El resplandor de los focos me cegaba. Minutos antes, era Mario, un chico que quería entrar a una fraternidad. Ahora, tras tragar aquella píldora rosa, estaba de pie frente a un podio, usando un body de conejita ajustado que revelaba cada curva de un cuerpo que aún no reconocía como mío. A mi lado, otras cuatro chicas compartían mi suerte y mi desconcierto.
No había tenido tiempo de asimilarlo. El shock de lo que estaba pasando, la ligereza de mi nuevo cuerpo, la sensación de peso en el pecho… todo era caótico. De pronto me hice consciente de las miradas. Miradas que me recorrían desde los pies hasta las orejas postizas, cargadas de una intensidad que nunca antes sentí. Los silbidos bajos y aprobatorios hicieron el resto: una conciencia punzante, mezcla de pánico y vanidad, de que este nuevo cuerpo era hermoso. Yo era hermosa.
Un hermano con túnica, en el podio, nos pidió a los prospectos, presentarnos con nuestros nombres masculinos. Fui la primera y la palabra se atascó en mi garganta.
—Mario —dije, con una pena que me quemó las mejillas.
El hermano en el podio sonrió con diversión maliciosa.
—Mario no sirve. Necesitamos un nombre temporal para nuestra nueva hermana.
La sala estalló. Gritos surgieron de todas partes:
—¡Maria!
—¡Maya!
—¡Marifer!
—¡Amaia!
Poco a poco, como una marea, los gritos dispersos comenzaron a fusionarse, a golpear al unísono contra mis oídos hasta convertirse en un solo nombre, un cántico que vibraba en el aire:
—¡Mai-rim! ¡Mai-rim! ¡Mai-rim!
La sonrisa del hermano se amplió.
—Escuchas a tus hermanos. Durante los próximos noventa días, dejarás de ser Mario. Responderás al nombre de Mairim—declaró, y en su tono había un gozo perverso que me heló la sangre, a pesar del calor que sentía en la piel.
Las otras cuatro pasaron por el mismo humillante rito, bautizadas con nuevos nombres que borraban quiénes eran. Luego, vino nuestra primera misión: servir durante la fiesta.
El resto de la noche fue un torbellino de sensaciones contradictorias. Deslizándome entre la multitud con una bandeja, rellenando copas, recogiendo vasos caídos. El body negro se me pegaba a la piel y se metía entre mis nalgas. Y los hermanos comenzaron a tocarme con sus manos. No eran accidentes. Cuando me acercaba a un grupo, unos dedos rozaban mi cadera con una familiaridad electrizante. Al esquivar a alguien, una palma cálida se posaba, firme y posesiva, en la curva de mi trasero, apretando ligeramente antes de soltar.
Un silbido agudo y cercano me hacía girar, encontrándome con miradas que no se disculpaban, sino que me devoraban. Al principio, el instinto fue de protesta, pero la vergüenza y una extraña sumisión recién nacida me sellaron los labios. Y, en el fondo más secreto de este nuevo ser, una parte que no entendía se estremeció. Una chispa de placer prohibido, ajeno a mi mente de hombre, recorrió mi espina dorsal cada vez que un contacto indebido me recordaba lo deseable que era ahora. Lo vulnerable. Lo poseíble.
No podía creer en lo que me había metido. Y lo peor: aún me esperaban noventa días así. Noventa días siendo Mairim. Noventa días siendo mujer y en el fondo no me daba miedo la humillación o el desafío, me daba miedo que me terminará gustando.
Parte 1: Por entrar a la fraternidad
Parte 2: Iniciación (Actual)

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