Capítulo 11: De vuelta a la escuela
Me encontraba desnudo... o mejor dicho desnuda frente al espejo. Podía ver las marcas que el sol había hecho en mi piel expuesta, la forma del traje de baño femenino de una pieza que usé en la playa se distinguía en mi piel si mirabas con atención. A pesar de llevar varios meses en este cuerpo me seguía pareciendo desconocido... juraría que mis senos crecieron desde que los miré con atención la última vez, también mis caderas y mis nalgas, mi cuerpo de niña comenzaba a imitar de mejor manera las formas de una mujer. Y eso me aterraba. Ya sabía que tenía que vivir como mujer el resto de mi vida pero el reflejo que me devolvía el espejo lo hacía más tangible, más real... lo peor era la ausencia de mi pene entre mis piernas, en su lugar un monte de venus y unos labios sellaban mi nueva realidad. Yo era una mujer.
Logré apartar mis pensamientos de mi identidad y de mi cuerpo y comencé a vestirme, primero las bragas y el sujetador habituales. Luego decidí ponerme un vestido. Decidí que verme bonita cuando hablara con Joshua aumentaría las posibilidades de que me perdonara. También tenía que volver a juntarme con las chicas. Marce ya sabía mi secreto y nos mandamos mensajes en las vacaciones, era extraño pero cuando se enteró de que hacía pocos meses fui un chico, de que yo era Melvin, de pronto tuvo más interés en hablar conmigo. Nos estábamos volviendo más cercanos, o tal vez más cercanas... No sabía cómo estarían las cosas con Andrea, ella me había pedido disculpas por salir con Carlos antes de que nuestra relación terminara oficialmente y yo la había perdonado, pero sin duda algo se había roto entre nosotros y tal vez tomaría tiempo repararlo. No sabía cuál era mi relación con las otras chicas, así que tenía que averiguarlo y pedir disculpas si ofendí a alguna con mi distancia. Salí de casa con mi vestido de girasoles puesto y mi cabeza llena de pensamientos. Traía unos tenis estilo Converse, no quería sacrificar mi movilidad en una semana tan importante.
La escuela me recibió con el bullicio habitual del regreso a clases. Los pasillos olían a cuadernos nuevos y desodorante barato, y las caras conocidas se entremezclaban con algunas nuevas. Caminé con el corazón en la garganta, sintiendo el vestido ondear contra mis piernas. Era extraño cómo algo que antes me parecía un disfraz ahora se sentía casi natural. Casi.
Después de terminar mi segunda clase tuve un tiempo libre y me dirigí a la oficina de actividades extracurriculares. Había estado pensando en ello durante toda la semana: necesitaba volver a hacer deporte. El fútbol había sido mi vida cuando era Melvin, y extrañaba la sensación del balón en mis pies, el cansancio muscular después de un buen entrenamiento, la camaradería del equipo. Quizá, pensé, si volvía a jugar algo, si recuperaba esa parte de mí, podría sentirme más yo mismo. O más yo misma. No sabía cómo llamarlo ya.
La señorita Lourdes, la encargada, levantó la vista de su computadora cuando entré.
—Buenos días, señorita... —dijo, dejando la frase en el aire.
—Melisa —completé, con una sonrisa nerviosa—. Melisa Herrera. Quería preguntar por los equipos deportivos femeninos.
—Ah, qué bien —respondió, animándose—. Tenemos basketball y voleibol. ¿Cuál te interesa?
—¿No hay fútbol? —pregunté, y aunque intenté sonar casual, mi voz traicionó la esperanza.
—Lo siento, no hay suficientes inscripciones para armar un equipo femenil —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo tenemos esos dos.
El golpe fue pequeño pero punzante. Otro recordatorio de que mi vida anterior se había cerrado. Respiré hondo.
—Voleibol, entonces —dije, forzando una sonrisa—. ¿Cuándo son los entrenamientos?
—Martes y jueves después de clases. La entrenadora es la profesora Martínez. Ve con ella al gimnasio y te da el visto bueno.
Salí de la oficina con una mezcla de resignación y algo parecido a la emoción. Voleibol. No era fútbol, pero al menos era deporte. Al menos era movimiento. Quizá, con el tiempo, podría aprender a disfrutarlo.
El resto de la mañana transcurrió entre clases y saludos superficiales. Algunos compañeros me miraron con curiosidad, otros con indiferencia. Me encontré con Andrea en el pasillo, y el encuentro fue tenso pero no hostil.
—Mel... hola —dijo, y su sonrisa era genuina aunque insegura—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondí, y era casi verdad—. Las vacaciones fueron... interesantes.
—Me alegra —dijo, y hubo un silencio incómodo antes de que añadiera—: Oye, si quieres, podemos almorzar juntos. Las chicas se van a juntar en el patio.
Acepté, y el nudo en mi estómago se aflojó un poco. Ella era la única que seguía refiriéndose a mí en masculino y eso me gustaba.
En el receso, el grupo estaba completo: Marce, Valery, Betty, Andrea y yo. Marce me recibió con un abrazo que me tomó por sorpresa, y susurró al oído: "Te extrañé mucho". Reí, y el gesto me pareció extrañamente cálido.
—Yo también te extrañé —respondí, y esta vez lo dije con más convicción—. Extrañaba esto.
—Pues no nos dejes de nuevo —dijo Valery con un tono que era mitad reclamo, mitad broma—. La próxima vez que desaparezcas, te buscamos con un cartel.
—Y te ponemos una foto fea —agregó Betty, y todas reímos.
Pasamos la tarde juntas, como antes. Hablamos de las vacaciones, de los profesores que odiábamos, de las clases que nos daban miedo. Marce me contó que se había enrollado con un chico en la playa, y Valery compartió fotos de su viaje a la montaña. Andrea desapareció después de unos minutos, supuse que fue a encontrarse con Carlos, su nuevo novio. Intenté no pensar en eso. Aún me dolía saber que hace unos meses yo era su novio y ahora ya ni siquiera era un chico.
En un momento, cuando las otras se fueron a comprar algo, Marce habló en voz baja.
—¿Ya están bien las cosas con Andrea? —preguntó, y su voz era suave.
—Supongo que sí... aunque no hablamos mucho aún —admití—. No estoy enojado con ella, debe ser difícil asimilar que tu novio ahora es una chica.
Ella asintió con una sonrisa.
—¿Y ya pensaste qué harás cuando te encuentres con Joshua?
—No lo sé. Le pediré perdón por ser grosera con él —respondí, y sonreí—. Y luego tal vez le dé un beso en los labios. Aunque no sé si tendré valor para hacerlo.
Ella me devolvió la sonrisa, y por un momento, el mundo se sintió menos roto.
El resto del día pasó con una normalidad que me tranquilizó. No me encontré a Joshua en ningún momento y mientras caminaba a casa esa tarde, con el sol calentándome la espalda y el vestido de girasoles moviéndose con el viento, pensé en todo lo que había pasado. En el espejo, en el voleibol, en mis amigas, en Joshua. En cómo la vida seguía su curso, conmigo o sin mí, y que tal vez, solo tal vez, podía aprender a fluir con ella.












