domingo, 17 de noviembre de 2024

Ya quiero andar de novia con un buen hombre.

 


Sé que fui un hombre durante 18 años. Sé que nunca tuve deseos de ser mujer. Sé que solo me convertí en mujer porque en el centro de salud me dieron una píldora rosa en lugar de una píldora para el resfriado...



Pero nada de eso cambia el hecho de que ahora soy mujer. Y ya quiero andar de novia con un buen hombre.





jueves, 14 de noviembre de 2024

Una voz Angelical (Parte 1)




Parte 1: De Ángel a Angélica

 –Vamos, Ángel, concéntrate...

El reclamo del profesor López, seguido de un insensible acorde en el piano, me estremeció. Yo no podía quitar mi atención del alboroto fuera de la casa. Me fascinaba el futbol –de forma inevitable–, y los rítmicos golpes de los balonazos, entremezclados con los hechizantes gritos de entusiasmo de mis vecinos, se me volvían un torturante llamado al juego.

Karen, mi madre, que, recostada en el sofá, fingía leer, intervino de inmediato:

–Si no muestras respeto por la clase, olvídate de salir hoy a la calle...

Suspiré.

–Sí, Karen...

López, el disciplinadísimo e inconmovible director de un famoso coro infantil, sonrió.

–Perdóneme, maestro –agregué...

–Otra vez, desde arriba, entonces...

Reinicié la escala, tratando de que mi voz sonara más definida, más cristalina...

Estaba yo, entonces, a dos semanas de mi doceavo cumpleaños: era un niño ordinario, lleno de vitalidad, pese a las excentricidades de mi madre. Ella, blanca, rubia, guapísima, me había tenido a los quince, fruto de un romance fugaz que prefería no mencionar, y era una actriz fracasada.

Hasta un año antes, mi madre sólo se dedicaba a dos cosas en la vida: a presentarse en castings –buscando el papel que, al fin, la condujera al estrellato– y a complacer a su amante en turno. Desafortunadamente, su falta de talento actuaba en contra. Conseguía, sí, esporádicas apariciones en anuncios televisivos (donde su voz podía ser doblada); y mayormente participaba como edecán de una compañía cervecera. Esto último, sin embargo, la conflictuaba un poco.

–Soy una actriz de carácter –me repetía, mientras se colocaba la minúscula ropa, antes de algún evento–, y tengo que perder el tiempo en esto para que comamos, en lugar de ir por mi estelar...

De apariencia juvenil, no representaba sus 27 años: con el cuerpo escultural, macizo, y una piel de porcelana, bien podía pensarse que apenas había rebasado la adolescencia. Lo entallado y lo justo le quedaban, pues, de maravilla: sabía portar ropa provocativa, y lucir tanto sus impresionantes curvas como sus enormes y firmes senos.

–Las mujeres tenemos esta ventaja –me subrayaba, acariciándose las nalgas–. Lástima que naciste hombre: nunca sabrás todo lo que se puede obtener con esto...

En esta lógica, no era raro que se fuera a la cama de productores anodinos o de directores de segunda, para abrirse paso en el "medio artístico"; o que los recibiera en la propia. Al menos una vez a la semana, la veía subir a su cuarto, acompañada.

–Es Ángel, mi hermanito –le decía a su "pareja" del momento, señalándome, y yo me limitaba a sonreír estúpidamente.

Sin embargo, su fama de irresponsable y sus nulas capacidades eran más fuertes: nadie la tomaba en serio. Se la fornicaban con gusto; nunca la respaldaban.

No es necesario decir que nuestra situación económica era malísima. Ciertamente habíamos conocido tiempos mejores, mucho mejores: mis abuelos, de hecho, habían sido ricos (¡cómo extrañaba las Navidades a su lado, llenas de juguetes, luces, pavos y jamones importados; las fiestas que me organizaban, con golosinas a pasto, magos, payasos y globos; las vacaciones en Houston, en Los Ángeles o en alguna playa maravillosa!); e incluso tras su muerte (en un dramático accidente automovilístico), nos habían dejado protegidos. Lamentablemente, la fatua e irreflexiva actitud de mi madre había dado al traste con la herencia: despilfarro tras despilfarro, había reducido el cuantioso legado a una pequeña casa, en una colonia de clase media, y a un viejo Volkswagen. Nuestro refrigerador se mantenía ya prácticamente vacío y, día tras día, se amontonaban las deudas. El único testimonio de nuestro pasado lujoso era una habitación rosada, donde mi madre amontonaba sus muñecas y sus fotografías de niña mimada.

Pese al futuro poco alentador, yo trataba de pasarla lo mejor posible, y de no amargarme por las carencias. Iba bien en la escuela, jugaba futbol en un parquecillo frente a la casa, contaba amigos por montones, y me empeñaba en no ilusionarme por los lujos que me estaban vetados (¡hasta mi Xbox y mi Game Cube habían terminado en una casa de empeño!). En tal sentido, aprendí a amar los pequeños regalos cotidianos de la vida: disfrutaba intensamente, por ejemplo, los paseos dominicales en el pequeño auto, de color verde escandaloso (al que me refería siempre como "nuestro limón"), que finalizaban en algún pueblito cercano, donde comíamos fruta barata; o las escapadas vespertinas a los bazares, para localizar "joyas" entre la piratería (CD’s y DVD’s incluidos).

Sin embargo, una tarde, mientras limpiábamos la casa, mi mamá insistió en que interpretara con ella un tema que estaba preparando para audicionar en una comedia musical. Jamás lo había hecho, y, de inmediato, se manifestó la perfección de mi voz.

–Tú tienes un don que a mí no me concedieron –me dijo, estupefacta, interrumpiendo las tareas–: con esa voz podrás llegar a donde yo siempre he soñado...

A partir de entonces, toda la dinámica cambió. Para decirlo claramente, mi madre se obsesionó por canalizar en mí sus metas frustradas: contra mi voluntad, el canto se me volvió centro de vida.

De entrada, me anotó en una academia mediocre (cuya colegiatura pagó con favores sexuales).

–Es un principio –sentenció.

Después, cuando conoció, por casualidad, al profesor López, no descansó hasta seducirlo, primero, y convencerlo, más tarde, de que me diera clases particulares. Para ello, vendió el Volkswagen y compró un desgastado piano de marca regular. ¡Se habían acabado las salidas dominicales!

–Tu hermano sería una maravilla en el coro –le decía él–. Como soprano, tiene coloratura, agilidad, brillantez... Que asista, Karen. No te cobraré.

–Para nada –reviraba mi madre–: Ángel debe brillar por sí mismo. ¿No es capaz de gran virtuosismo? Tú lo has dicho...

–Sí, pero...

–Nada... Lo que es, es...

Obvio: el futbol resultaba una amenaza, porque, según mi madre, me distraía del canto. Y jamás respondió a mis súplicas de incorporarme formalmente a un equipo.

–No, Ángel –gimoteaba–... Te desenfocas...

A veces, ella recurría al llanto abierto:

–No seas egoísta... Después de todo lo que he hecho por ti, apóyame con esto...

Yo aprovechaba cualquier oportunidad para marcharme al parquecillo, a fin de perderme temporalmente en la convivencia con mis amigos, en la pelota, en el extenuante ejercicio, en el envolvente y tibio aire.

"No quiero dedicarme al canto", pensaba. "¡Seré futbolista!".

Y le ponía empeño al juego, en serio, mostrando un talento natural que sorprendía a mis vecinos. Pero la perfección de mi voz era una maldición. De cualquier manera, terminaba por sentirme culpable, y regresaba a la casa, bajo una especie de obscura desesperanza.

–¡Hola, vocecita! –me recibía mi madre– ¡De aquí, al éxito!

Lo único que me permitió fue dejarme el cabello largo, para mostrar mi admiración por David Beckham, y eso debido a que, en su opinión, me veía "más guapo" y "más tierno".

–Tienes mi mismo tono rubio, mi piel nívea y mis ojos azules... Agradéceme eso... No eres feo y prietito como esos nacos con los que pierdes el tiempo, pateando la pelota...

Una tarde, mientras comíamos-cenábamos sándwiches de mayonesa frente al televisor, oímos el anunció que cambió mi vida.

–El objetivo del reality show "Cantar y jugar" –explicaba en pantalla Yves Chassier, un famoso productor de origen francés– es encontrar a las nuevas estrellas infantiles. No buscamos sólo belleza física, sino talento... Cantantes, verdaderos cantantes...

Mi madre saltó del sillón.

–¡Ángel! ¡Nuestra oportunidad llegó!

La mañana siguiente, no salió del cibercafé. Fumando, nerviosa, buscó, leyó y releyó las bases del show; se aprendió de memoria los requisitos, y cuidó que los llenara a detalle; ubicó la hora y el lugar del casting de los niños; e hizo varias impresiones de los formatos para entrega.

–Llevaré copias –me decía–... Una nunca sabe...

Justo el día de mi cumpleaños, ataviados con la mejor ropa que nos quedaba, tomamos un colectivo y, después, un autobús, para llegar a los estudios de la televisora. Mi madre me había ordenado interpretar para los jueces el Avemaría de Schubert (cuya partitura llevaba en su bolsa de mano), y todo el camino me fue dando indicaciones para, como decía ella, "deslumbrarlos con majestuosa presencia escénica". Lamentablemente, nos retrasó un grupo de manifestantes que se dirigía al centro de la ciudad (profesores de primaria y militantes izquierdistas, procedentes de un estado del sur del país): el autobús se vio atrapado justo encima del puente vehicular más alto de la ciudad.

–¡Demonios! ¡Demonios! –gruñía.

–Respira, Karen –trataba de sosegarla...

–¡Si al menos pudiéramos bajarnos!...

Arribamos a la televisora con dos horas de retraso, y la fila de aspirantes, en el estudio "A" era enorme. Ahí nos mantuvimos. Mi madre buscaba, de rato en rato, alguna cara conocido (alguno de los productores con los que se había acostado): el único que vio, fingió no conocerla.

Cuando faltaban unos cinco chicos para que entrara yo, Yves Chassier en persona se apersonó ante nosotros.

–Gracias por venir, pero el casting está completo...

Mi madre corrió tras él:

–Señor Chassier, yo...

–El casting está completo –repitió–... Lástima...

Recuerdo la patética escena de mi madre: paralizada, con un rostro de decepción, furia y espanto. La tomé de la mano, con todo el cariño que pude:

–Regresemos a casa –le susurré...

No me escuchó. En cambio, giró los ojos hacia el cartel, descollante: "Jugar y cantar. Reality show. Casting para niños: estudio "A", de 7-13. Casting para niñas: estudio "C", de 15-21". De pronto, se le iluminó el rostro.

–Tenemos poco tiempo...

Con una energía increíble, mi madre se echó a correr hacia una plaza comercial cercana. La seguí, con sensaciones de absurdez. "¿Poco tiempo?", pensé. "¿De qué habla?". No tardé en emparejármele:

–¿Qué onda? –le pregunté, jadeante– ¿Adónde vamos?

Por respuesta, mi madre atravesó como bólido el estacionamiento dela plaza, y me guio hacia una tienda departamental. Luego, sin titubear, se encaminó hacia la sección de niñas. Yo la seguí, en estupefacción. De pronto, se detuvo y tomó un vestido de gasa de algodón, con estampado de corazones. Lo colocó a mi lado, y me lo arrojó.

–Vamos a que te lo pruebes...

La vi, con total incredulidad.

–¿Estás loca, Karen? ¡Ésta es ropa de mujer!

Me soltó una bofetada. La primera en toda mi vida.

–¡Obedece! ¡No podemos dejar que la oportunidad se escape! ¡El tiempo es oro!

Mientras me arrastraba a los vestidores, supe plenamente cuál era su plan: ¡me haría concursar como chica en el reality show!

–Mi hermanita va a medirse esta prenda –le señaló a la encargada...

–¿Perdón? –fue la respuesta...

La encargada no era estúpida: no había una niña frente a ella, sino un niño.

–Nos urge, por favor –insistió mi madre.

Con incredulidad, la encargada nos dio acceso. No ocultaba, sin embargo, su turbación.

Una vez solos, mi madre fue directa, casi ejecutiva.

–Quítate el pantalón y la playera...

Lo hice. Mi madre me contempló con horror.

–¿Qué rayos es eso?

Me vi.

–No entiendo...

–¿Por qué te pusiste ese bóxer tan horrible? ¡Evidentemente, es de niño!

–¡Porque soy niño, Karen!

–¡Se te marcará!

–¡Ya, mamá! ¡No voy a hacer esto!

–¡Harás lo que te diga, pinche mocoso!... Retírate el bóxer también, las calcetas y los tenis, y mídete el chingado vestido, que ya regreso... ¡Y no me digas mamá ahorita!

Una vez que quedé en cueros, tomó toda mi ropa y se la llevó. No me quedó más remedio que ponerme el vestido. Lo recuerdo bien: me quedaba casi diez centímetros por encima de la rodilla, y tenía tirantes finos ajustables, cuello V con lazo de fantasía, costura con volante bajo el pecho, fruncidos en la parte superior trasera, cintura elástica con cinturón a contraste (para anudar bajo trabillas) y pespuntes tono sobre tono. Me vi al espejo: gracias al cabello largo, el reflejo era idéntico al de las fotos infantiles de mi madre. Quiero decir: no vi a Ángel, sino a Karen-niña: las mismas piernas, torneadas, resplandecientes; las mismas nalgas, firmes, en forma de pera. Se me despertaron sensaciones raras, de golpe, y tuve una erección. Justo en ese momento, entró la encargada, así que me senté en el banquito y apreté los muslos...

–¿Estás bien? –averiguó, suspicaz.

–Sí –respondí–. Por supuesto...

–¿Quién es esa chica?

–Mi hermana...

–Esto que te voy a preguntar es delicado. Dime la verdad...

–Claro...

–¿Eres niña o...?

–¡Es niña! –nos llegó una voz tajante...

Mi madre había regresado. La encargada titubeó.

–Señora, yo...

–Dile tú –me ordeno–. Dile lo que eres...

Las ganas de gritar y de salir corriendo estuvieron a punto de rebasarme. Pero no pude desobedecer:

–Soy niña...

–Desafortunadamente, mi hermanita es un poco machorra para vestir –siseó Karen–. Tenemos una fiesta, y nuestra mamá me pidió que viniera a comprarle algo... A ella no le gusta que parezca niño... ¿Verdad?...

–Así es –coincidí, notando tanto la horrenda presión del momento como el malestar que me brotaba por tener que hablar de mí en un género que no me pertenecía–... Sólo somos dos hermanas, de compras...

La encargada salió. Mi madre se sacó algo, que traía escondido bajo la blusa, y me lo lanzó.

–Ten...

Era una pantaletita de Hello Kitty, color rosa chicle...

–Karen, ¿qué onda?

–Son tus calzoncitos... ¿Qué más?... Me los acabo de robar... Úsalos...

Me alcé el vestido sin quitármelo, y, comencé a deslizarme la pieza, notando en mi piel el etéreo frote de los ribetes satinados: nunca había imaginado que la textura de los atavíos íntimos femeninos fuera así: tan sutil y acariciante.

–Quiero que se lleve la ropa puesta –le dijo mi madre a la encargada, cuando salimos–. ¿Dónde puedo pagar?

La encargada nos escoltó a una caja.

–¿Irá descalza la niña? –deslizó, con sarcasmo.

–Ya pasaremos a zapatería –respondió, seca, mi madre.

Y en efecto: de la caja (donde mi madre usó una tarjeta de crédito casi en el límite), fuimos por calzado: unas sandalias espartanas plateadas, con tiras con hebillas de fantasía y broches verdaderos ajustables en el tobillo... Abandonamos la tienda, contando las pocas monedas en efectivo que nos restaban...

–Ahora –me ordenó–, trata de imitarme al caminar. No abras tanto las piernas, al dar el paso... No... Así no... Con delicadeza... Como niña...

–Karen... Me siento mal...

–Que te calles... Manteen los hombros hacia atrás y la pelvis ligeramente inclinada...

Traté de darle gusto.

–Mucho mejor –persistió–... Ahora, asienta la punta del pie primero... Bien... Con firmeza... Mantén el balance del peso allí...

–¿Así?...

–Más o menos... Apóyate menos en el talón... Eso... Sí... Sí...

–Ésta no es una buena idea, mamá...

–Que no me digas mamá... Avanza... Coloca un pie delante del otro... Excelente... Consérvalos en el centro de tu cuerpo... ¿Ves cuán fácil es?... ¡Ya estás caminando como chica!... Sólo cuida que tus dedos "vean" siempre al frente...

–Pero...

–Todo esto es por nuestro futuro... Recuérdalo

–¡Ay, Karen!...

–Sigue... Sigue... Comienza a balancear tus bracitos con delicadeza, poco a poco... Con feminidad... Piensa que eres niña... Repítelo mentalmente: "soy niña, soy niña"...

Seguí caminado, en confusión total, ¡tratando de imaginarme y de sentirme de un sexo distinto al mío!... De pronto, mi madre pareció inconforme:

–¿Qué pasa, Karen? –averigüé– ¿Te convenciste de lo ridículo del plan?

–Algo te falta... Sí pareces mujercita, pero...

Ante sus palabras, tuve otra erección...

–¡Demonios! –se interrumpió– ¡También necesitamos controlar eso!

Con dos empujones, mi mamá me dirigió al supermercado. Ahí, compró una paleta helada y una manzana; luego, tomó de la sección de regalos una diadema para el pelo, en tonos plateados, forrada en listones de popotillo y de satín. Finalmente, en la farmacia, pidió una inyección, alcohol y cinta adhesiva. Entonces, nos dirigimos a uno de los baños de mujeres de la plaza, checó que estuviera vacío, entramos y cerró la puerta.

–Ve a orinar –indicó, severa.

Fui a un retrete, y me coloqué frente a él... Me interrumpió:

–¡Como hombre, no!...

Por primera vez en mi vida, comencé a levantarme un vestido y a bajarme una pantaleta, para sentarme y descargar mi vejiga. Mi erección era inmensa. En cuanto el chorro dejó de sonar, mi madre se arrodilló frente a mí.

–Párate...

Lo hice. En ese momento, me tomó con violencia el pene, lo jaló entre mis piernas, y comenzó a asegurarlo, con la cinta adhesiva, en esa posición. Se me retrajo...

–¡Duele!...

–¡Cállate!...

Terminó de ocultar mi masculinidad en un santiamén, dejándome plano el vientre. Ella misma me subió la pantaleta, y me acomodó el vestido.

–Estoy incómodo...

–Desde este momento, comienza a hablar en femenino... No podemos arriesgarnos...

–¿A qué te refieres?

–Di: "estoy incómoda"...

–Estoy incómoda...

–Aguántate, ya te acostumbrarás...

Salimos del retrete hacia los lavabos, y me hizo recargar el estómago en uno de ellos.

–Respira, y déjame hacer...

Primero, dejándole el empaque, me puso la paleta en el lóbulo de la oreja derecha, hasta que éste se me adormeció. Después, puso la manzana tras de él, cogió sólo la aguja de la inyección ¡y me lo atravesó! Oí el crujido de mi piel, seguido por el golpe acuoso de la fruta. La sangre manó, pero me enjuagó con agua y con alcohol.

–¡Arde! –me quejé...

–¡Aguanta!

Procedió a quitarse uno de sus aretes y a colocármelo. Después, repitió la operación en mi otra oreja.

–Te ves mejor... Ya casi acabo...

Fue por papel higiénico a uno de los retretes y, tras secarme bien, me acomodó un poco el pelo, con raya al lado, y me embonó la diadema. Por último, sacó un gloss de su bolsa de mano, y me delineó los labios, empapándome de sabor a fresa.

–¿Qué opinas? –disparó...

Alcé los ojos: la feminización era sorprendente: frente a mí, había una chiquilla guapísima, de ojos grandes y boca almibarada: ¡una versión actualizada de Karen-niña!

–Siento que no soy yo –respondí con lentitud...

–Vayamos de regreso a la televisora...

Durante el camino de regreso, me fue marcando otros detalles de mi caminar y de mis gestos. Poco a poco, la sensación de tirantez en la entrepierna comenzó a resultarme dolorosa, pero no me atreví a expresarlo.

–Te queda mucho por aprender... Lo importante, ahora, es que pases el casting y entres al reality show... Ya iremos trabajando...

–Karen, tengo miedo... Se darán cuenta de que soy niño...

–¡Que hables en femenino!... Y no creo... Así vestida, eres un vivo retrato de mí a tu edad... ¡Nunca me había dado cuenta que tienes piernas de mujer! ¡Tan gorditas y tan redondeadas!...

–¡Karen!

–¿Sabes? No interpretarás el Avemaría... ¿Te acuerdas del cd de "El Sueño de Morfeo", que compré en el bazar?

–¡Llevas semanas torturándome con él, Karen! ¡Me he aprendido las letras!

–¡Perfecto!... Cantarás "Ésta soy yo"...

Caminé en silencio, repentinamente consciente de dos cosas: de que ahora mi vientre estaba adormecido y ya no había en él dolor, y de que estaba a punto de interpretar una canción que decididamente no era para un chico.

Llegamos a tiempo al casting. Las niñas comenzaban a apretujarse en el estudio "C" (creando un mar de falditas; de aromas delicados, dulces), pero mi madre estaba decidida a todo. Reubicó al tipo que se había acostado con ella, y fue directa:

–Deja de hacerte pendejo... Me habías prometido un chingo de cosas por cogerme, y no has cumplido...

Armando, el tipo, trató de escabullirse:

–Señora, perdóneme pero no la conozco...

–Pero yo sí me acuerdo de ti y de tu eyaculación precoz... ¿Quieres que lo grite?

Para mala fortuna de Armando, una chica del equipo se acercó.

–Te habla Yves, mi amor... Pregunta dónde dejaste el vino tinto para los jueces...

Armando contestó de manera conciliadora:

–Iba por las botellas a mi coche, bombón, pero me detuvo esta amiga... Karen: ella es Fanny, mi novia...

–¡Hola! –pescó mi madre, al vuelo– ¿Así que tú eres la famosa Fanny? Armando habla mucho de ti...

–Lo sé –sonrió–... Estamos súper-enamorados... ¿Traes a alguien al reality?

–A mi hermanita –contestó, jalándome...

Armando abrió los ojos como platos:

–¿No tenías un hermano? –cuestionó.

–Sí –explicó mi madre, con sangre fría–, pero sólo sirve para jugar futbol... El talento artístico de la familia está en nosotras, las mujeres...

–¡Vaya! –me vio Fanny, con complacencia– ¡Y también la belleza!

–Gracias –respondí, intentando no temblar.

–Armando –sentenció Fanny–, dale un pase vip a... ¿cuál es tu nombre?

Quedé en silencio cinco segundos: no supe qué responder. Mi madre intervino:

–Angélica... Se llama Angélica...

–Sí –completé–... Para servirles...

–Pues un pase para Angélica: que sea de las primeras. Es del estilo de chicas que le gusta a Yves...

Pálido, Armando sacó un gafete de cartón:

–Serás la segunda en el casting...

–Gracias –siseó mi madre, guiñándole un ojo...

A las 15 horas en punto, sintiendo el sofoco de un montón de luces, mi madre y yo esperábamos en la primera fila de un teatro estudio. Los jueces eran tres: Thea, una famosa cantante; Jaime Rocha, un compositor y celebrado pianista; y Gabriel Jarrell, un insoportable crítico de música.

La primera concursante fue Carolina, una chica de facciones marcadamente indígenas a la que no le permitieron, siquiera, entonar una estrofa completa. Ante mi horror, la descalificaron con aridez y crueldad.

–Número dos –gritó Gabriel Jarrell...

Subí al escenario con pánico absoluto, sintiendo la boca tan seca como un pedazo de adobe y lamentándome de no haberle pedido agua a mi madre. Suspiré. Por los reflectores, no podía distinguir a quienes llenaban el auditorio, pero los ojos de los jueces eran suficientes para perforarme. Suspiré audiblemente, y comencé a cantar a capela:

–Dicen que soy un libro sin argumento / Que no se si vengo o voy / Que me pierdo entre mis sueños. / Dicen que soy una foto en blanco y negro / Que tengo que dormir mas / Que me puede mi mal genio. / Dicen que soy una chica normal / con pequeñas manías que hacen desesperar / que no se bien donde esta el bien y el mal / donde esta mi lugar. / y esta soy yo asustada y decidida / una especie en extinción / tan real como la vida / y esta soy yo ahora llega mi momento / no pienso renunciar / no quiero perder el tiempo / y esta soy yo, y esta soy yo…

–Tienes una voz maravillosa –me interrumpió Thea...

–Y un estilo completamente natural –agregó Jaime...

Gabriel Jarrell permaneció en silencio.

–Voto a favor –siguió Thea...

Jaime sonrió:

–¿Qué opinas tú, Gabriel?

Jarrell suspiró. Tomó su copa de vino y la olió...

–Opine lo que opine, estás pensando en votar a favor... ¿Cierto?

–Cierto –dijo Jaime...

Jarrell se encogió de hombros:

–Entonces omitiré mis comentarios acerca de lo ruda que se ve esta nena...

–Un poco, sí –argumentó Jaime–... Pero lindísima... Con todo para conquistar al público masculino, y para una carrera larga... Imagínatela en dos o tres años...

Temblé, ostensiblemente.

–¿Cómo te llamas? –se dirigió Thea a mí.

–Angélica –respondí.

–Pues, felicidades, Angélica... Bienvenida a "Jugar y cantar"...

En aturdimiento total, quise regresar a los sillones, pero un asistente me condujo tras bambalinas. Sin esperármelo, de pronto me vi frente a una cámara. Don, un conductor televisivo, me colocó un micrófono frente a la cara.

–Angélica, eres la primera niña seleccionada para el reality show. ¿Cómo te sientes?

Titubeé.

–Muy... contenta...

No atinaba a decir más. Un pensamiento me golpeaba la cabeza: "han creído que soy mujer, han creído que soy mujer, han creído que soy mujer". Para bien y para mal, Karen se colocó a mi lado...

–Mi hermanita está cumpliendo su sueño... Apóyenla, por favor...

Don agradeció la entrevista, justo cuando un tipo con acento extranjero se acercó:

–Soy Pierrick, asistente ejecutivo del señor Yves Chassier. Por favor, acompáñenme.

Fuimos con él a una oficina, donde mi mamá entregó los formatos que llevaba listos, firmó una especie de contrato, y recibió tanto un paquete informativo ¡como un cheque!

–Al recibir este pago –explicó Pierrick–, Angélica y usted, como su apoderada legal, oficializan una exclusividad con la televisora...

–Lo entiendo

–La exclusividad se mantendrá, en tanto ella permanezca dentro del reality show... Así que nada de entrevistas a medios de comunicación no autorizados...

–De acuerdo...

–Calendarizaré una sesión de fotos con Angélica, y alguien de mi oficina se comunicará con ustedes... De momento, las espero el viernes... Traigan ropa para un fin de semana... Gracias... ¡Buena suerte!

Cuando salimos de la televisora, mi madre casi volaba.

–¡Por fin, por fin! –remachaba, jubilosa.

Yo, en cambio, avanzaba con la cabeza baja.

–Karen, yo...

–¿No estás feliz?

–¡No!... Quedé en el reality, pero como alguien que no soy yo...

–Sí, y tendrás que seguirlo siendo...

–Pero, ¿no estamos cometiendo una especie de estafa?

Mi madre lanzó una carcajada:

–Serénate... Deja todo en mis manos... Tu transformación apenas ha comenzado...

Quedé de una pieza...

–¿Transformación? ¿en qué?

Karen sonrió:

–¿En qué?... Obvio, tontita: en niña...

lunes, 11 de noviembre de 2024

Me sigue gustando el futbol

A medida que progresó mi feminización, muchos de mis antiguos intereses masculinos comenzaron a desaparecer. Otros cambiaron pero se mantuvieron. Por ejemplo, mis amigos pensaban que ahora que soy niña ya no me gustaría ver fútbol. Pero, todavía me encanta, por diferentes razones, por supuesto, es increíble ver a los chicos atractivos con pantalones ajustados y músculos abultados. Ah, y me encanta usar una camiseta con una minifalda y pantimedias o sin falda para ver como "se levantan" todos mis amigos.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Más cambios (6)

 



Este relato es parte de una serie, para ver todos los capítulo haz clic en:

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Capítulo 6. Más cambios

Cuando llegamos a casa, mamá me envío a mi habitación con mis compras. Dave me miró con gran curiosidad, pero no dijo una palabra. Se limitó a tirar del lóbulo de la oreja y sonrió.

Terminé de guardar todo antes de que mi madre viniera. Le mostré dónde había puesto mis cosas. Ella combinó mis calcetines y mi ropa interior de niño en el mismo cajón para hacer espacio para mis cosas nuevas de niña. También revisó mi armario y se aseguró de que los vestidos estuvieran colgados correctamente.

"Así es como quiero que las cosas en tu habitación de ahora en adelante, ordenadas y organizadas", dijo. "Lo mismo ocurre con tus otras cosas. Si encuentro alguna de tus ropas de niño tirada, irá a la basura. ¿De acuerdo?"

Asentí con la cabeza.

"Ah, toma también estos, quiero que te los pruebes. Son algunas cosas mías, de cuando era una niña. Probablemente te queden sueltos, pero creo que podrás llevarlos en la casa".

Cogí el paquete de ropa que me entregó. Había dos vestidos más, uno  naranja y el otro de un rosa suave; también había un minivestido de seda color aguamarina con escote y mangas largas; y, una bata corta acolchada de satén azul y un par de zapatillas de tacón.

Mamá insistió en que me probara mis nuevos zapatos. Observé con frustración cómo se acomodaba en el borde de mi cama. Todavía recuerdo la sonrisa en su rostro cuando me paré frente a ella con mi sostén, faja, medias y tacones. A medida que me ponía y me quitaba los vestidos, de vez en cuando me acomodaba la ropa y hacía algún comentario cursi. Era obvio que ella disfrutaba de mi desfile en ropa interior de niña. Incluso me obligó a seguirla a su habitación para buscar más ropa, yo vestido solo con mi lencería.

Bueno, todo encajaba, más o menos, y descubrí que mi armario se llenaba de cosas que no quería tener.

"Demonios, esto apesta", dije mientras empujaba mi uniforme de béisbol al fondo del armario para dejar espacio a mis prendas femeninas. No pude evitar soltar un agudo "¡Ow-ow-ow-ow!" cuando sentí que me tiraban del pelo. 

"¡No lo puedo creer!", dijo. "No voy a tolerar tu actitud, señorita, ni ese tipo de expresiones.

"Pero, mamá, no soy una señorita", me quejé. Miré mi sostén acolchado y mis piernas cubiertas de licra. Había tenido suficiente humillación por un día. 

—Soy un niño, y esto apesta...

¡¡¡BOFETADA!!!

Estaba tan aturdido que casi pierdo el equilibrio.

"¡Cuida tu tono conmigo, señorita! Harás todo lo que te diga. ¿Me explico?"

Asentí lo mejor que pude. Las lágrimas me quemaban los ojos. 

"Lo siento, mamá... No era mi intención".

La expresión en el rostro de mi madre era de disgusto. "Los niños dicen cosas como "apesta" todo el tiempo y nunca se dan cuenta de lo repugnante que es. No tienes ni idea de lo que dijiste ¿verdad?" Negué con la cabeza. "Bueno, será mejor que lo pienses dos veces antes de volver a decir algo así. ¿Me entiendes?".

El brillo de sus ojos me asustó; parecía como si realmente disfrutara gritándome, y eso me molestaba más que cualquier otra cosa.

De pie, en mi ropa interior de niña, prometí entre lágrimas que me comportaría lo mejor posible a partir de ese momento. Mamá sonrió.

Ante la insistencia de mi madre, me puse el sujetador, la faja y me puse una bata corta y las zapatillas que me había regalado. Luego fui al baño para lavarme la cara y volver a maquillarme antes de seguirla escaleras abajo. Dave me miraba con una sonrisa mientras yo me movía con los tacones y luchaba por mantener mi modestia bajo la diminuta bata. Tenía ganas de darle un puñetazo en la nariz, pero había pocas posibilidades de que eso sucediera.

Para cenar esa noche tuve que ponerme un vestido. Estaba horrorizado, especialmente con mi hermano pequeño allí, pero mi madre estaba resuelta. "Escoge algo que te guste y póntelo", ordenó.

Me tomó más tiempo decidirme que vestirme. Sin ninguna razón en particular, terminé usando el vestido amarillo. Sin mangas y con un dobladillo corto, se ceñía a mi cuerpo y dejaba ver las curvas formadas por la lencería femenina que llevaba debajo.

Mamá sonrió cuando me vio bajar las escaleras. Dave tuvo que taparse la boca para no reír. Me sorprendió cuando fue regañado por "burlarse de su hermana".

Dave rápidamente cambió su sonrisa por una mirada de total inocencia. El brillo en sus ojos fue suficiente para hacerme sonrojar.

Supongo que hice algo bien, mi madre me elogió por lo bien que me quedaba mi nuevo vestido. Sin embargo, me mandó a que me pusiera los tacones blancos en lugar de los "flats"negros. También me dijo que me pusiera un brassier con relleno. Un collar de perlas y un brazalete a juego.

Se sentía raro estar sentado a la mesa con un vestido. El dobladillo era corto y el ajuste era ceñido. El dobladillo subió por mis muslos, exponiendo el margen de mi slip y la parte superior de mi media.

"Ahora luces mucho mejor", dijo mamá mientras comíamos. La televisión estaba apagada y Dave había puesto un disco. "Podría acostumbrarme a tener una hija bonita ayudando en la casa".

En lugar de decir nada, seguí masticando. Mi faja me estaba matando y uno de mis aretes no dejaba de hacerme cosquillas. Dave no dejaba de sonreír, haciéndome sonrojar aún más que antes.

Después de una tediosa comida, limpié la cocina y luego pasé el resto de la noche lavando la ropa. Debo haber lavado cinco cargas, incluidas dos de las batas de enfermera de mi madre. Además, me dieron una extensa lección sobre cómo planchar sus uniformes y vestidos correctamente, después de lo cual me dejó para practicar mi nueva habilidad. En realidad, eso no era tan malo como parecía; planchar puede ser un poco divertido y una vez que entendí como hacerlo, el tiempo pasó bastante rápido.

La peor parte de todo fue tener que estar de pie con ese estúpido y ridículo vestido y mi ropa interior femenina. Bueno, ¡eso y esos malditos tacones altos! Oh, cómo me dolían los pies...

Y esa estúpida faja y sujetador; No puedo decirte cuántas veces tuve que ajustar mi cintura o una correa del sostén para evitar que el elástico cortara mi piel.

A pesar de lo miserable que era, no me atrevía a pensar en cambiarme de ropa por miedo a que me volvieran a gritar. 

Media docena de uniformes, diez blusas y cinco vestidos después, mi madre me apartó de la tabla de planchar para prepararme para ir a la cama.

"Has tenido un muy buen comienzo, 'Pamela'", dijo con una sonrisa. Estaba sentada en el borde de mi cama, observando atentamente mientras me desvestía. "No sabes lo que significa para mí tener a alguien que me ayude con la ropa y la cocina."

Solo gruñí mientras colgaba mi vestido y lo volvía a colocar en mi armario. Después de zafarme del vestido, comencé a desabrocharme el sostén. Para mi sorpresa, mamá me detuvo.

—No, déjatelo puesto —dijo con firmeza—. "Déjate puestos tu sostén y tu faja. Durante los próximos días quiero que los uses todo el día, incluso mientras duermes. Tal vez eso evite que manches tu cama.

Estaba cabizbajo.  ¿Usar esa estúpida faja... para dormir? Después de todo lo que había pasado, tenía que quedarme con la única cosa que había estado deseando quitarme durante todo el día.

—Pero, mamá... Empecé a quejarme.

"¡No quiero escuchar nada más! ¿No recuerdas qué fue lo que te metió en eso para empezar?"

Negué con la cabeza, con cuidado de no decir nada que pudiera molestar a mi madre.

"Déjate el sostén y la faja puestos, 'Pamela'. Tienes que acostumbrarte a usar un sostén, además no voy a permitir que juegues con esa cosita sucia tuya en mis sábanas buenas. Tu faja debería detenerte."

Negué con la cabeza, demasiado avergonzado para levantar la vista.

"Muy bien. Y más vale que no haya ningún accidente esta noche, ¿me oyes?".

"Ahora, vete a la cama".

Y así me deslicé entre las sábanas esa noche, mi cuerpo todavía envuelto en lycra, satén y elástico. Hervía de ira y frustración mientras yacía allí. ¿Cómo podría irme a dormir? Un chico de mi edad, vistiéndose y actuando como un mariquita... ¡No era justo! Todo lo que había hecho era escabullirme de la casa por un rato. Y estaba esa cosa con esas revistas escondidas debajo de mi cama...

¡Estaba enojado! El problema era que no estaba seguro de con quién estaba más enojado: con mi madre o conmigo. 

Había otro problema. Por mucho que odiara admitirlo, había algo emocionante en usar ropa de chica, la forma en que me hacía sentir y la forma en que tenía que actuar cuando la usaba. . . no importaba lo humillante que era. Entonces mi virilidad se despertó. ¡Debajo de la capa dura y elástica de satén y encaje tuve la erección más dolorosa de mi vida!

Agotado y confundido, me dejé caer en un sueño intermitente. 




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FIN DEL CAPÍTULO
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martes, 5 de noviembre de 2024

No todos los niños...


No todos los niños crecen y se vuelven hombres, de algunos florece una linda, delicada y muy femenina señorita. Obviamente la píldora rosa ayuda mucho.

domingo, 3 de noviembre de 2024

El viaje de compras (6)

 



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Capítulo 6: El viaje de compras

El resto del viaje estuvimos en silencio. Nos detuvimos en el Sears en el que habíamos hecho mis compras anteriores, estacionamos y nos dirigimos a la puerta. Me sentí tan ridículo, vestido con mis pantalones, mi blusa de niña y con la cara pintada.

Al entrar, nos dirigimos directamente al departamento de niñas. Primero fuimos a la lencería, donde observé con horror cómo seleccionaba cuatro paquetes de bragas blancas. Junto a las bragas estaba la exhibición de panti-fajas. Se me secó la boca cuando ella escogió tres pares de fajas con acabado en braga y tres más con un pequeño short. Se pasó al mostrador de sujetadores y pidió cuatro sujetadores, eligiendo de nuevo sujetadores de entrenamiento con las copas ya acolchadas. Luego recogió seis paquetes de medias de color neutro y café.

¿Qué pasa? Pensé, preso del pánico.  Ella no espera que pase todo el verano usando esa basura, ¿verdad?

Me dio a cargar las compras. Luego se dirigió hacia los percheros de vestidos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y mi estómago se sintió revuelto. Traté de no prestar atención. 

Mamá me miró y sonrió. "Sabes que vas a tener que probarte algunos de estos".

Mientras nos dirigíamos a la dependienta, se me ocurrió que estaba haciendo que pareciera que comprar ropa de niña era idea mía.

"Quiero pagar por estos, y mi hija", dijo mamá mientras me entregaba el puñado de vestidos, "quiere probárselos".

La empleada era otra diferente a la de mi primera visita, pero era igual de dulce y servicial. "Oh, Dios mío, eres una chica afortunada".

No podía decidir si me sentía aliviado o molesto porque ella parecía pensar que yo era realmente una niña.

Con los brazos llenos de ropa, seguí a mi madre hasta el reducido espacio del vestidor para probarme los vestidos. Una vez dentro, me hizo quitarme la blusa, los pantalones, la ropa interior y los calcetines.

Mamá se tomó su tiempo para decidir qué quería que me pusiera primero.

Estaba tan avergonzado de mí mismo. Negué con la cabeza y traté de no llorar.

"Oh, deja de lloriquear. Vas a tener que volver a hacerte el rímel cuando terminemos".

Mamá eligió una prenda que aprendería a odiar: ¡la panti faja! Cuando mamá me entregó una de las que terminan en short, me dijo que me la pusiera. Me sentí tan estúpido sosteniéndola y me sentí aún más estúpido cuando me señaló que me la estaba poniendo al revés. Al darle la vuelta, pensé que la cosa debía ser una o dos tallas demasiado pequeña.

"Mamá, te equivocaste de talla", me quejé. "Esto es demasiado pequeño".

"El tamaño es el correcto. Se supone que debe estar apretado. Agradece que te haya comprado una de lycra en lugar de goma".

Tiré y tiré hasta que finalmente la subí más allá de mis caderas y sobre mi barriga. Me di cuenta de que tenía un panel frontal liso y brillante que ocultaba eficazmente mi bulto y me daba una apariencia plana contorneada. Mientras pasaba los dedos por él, pude sentir un escalofrío que me recorría; se se sentía . . . ¡como si no hubiera nada allí! Podía sentir mis dedos deslizándose sobre mis partes íntimas, pero no podía sentir mis partes íntimas con mis dedos. Me miré a mí mismo y me di cuenta de que me veía tan plano como las chicas.

Lo siguiente que salió del paquete fueron las medias de nylon. Mamá me dijo que me sentara. Luego me mostró cómo agrupar las medias dejando solo el área de los dedos para deslizar mi pie. No pude evitar sonrojarme cuando la media me recorrió  la pierna. Sujetó las medias con unos ganchos incluidos en la faja.

"¿Viste cómo lo hice?" Asentí con la cabeza. "Muy bien. Ahora te toca a ti". Me hizo repetir el proceso con la otra media. "Ahora, comienza desde abajo y súbela con suavidad. Vas a tener que mantener las uñas de los pies en mejor forma o vas a rasgar tus medias", aconsejó. 

Hice lo que me dijo y no cometí ningún error. No pude evitar temblar mientras pasaba las yemas de los dedos por mis piernas vestidas de seda; si la sensación de la parte delantera lisa de la faja me daba escalofríos; Las medias me dieron un escalofrío doble.

"Ahora, quiero que mires algo". Mi madre me agarró por los hombros y me giró para que mirara el espejo.

Lo que vi ante mí me hizo quedarme boquiabierto. Greg Parker se había ido y en su lugar había una chica de rostro triste en lencería. Con la cara maquillada, el pelo recogido en mechones y el cuerpo atado con sujetador, faja y medias. A pesar de lo asustado que me sentía, no podía apartar los ojos de la imagen. 

—Eso debería darte algo con lo que masturbarte —dijo mamá —. Tal vez a tus amigos les gustaría verte de esta manera. Se alegrarían al ver a una 'chica' con ropa interior tan bonita 

"Mamá, por favor..." Me sentía mal del estómago.

¿Entiendes por fin de lo que estoy hablando? Esto es lo que pasan las chicas cada vez que se visten. ¿No es lo suficientemente malo sin saber que algún chico las está mirando y teniendo pensamientos enfermizos?". La expresión en el rostro de mi madre era de triunfo. "Imagínate lo que sería saber que todos los chicos que conoces te desnudan con los ojos."

Echando un vistazo a la imagen que tenía ante mí, negué con la cabeza. —No, señora.

No habíamos terminado, por supuesto. Con las manos por encima de la cabeza, mamá colocó uno de los calzoncillos en su lugar. Lo apretado de mi faja y mis medias contrastaban con lo suave que se sentía todo al tacto, enviándome  una confusión que fue extremadamente inquietante, por decir lo menos. Probablemente fue la sensación más maravillosa que jamás había experimentado; La caricia fresca de tanta seda y nailon contra mi piel era adictiva, y mi mente adolescente se imprimía rápidamente en este sentimiento vergonzosamente maravilloso. Mirando mi reflejo en el espejo, apenas podía reconocerme; lo que sí vi fue una forma blanca y femenina que se balanceaba de un lado a otro como si estuviera en un sueño.

Finalmente llegó el momento del primer vestido, en el que entré por debajo. Era una funda estampada amarilla, con una cintura estrecha y una falda ajustada que me llegaba justo por encima de las rodillas, lo que me obligaba a caminar con pasos cortos y delicados. Me sentí tan tonto mientras me miraba a mí mismo; entre los mechones de rímel que corrían por mis mejillas y mi figura juvenil de trece años envuelta en flores amarillas y encaje, supongo que tenía motivos de sobra.

"Deja de lloriquear", dijo mi madre.

"Pero no quiero ser una niña", resoplé.

"No. Preferirías ser un chico desagradable que tiene pensamientos sucios". Sus palabras me golpearon el alma. "Además, no te halagues a ti mismo. No te voy a convertir en niña. Solo quiero que veas por lo que tienen que pasar las chicas con las que te masturbas para verse bonitas.".

Mientras aseguraba los botones en la parte posterior de mi vestido, mamá me recordó que parte de ser una niña era la voluntad de aceptar la ayuda de los demás con tareas que no podía manejar por mi cuenta. La impotencia parecía una virtud tan femenina.

Pasamos a los otros vestidos de mi nuevo armario. Además del vestido pegado con estampado amarillo, había uno en estilo camisa de lunares de corte completo, un vestido corto de flores y uno rojo brillante bastante corto y ajustado y una chaqueta de manga corta a juego. También había un par de faldas, una plisada blanca y la otra una cruzada rosa. Ambas eran muy cortas y escasas, apenas lo suficientemente largos como para ocultar la parte inferior de mi faja

Mamá sabía lo mucho que odiaba probarme ropa, pero ese día no iba a tomar ningún atajo; Se aseguró de que todo estuviera perfecto, desde el cuello hasta el busto y el dobladillo, pinchándome y pinchándome por todas partes mientras medía el ajuste. Para cuando terminó, yo era un manojo de nervios, así como...  la orgullosa propietaria de un armario completamente nuevo.

Cuando terminamos, me hizo quitarme el último vestido y el último pantalón, pero me hizo dejar la faja y las medias.

—¿Quieres ponerte una de estas —dijo, levantando el par de falditas—, o tus Capris? Hace tanto calor que la falda podría estar más fresca".

Tragué saliva nerviosamente al darme cuenta de lo que me estaba sugiriendo. No había forma de que estuviera dispuesto a salir en público con una falda o. "Me quedaré con los pantalones, mamá".

"¿Estás seguro? Incluso te dejaré usar el vestido de verano si quieres. A mí no me importa".

La idea de salir en público sin pantalones no era exactamente algo para lo que estuviera preparado. Con los ojos muy abiertos y desesperado, sacudí la cabeza.

Me puse de nuevo la blusa, los capris y los zapatos. Mis pantalones se sentían diferentes con la faja y las medias tirando una contra la otra debajo del material delgado. Mi nueva lencería también me hizo ver diferente, incluso con esos estúpidos pantalones verde lima; podría haber sido mi imaginación, pero mientras estudiaba mi reflejo en el espejo del tocador sentí que mi trasero y mis piernas se veían, bueno, más redondas, más curvas... más femeninas. 

Me mortifiqué al descubrir que la parte superior de mi faja se asomaba por la parte superior de mi Capris que abrazaba la cadera, dejando al descubierto una delgada línea de encaje alrededor de mi cintura. Bien. Se me veían las bragas. Otro recordatorio de lo cuidadoso que tenía que ser con esa ropa.

Antes de salir del camerino me dijo, mi mamá, que me arreglara el maquillaje.

Mamá hizo las compras del vestido y me acompañó hacia el departamento de zapatos. Ahora, cuando estaba caminando, un leve sonido provenía de la fricción entre el Capris y las medias, además del tirón elástico de mi cinturón.

Cuando entramos en el departamento de zapatos, un vendedor se acercó y preguntó si podía ayudar. Mamá dijo que necesitaba unos tacones bajos y un par de zapatos planos para su hija. Nos mostró una exhibición y ella eligió dos pares de cada uno para que me los probara, dos en negro y los otros dos en blanco. Los que tenían tacones tenían elevaciones de dos pulgadas. Me tomó las medidas y luego se fue, regresando con cuatro cajas. Me probé cada par, teniendo que caminar para ver cómo me quedaban y evaluar su comodidad. Mamá me preguntó cuál me gustaba y, como sabía que iba a comprar un par de cada uno, hice lo que fue una selección honesta basada en la comodidad después de unos pocos pasos en cada uno. Acordamos un par de zapatos planos negros y un par de tacones blancos y negros.

Mamá le entregó al vendedor mis opciones y le dijo: "A él le gustan esos". Al darse cuenta de su error, me miró tontamente y se río. "Tomaremos los dos pares, pero mi hija aquí usará los tacones blancos", logró corregirse.

No me atreví a decir ni a hacer nada.

Cuando salimos del departamento de zapatos, no solo podía sentir el roce de las medias de nailon contra mis Capris, sino que ahora yo era la fuente de ese eco distintivo de chasquido que solo hacen los tacones de las mujeres cuando caminan.

Pensé que habíamos terminado cuando mamá se dirigía hacia las puertas por las que habíamos entrado. Sin embargo, cuando se detuvo frente al mostrador de la joyería, mi corazón se hundió. Sabía lo que venía.

"Por favor, mamá, no-o-o-o..." —susurré desesperadamente—.

Mamá ignoró mi lamentable súplica. "Nos gustaría conseguir un par de aretes perforados para mi hija y ella va a necesitar que tú también hagas el piercing."

Hojeó la pantalla y finalmente eligió un par de aros dorados de tamaño mediano. "Estos funcionarán muy bien, cariño". —dijo—. Con eso se los entregó a la vendedora y pagó los aros. "Por favor, incluya el coste de la perforación", le ordenó a la niña.

Con las rodillas débiles por el miedo, toqué a mi madre en el codo. – No me va a hacer un agujero en la oreja, ¿verdad?

"Oh, no te preocupes, cariño. No dolerá... demasiado". La expresión en la cara de mi mamá me enfermó. "Ahora, esto es solo para el verano. Es mejor que te sientes y lo disfrutes".


Una vez terminada la transacción, mi madre señaló el asiento y el empleado me limpió los lóbulos de las orejas con una solución de alcohol isopropílico. 


"No te preocupes, cariño. Dolerá solo por un minuto. Piensa en lo bonita que te vas a ver".


Eso es lo que me preocupaba, obviamente.


Sentí un hormigueo entre mis piernas cuando el frío metal de la pistola perforadora se colocó sobre el lóbulo de mi oreja, y escuché un fuerte chasquido justo sentí una sensación de escozor. A continuación, se insertó el pendiente y se colocó en su lugar. Luego, la niña caminó hacia el lado opuesto y repitió la operación. 


Finalmente, con aros dorados en ambas orejas, se me permitió seguir a mi madre de regreso al auto, la reverberación de mis zapatos nuevos resonando dentro de mis orejas recién adornadas.


—¿Te lo pasaste bien? —preguntó mamá mientras subíamos al coche. Solo le di una mirada de puchero y olfateé. "Bueno, puedes ser una llorona si quieres, pero yo me lo pasé muy bien. Vámos a casa y divirtámonos de verdad".







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FIN DEL CAPÍTULO
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miércoles, 30 de octubre de 2024

Es gracioso, ahora si me gustan las cosas de niños

Desde pequeño me gustaban mucho las cosas de niñas. Todos los adultos me regañaban y me decían que a mi deberían gustarme las cosas de niños.



Cuando crecí pude tomar una píldora rosa y convertirme en mujer. Es gracioso, ahora si me gustan las cosas de los niños. Como sus penes.







lunes, 28 de octubre de 2024

Mi secreto es descubierto (5)






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Capítulo 6. Mi secreto es descubierto.

La escuela terminó unas semanas después, y el verano entre octavo y noveno grado comenzó sin novedad. Mamá trabajaba todos los días, y yo me encargaba de las tareas domésticas y de vigilar a Dave. Aunque mamá sugería que en mi tiempo libre probara mi ropa de niña, no estaba dispuesto a hacerlo voluntariamente. Para mí, "Pamela" era historia antigua.

Hasta que sucedió.

Todo comenzó el día que regresé de estar con unos amigos. Mamá estaba en el trabajo y yo a cargo de la casa, pero no debí salir dejando a mi hermano menor solo.

Supe que estaba en graves problemas al ver su auto en la entrada. Mamá esperaba en la puerta, con el rostro encendido de furia. Me dio una bofetada.

—¿Dónde estabas? —gritó al verme—. ¡Te dije que nunca salieras sin permiso! Dejaste a tu hermano solo, y sabes que es peligroso.

—Lo siento —balbuceé, frotándome la mejilla ardiente mientras contenía las lágrimas.

Pero era solo el principio. Mamá estaba más enfadada de lo que imaginaba. Al llegar a casa para almorzar y no encontrarme, registró mi habitación. Descubrió mi escondite de revistas bajo el colchón, un secreto que había guardado por más de un año.

Mientras observaba la evidencia desplegada sobre mi cama, supe que estaba perdido.

—¿Y esto, joven? —preguntó con frialdad.

Como no podía comprar Playboy por mi edad, me conformaba con "Seventeen Magazine", que conseguía en la farmacia. Para mí, esas chicas eran tan atractivas como las de Playboy, aunque con más ropa.

Mamá encontró el último número y fotos arrancadas de ediciones anteriores. Intenté negarlo, pero fue inútil.

—¿Vas a quedarte ahí y mentirme? —dijo, palideciendo—. Sé para qué usan los chicos estas fotos.

Su mirada era gélida.

—¿Ahora vas a insultar mi inteligencia?

—Por favor, mamá... —supliqué.

—¡Cállate!

Ni siquiera escuchó mi respuesta. Tomó un anuncio de una adolescente en ropa interior y negó con la cabeza.

—He criado a un pervertido que no puede mantener las manos quietas, ni distinguir la verdad de la mentira. ¿No te da vergüenza? ¡Me das asco!

—Ve al baño y métete en la bañera. Cuando termines, vístete con tu ropa de niña... Vamos de compras.

Esto no era bueno. Sabía que debía decir algo o ella cruzaría el límite.

—No, mamá, por favor...

Recibí otra bofetada como respuesta.

—¡No me contestes! Tú quisiste esto, ¿entendido? Ya que te interesa tanto lo que hay en esas revistas, ¡ahora lo aprenderás, señorita!

Me dejó solo, con el orgullo herido. Así terminó mi intento de conservar cualquier vestigio de virilidad.

En la bañera, llena de burbujas y aceites, me sumergí en el agua, preocupado por lo que vendría. Escuché a mamá hacer llamadas, incluida una a la clínica para tomarse el día por un "problema familiar". Tuve la clara sensación de que mi vida daba un giro abrupto.

Tras secarme, volví a mi habitación. Saqué un sostén y la blusa rosa del cajón especial. Abroché el sostén como pude, tras semanas sin práctica, y me puse la blusa. Un escalofrío me recorrió al elegir los pantalones; opté por unos jeans, arriesgándome.

En la cocina, mamá esperaba. Al ver que no llevaba maquillaje, se enfureció. Me ordenó aplicarme lápiz labial y rímel, y obedecí, avergonzado. Tras inspeccionarme, no comentó nada sobre el maquillaje.

—Quítate esos jeans y ponte estos —ordenó, señalando los horribles pantalones Capri verde lima, con tenis blancos y calcetines rosas—. Luego, súbete al auto y espérame.

El viaje fue en silencio hasta que mamá preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevas acumulando esas revistas?

—Casi un año —respondí.

—¿Y con qué frecuencia te masturbas?

—Una vez al día —susurré, con el rostro ardiente.

Su expresión fue de asco y diversión.

—¿Una vez al día? ¿Todos los días? —negó con la cabeza—. Pues vamos a ponerle fin a eso, desde hoy. ¿Dónde lo haces?

—Casi siempre... en el baño —admití, tras dudar.

—¿En mi baño? ¡Qué asco! —Hizo una mueca de repulsión. La había visto enfadada antes, pero esto era diferente: una furia total e irrevocable.

No podía creer lo que escuchaba. Luché por contener las lágrimas.

—No lo haré más, lo prometo.

Nunca me había sentido tan avergonzado.

—Ya he escuchado muchas mentiras tuyas —dijo—. Sé cómo son los chicos. No pueden apartar las manos de ahí, ¿verdad? ¿Cómo puedes hacer algo tan repugnante? —Era desgarrador oírla hablar así—. Las cosas van a cambiar. ¡Vamos a controlar esa entrepierna!

No sabía exactamente a qué se refería, pero estaba seguro de que no quería descubrirlo.

El resto del viaje transcurrió en silencio. Al llegar a Sears, me sentí ridículo con mis pantalones Capri, la blusa femenina y el maquillaje.

Nos dirigimos directamente a la sección de lencería. Observé con horror cómo mamá seleccionaba cuatro paquetes de bragas blancas, tres fajas tipo short y tres con acabado en braga, cuatro sujetadores acolchados y seis pares de medias color piel.

—¿Pretende que use esto todo el verano? —pensé, presa del pánico.

Me obligó a cargar las compras mientras se dirigía a los vestidos. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Sabes que tendrás que probártelos —dijo mamá con una sonrisa.

Al acercarnos a la dependienta, tuve la impresión de que hacía parecer que esta compra era idea mía.

—Quiero pagar esto, y mi hija —dijo mamá entregándole los vestidos— desea probárselos.

—¡Dios mío, qué suertuda eres! —comentó la empleada, una mujer diferente pero igualmente amable.

No sabía si sentirme aliviado o molesto porque creyera que era una niña de verdad.

Con los brazos cargados de ropa, seguí a mamá al probador. Una vez dentro, me hizo quitarme la blusa, los pantalones, la ropa interior y los calcetines.

Estaba tan avergonzado que negué con la cabeza, conteniendo las lágrimas.

—Deja de quejarte. Tendrás que retocarte el rímel después —reprendió mamá.

Entonces sacó la prenda que aprendería a odiar: la panti-faja. Al intentar ponérmela, lo hice al revés.

—Mamá, es demasiado pequeña —me quejé.

—No, es tu talla. Debe quedar ajustada. Agradece que sea de lycra y no de goma.

Tras forcejear, logré subirla hasta la cintura. Tenía un panel frontal que aplanaba mi entrepierna y creaba un perfil femenino. Al pasar los dedos, sentí un escalofrío: ¡parecía no haber nada ahí! Podía tocarme, pero no sentir mis partes a través de la tela. Al mirarme, vi que lucía tan plano como una chica.

Luego vinieron las medias. Mamá me mostró cómo enrollarlas para deslizar el pie y luego extenderlas suavemente por la pierna.

—¿Ves cómo se hace? —asentí—. Ahora repite con la otra.

Al deslizar la media, noté cómo mis uñas podrían rasgarla. La sensación de la seda en mis piernas me produjo un doble escalofrío: extrañamente incómoda y maravillosamente suave.

—Mira esto —dijo mamá, girándome hacia el espejo.

Quedé boquiabierto. Greg Parker había desaparecido, reemplazado por una chica de rostro triste en lencería femenina. A pesar del miedo, no podía apartar la vista.

—Esto te dará algo nuevo para masturbarte —comentó mamá—. Quizá a tus amigos les guste verte así. Les encantaría ver a una 'chica' con ropa interior tan bonita.

—Mamá, por favor... —protesté, con el estómago revuelto.

—¿Entiendes ahora? Esto es lo que las chicas soportan cada día. ¿No es suficientemente malo, sin saber que algún chico las mira con pensamientos enfermizos? —su expresión era de triunfo—. Imagina saber que todos los chicos que conoces te desnudan con los ojos.

Miré mi reflejo y negué.

—No, señora.

A continuación, mamá me colocó las bragas. La tensión de la faja contrastaba con la suavidad de la tela, creando una confusión inquietante pero extrañamente maravillosa. La sensación de la seda y el nailon era adictiva, y mi mente adolescente se aferraba a esta nueva experiencia.

Luego llegó el turno del primer vestido: un modelo amarillo estampado, con cintura estrecha y falda que me obligaba a caminar con pasos cortos.

—Pero no quiero ser una niña —refunfuñé.

—Prefieres ser un chico desagradable con pensamientos sucios —sus palabras me golpearon—. No te convierto en niña. Solo quiero que veas por lo que pasan las chicas que observas.

Mamá me ayudó con los botones traseros, recordándome que parte de ser mujer es aceptar ayuda cuando se necesita. La impotencia parecía una virtud femenina.

Probamos otros vestidos: uno de lunares, otro floral, uno rojo ajustado con chaqueta, y dos faldas cortas que apenas cubrían mi faja.

Para cuando terminamos, yo era un manojo de nervios y el "orgulloso" dueño de un guardarropa completamente nuevo.

Al vestirme, mamá me ofreció usar una falda por el calor.

—Prefiero los pantalones —respondí rápidamente.

Al ponerme los Capri, noté cómo la faja y las medias cambiaban mi silueta bajo la tela delgada. Mi trasero y piernas parecían más curvos, más femeninos. Me mortificó ver que el encaje de la faja asomaba por la cintura del pantalón.

Antes de salir, mamá me hizo retocar el maquillaje.

En la zapatería, elegimos dos pares: flats negros y tacones blanquinegros. Al caminar con los tacones, el sonido característico resonaba en mis oídos, acompañado del roce de las medias.

Creí que habíamos terminado, pero mamá se detuvo en joyería.

—Por favor, no —supliqué.

Ignorándome, eligió unos aros dorados.

—No me hará agujeros, ¿verdad? —pregunté con las rodillas débiles.

—No te preocupes, dolerá solo un poco —respondió con una sonrisa que me enfermó.

La pistola perforadora produjo un chasquido seguido de un escozor. Repitió el proceso en la otra oreja. Con los aros brillantes, seguí a mamá hacia el auto, el taconeo resonando en mis oídos recién adornados.

—¿Te divertiste? —preguntó mamá al subir al auto. Solo respondí con un mohín—. Bueno, llora si quieres, pero yo me divertí mucho. Ahora vamos a casa a divertirnos de verdad.


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FIN DEL CAPÍTULO
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jueves, 24 de octubre de 2024

Serás una buena esposa


"Mamá, ¿qué está pasando? ¿Por qué me estás vistiendo de novia?"

"Vamos querida, sabes muy bien por qué. Tú y tu mejor amigo Alberto eran unos desobligados. Siempre habéis estado juntos, ni siquiera tiene novias, solo les gusta jugar con las mujeres. Como Alberto tiene 25 años y tú 22. La tía de Alberto y yo decidimos usar este hechizo".

"¡Pero soy un chico, no puedo casarme con él!"

"Bueno, ¿crees que sigues siendo un hombre? Mírate. Cuerpo suave, senos redondos, caderas anchas y esa suavidad entre tus piernas. Ahora eres una verdadera niña, como yo y otras mujeres".

"¿Pero por qué me convertiste en mujer?"

El hechizo te eligió, probablemente por ser mejor que Alberto, o tal vez porque él era el líder y tú solo lo seguías. Ahora serás una mujer para siempre. Pero no te preocupes, el hechizo te ha convertido en una mujer heterosexual. Ahora, sólo los hombres serán atractivos para ti.". "Vas a amar a tu marido. Serás una buena esposa. Y empezarás a ovular hoy. Tengo muchas ganas de ver a tu nuevo marido tomar tu virginidad y darte mi primer nieto".

lunes, 21 de octubre de 2024

La ayudante de mamá (7)



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Capítulo 7: La ayudante de mamá.

Mi madre me permitió dormir hasta tarde. Cuando finalmente desperté; me cepille los dientes. Me aplique lápiz labial. Saqué uno de los sujetadores y me lo puse. No logré abrochar las correas... 

Mi madre entró cuando luchaba con el bra y me ayudó a ponérmelo. Me mostró cómo hacerlo yo mismo. Luego cogí una camisa azul de mujer. Era del mismo diseño que no cubre el abdomen, tenía una mariposa bordada en el pecho. Me puse unos shorts blancos, junto con los tenis blancos y un par de calcetines azul claro.

"No olvides tu rímel", me advirtió.

Una vez puesto el rímel, me hizo dar la vuelta un par de veces y luego me dijo que me sentara. Era la hora de cepillarse el pelo. Observé con horror cómo me separaba el pelo por la mitad y luego lo recogía en dos pequeños mechones, uno a cada lado de mi cabeza. Uso un par de bandas elásticas para mantener las coletas en su lugar.

"Esas coletas te hacen ver muy bonita", dijo mientras me esponjaba el flequillo.

Era exactamente lo que no quería escuchar. Era obvio que no saldría a la calle a menos que me obligaran. Desayuné y luego me pregunté cómo matar el tiempo. Fui a la sala de estar y encendi la televisión.

Cuando mamá me oyó, entró y la apagó diciendo: "No hay televisión para ti, jovencita. Ven, busquemos algo que puedas hacer". Me dio la aspiradora y me dijo que hiciera los dormitorios, el pasillo, el comedor y la sala. 

Mientras preparaba la aspiradora y movía algunas cosas en la sala de estar, mi mamá me detuvo.

"Espera un minuto". Hice lo que me dijo. Mamá asintió y sonrió. "Tengo una idea. Acompáñame..."

Fuimos a su dormitorio. Al cabo de unos minutos dijo: "Aquí están", y sacó varios pares de pantalones.

"Ya no me quedan desde hace unos años", dijo. "Elige un par y pruébatelos. Si te quedan bien, puedes usarlos en casa".

Miré la ropa que tenía ante mí y sentí que se me caía el estómago. Tenía cuatro pares de pantalones ante mí, todos de diseño femenino. Hechos de un material delgado y brillante; la cremallera cerraba en la parte posterior o en el costado, lo que pensé que era un poco extraño. Un par era blanco con ribetes azules; otro era de un estampado de cachemira de color púrpura. Un par era de color rojo brillante, y había un par de color verde lima que se veía horrible.

Encogiéndome de hombros, elegí el par blanco. Mamá parecía contenta.

"Se llaman pantalones 'Capri'", me explicó. "Quedan ajustados para mostrar tus curvas".

Al principio pensé que eran demasiado cortos, solo llegaban justo más allá de mi rodilla, pero mi madre dijo que así eran. El corte ceñido a la cadera dejó aún más de mi vientre expuesto, lo que me hizo sentir incómodo.

"Te quedan bien ", dijo mamá mientras me mostraba cómo cerrar la cremallera de la espalda. 

De pie frente al espejo, no me sorprendió ver que parecía una niña; desde mis "coletas" hasta mi blusa y los pantalones de niña que se aferran a mis piernas y trasero, podría haber sido tomada por una de las chicas de mi clase.

Sin decir una palabra, volví al trabajo. De hecho, no me importaba pasar la aspiradora, así que me tomé mi tiempo para hacer un buen trabajo. Había una sensación de logro al ver cómo la alfombra estaba libre de escombros. 

Después de terminar mis tareas me fui a mi habitación a sentarme y descansar. No pasaron cinco minutos cuando apareció mi madre, con una sonrisa iluminando su rostro.

"Hola, cariño. Hiciste un gran trabajo con la aspiradora. ¿Qué tal si me ayudas a lavar la ropa?"

Suspirando, asentí.

"Esa es mi chica. Ah, y antes de bajar, refresca un poco tu maquillaje".

"Sí, señora."

Mamá sonrió. "Debes revisar tu apariencia cada vez que te acerques a un espejo, ¿de acuerdo? De esa manera, si tu maquillaje se estropea o tu cabello está fuera de lugar, puedes arreglarlo."

—Si, señora —dije con una leve sonrisa.

Aunque todavía no estaba acostumbrado a mirar mi reflejo feminizado, estaba empezando a acostumbrarme a eso de maquillarme. 

Luego, me encontré inmerso en un nuevo conjunto de responsabilidades. Mamá me mostró cómo quería que todo se ordenara, rociara y lavara. Desde los blancos hasta los calcetines y las toallas, pasando por sus uniformes de enfermera y lencería, me enseño lo que se necesitaba para mantener a nuestra familia con ropa limpia durante toda la semana.

"Tienes la edad suficiente, no hay razón para que no puedas lavar la ropaSolo haz una carga cada dos días. Si dejas que se acumule, pasarás todo el fin de semana lavando ropa, y estoy segura que no quieres eso".

La parte más difícil de lavar la ropa fue la clasificación y la pulverización. Nunca supe cuánto tiempo tomaba mantener nuestras cosas ordenadas, especialmente la ropa interior. 

Tenía emociones encontradas al lavar la lencería de mi madre y la mía. Ella insistió en que todos los sostenes y bragas se lavaran a mano, lo que me puso muy nervioso. 

Recuerdo la vergüenza que sentí cuando sentí una erección al tocar la suave tela. 

Me tomó casi tres horas lavar la ropa. Mamá estaba contenta y me tomó por sorpresa con el flash de su cámara, me quedé allí mientras ella tomaba una foto de mí sosteniendo un par de bragas. Tengo que admitir que su sonrisa era tan brillante que me hizo reír. Era eso o llorar.

"Muy bien, 'Pamela'. Serás la esposa maravillosa para un joven afortunado". Mi madre se echó a reír . "Ahora, necesitas un poco de práctica con tus sostenes, ¿no? Quítate la blusa y vamos a practicar".

"¿Tenemos que hacerlo?" No quería estar solo en sostén en la cocina. Pero la expresión en el rostro de mi madre me impidió decir más.  

Me quité la camisa y ella me ayudó a colocar los dedos para abrochar  y desabrochar mi sostén. Después de eso, practicamos al menos diez minutos el movimiento. 

"Ahora, desde el principio", dijo mi madre, indicándome que me quitara el sostén. Me sentí mortificado cuando miré mi pecho desnudo, parecía que se me había hinchado. Levanté la vista y vi a mamá sonriendo. "Cariño, no te preocupes. Es algo normal. Es justo donde el sostén estaba un poco apretado. Te acostumbrarás. Parece que en realidad tienes tetas de niña pequeña. ¡Qué dulce!".

"Pero, mamá... ¡Los chicos no tienen tetas!"

"Algunos si tienen", dijo con una sonrisa.

Con la cara enrojecida y respirando con dificultad, me puse y me quité el sostén al menos una docena de veces. Me dolían los brazos de tanto hacer el movimiento. 

Mamá sonrió. —Es suficiente por hoy. Vuelve a ponerte la blusa y el resto del día puedes hacer lo que quieras, vestida como estás, por supuesto.

—Gracias mamá—dije, sintiéndome estúpido.

Cuando llegó la hora de acostarme, me quité el maquillaje, el sostén y la blusa.

A la mañana siguiente, las cosas habían vuelto a la normalidad, o eso parecía. Me fui a la escuela como siempre, pero con cierta inquietud debido a la experiencia de la semana pasada. Algunos de mis amigos más cercanos se disculparon por sus acciones. Cuando comentaron que no me habían visto durante el fin de semana, me sentí aliviado. Ninguno de ellos lo sabía. Mi maestra de aula me miró de cerca, pero no dijo nada. Tenía la esperanza de que este capítulo estuviera cerrado, pero en realidad apenas estaba comenzando.


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FIN DEL CAPÍTULO
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viernes, 18 de octubre de 2024

No te puedes quejar, eras igual que él


Hace tres meses le di una pastilla rosa a mi exnovio, porque me enteré que me engaño con mi mejor amiga. Como  vivimos en el mismo edificio, en un conjunto de departamentos, cuando me lo encuentro me gusta molestarlo con su feminidad. Hoy me lo encontré sentado en el piso jugando con su perro.

- Nunca me cansaré de decirlo, Aylin, te ves genial como hembra- le dije
- Eh, gracias- me contestó con pena, mientras abrazaba a su perro
- Por nada, seguro que no extrañas tu anterior vida como hombre ¿verdad?- continué mientras ella no salía de su incomodidad.

- Todas las mujeres del edificio están hablado sobre que empezaste a comer semen. ¿No te encanta el sabor? Me encanta cuando mi hombre se corre en mi boca y lo siento correr por mi garganta, mientras lamo las últimas y deliciosas gotas de la punta de su polla. -le dije con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Qué?- me respondió atónita

- Cuéntame sobre tu cita de anoche. No te preocupes, ya Ramón nos contó todo, si me dejas darte un consejo, consíguete un hombre que sea más discreto. Aunque no te puedes quejar, tú eras igual que él.