuello y comenzó a ejercer una sutil aunque creciente presión–... ¿Así que cree que aún no eres lo suficientemente mujercita?

Me llegó la asfixia.

–Suéltame, por favor...

–¡Te haré ahora lo que debí hacerte en mi vientre!...

Apelé a la compasión:

–Perdóname, mami... Te quiero...

–Si me quieres, demuéstralo...

–Te lo demostraré...

–¿Obedecerás sin chistar?

Ya no podía hablar. Sólo asentí con la cabeza... Mi madre aflojó la mano...

–¿Estás segura? –preguntó.

Mi voz sonó débil, casi apagada:

–Sí...

–Tú me apoyas, yo te apoyo...

Me derrumbé en el sofá.

–Es que, Karen, no puedo ser niña de la noche a la mañana...

Mi madre repitió:

–Tú me apoyas, yo te apoyo...

Entonces, se le iluminaron los ojos... Y agregó:

–Aparte de mí, tendrás a las mejores maestras...

Fue al teléfono. Conectó el altavoz y marcó a toda velocidad.

–Bueno –respondieron...

–¿Marcos?

–Sí, Karen... Un Marcos preocupado, que ya te echa de menos...

–Sólo por hoy, cuenta conmigo... Será mi último trabajo para la cervecera...

–Eres un primor... Te pagaré el doble...

–El triple, más bien: una prima me acompañará...

–¿En serio? ¿También es edecán?

–Está comenzando...

–¿Está buena la vieja?

¡De nuevo esas palabras! Mi madre se carcajeó:

–Eso dicen todos sus amigos... Ya la verás...

–Me ahorras chamba, bombón, y te adoro... Las zapatillas para tu prima, ¿de qué número te las mando? No tengo muchas disponibles...

Mi madre comparó mis pies con los suyos.

–Del mío le vendrán bien...

–Perfecto... Con los uniformes, no hay bronca: son unitalla...

–Va que va...

–En unos minutos, un motociclista te entregará los dos equipos... ¿Pueden estar, las dos, en mi oficina, a las 9:30?... El evento empieza a las 10...

–Por supuesto...

–Gracias, Karen...

–Bye, Marcos...

Mi madre colgó y me vio a los ojos... Luego, sentenció:

–Aprenderás mucho, hermanita... Dentro de unas horas, serás la más coqueta y sexy de las edecanes...